Mortal & Inmortal Capítulo 2
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Capítulo 2

I nterrumpen dos veces a Roman mientras viene hacia mí. En ambos casos son médicos más jóvenes que claramente llevan un rato esperando a que les preste atención.

—Voy a tomarme un descanso de tres minutos y luego estoy con vosotros —les dice con calma pero también firmeza, después de que hayan terminado su recital de información.

El segundo médico se echa atrás, boquiabierto, como si la idea de que el doctor Martin descanse durante el tiempo que se tarda en tostar una rebanada de pan fuera lo nunca visto.

Tres minutos, pienso mientras se dirige hacia mí. Ese es el tiempo que va a dedicarme. No es suficiente —jamás lo es —, pero siempre me ha gustado más saberlo de antemano. Así me menta­lizo.

—Dos visitas en dos meses —dice cuando estamos cara a cara y la punta de su zapato casi roza la mía. No sonríe. No le hace falta —. Debo de haberme portado muy bien.

Inclino la cabeza.

—Tú siempre te portas bien.

Se mete las manos en los bolsillos de la bata y respira hondo, como si estuviera buscando algo.

—Bueno, llevo un tiempo comiéndome las gominolas orgánicas que el hospital compra con intención de dárselas a los pacientes.

—Abominable.

—Copio y pego gran parte de la información con la que relleno los historiales médicos.

—Pura maldad.

—Y la última vez que tuve turno de noche me planteé seriamente atropellar a mi vecino, a quien le apasiona tocar la batería.

—¿No tiene doce años?

—Si hubiera sido capaz de salir de la cama, eso no me habría detenido.

Me río por lo bajo.

Nos quedamos en silencio y él se limita a observarme con esa expresión cariñosa y melancólica que ya forma parte de su esencia.

—Normalmente me envías un mensaje antes de presentarte —dice en voz queda.

—Sí. Ha sido una decisión de última hora.

—¿Has venido por una reunión de negocios?

Asiento.

—¿Una importante?

—No demasiado.

La verdad es que no tengo ninguna necesidad de estar aquí.

Solo porque Wenceslaus el Desatado (apodo cortesía de Li Xiu) nos haya exigido a todos los líderes de linaje que vengamos a Chicago para deliberar con él sobre un asunto urgente, no significa que deba cumplir sus órdenes.

Y, desde luego, tampoco implica que deba aprovechar la oportunidad para reunirme con los mortales que conozco en esta ciudad.

Mi presencia aquí es, en el mejor de los casos, una prueba de mi falta de autocontrol.

Y, cuando alguien tan antiguo y poderoso como yo pierde el control…

, en fin, digamos que no presagia nada bueno.

Roman me mira con ojos tiernos. La vez anterior nos despedimos de una forma un tanto embarazosa, y eso no es habitual entre nosotros.

En los últimos diez años hemos tenido una buena dosis de tensiones latentes, andares cautelosos, peticiones veladas y rechazos silenciosos.

Nos hemos convertido en expertos en eludir preguntas difíciles y verdades incómodas.

Lo nuestro es imposible. Puede que él no sepa por qué, pero lo acepta.

La última vez, sin embargo, tuve que irme de Chicago un día antes de lo planeado. Cuando subí al avión, lo hice con la extraña sensación de que, si me hubiera quedado más tiempo, Roman habría aprovechado la oportunidad para pedirme algo que yo no estaba en condiciones de darle.

La verdad es que no debería haber regresado tan pronto. No tengo derecho a sentir este cosquilleo en el estómago cuando él inclina la cabeza hacia mí y dice:

—Hola, Lilit.

—Hola, Roman. —Solo tenemos unos noventa segundos antes de que vuelva al trabajo, y sé que los está contando —. ¿Estás ocupado más tarde?

—Siempre. Pero la situación ya está bastante controlada hoy; probablemente me echen de aquí en cuanto se den cuenta del tiempo que llevo despierto.

Bien. Al menos alguien se preocupa por él.

—Vale. Envíame un mensaje al llegar a casa y voy.

Aprieta los labios.

—¿Y si cenamos?

—Para cuando salgas, seguramente ya habré…

—En ese caso, puedes mirarme mientras ceno yo —dice con un tono decidido, como si estuviera imponiendo una ley o cobrando un impuesto por su tiempo.

Lo dejo pasar por dos razones: la primera es que, en el fondo, Roman cree que lo único que quiero de él es sexo, y no tiene ningún reparo en utilizarlo como moneda a cambio de mi compañía.

Lo sé porque me he esforzado mucho por convencerlo de que es así.

La segunda es que tiene los pómulos más marcados y las ojeras más profundas que hace unas semanas, y eso me genera un nudo de preocupación en el ­estómago.

—Muy bien. —Doy un paso atrás, ya que solo nos quedan unos cuarenta y cinco segundos.

Es una costumbre nuestra, forjada tras innumerables intentos fallidos: yo, yéndome unos instantes antes de que llegue el momento de despedirnos, solo para demostrarle a él y a mí misma que nuestros escasos ratos juntos no son un recurso que pretenda acaparar.

Roman, viéndome marchar en silencio, solo para demostrarme a mí y a sí mismo que es capaz de soportarlo.

Excepto que esta vez me detiene agarrándome del codo y dice:

—Lilit.

Intento que no se me note la sorpresa. Ni lo difícil que me resulta poner distancia entre nosotros, como si él fuera mi centro de gravedad.

—Dime.

Me contempla en silencio. Nos quedan treinta y siete segundos. Treinta. Veintiséis. Por razones que desconozco, pregunto:

—¿No debería haber venido?

Cierra los ojos y deja escapar un suspiro.

—Hubiera sido mejor que no, sí.

Lo malo de Roman es que miente. Aunque mucho menos que la mayoría de los mortales, y solo sobre asuntos muy concretos.

En el entorno profesional, más que nada.

Suele contar medias verdades para no herir los sentimientos de sus compañeros, soltar alguna mentirijilla para evitar que un paciente se preocupe más de lo necesario o maquillar un poco los hechos por el bien del departamento.

A mí también me miente, pero solo sobre una cosa: sus sentimientos.

El principal objetivo, por supuesto, es restarles importancia.

Roman está tan tontamente enamorado de mí como yo de él, aunque en su caso es con ese entusiasmo ingenuo tan propio de los mortales.

Le he pillado mintiendo unas cuantas veces a lo largo de los años —parpadeos que duran más de lo que deberían, palmas frías, un trapecio tenso — y siempre era para ocultar algo que pensaba que me alejaría de él.

«No, Lilit, no pasa nada si no me cuentas lo que haces cuando no estás conmigo», «No, no me importa que no te quedes a pasar la noche», «Por supuesto, para mí es suficiente con tener lo que sea que me ofrezcas, por poco que sea».

Todas las mentiras tenían como objetivo tranquilizarme, hacerme creer que su corazón no estaba a punto de romperse y atraerme más hacia él, ya de paso.

Pero cuando dice que preferiría que no hubiese venido, lo dice de verdad.

—Aunque me alegro mucho de verte —añade con una media sonrisa. Una vez más, no detecto ninguna mentira —. Te enviaré un mensaje cuando termine.

Nos quedan quince…, no, catorce segundos, y no estoy segura de cómo proceder, de si debería alejarme, desaparecer y que esta vez fuera para siempre, o de si debería pedirle que mande el trabajo a la mierda y se venga conmigo.

—Tienes que irte —me recuerda con amabilidad.

Coge las gafas de sol del escote de mi vestido y me las ofrece.

Es una broma interna que tenemos desde hace mucho: se mofa de mi obsesión con usarlas para protegerme los ojos.

También de lo exigente que soy a la hora de comprar unas: deben ser polarizadas, de alta resistencia, balísticas.

«Ridículamente sofisticadas», las llamó una vez, y acabó riéndose aún más cuando levanté una ceja en señal de advertencia.

—Claro —digo, aceptando las gafas y poniéndomelas. Es verdad, tengo que irme.

—Doy por hecho que tienes asuntos de vampiros inmortales que atender.

Asiento, aunque me cuesta concentrarme. Roman no se inclina para besarme, pero me aparta un mechón de pelo y me lo coloca detrás de la oreja. Al retirar la mano, su pulgar me roza la mejilla.

Me quedo allí de pie mientras lo veo alejarse.

Otra primera vez.