Mortal & Inmortal capítulo 10 #3
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capítulo 10 #3

—¿Cómo piensas que nos conocimos Viktor y yo? Falsifiqué el grimorio que intentaste comprar hace meses. Viktor lo sabía. Me contrató para hacer una copia del Ars moriendi y sacarte de tu escondite. Pero cambiamos el final. Las instrucciones del ritual.

Me di cuenta de que Silas estaba sorprendido de lo mucho que sabía, y tal vez empezaba a dudar de sí mismo. Desde unos cuatro metros de distancia, vi la arruga en su frente y decidí que era el momento.

Saqué la mano izquierda de detrás de la espalda y le concedí el tiempo suficiente para fijarse bien en lo que sostenía.

—¿Qué es eso? —espetó.

—El auténtico.

Arrugó la nariz.

—No es que te crea, pero… pongamos que es verdad. ¿Por qué demonios vendrías a contármelo?

—Porque has matado al puto amor de mi vida —dije apretando los dientes—. No tengo nada que perder. Y quiero tener la oportunidad de acabar contigo.

—¡La oportunidad de acabar conmigo! —repitió lleno de regocijo.

—Sí. Y si quieres el libro auténtico, tendrás que venir a por él.

—Ah, ¿sí? —Empezó a acercarse lentamente, sin que su siniestra sonrisa se desvaneciera en ningún momento.

Esta vez no se detuvo tras dar unos pasos—.

Así que ¿este es tu plan maestro? Atraerme con el libro para que puedas…

¿qué? —Inclinó la cabeza para ver qué más ocultaba detrás de la espalda, pero giré el cuerpo para evitarlo—.

Venga ya. Estoy seguro de que puedes hacerlo mejor.

¿Crees que no me he dado cuenta de que estás escondiendo algo?

¿Qué es, un cuchillo de cocina? ¿Una estaca?

¿Una daga? No es un arma de fuego, lo sé por cómo lo sujetas.

—Sonaba como si estuviera preocupado por mí, como si fuera más probable que me hiciera daño a mí misma antes que a él. Quizá tenía razón.

—Te lo enseño si te acercas.

—Claro. Bueno, no quisiera romper aún más tu frágil corazón humano, pero, a menos que te hayas pasado por un reactor nuclear de camino aquí, no vas a poder hacer gran cosa con las armas que hayas conseguido. Aunque, si insistes…

—Por supuesto que insisto. Venga, ven. Más cerca.

Él se rio entre dientes. Avanzó.

—¿Más?

—Un paso más.

Lo dio. Dejó caer el maletín sobre los restos sucios de nieve y abrió las manos. Seguía estando fuera de alcance.

—¿Cuándo piensas atacar? —me preguntó con condescendencia—. Es que tengo ganas de descubrir cuál es esa formidable herramienta que va a acabar conmigo.

—Pues aquí la tienes. —Con más violencia de la necesaria, estiré el brazo derecho y le mostré el as que tenía bajo la manga.

—¿Qué coño es eso?

—¿De verdad no lo sabes?

Silencio.

—Es una rasqueta de goma.

—¿De dónde coño has sacado eso?

—Del coche de Viktor.

Me miró parpadeando.

—¿Has venido hasta aquí para matarme con una rasqueta?

—No, gilipollas. He venido a matarte con un mosquete.

—Ay, cariño, pero te falta el mosquete.

Por el rabillo del ojo, vi un destello de algo que reflejaba la luz del sol. Di un paso atrás.

—A mí me falta —dije sonriendo—, pero a mi amigo Morty no.

Bang.

—Acabo de matar a un hombre —repitió Mortimer por enésima vez, si no más. A duras penas distinguía su voz del zumbido en mis oídos—. Acabo de matar a un hombre. Acabo de…

—No era un hombre —dije con amargura, mirando el cuerpo sin vida de Silas. La bala le había atravesado el cerebro, reventándole la mitad del cráneo. ¿Quién hubiera imaginado que Mortimer tenía tan buena puntería?—. Y se lo merecía.

—Me van a arrestar. Joder, Vero, ¿por qué me metes en estas mierdas?

—Me lo debías —murmuré distraída, agachándome para tomarle el pulso a Silas.

—Me van a matar. Joder, ¿esto es algo… algo relacionado con la mafia?

—No.

—Tiene que serlo… ¿En qué coño estás metida?

—¿Puedes callarte, por favor? Estoy intentando asegurarme de que está muerto. —Estaba casi segura de que sí. ¿Podía un renacido curarse tras haber perdido la mayor parte de la cabeza?

—Ay, mierda. Mierda. Aunque sobreviva, en la cárcel me van a matar. Vero…

—No vas a ir a la cárcel.

—Vero…

—Vas a estar bien…

—¡Vero!

—… porque nadie sabe siquiera que este tío existe, así que…

—No, no, Vero, hay… otro… Solo un cartucho…

Me di cuenta de que Mortimer no me estaba mirando a mí, sino a algo que había a mis espaldas. Me di la vuelta y…

Tenía razón.

Había otro.

Su puta madre, pensé mientras me lanzaban una vez más contra el suelo.

Ahí estaba el ya familiar sonido de huesos rompiéndose, puños golpeando y carne desmenuzándose.

Oí pasos sobre el asfalto cubierto de sal, era alguien que huía.

Esperé, de verdad lo digo, que Mortimer saliera sano y salvo de esta.

Y, conforme el dolor se volvía insoportable, llegué a la conclusión de que, aunque lo que me estaba pasando fuera una mierda (de las gordas), quizá todo iba a salir bien.

Porque, al fin y al cabo, tampoco era tan malo, el dolor ya empezaba a desvanecerse, todo empezaba a desvanecerse, tanto que lo único que podía retener en mi mente confusa era el rostro de Viktor.

Las últimas semanas. La forma en que a veces me miraba mientras trabajaba en silencio, tenso, feliz.

Ojalá hubiésemos tenido más tiempo, pensé codiciosa, con cierto pesar.

Aun así, cuando mi mente soltó su último pensamiento, tenía una sonrisa en la cara.

Ese fue el día en que morí.