Mortal & Inmortal EPÍLOGO
58%

EPÍLOGO

EPÍLOGO

M e despierto y no me siento desorientada.

Sé quién soy. Sé que he muerto. Sé que ya no estoy muerta.

Podría estar en el cielo, supongo. La cama en la que me encuentro tumbada es tan suave que bien podría estar hecha de nubes y polvo de estrellas.

En la habitación, todas las paredes que no están ocupadas por una ventana en arco están cubiertas de estanterías de madera de cedro repletas de libros antiguos.

El olor a azúcar, harina y fruta horneándose y creando una mezcla exquisita se cuela por la puerta entreabierta.

El reloj de Viktor me pesa en la muñeca.

Qué momento más perfecto. Sí, en teoría esto puede que sea algún tipo de paraíso.

No obstante, alguien como yo, con tendencia a reincidir, a cometer fechorías en general y a negarse a soltar las arañas fuera en vez de matarlas nunca acabaría en un buen lugar.

Por no mencionar que el camisón que alguien me ha puesto pica un huevo.

Aparto rápidamente las sábanas y me pongo de pie, preparándome para sentir dolor, pero me alegra comprobar que no es el caso.

Quizá debería moverme con más cautela, dado que la última vez que me metí en una situación arriesgada sin ayuda…

Bueno. Digamos que no fue una decisión acertada.

Aun así, soy incapaz de contenerme. Camino descalza por un pasillo y mis dedos se hunden en suaves alfombras persas mientras recorro con la mano las paredes irregulares y desgastadas por el tiempo para mantener el equilibrio.

Dondequiera que esté, es bastante más grande que la casa de Viktor, y sus interiores se asemejan a las imágenes que vi una vez de antiguas mansiones europeas.

Intento asomarme al exterior, pero parece que el sol ya se ha puesto y no logro ver mucho más allá de los amplios ventanales de vidrieras.

No hay lámparas en el techo, aunque sí unos paliques ornamentados en la pared que emiten una luz tenue y me guían por el pasillo, hasta que me encuentro con una enorme puerta de madera.

Está abierta.

Dentro, en una silla azul medianoche, está sentada una mujer menuda.

Tiene el pelo oscuro y liso como una tabla, la nariz respingona y un rostro tan geométricamente proporcionado que cuesta creer que sea algo orgánico.

Parece joven, tal vez de la edad de los estudiantes de primer año a los que antes daba clase, pero, cuando levanta la vista de su grueso libro encuadernado en cuero, la expresión solemne de sus ojos marrón oscuro denota una sabiduría superior a su apariencia.

Por un momento, me resulta tan intimidante que casi doy marcha atrás. Pero entonces una sonrisa suave y acogedora transforma la energía que la rodea.

—Estás despierta —dice.

Debería responder, pero no sé cómo.

—Veronica, ¿verdad? Ah, aunque me han dicho que prefieres que te llamen Vero.

Su acento es una mezcla del inglés británico más refinado y algo más, un tono musical, atemporal y agradable al oído que casi me hace rogarle que hable más. Que diga algo. Lo que sea. Tonterías.

¿Qué? No, tonterías no. Tengo preguntas de verdad.

—¿Dónde…?

—En Irlanda. En una de mis casas. Estaré encantada de enseñártela cuando te hayas acomodado.

—¿Cuánto tiempo…?

—Unas seis semanas. —Cierra el libro con elegancia.

—¿Soy…?

—Has cruzado, sí.

—Roxanne y Rorie…

—¿Roxanne es… tu amiga? Y Rorie es la niña, ¿no? Ambas se encuentran sanas y salvas. Rorie está un poco afectada tras el incidente con Silas, pero me han dicho que está yendo a terapia y haciendo excelentes progresos.

—¿Pierre?

—Él también se ha recuperado. Sus lesiones eran graves.

Estuvo entre la vida y la muerte durante un tiempo, pero lo ha conseguido.

Sigue en Estados Unidos, arreglando todo tras la subasta y cerrando la casa de Vermont.

También estamos intentando ayudar a las familias de las víctimas de Silas a cerrar heridas.

Siempre hay más cabos sueltos de los que cabe esperar.

Asiento con la cabeza. Noto un nudo en la garganta.

—Gracias —digo, en lugar de lo que realmente quiero decir.

Viktor.

¿Y Viktor?

¿Qué hay de Viktor?

¿Dónde está Viktor?

Pero me quedo en silencio, mirando fijamente a la mujer de ojos negros con un algo que hace que parezcan de otro mundo.

Ella ha respondido a todas mis dudas con amabilidad; si se lo pregunto, si menciono el nombre de Viktor, entonces tendrá que decírmelo.

Y cuando me lo diga, cuando ya lo sepa, entonces el mundo, mi mundo, cambiará por completo, y no a mejor.

No estoy preparada. No quiero existir en un mundo en el que he sido tan tonta, tan soberanamente tonta, como para no reunir el valor para confesarle a Viktor lo mucho que lo quería. Ahora es demasiado tarde, nunca sabrá…

—Ese mundo no existe —dice una voz cargada de ternura desde la puerta. Me doy la vuelta, mareada—. Aún estás a tiempo de decírmelo.

Viktor está apoyado contra el marco, relajado, guapo, vivo, y no pienso qué hacer a continuación, simplemente corro desde donde estoy y me lanzo a sus brazos con demasiada fuerza.

Lo empujo contra la pared sin dejar de abrazarlo.

Lo estrujo por la cintura y él me devuelve el gesto pasándome un brazo por los hombros y, con el otro, acariciándome la nuca.

—Te quiero —le digo entre lágrimas, y también se lo transmito con el pensamiento, porque necesito estar segura, deseo que lo sepa: Te quiero, te quiero —. Te quiero.

Yo te quiero más, dice él.

Excepto que no lo dice, sino…

Lo he pensado, oigo. Resuena en mi interior, un sonido profundo y cálido. Sus palabras están en mis huesos, grabadas en mi carne.

Ahogo un grito y me echo hacia atrás con los ojos como platos.

No solo sé que me quiere porque lo ha dicho; puedo sentir la emoción como si la estuviese experimentado yo misma.

También percibo lo que sintió cuando me encontró sangrando en el aparcamiento de la casa de subastas.

La sensación de que todo había perdido el sentido.

Su ira incontenible mientras destruía al renacido que me hizo daño.

Las semanas que pasó a mi lado. La profunda certeza de que, si no hubiera despertado, habría renunciado de buen grado a la inmortalidad.

Su vida es un gris interminable, siglos de deber y disciplina, y luego yo.

Le he enseñado a ser feliz. Estaría dispuesto a engañar, conspirar y traicionar su propio código moral con tal de no perderme. Sin dudarlo.

Espera. ¿Cómo sé todas estas cosas?

Hola, me dice en mi cabeza.

—¿Qué…? ¿Cómo?

Como parte del ritual, bebiste un poco de mi sangre.

¿Me has creado tú?

Por supuesto.

Pero dijiste que… no querías y que no podías imaginarte haciéndolo, y los riesgos…

Hasta que tuve que elegir entre eso y renunciar a ti. Sonríe. ¿De verdad crees que habría permitido que cualquier otra persona se encargara de esto?

Mis dedos se enredan en su camisa. Pensé que estabas muerto. Silas dijo que lo estabas.

Estaba herido. Eran dos contra uno, y además yo quería mantener a salvo a los mortales.

Pero entonces te oí gritar cuando el hombre de Silas te atacó.

Me dio un beso en la sien. Siento no haberte pedido permiso antes de convertirte.

Sobre todo después de que me dijeras que no estabas segura de querer vivir para siempre.

Pero es que pensaste algo… No debería haber estado escuchando.

Pero esa noche pensaste que quizá querrías hacerlo si…

Viktor. Apoyo la mano sobre su pecho y lo miro a los ojos. Sé lo que pensé entonces. Porque ahora estoy pensando lo mismo.

Cierra los párpados. Siento su alivio, su amor y su esperanza con tanta intensidad que podría confundirlos con mis propios sentimientos. Lo son.

¿Así que ahora somos telepáticos?

Mientras sigamos bebiendo sangre el uno del otro, sí. Su boca se contrae. Soy consciente de que esto no encaja muy bien con tu estilo de vida vegetariano.

Me estiro hacia arriba, hasta quedar de puntillas, y le doy un beso y otro y otro.

Nunca pensé que diría esto, pero me muero de ganas de probar tu sangre.

Un gemido grave.

Veronica, no puedes decir…

—Acabo de caer en la cuenta —señala una voz divertida a nuestras espaldas— de que no has preguntado por el otro mortal, Vero. El que trajo el mosquete.

Me doy la vuelta, horrorizada. No solo había olvidado por completo que Viktor y yo no estamos solos en la habitación, sino también que…

—Ay, mierda. ¿Morty ha muerto?

—No, no ha muerto.

—Ah, ¿no?

—Lilit simplemente está desconcertada porque has preguntado por todos menos por él. —Viktor posa la mano en mi costado y me atrae de nuevo hacia su calor.

—En mi defensa diré que tiene un aire a cucaracha. Me lo imagino sobreviviendo incluso a un apocalipsis nuclear.

—Algo así ha mencionado Viktor.

Me da un beso en la coronilla.

—Veronica, te presento a Lilit. Mi sire.

—¿Tu sire? ¿En serio?

—En serio.

—Pero… —Hago una mueca—. Iba a decir que pareces demasiado joven para haber creado a alguien, pero… Dios mío. Entonces, ¿ahora soy como tú? ¿Con unos pocos miles de años de diferencia?

Ella asiente con la cabeza. Su sonrisa es compasiva.

—Te llevará un tiempo asimilar que vives en un mundo que se rige por unas reglas, una lógica y unos límites distintos.

Te costará adaptarte, y no hablo de semanas.

No comprenderás de verdad la realidad de tu inmortalidad hasta dentro de varias décadas.

Tampoco podrás salir al exterior durante el día hasta mucho después.

Durante años, interactuar con los mortales te resultará…

—Mierda —digo en voz baja.

Ella enarca las cejas.

—¿Pasa algo?

—Se supone que tengo que defender mi tesis esta primavera. Mi tutora se va a llevar un buen chasco.

Aparta la mirada de mí y la dirige un poco más hacia arriba, encontrándose con la de Viktor. Intercambian una breve sonrisa. Me pregunto si Viktor le habrá hablado a Lilit de mí. Y si Lilit ahora se está dando cuenta de que todo lo que él le ha contado es ­verdad.

—Estoy segura de que Viktor se inventará algo —dice ella.

—¿En serio? —pregunto girando el cuello para mirarlo.

—Creo que no hay nada que active más la capacidad de inventiva de Viktor que cumplir con tus deseos.

—Suelta una suave risita—. Y, para agradeceros a ambos todo lo que habéis hecho, me aseguraré de que pueda centrarse en eso en un futuro próximo.

—Vuelve a abrir el libro que tiene en el regazo—.

Sospecho que querrá disfrutar de ti, Vero. Al menos durante un tiempo.

La sonrisa perdura en sus labios, pero sus ojos encuentran la línea en la que se había quedado y retoman la lectura.

Entonces la mano de Viktor me rodea la cintura y me lleva afuera, de vuelta al dormitorio donde me he despertado, un dormitorio que, cómo no, solo puede ser el suyo.

En el pasillo, me levanta para llevarme en brazos.

Las alfombras amortiguan sus pasos y mi pelo, sus susurros.

Y ahora me doy cuenta de que esto no ha acabado. Al contrario.

Aquí es donde realmente empieza mi historia.

ALI HAZELWOOD