Capítulo 3
E n realidad, Roman no sabe que soy inmortal ni que bebo sangre ni que llevo viva varios miles de años, y no tengo intención de contárselo.
No he hablado voluntariamente del tema de los renacidos con un mortal desde hace medio milenio y dudo que tenga ocasión de hacerlo en un futuro próximo.
Hasta donde él sabe, nacimos con menos de veinticuatro meses de diferencia.
Empecé a gatear justo cuando él terminaba de aprender a ir al baño solo, y, para cuando comenzó a decir cuatro frases, yo ya daba mis primeros pasos.
Ojalá siga creyendo que es así el resto de su vida.
A lo que se refiere cuando me llama vampiro es a una conversación que tuvimos hace unos cinco años, y a la broma que surgió a raíz de ella.
Era una mañana de finales de verano, temprano; hacía ya cinco años que nos conocíamos y no recuerdo la razón que le di para justificar mi presencia en Chicago ni la que le di a Viktor por ausentarme durante casi diez días.
Tampoco es que importara: ninguno de los dos es tonto y ambos sabían que no debían hurgar en cosas que no les incumbían.
Unos meses antes, Roman, según sus propias palabras, había «empezado a ganar el sueldo propio de médico de verdad, no solo a trabajar las horas propias de un médico de verdad.
Ya era hora, ¿no?». Se había mudado del estrecho apartamento que había alquilado durante la mayor parte de su formación tras comprarse una casa en Lincoln Park.
Era mi barrio favorito de la ciudad, algo que estoy bastante segura de haber mencionado en algún momento, aunque Roman se hiciera el loco y dijera que no lo sabía cuando me contó que había firmado el contrato de compra.
Como iba diciendo, apenas había amanecido, pero nosotros ya estábamos paseando por el parque que hay cerca de su casa, viendo cómo la luz del alba rozaba la superficie de la laguna. Éramos nosotros dos y, por supuesto, François.
François era un perro, una minúscula criatura cuyo pelaje beis siempre presentaba un aspecto mullido y, a su vez, como si creciera a parches.
Llevaba la lengua colgando entre los dientes inferiores y tenía unas patitas tan diminutas y delicadas que había que ponerle zapatitos para que pudiese andar por el asfalto en verano.
Cada vez que lo veía me acordaba de las majestuosas bestias que poblaban la tierra en mi juventud, y no porque se pareciera a ellas, sino por todo lo contrario: no lograba identificar ni un solo rasgo en común con los leones y caracales que habitaban las selvas e iban a bañarse a la orilla del río, ni con las familias de búfalos asiáticos que poblaban los pantanos.
Me invitaba a reflexionar sobre lo mucho que había evolucionado la relación entre humanos y animales.
El pavor y los tembleques se habían transformado en una especie de afecto tibio y condescendiente, y ni a las bestias ni a los hombres parecía importarles aquella transición.
Yo disfrutaba observando a François, y François no podía evitar devolverme el favor; al igual que los niños, los animales a menudo se quedan perplejos ante los de mi especie.
Cada vez que me veía, se detenía en seco para analizarme, como si yo fuera la impresionante combinación de una chuleta de cordero y una aspiradora de proporciones sobrenaturales.
Roman había decidido interpretarlo como un signo de profundo afecto.
«Te adora», me decía con cierta frecuencia.
Supongo que podría haberle dicho que solo estaba proyectando, pero no me cabía duda de que ya lo sabía.
—¿Cómo es que siempre te ves envuelto en este tipo de situaciones?
—le pregunté aquel día mientras andábamos por el parque.
Tenía su brazo sobre mis hombros y levanté la vista hacia él.
Parecía somnoliento. Relajado. Estaba segura de que en cualquier momento me propondría desayunar tortitas y luego me convencería para que volviéramos a la cama durante las horas más luminosas del día, lo cual me venía de perlas.
—¿Qué situaciones?
—Las que te ponen en posición de ayudar a gente que apenas conoces.
—Esa vendría a ser la descripción de mi trabajo, Lilit.
—¿Tu trabajo incluye cuidar al perro de un vecino al que acabas de conocer?
—A ver, se llama Shawn, o Shane, o algo con S. Y si decidí que quería ser su amigo fue precisamente para tener acceso a François. Esto es una estrategia a largo plazo. Llevo tiempo urdiendo este plan.
Me reí, completamente cautivada por el hoyuelo en el centro de su barbilla. Era uno de sus rasgos más singulares y llamativos.
—¿Alguna vez te has planteado tener tu propio perro?
—Uy, sí. Muchas veces.
—¿Y?
—Y entonces recuerdo que en ocasiones paso cuatro días seguidos en el hospital, y los perros no pueden aguantar tanto sin comer.
—Se encogió de hombros y el movimiento me acercó a él —.
Quizá cuando sea fijo —añadió tras una pausa, pero sonaba distraído.
Murmuró aquellas palabras contra mi piel, un preludio del beso que me iba a dar después en la sien.
En aquel momento, era residente de último año. Cuando lo conocí, era interno, y la idea de que avanzar en su carrera le proporcionaría más tiempo libre, por improbable que sonara, parecía ser un tema recurrente. Sospecho que ni siquiera él se lo creía.
—O si alguna vez te mudas aquí, a Chicago —dijo bajando el tono, con cautela —. Porque así podrías ayudarme a cuidar de él.
Incluso dejando de lado la idea absurda de criar juntos a un perro, eso jamás sucedería.
Aunque aquello era el inicio. Los intentos de Roman por acercarme a él aún estaban en sus primeras etapas.
No eran sutiles, pero sí vacilantes. Evidentes, pero nunca exigentes.
Por aquel entonces, cada vez que sentía que nuestra relación estaba a punto de volverse demasiado importante para cualquiera de los dos, me tranquilizaba a mí misma repitiéndome una serie de mentiras.
Me reafirmaba en mi capacidad para romper con él cuando fuera necesario.
Sopesaba los pros y los contras, evaluaba el riesgo de seguir adelante y…
Bueno, no hay más que ver que ahí seguía, ¿no?
La mejor manera de lidiar con las referencias de Roman al futuro era ignorarlas. Ese día, simplemente fingí no haberlo escuchado y, en su lugar, alcé la mano hacia su rostro para rozarle la barba incipiente con los dedos.
—No te asustes, pero me parece haber visto una cana.
—¿Solo una?
—¿Esperabas más?
—Creo que a estas alturas debería tener al menos cincuenta.
François estaba olfateando la base de un álamo, y Roman sonrió relajado, con su mirada cálida y centelleante puesta en mí.
Se ponía así cuando algo le rondaba por la cabeza, algo que no tenía intención de compartir.
Nunca había sido un hombre efusivo como tal.
Jamás me había dicho si le parecía guapa, por ejemplo.
No estaba del todo segura de que así fuera.
—Ahora que lo mencionas, debo decir que tú estás igualita que el día que nos conocimos —añadió, y su sonrisa se suavizó.
—¿De verdad?
—Sí.
Tenía razón, por supuesto. Suelo recurrir a parches temporales: cambiar de corte de pelo, de estilo de ropa, maquillarme…
Son cosas que ayudan a renovar a una persona y su aura.
Era capaz de pasar —y, de hecho, lo había puesto en práctica varias veces — desde por una chica al final de la adolescencia hasta por una mujer de treinta y tantos.
Sin embargo, cuanto más tiempo transcurre desde la fecha de nacimiento que figura en mi carné de conducir, menos convincente resulta mi apariencia, y no hay forma de evitarlo.
Nunca he sabido qué edad tenía mi cuerpo en el momento del cruce.
Por aquel entonces, poca gente llevaba un registro de esos datos.
Aunque a veces se anotaba la fecha de nacimiento de algunos bebés para utilizarla en rituales de adivinación o para interpretar su destino, cuando a mí se me ocurrió preguntar, quienquiera que se pudiera haber preocupado por mi destino ya se había ido hacía mucho.
No era miembro de la realeza. Ni cortesana.
Ni sacerdotisa. Ni siquiera era hija de un comerciante.
Mi nacimiento y mi aprendizaje no merecían ser documentados.
Sin embargo, sí conozco el nombre del administrador del templo que estaba al mando cuando nací, y cuál de los gobernadores de la ciudad ostentaba el poder cuando me convirtieron en una renacida.
Basándome en eso y en el número de celebraciones del solsticio a las que recuerdo haber asistido tras alcanzar la edad de trabajar, calculo que mi cuerpo mortal debió de existir durante al menos dos décadas antes de convertirse en lo que es ahora.
Así que, aquel día de verano, Roman tenía motivos para sentirse desconcertado. Dada la edad que él sabía que tenía y el tiempo que llevábamos juntos, mi piel, mis músculos y mis ligamentos no deberían haber tenido el aspecto que presentaban.
—Quizá solo te parezco joven porque me conservo mejor que tú —sugerí, observando los coches que pasaban mientras el tráfico matutino empezaba a intensificarse. Fui cuidadosa con mis palabras. No me gustaba mentirle y lo evitaba siempre que podía.
—Ya, pero aun así… —Recorrió con la mirada la suave curvatura de mi nariz. Me rozó la mejilla con el pulgar, como para apartar una pestaña.
—Puede que el hecho de tener un trabajo menos estresante que el tuyo también influya.
—¿Menos estresante? ¿Con lo mucho que viajas? No sabría decirte.