Mortal & Inmortal capítulo 1
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capítulo 1

N o me enorgullece admitirlo, pero, en aras de la honestidad, debo advertiros: me han descubierto.

Se nota por la forma en que mi cuerpo lo manifiesta, que es siempre más o menos la misma: un vuelco en el estómago antes de dar paso a un hambre voraz, un runrún silencioso que me baja por la espalda, unos leves pinchazos en el pecho que aparecen de repente.

En definitiva, un cortocircuito neuronal que prende con fuerza, pero que luego se calma y se estabiliza.

Me digo a mí misma que no es para tanto. Que no es nada que no pueda manejar. Aun así, una agitación biológica de estas proporciones me resulta bochornosa, sobre todo teniendo en cuenta mi edad.

Y sobre todo teniendo en cuenta que la provoca un hombre.

El lado positivo es que, si, pese a mi buen criterio y a mis siglos de sabiduría acumulada, debo sucumbir a la humillación somática de desear a alguien con tanta intensidad que me vea incapaz de reprimir las respuestas neurofisiológicas, supongo que podría haberme pasado con un hombre mucho peor que este.

Este me gusta. Con su risa contenida, sus manos hábiles y su desconcertante ausencia de preguntas.

Me gusta que, cuando salimos a pasear, me señale las cosas bonitas que ve porque sus ganas de compartir la belleza de este mundo son demasiado impostergables como para esperar a que yo misma la descubra.

Me gusta el aroma de su clavícula. Me gusta que trate a un paciente con un rasguño en las rodillas y a uno con una herida de bala con idéntico cuidado y determinación.

Me gusta tanto Roman Martin que me he permitido enamorarme de él.

Pero eso no significa nada.

Este hombre ni siquiera debería estar aquí.

Según mi investigación preocupantemente fácil y en absoluto autorizada de la base de datos del personal del Hospital Infantil Comer, el turno del doctor Martin debería haber terminado hace varias horas, mucho antes de que mi avión aterrizara en el aeropuerto Chicago Executive.

Sin embargo, los casos de gripe y bronquiolitis están aumentando, no quedan camas libres en el ala de urgencias pediátricas y, según un mensaje mordaz que ha mandado la enfermera jefe, dos de los médicos adjuntos «han debido de lamer el puto pasamanos de una escalera mecánica y se han puesto enfermos, así que a todos los demás os toca hacer turno doble.

¡Y no os olvidéis de que esta noche está previsto que haya tormenta de nieve! Las calles van a ser un caos».

Así que aquí está Roman, con veinticuatro horas de turno a sus espaldas.

Si tuviera que adivinar, diría que se mantiene en pie gracias a una alta dosis de café rancio y a esa ética de trabajo que las personas mayores, generación tras generación, lamentan que se haya extinguido.

Me lo encuentro de rodillas en la agitada sala de espera, probablemente para estar a la altura de los ojos de la niña que está sentada en el regazo de su padre.

Me quito las gafas de sol y me apoyo contra las paredes de color amarillo chillón para observar la nuca de Roman: está bronceada porque siempre se le olvida ponerse crema solar ahí cuando sale a correr, lleva una camiseta básica de algodón algo desgastada que le asoma por debajo de la bata y el pelo oscuro más corto y manejable que años atrás, con un corte casi militar.

Echo de menos cuando lo llevaba largo, debo decir.

Hace un par de años, cuando el hospital le dio unos días de permiso por agotamiento, dejé que me convenciera para irnos a una cabaña que había alquilado en Shawnee Hills, Ohio.

Estuvimos casi un mes, solo nosotros dos.

Nada de peluquerías, maquinillas ni tijeras.

Adquirió un aspecto desaliñado que me parecía adorable.

Durante el camino de vuelta en coche, su pelo era más claro y unos dos centímetros más largo.

Brillaba a la luz de la tarde de finales de otoño y mi piel estaba cubierta de rozaduras por culpa de su barba.

Como es obvio, llevo más tiempo del que estoy dispuesta a admitir siendo una imbécil irresponsable con este hombre.

—¿Bien así? —le pregunta Roman con un tono solemne a la niña herida.

Un detalle que he notado desde el principio es que siempre espera una respuesta cuando pregunta algo, no importa lo que tarde en llegar.

Hasta que la niña no contesta con un «sí» igual de serio, no sigue examinándole el bracito, delgado como un palillo.

Roman asiente con la cabeza en señal de agradecimiento a la enfermera que le pasa el material desde el carrito.

Si el personal está atendiendo pacientes en la zona de triaje es que debe de ser uno de esos días.

A mi alrededor, el ruido es incesante: ruedas, máscaras de oxígeno y teclados que repiquetean; padres discutiendo, niños llorando, residentes gritando órdenes.

El olor a sangre, a carne enferma y a antisépticos lo envuelve todo y parece que la sala esté cubierta de un brillo enfermizo y ceroso.

Sin embargo, soy capaz de controlar mis sentidos para aislar el jaleo y no me cuesta un gran esfuerzo desconectar de todo lo que no sea la relajante voz de Roman.

—No te duele, ¿verdad?

—No.

—Genial. Lo estás haciendo superbién. Si en algún momento te duele, puedes apretar la mano de la enfermera Melanie.

—¿Y si le hago daño?

—Uy, imposible. Está hecha de acero.

La enfermera Melanie se da un beso en el bíceps. La niña se ríe un poco y luego vuelve a poner una expresión seria.

—¿Va a…?

—¿A qué?

—¿Va a tener que pincharme con una aguja? —pregunta tímidamente.

—No. Nada de agujas. —Percibo la sonrisa en la voz de Roman —. Solo voy a ponerte esta férula para asegurarme de que tu brazo se esté quieto. A los huesos no se les da muy bien seguir instrucciones, así que usamos la férula para mantenerlos a raya. Hazme un favor, Rachel, mueve los deditos.

—¿Cuánto tiempo tardará en curarse del todo? —pregunta el padre con tono preocupado. Está bastante más alterado que la niña; a él quizá sí que le vendría bien que le inyectaran algo para tranquilizarse.

—De cuatro a seis semanas.

—¿Y después?

—Estará como nueva.

El padre exhala, aliviado, pero Rachel tiene la mente puesta en asuntos más importantes.

—¿De verdad me va a dar una pegatina cuando terminemos?

Roman la mira a los ojos.

—Yo nunca miento. Y menos si hablamos de pegatinas.

—¿Me dejará escogerla?

—Por supuesto.

—¿Aunque tarde mucho? Mi hermano dice que soy muy lenta.

—Mira, te has portado tan bien que te dejo llevarte tantas pegatinas como quieras.

La enfermera Melanie finge quedarse sin aliento y se tapa la boca con la mano.

—¡Doctor Martin! ¿Y si se lleva todas las pegatinas que tenemos en el hospital?

—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr por mi paciente más intrépida.

—La carcajada de Rachel me hace preguntarme si Roman le habrá guiñado el ojo, lo cual, por experiencia, sé que es un espectáculo digno de contemplar.

Ojos marrones y cálidos, con algunas arrugas en las comisuras; esa leve sonrisa que empieza poco a poco, siempre por el lado derecho de la boca; la forma en que agacha la cabeza al final, como si no pudiera soportar dedicarle demasiado tiempo a un solo momento.

Un familiar y tímido calor se esparce por mi pecho con solo imaginarlo.

Debo de estar disimulando mi admiración hacia el doctor Roman Martin fatal, porque, mientras el padre va haciendo preguntas sobre qué protocolo seguir para que la férula no se moje al duchar a la niña y cuál es la mejor posición para dormir, la mirada de Rachel se posa en mí.

Me contempla patidifusa, como suelen hacer la mayoría de los niños, como si algo sobre mí no les terminara de encajar.

Es una reacción razonable, dado que no se equivocan.

Los adultos también ven algo raro en mí.

Cuando se topan conmigo, su cerebro registra la presencia de algo ajeno; sin embargo, a diferencia de los niños, tienden a inventarse justificaciones para combatir la incomodidad.

Se dicen a sí mismos que es porque me muevo con demasiada elegancia.

Que la combinación de mi cabello negro, largo y reluciente y mi tez morena les resulta un poco inusual.

Rara vez sonrío y nunca con una sonrisa amplia.

Si bien hablo con seguridad, mi tono de voz es demasiado bajo.

Mi acento es indescifrable. Y hoy los tacones y el abrigo que llevo son demasiado formales para una visita vespertina a urgencias, por no hablar de que mi vestido corto no pega mucho con esta época del año.

Aunque, por supuesto, lo que en realidad les desconcierta no es ninguno de estos detalles. No parezco sobrenatural porque desentone; de hecho, es justo lo contrario. Pero ¿qué otra cosa puede hacer uno frente a una anomalía sino intentar diseccionarla según sus componentes básicos?

Sin embargo, los niños tan pequeños como Rachel todavía no son capaces de hacer tal cosa. Aun así, intuyen que algo no cuadra y por eso me miran raro.

—Doctor Martin —dice la niña en voz baja. Ahora que la han sobornado con las pegatinas, parece más curiosa que asustada.

—¿Sí?

—¿Quién es la mujer que lo está mirando?

—¿Hmm? —Roman se concentra en la gasa que está cortando con cuidado y no levanta la vista —. Quizá una paciente que está poco contenta por llevar más de… ¿Cuánto tiempo de espera hay, enfermera Melanie?

—Cinco horas, según he comprobado hace un momento.

—Ahí lo tienes. ¿Puedes quedarte quieta un momento, Rachel? Perfecto.

—Entonces, ¿no es su mujer?

—No.

La niña resopla.

—Ha dicho que no sin mirar de quién hablo.

—No me hace falta. A ver, mueve un poquito el codo. Estupendo, justo así.

—¿Tiene ojos en la nuca como la señorita Markov?

—La señorita Markov es su profesora de inglés —aclara el padre.

—No, no los tengo. Pero tampoco tengo mujer. Ya hemos terminado por aquí. Ahora mando a alguien para que se asegure de que tenéis todo lo que necesitáis antes de iros a casa —le dice al padre. Luego levanta la mano para chocar los cinco —. Bien hecho, Rachel. Has sido supervaliente.

La niña sonríe radiante y choca la palma contra la de Roman.

—¿Puedo decirle a mi hermano que he sido supervaliente?

—No. —Se yergue, alterando las proporciones de la habitación por culpa de su estatura. Le da un golpecito en la nariz a Rachel y añade en un tono cómplice —: Dile que has sido la más valiente del mundo. —Después se vuelve hacia mí.

Nada más verme, oigo cómo se le acelera el corazón.