Mortal & Inmortal capítulo 9 #4
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capítulo 9 #4

—Bajo otro nombre. En un campo ligeramente distinto.

—Se encogió de hombros—. Una vez por década más o menos, el mundo académico es un excelente lugar de trabajo.

Garantiza el acceso a material de investigación y requiere el contacto con mentes jóvenes y motivadas que me ponen al día sobre los puntos más destacados de cómo está evolucionando la sociedad.

—¿Así es como aprendiste sobre trajes a medida, relojes de pulsera y el término de moda para definir las relaciones, «amante»?

Me fulminó con la mirada.

—Tengo varios oficios que voy alternando, y el mundo académico es uno de mis favoritos. —Se puso serio—. Es mucho mejor que trabajar en finanzas, te lo aseguro.

—Me lo puedo imaginar —dije, preguntándome: ¿Cuántas cosas diferentes habrá hecho? ¿Cuántas vidas habrá vivido?

Viktor me atrajo hacia él, me echó el pelo hacia atrás con los dedos y dijo:

—Últimamente, parece que ninguna.

Salíamos a pasear. Comíamos juntos. Admirábamos sus libros raros y hablábamos de historia.

Tras contarme entre besos que había trabajado en el rodaje de una película muda, le exigí que la viera conmigo.

Al principio, intenté actuar con discreción en casa.

No porque no quisiéramos que se enteraran los demás: nuestra relación no fue una sorpresa para nadie, sobre todo después de pasarme días yendo por ahí con ropa que evidentemente no era mía porque me quedaba enorme.

Hubo miraditas de felicitación (Pierre), de escándalo (Sam) y de puro desprecio (Arlo).

El caso es que Viktor no estaba acostumbrado a que lo percibieran como parte de algo que excluía al resto, como alguien que disfrutaba de la intimidad con una mujer, como miembro de una pareja.

La primera vez que nos cogimos de la mano delante de los demás, estábamos en la cocina.

Fue un reflejo, la conclusión lógica de que sus nudillos rozaran los míos y mi hombro chocara con el suyo.

No pensé e hice lo que habría hecho si hubiéramos estado solos: entrelacé los dedos con los suyos.

Noté el calor de su piel contra la mía al instante.

Al mirarlo, vi que tenía las mejillas sonrojadas y la espalda rígida.

Su vergüenza era palpable y me sentí fatal por hacerle pasar por eso. Así que traté de apartarme.

No me lo permitió.

Me agarró la mano con tanta fuerza que tuve que contener una mueca de dolor.

Intenté buscar en sus ojos alguna pista de lo que debía hacer, pero Viktor no me miraba.

Sam estaba hablando sobre la planificación de las comidas y las próximas vacaciones, pero se calló cuando Viktor carraspeó para decir:

—Disculpadnos.

Me sacó de la cocina, ignorando las preguntas dispersas y las miradas de desconcierto. Me llevó por el pasillo hasta el taller y me besó contra la puerta una vez dentro, presionándome contra ella mientras con la pierna se abría paso entre mis muslos.

La cabeza empezó a darme vueltas. Intenté hablar, pero no pude. No hasta que se arrodilló delante de mí y tuve unos segundos para recuperar el aliento.

—¿Esto es… es algo bueno? ¿O te estás vengando? ¿O…?

Me bajó los pantalones de chándal con decisión y destreza.

Ya habíamos tenido sexo muchas veces. En ocasiones parecía que no pudiéramos parar, como si tuviésemos un problema, como si hubiera un lado salvaje y maníaco en esa necesidad que teníamos de tocarnos, pero es que ¿cuánto tiempo nos quedaba juntos?

Esto, sin embargo, era diferente.

—Me ha gustado —reconoció, hundiendo la nariz en mi entrepierna por encima de las bragas, para después apartarlas y lamerme por debajo, provocándome un estremecimiento—. Que hayas… que hayas hecho eso delante de ellos.

—¿Que haya hecho…? Uf, madre mía.

Su lengua se enroscó alrededor de mi clítoris y eché la cabeza hacia atrás.

—Lo de las manos. —Me estaba succionando y, por un momento, me quedé en blanco, temblando.

Pero entonces pensé en lo prohibidas que debían de haber estado las muestras de afecto durante la mayor parte de la vida de Viktor.

La importancia que tenían. Lo indecente y obsceno que debía de parecerle la idea de cogerse de la mano dentro de una residencia privada con alguien con quien no estaba casado.

Sonreí al techo, intentando no correrme.

—Ya que lo has disfrutado tanto, creo que voy a hacerlo todos los días —respondí, y esta vez fue él quien se estremeció. Le pasé los dedos por el cabello y percibí cómo separaba los labios hasta clavarme los dientes en la parte interior del muslo.

—¿Puedo? —preguntó—. Por favor.

«¿Qué?», estuve a punto de preguntar. Pero lo había entendido. Por supuesto que lo había entendido. Y por supuesto que eso era lo que él quería. Puede que incluso lo necesitara.

Sonreí.

—Puedes siempre que quieras. No hace falta que lo pidas.

Dejó escapar un gemido sordo y luego hubo un milisegundo de dolor, seguido de más placer del que jamás hubiera podido imaginar.

Sus dientes se hundieron en la suave carne de mi muslo y mi cuerpo se convulsionó hasta convertirse en algo oscuro y lleno de calor.

Fueron sus manos sobre mis caderas las que me mantuvieron en pie, pero yo ya no era yo.

Era un ser hecho de amor, gozo y electricidad; un ser indigno, desvergonzado y vivo.

No sé cuánto duró aquello, solo que después ambos nos lanzamos sobre el mismo escritorio donde nos habíamos enamorado, mi cuerpo esbelto presionado contra el suyo, y yo empecé a restregarme contra él, intentando acercarme más, deslizando mi mano por su pecho hasta…

—Cuando tu sangre está tan fresca en mí —susurró con voz áspera—, puedo sentir todo lo que tú sientes. —Bajé la mirada. El semen de su propio orgasmo, empujado por el mío, yacía sobre su abdomen.

Aún estaba duro.

—¿Puedo tomar más? —me suplicó. Yo ya estaba asintiendo con la cabeza antes de que terminara de formular la pregunta. Sí, por favor.

Dejé que me diera la vuelta y me tumbara en el escritorio. Se inclinó sobre mí y noté esa sensación de pellizco. Un calor creciente, retorcido.

Viktor reabrió la herida de mi hombro, la que me había hecho antes de que nos conociéramos.

Sentí como si fuera un borrón y cuenta nueva, como si esta fuera la primera vez que lo hacíamos de verdad.

Nos colocó de tal manera que mi cuerpo quedó arqueado hacia atrás y hacia arriba.

Entonces la metió hasta el fondo, tan profunda que creí que me iba a reordenar los órganos internos.

—¿Es demasiado?

No. No lo es.

—Lo sé. Lo noto.

Me inclinó las caderas más hacia arriba y yo gemí, con una mejilla presionada contra la madera.

—¿Más? —preguntó, y yo asentí con entusiasmo.

—¿Me…? Joder. ¿Crees que podrías… pedírmelo?

—¿Pedirte qué?

—¿Podrías decir: «Quiero más, Viktor»?

Lo hice, y él soltó un gruñido profundo y gutural. Me di cuenta de que no iba a poder caminar en un buen rato.

Después, mientras escuchaba su corazón latir contra mi espalda y esperaba a que mis pulmones volvieran a funcionar, me susurró:

—Veronica.

—¿Sí?

Sus pestañas me hicieron cosquillas en el cuello.

—Sea lo que sea lo que está pasando entre nosotros, no siento que pueda controlarlo.

Tragué saliva. Palpé a tientas la superficie lisa del escritorio, pero no encontré nada a lo que agarrarme, así que me limité a responder:

—Lo sé.

La cosa fue así durante varios días. Y fue maravilloso.

Hasta que el lunes de la tercera semana de diciembre, mientras le enseñaba a Viktor a jugar a las cartas en su despacho, sonó el teléfono. Era la casa de subastas de Wiegand. Llamaban para informarle de que acababan de adquirir un libro muy muy raro que pensaban que le podría interesar.