Mortal & Inmortal capítulo 10 #2
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capítulo 10 #2

—Lo sé —Le pedí a los músculos de mi cara que me regalaran una sonrisa más. Por él—. Lo sé. —Levanté la muñeca para mostrarle el reloj—. Estaré pendiente del tiempo. Más te vale no llegar tarde a casa.

Él y Pierre se marcharon dos horas después.

Me duché. Leí. Picoteé las sobras de comida y me depilé las cejas. Di vueltas por la suite . Vi la tele. Pedí un bloc de notas. Hice unos bocetos. Hojeé el Ars moriendi original, imaginándome a Viktor intentando tirarlo por el retrete. Comí un poco más. Deshice las maletas y luego volví a hacerlas.

Ninguna actividad duraba más de unos minutos. Estaba nerviosa, inquieta, aterrorizada y sobreestimulada a pesar de que había un silencio absoluto.

Me negué a llamar o enviar un mensaje a Viktor cuando lo último que necesitaba era que lo distrajera. Sin embargo, estaba desesperada por mantenerme ocupada de alguna forma que no implicara rechinar los dientes hasta dejarlos como astillas, así que llamé a Roxanne, que contestó de inmediato.

—¿Quién ha salido por fin de la cama del coleccionista ricachón?

Al parecer, yo era el tipo de persona que no se acordaba de su amiga durante más de una semana porque estaba enamorada. Nunca más, me juré a mí misma. Sé mejor amiga.

—Lo siento. Es que estaba…

—¿Teniendo orgasmos?

—Bueno, sí. ¿Es posible que hayan dañado la parte racional de mi cerebro que valora la amistad?

—Suele ocurrir, sí.

—Esto me pasa por suspender Biología.

Ella se rio.

—No te preocupes, yo también he estado ocupada. Y fuera de la ciudad.

—Ah. ¿Dónde estás?

—En Boston.

Me quedé paralizada, aunque no había motivos. Estaba en la misma ciudad que yo, igual que más de medio millón de personas. Tampoco era para tanto.

Sin embargo, en lugar de decir «¡Ah, yo también!», respondí:

—¿Cómo es eso, Roxanne?

—Respuesta corta: mi ex. —Podía oír el taconeo de sus zapatos contra un suelo de mármol—. La verdad es que no tengo mucho tiempo, pero ¿te acuerdas de que, técnicamente, a él le tocaba Rorie durante las vacaciones porque hicimos un intercambio el año pa­sado?

—Sí.

—¿Qué pasa? Que Rorie odia estar lejos de mí, así que dije: «Que le den, no pienso pasar dos semanas sin ver a mi hija».

Por lo que, cuando me ofrecieron un trabajo para un par de exposiciones de última hora, acepté.

Pagan bien, así que voy a usar el dinero para alquilar un Airbnb y estar cerca de Rorie antes de Navidad. Por cierto, este sitio te encantaría.

—Yo… ¿Por qué?

—Hoy exponemos un libro raro de cojones.

Noté una sensación fría y viscosa dentro de mí.

—¿Estás…? ¿Cuándo trabajas?

—Hoy y un par de tardes más esta semana. Y después de las fiestas…

—¿Ahora? ¿Estás trabajando ahora?

—Sí. En la casa de subastas de Wiegand. Y, a todo esto, por si no había ya suficientes motivos para pensar que mi ex es un absoluto desperdicio de espacio, ni siquiera ha sido capaz de cuidar de su hija, de la que se supone que está a cargo estos días, durante dos horas.

Estaba a punto de vomitar.

—¿Dónde está Rorie?

—Aquí conmigo. Está jugando con el iPad. No me explico cómo ese gilipollas pudo contribuir en la creación de una hija tan perfecta. Aunque, siendo sincera, lo más probable es que lo haya heredado todo de mí. Mierda, ha llegado el conservador. Me tengo que ir. Hablamos pronto.

Pierre no contestaba, a pesar de haberlo llamado diez veces. Sentía los latidos del corazón en las yemas de los dedos.

El teléfono de Viktor ni siquiera estaba encendido.

—Roxanne —le supliqué al buzón de voz—, si entra un hombre que no conoces, necesito que salgas fuera con Rorie. Ya te explicaré por qué, tú solo sal y saca a Rorie de ahí. —Pero sabía que no iba a mirar el móvil mientras estuviera trabajando.

Estaba a punto de romper a llorar.

Joder. Joder.

Mi teléfono vibró. Una llamada de Pierre.

—¿Vero? He visto las llamadas, ¿qué pasa?

—¿Dónde estás?

—Fuera de la casa de subastas, esperando a que llegue Silas. ¿Por qué?

El suelo se me vino abajo.

—Hay una niña, Pierre.

—¿Qué?

—Rorie. Mi amiga Roxanne… Su hija está dentro.

Oí un «merde» contenido.

—Yo… Escucha, Vero, no pasa nada. El plan es impedir que Silas entre, así que…

Se oyó un estruendo, como si el teléfono se hubiera hecho añicos contra el asfalto, y a continuación varios sonidos terribles.

La voz de Pierre se convirtió en un grito, luego en gruñidos lejanos y después en silencio.

Era una estupidez, no me había parado a pensarlo bien y, sin duda, era lo peor que podía hacer. Cuando llamé a Arlo para contarle lo que estaba ocurriendo, incluso él me dijo:

—Joder, no te metas en esto, Vero. Si te pasa algo, Viktor va a arrasar con todo el maldito mundo. Voy para allá; no hagas ninguna tontería. —Escuchaba a Sam llorando de fondo.

Las reacciones de ambos me parecían válidas.

Al menos aquello me hizo repensarme el plan —o la ausencia del mismo— durante un par de minutos.

Aun así, conduje hasta la casa de subastas porque no se me ocurría qué otra cosa hacer.

Aparqué en la parte de atrás, escudriñando el desolado aparcamiento.

Me daba miedo encontrarme el cuerpo inconsciente de Pierre tirado en el suelo.

No fue el caso, lo cual resultó un alivio, aunque efímero, porque poco después vi una amplia mancha de color rojo en el hielo cubierto de sal, como si acabaran de arrastrar un objeto grande e inerte.

Se me cayó el alma a los pies y el corazón me dio un vuelco. Tuve que decirles a ambos que no había tiempo para lamentaciones.

A lo mejor ya era demasiado tarde. Poco podría hacer por Pierre si…

Mierda, Pierre. Pierre… Pero los demás… No podía evitar imaginarlos dentro, con los cuerpos esparcidos alrededor de la copia de Ars moriendi.

Wiegand. El conservador al que no le ponía rostro.

Roxanne. En Rorie no me permitía pensar.

Viktor.

Quizá Silas ya había llegado y se había ido.

Cabía la posibilidad de que hubiese salido triunfante unos minutos antes de mi llegada, hojeando su puto manuscrito falso, y ahora estuviese a kilómetros de distancia.

Quizá ahí solo estábamos algún que otro pajarito suelto y yo.

A través de mi visión borrosa por las lágrimas, conté los coches que quedaban en el aparcamiento. Según mis cálculos…

La puerta de la casa de subastas se abrió y, tras un largo momento de silencio, un hombre emergió. Llevaba gafas de sol y un maletín, y lo único que pude distinguir desde la distancia fue el color óxido de su pelo peinado hacia atrás.

Los pájaros se alejaron volando, expresando su descontento con chillidos estridentes. Eran grajos. Uno se posó en un cable telefónico cercano.

Ese hombre tenía que ser Silas o uno de sus socios. Y, si estaba saliendo de la casa de subastas, de alguna manera había tenido que pasar por encima de quienes estaban dentro.

Pierre.

Roxanne.

Viktor.

Me quedé mirando el reloj y me dejé llevar por la desesperación durante exactamente tres segundos. Luego respiré hondo, cogí los dos objetos que había tirado al asiento del copiloto y salí del maldito coche.

El silencio cargado y eléctrico que se respiraba en el ambiente me decía dos cosas: que más tarde iba a nevar y que no tenía ninguna posibilidad de pillar a Silas por sorpresa. Al fin y al cabo, era pleno día. El hielo crujía bajo mis botas y, para colmo, mi abrigo era de color rojo sangre.

Así que cerré de un portazo la puerta del coche y me dirigí con paso firme hacia el centro del aparcamiento. Estuve a punto de tropezar con un bache lleno de aguanieve fangosa. Procurando mantener ambas manos escondidas en la espalda, grité:

—¡Tengo el libro!

El hombre se detuvo en seco, me miró con leve curiosidad y esbozó una amplia sonrisa.

—Anda, ahí estás —dijo una voz con acento americano—. La chica.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—¿Dónde está Viktor?

—Qué alegría volver a verte. Espero que hayas estado bien.

Me costó un gran esfuerzo contenerme, no preguntarle qué coño quería decir. Pero entonces me di cuenta de que tenía razón: nos habíamos visto antes. Tuve que reprimir el impulso de mostrar sorpresa y enfado. Me negué a darle esa satisfacción.

El chico que me encontré un día en la entrada del edificio de Historia del Arte y Silas eran la misma persona. Era el estudiante al que Viktor tutorizaba, o eso había supuesto yo.

Justo después de que Viktor me pidiera que dejara de hacer suposiciones. Muy poético todo.

—Has sido un auténtico enigma para mí. Y desde hace bastante tiempo. Me intriga mucho la chica mortal que ha conseguido que incluso san Ashworth, el paradigma de la pureza, cayera tan rápido y tan…

—¿Dónde está Viktor?

Silas arqueó una ceja. Dio un paso lento y sin rumbo en mi dirección, con el pelo alborotado por el viento.

Era, al igual que la mayoría de los renacidos que había conocido, guapo, estaba en forma y tenía algo que lo hacía ontológicamente diferente del mundo que lo rodeaba.

Supongo que se le daba bien ocultarlo, al menos en encuentros breves.

—Dentro.

—¿Lo has matado?

Se encogió de hombros.

—No lo recuerdo. Tengo muy mala memoria para…

—¡¿Lo has matado sí o no?!

—Bueno, probablemente. —Otro paso más cerca—. Si lo he ­hecho, ha sido porque me ha obligado. Yo solo iba a matar a los mortales. Lo único que quería era el libro. Pero Viktor siempre ha sido muy así: un capullo santurrón y remilgado al que le encanta ser el favorito de…

—Tengo el libro. —No iba a dejar que ese hijo de puta soltara su discurso de villano y, desde luego, no iba a permitir que el nombre de Viktor saliera de su asquerosa boca.

—Ay, cielo. —Echó un vistazo a su maletín y después volvió a mirarme con expresión dubitativa, como si no confiara mucho en mi capacidad para llevar la cuenta de los objetos y su ubicación—. ¿Estás bien?

Lo odiaba. Como nunca había odiado a nadie.

—Lo que tienes en ese maletín es una falsificación. Una réplica que he hecho yo misma. Para tenderte una trampa.

Asintió sin creer ni una palabra de lo que le decía.