capítulo 10
N o pude evitar sentir una gran satisfacción por el hecho de que el manuscrito hubiera sido autenticado tan rápidamente por múltiples expertos. Se lo dije a Viktor y le pareció raro y adorable que estuviera tan orgullosa.
—¿Sabías que antes la falsificación se castigaba con la pena de muerte en el Reino Unido? Hasta bien entrado el siglo xix , creo recordar.
Removí con altivez mi chocolate caliente.
—No lo sabía, pero esta información no empaña en absoluto mi sensación de logro.
Se rio, murmurando algo sobre que mi cabeza era demasiado bonita para ser guillotinada, luego me besó y me empujó contra la nevera de acero inoxidable.
Arlo entró en la cocina e hizo un gesto de asco al vernos.
Nos separamos al momento. La piel de Viktor adquirió ese tono rosado por una mezcla entre orgullo y vergüenza.
Los procesos de autenticación solían ser lentos, pero en esta ocasión no había sido el caso.
También organizaron una exposición en tiempo récord, con lo cual era evidente que Wiegand sabía que lo que tenía entre manos iba a reportarle una suculenta suma de dinero y probablemente prefería cerrar el trato antes de las Navidades.
—El director me ha dicho que hay cinco coleccionistas interesados y con disponibilidad económica. Algunos de ellos han pedido una exposición privada antes de que comience la subasta.
—¿Silas es uno de ellos?
—Bajo otro nombre, pero sí. —Viktor se encogió de hombros y se quedó pensativo unos minutos—. El precio de salida es casi el doble de lo que esperaba.
—¿Te importa si me atribuyo el mérito?
—Adelante. —Su hoyuelo hizo acto de presencia—. Dudo que Silas tenga intención de pagar por el manuscrito.
—¿Qué quieres decir?
—Dada su visión sobre los mortales, no me sorprendería que decidiera llevarse el libro y punto.
Abrí mucho los ojos.
—Habrá salas blindadas, guardias, seguridad y… —Pensé en las fotos. Se me hizo un nudo en el estómago.
—Eliminará cualquier obstáculo sin ningún remordimiento. Un mortal menos no significa nada para él.
—Viktor, si le hace daño al personal de Wiegand al ir a por el libro…
—No lo hará —me prometió—. Lo atraparemos antes incluso de que entre en la casa de subastas.
Unos días antes de la exposición, Viktor y yo fuimos en coche a Boston, seguidos por Pierre y algunos guardias en otro coche.
Arlo se quedó en Vermont para cuidar de Sam.
Observé cómo las ramas cargadas de nieve pasaban borrosas por la ventana y saboreé el agradable peso de la mano de Viktor acariciándome la rodilla.
A la luz del sol de media tarde, no me cansaba de contemplar su perfil ni de ver cómo sujetaba con naturalidad el volante.
Había considerado la posibilidad de quedarme yo también en Vermont, pero:
—Puede que Silas siga planeando utilizarte para llegar a mí. Me resulta más fácil vigilarte si vienes conmigo a Boston que si… —Viktor se detuvo a mitad de frase, se frotó la cara con una mano y añadió—: Sinceramente, no es por eso. Es porque quiero que estés a mi lado.
Le di un abrazo con todas mis fuerzas. Llevaba días imaginando un sinfín de situaciones en las que Viktor acababa herido (o cosas peores que me negaba a plantearme siquiera).
—No te preocupes —dijo—. Le tenderemos una emboscada antes de la exposición, lo capturaremos y en nada volveré a estar en el hotel contigo. Lo celebraremos quemando el Ars moriendi original en la chimenea.
—Estoy bastante segura de que no puede haber chimeneas dentro de las habitaciones de un hotel porque suponen un peligro de incendio, pero en general me gusta tu plan.
—Sonreí, pese a que mi cerebro no podía evitar preguntarse: ¿Y luego, Viktor?
¿Luego qué? Me lo repetía tan a menudo que estaba convencida de que él debía de haberlo captado.
El problema era que no existía ninguna solución satisfactoria.
Ambos lo sabíamos, y ambos tomamos la decisión de abstenernos de hablar del tema.
En algún lugar del mundo, Viktor tenía cosas que hacer: un trabajo, responsabilidades, mascotas…
, a saber. Y tarde o temprano tendría que volver ahí.
Quizá, una vez que se ocupara de Silas, regresaría con su sire.
O tal vez esperaría hasta el final del semestre de primavera.
En cualquier caso, Rockhaven no era su hogar.
Aun así, mantenía la esperanza de que quisiera quedarse unos años, y me propuse preguntárselo.
Después de lo de Silas, le contaría todas las cosas de las que me había dado cuenta en esas últimas semanas: que estaba enamorada, que estaba dispuesta a seguirlo donde fuera que lo llevaran sus importantes asuntos de renacidos y que, aunque no pudiera tenerlo para siempre, estaría encantada de pasar todo el tiempo posible con él.
O, al menos, tanto como él pudiera dedicarme.
Pensé que tal vez diría que sí. Sí, iba a decir que sí. Yo le importaba y, aunque ambos sabíamos cómo acabaría esta relación…
Noté el espasmo en la mandíbula de Viktor y detuve mi hilo de pensamientos.
De momento, el futuro no tenía relevancia.
Por ahora teníamos tiempo. Encontré su mano, entrelacé los dedos con los suyos y, al hacerlo, se me subió un poco la manga, lo suficiente para dejar al descubierto un destello plateado.
—Te queda mejor a ti que a mí —dijo Viktor.
—¿Tú crees?
Esbozó una sonrisa.
—Y sí que he notado que ahora eres más puntual.
—Quizá sea porque vivimos juntos.
—Quizá. Aun así, deberías quedártelo.
Había visto muchos de repuesto en la habitación de Viktor. Y, sin embargo, su muñeca continuaba desnuda desde que yo me había llevado este.
—Te lo devolveré.
—No tienes por qué.
—Lo haré. Cuando todo este lío haya terminado y nosotros… Te lo devolveré. — Y entonces hablaremos. Era una promesa, al igual que su firme asentimiento.
Intercambiamos una sonrisa y acto seguido nos pusimos a jugar al veoveo.
—Mi sire va a enviar a tres renacidos —me informó Viktor esa noche, después de colgar el teléfono—. La exhibición es pasado mañana, sobre el mediodía, y necesitamos a tanta gente como sea posible que pueda moverse bien bajo el sol, ya que por ahora solo estamos Pierre y yo.
—¿Cuándo llegan?
—Mañana por la noche.
Asentí y sonreí, porque esa era la única razón por la que me lo había contado: me estaba incluyendo en sus planes porque sabía que eso me tranquilizaría. Si lo pensaba mucho, me costaba respirar.
—¿Podemos pedir servicio de habitaciones? —pregunté, odiando lo débil que sonaba mi voz.
—Por supuesto.
—Genial. Nunca lo he hecho.
—¿Y eso?
—Es caro. Y el hotel suele tener guardada tu tarjeta de crédito, por lo que es complicado hacer un simpa. —Vi que me miraba de reojo en señal de reproche y le saqué la lengua, pero se lo perdoné cuando llegó el festín de comida, vino espumoso y una unidad de cada postre que había en el menú.
Esa noche me besó y se burló de mí porque mi boca sabía a naranja y chocolate y caramelo, y luego nos acostamos y entró con tanta facilidad que casi lloré al ver lo bien que nuestros cuerpos se conocían.
Después de que me corriera la primera vez, me mordió uno de los pechos hasta traspasar la piel.
Había dejado de preguntar porque sabía que le diría que sí.
Sus dientes se hundieron justo debajo de mi pezón.
El dolor fue insoportable hasta que se convirtió en éxtasis, nublándome la visión y domándome.
Mi alma se perdió en su cuerpo mientras tomaba lo que necesitaba.
—Tantos siglos —murmuró después, abrazándome con fuerza mientras se quedaba dormido—, tantas mentes leídas, y no sabía que fuera posible desear así a alguien.
A la mañana siguiente me arrastré hasta la sala de estar de la suite, aturdida y con los párpados pesados. Nada más verlo, supe que algo iba mal.
—Lo entiendo —dijo Viktor sentado en el sofá. Estaba hablando por teléfono y su boca formaba una fina línea—. No, no… Me preocupa más la posibilidad de que sea una trampa.
Debí de hacer algún ruido, porque se giró hacia mí. Observé su traje, el pelo peinado hacia atrás, los mocasines relucientes e impecables. No había ni rastro del desastre despeinado y con olor a sexo de la noche anterior, cuando nos acabamos los postres que quedaban.
—Estoy de acuerdo, pero tienes que admitir que es raro que cambie la cita para la exposición con tan poca antelación… ¿Iba solo cuando aterrizó? Ya… No está claro. No me sorprendería que lo acompañara otro renacido.
Tragué saliva. Volví al dormitorio, me puse la camiseta de la maratón de Viktor y luego regresé para arrodillarme entre sus piernas justo cuando colgaba el teléfono. Mis ojos encontraron los suyos. Los escruté.
—¿Silas ha cambiado la visita para hoy?
Asintió.
—¿Crees que es una trampa?
Se mordió el interior del labio.
—No lo sé.
—Y los renacidos que ha enviado tu sire aún no han llegado, ¿verdad?
Negó con la cabeza.
—Vale. Así que Pierre y tú sois los únicos que podéis tenderle una emboscada a Silas a plena luz del día, y no sabes si aparecerá solo. —No me molesté en ofrecerme a ir con ellos. Sabía cuáles eran mis capacidades y entre ellas no se incluía ganar una pelea física—. ¿Qué opciones tenéis?
Me puso las manos en la cintura y me atrajo hacia él, entre sus muslos.
—Podríamos cancelarlo todo, pero eso implicaría dejar al personal de la casa de subastas a merced de Silas y perder la oportunidad de capturarlo. La otra opción es arriesgarnos.
Tenía tantas ganas de pedirle que eligiera la primera que casi le clavo las uñas en la carne de los muslos. Pero sabía que él jamás haría eso, y engañarme a mí misma me parecía un mal uso del tiempo que nos quedaba. Así que le tomé el rostro entre las manos.
—Los dos sabemos lo que vas a hacer. Y me parece bien.
Viktor no protestó. Giró la cabeza hacia un lado y apoyó la boca en el centro de mi palma.
—Tendré mucho cuidado. Me aseguraré de que la zona esté bien vigilada y…