Mortal & Inmortal capítulo 9 #3
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capítulo 9 #3

No había nadie en la casa, pero quienquiera que hubiera entrado no había tenido piedad ni de mis pertenencias ni de los electrodomésticos de mi casero.

Las mesas y las sillas estaban patas arriba.

Los cajones estaban tirados por ahí y las cortinas hechas jirones.

El suelo estaba cubierto de pintura acrílica y libros medio destrozados.

Habían arrancado la puerta de la nevera para arrojarla sobre el sofá, donde mi otrora impresionante colección de salsas picantes aún goteaba sobre la tapicería.

Viktor revisó todas las habitaciones, asegurándose de que los intrusos no hubieran dejado nada ni a nadie atrás. Mientras tanto, yo me quedé en la entrada, con la espalda pegada a la pared, demasiado mareada para seguirlo.

Había vivido en sitios donde este tipo de sucesos eran habituales.

No era nueva en esto de los robos. Sin embargo, aquello no era obra de alguien que hubiera estado hurgando entre mis cosas en busca de algo de valor.

Habían arrasado con el lugar donde vivía y, al igual que unos días antes en el jardín delantero de la casa de Viktor, me sentía expuesta y violada. Como una presa.

—¿Estás bien? —me preguntó Viktor, levantándome la barbilla con los nudillos y mirándome a los ojos. Cuando asentí, me apartó un mechón de la cara y ordenó—: Haz las maletas. Te vienes a vivir conmigo.

—¿Crees que Silas sabe lo de la réplica?

—pregunté durante el viaje de vuelta, apoyada contra la ventanilla.

La cuestión llevaba días rondándome la cabeza.

El hecho de que varias personas que me importaban y yo estuviéramos en grave peligro me estaba afectando.

Me dolía la cabeza. Y el corazón también.

—Lo dudo. Silas no sabe que yo soy el autor de Ars moriendi ni que tengo el original. —Reflexionó sobre el asunto un momento y luego esbozó una mueca—. ¿Has sabido algo de tu novio últimamente?

—¿Mi novio?

—No me refiero a mí. Al otro.

Me volví hacia él.

—¿Acaso eres tú mi novio?

—Bueno… —Frunció el ceño—. Ahora que lo mencionas, no estoy convencido de que tenga las habilidades necesarias para ser el novio de alguien.

Yo también fruncí el ceño.

—¿En serio?

Asintió con solemnidad.

—¿Por qué?

—El término conlleva una ligereza que no sé si soy capaz de tolerar.

—Interesante. —Jugué con el extremo de la bufanda de cachemira que le había robado del cajón—. ¿Qué término preferirías?

Lo meditó durante casi dos manzanas.

—Creo que la palabra «amante» es la que mejor describe…

—No. Ni hablar. Rotundamente no.

—¿Por qué? —Sonaba un poco ofendido.

—Porque me da tanta grima como «viscoso» y «esmegma» y… ¿qué otro novio?

—Ese tal McManaman.

—Cómo no.

—¿Tienes alguna forma de ponerte en contacto con él?

Saqué el móvil, lo puse en altavoz y marqué su número. Tras varios tonos, una voz nasal y brusca respondió:

—¿Sí?

—Mortimer —dije. No conseguí que mi voz sonara contenta de hablar con él.

—¿Sí? ¿Qué? ¿Quién es?

—Soy yo. —Qué raro. No me había cambiado el número.

—¿Quién? No tengo todo el día, señora.

—Soy Vero. —Silencio—. Vero Mercer. La que te ayudó a…

—Ah. Ah, sí. —Se aclaró la garganta. Tras el sonido de una, no, dos puertas cerrándose, susurró—: ¿Qué pasa? ¿Han vuelto a por ti?

Viktor y yo intercambiamos una mirada y yo intenté no reírme.

—¿Habías borrado mi número, Morty?

—No. Bueno… Es que… Me pareció buena idea, eh…, cortar cualquier vínculo y tal. Por si alguien me revisaba el teléfono. Si hay una conexión entre nosotros, para la gente que quiera tomar represalias sería más fácil…

—Señor McManaman —lo interrumpió Viktor.

—Mierda —respondió Mortimer.

—¿Le ha contactado alguien en relación con sus falsificaciones?

—¿Qué… qué falsificaciones?

Viktor suspiró.

—Señor McManaman, esto es importante. ¿Se ha puesto en contacto con usted alguien sospechoso en relación con las falsificaciones o con Veronica en los últimos cuatro meses?

—No. Yo no…

—No me estará mintiendo, ¿verdad?

—¡No! ¡Por supuesto que no! Quiero decir, después de lo que…

No he sabido nada más sobre ese tema. Yo también me he mantenido al margen…

Contraté a un nuevo gerente para la tienda y voy de visita a Vermont una o dos veces al mes para supervisar que todo vaya bien, pero la mayor parte del tiempo la paso aquí, en Boston, con mis padres.

Con el objetivo de, eh…, distanciarme. En realidad, nunca quise hacer las falsificaciones.

Fue… fue sobre todo idea de Vero y mi abogado…

Viktor me quitó el teléfono, colgó la llamada y luego lo guardó en el bolsillo de mi americana.

—Si Silas supiera lo de la falsificación, habría contactado primero con McManaman. Y él no estaría vivo para contarlo.

—Sería una pena.

—No sé si lograríamos recuperarnos del disgusto —añadió él meneando la cabeza—.

Soy un renacido conocido entre nuestra sociedad.

Me mantengo más en las sombras que la mayoría de los ayudantes de mi sire, pero no sería descabellado que él hubiera contratado a investigadores y que hubiesen descubierto que he estado… deleitándome con tu compañía.

La forma en que hablaba a veces me mataba. En el mejor sentido posible.

—¿Eso significa que el ataque del otro día…?

—Mi hipótesis inicial era que iba dirigido a mí, y que tú simplemente tuviste la mala suerte de salir cuando el hombre de Silas estaba acechando. De hecho, puede que eso siga siendo cierto.

—Pero ¿por qué ahora?

—La semana pasada estuve con mi sire investigando un ataque a un renacido.

No pude determinar con certeza que el culpable fuera Silas, pero es una posibilidad.

Si se quedó por la zona, quizá me vio llegar y me siguió hasta Vermont.

Pero hay más. Mi sire difundió algunos… rumores acerca de la reaparición de Ars moriendi para asegurarse de que Silas se enterara.

Como soy la mano derecha de mi sire, Silas debe de haber dado por hecho que soy el encargado de recuperar el texto.

Puede que su objetivo sea capturarte y después utilizarte como moneda de cambio, aunque sigo teniendo mis dudas sobre si sabe que tú eres la falsificadora.

Redujimos la velocidad ante un semáforo y volví a mirar por la ventana. Había una familia saliendo alegremente de una cafetería.

—¿Por qué no Arlo o Pierre? ¿Por qué yo?

—Silas es un jugador estratégico. Entiende qué detalles marcan la diferencia.

—¿Y cuáles son?

Se quedó en silencio durante un buen rato.

—Tú eres importante para mí, Veronica. Mucho más de lo que puedo permitirme.

Probablemente lo que voy a decir sonará extraño, incluso ahora que esta historia me queda tan lejos, pero allá va: aquella noche llena de pavor, incertidumbre y violencia resultó ser el comienzo de la mejor época de mi vida.

Porque, durante las semanas siguientes, Viktor y yo vivimos juntos como si fuéramos una pareja normal.

O, al menos, como imagino que viven las parejas normales.

Entonces no tenía ni idea, y ahora menos aún, de cómo eran la mayoría de las historias de amor.

Aun así, me pareció extraordinario lo rápido que dos personas que habían llevado existencias mayoritariamente solitarias se volvieron adictas la una a la otra.

Fusionar rutinas. Aprender el uno del otro.

Superar diferencias nada triviales en cuestiones como los hábitos de sueño, la limpieza, la alimentación, la ética laboral, los niveles de energía…

Siempre había pensado que los sacrificios o concesiones necesarios para que una relación funcione acabarían matando mi afecto por la otra persona.

Me imaginaba a una pareja como alguien que me pediría que tapara bien la pasta de dientes, que no fuera sin sujetador por casa, que hablara con él incluso cuando prefiriera estar colocada y mirando al techo preguntándome cómo sería ser un pájaro carbonero.

Alguien que querría opinar sobre si debería depilarme el cuerpo, si debería intentar hacer más amigos, si debería acostarme más temprano para aprovechar las mañanas.

Alguien que pretendería cambiarme poco a poco, y que aquello para mí supondría una muerte lenta y tortuosa.

Pero Viktor no era así. Y, cuando estábamos juntos, yo tampoco pensaba nunca en si me gustaría que él cambiara algo.

Ni siquiera las partes más rígidas, reservadas y serias de su personalidad, esas que no lograba entender.

Tampoco los gemelos de sus camisas ni la forma en que usaba la palabra «amante» para verme retorcerme.

La sencillez de nuestra relación era sorprendente.

Me preocupaba mucho por él y sentía cariño incluso hacia los aspectos de él que no comprendía.

Yo le gustaba, lo que significaba que no le importaba si estaba colocada e intentando escribir una canción sobre un dedo del pie que se enamora de un riñón.

Él igualmente me daba besitos en la mejilla y reseguía la curva de mi nariz con la yema del dedo mientras susurraba:

—¿Qué le deparará el futuro al dedo del pie, Veronica?

Durante los primeros días, con el semestre aún en marcha, Pierre me acompañaba en todos los recados por el campus y Viktor se unía a nosotros siempre que podía.

Con Ars moriendi en proceso de evaluación, la mayoría de nuestros compromisos eran de tipo académico.

Cuando mencioné que tenía que hacer algunas correcciones en mi tesis, Viktor pidió leerla.

Le parecieron divertidísimas y acertadas mis opiniones sobre el arte de la Baja Edad Media, y luego se pasó una tarde enumerando todos los detalles en los que los historiadores se habían equivocado sobre la Alta Edad Media.

Después terminaron sus clases y me entusiasmaba ver a un antiguo escriba monástico corrigiendo exámenes finales y horrorizándose ante la mezcla de plagio y descuido general que abundaba entre los estudiantes contemporáneos.

Para mi decepción, lo que dijo fue:

—Tampoco son tan malos. La cosa no ha cambiado mucho en los últimos diez años.

—¿Ya eras profesor hace diez años?