capítulo 9 #2
La segunda vez fue un poco más lenta, un poco menos torpe, un poco mejor.
Estábamos de costado, frente a frente, con las piernas entrelazadas, y, aunque ardíamos en llamas, no podíamos parar de sonreír, respirando contra la boca del otro, lamiendo el sudor de los músculos resbaladizos.
Cuando me invadió semejante sensación de plenitud que creí que nunca volvería a ser la misma, me aferré con los brazos alrededor de su cuello y di paso al placer.
Se me nubló la visión, estallaron fuegos artificiales tras mis párpados, saboreé el gemido que Viktor exhaló contra mi mejilla y no pensé en nada más que en el momento que estábamos viviendo.
—¿Y Mary Shelley?
—No.
—Gengis Kan.
—Tampoco.
—¿Shakespeare?
—Por desgracia, no.
—Alejandro Mag… Espera, él era de una época anterior a la tuya. Tacha eso. Malala. ¿Conoces a…?
—Malala está vivita y coleando. —Nos inclinó de modo que su cuerpo quedó ligeramente sobre el mío.
Sus manos se volvían cada vez más atrevidas.
Estaba a gusto con mi cuerpo, se demoraba en cada curva, me acariciaba el cabello con movimientos somnolientos y embriagados de felicidad—. Tú misma podrías conocerla.
—No, qué va. Esa tía es demasiado guay para mí.
—Igual que todas las personas que has mencionado eran demasiado brillantes para un monje redimido. Aunque estuviera vivo a la vez que ellos, no me habrían hecho ni caso. —Me dio un beso. Sonrió. Otro. Durante un rato, nos olvidamos del hilo de la conversación.
Hasta que me vino algo a la mente.
—¿Esto está bien? —pregunté.
Viktor me atrajo hacia él, aferrándose a mi cintura.
—Creía que estábamos de acuerdo en que era extraordinario.
—No, quiero decir, ¿vosotros…? ¿Está bien que hagáis esto con una mortal? —Pierre me había dicho que no había problema, pero no parecía tan dado a seguir las reglas como Viktor.
Se apartó un poco para mirarme a los ojos.
—Está permitido, sí. Sin embargo…
Esperé, trazando el contorno de su rostro con los dedos: la línea de la mandíbula, el lóbulo de la oreja, el pelo revuelto, muy revuelto… Lo había mancillado.
—Iba en serio lo que dije sobre que no solemos mezclarnos con mortales. Os resultamos desagradables. Y está el tema de… —Se pasó la lengua por los dientes. Percibí que se volvía a encerrar un poco en sí mismo—. De que el roce hace el cariño.
—¿Te da miedo encariñarte?
Esos hoyuelos en las mejillas cuando sonreía le hacían parecer más joven de lo que yo sabía que era.
—Ya es bastante tarde para eso.
—¿No deberíamos haber…?
—Si no lo hubiéramos hecho, seguiría estando encariñado igualmente. Esto ha sido… —Posó su cálida palma en mi espalda—. Yo quería que pasara —dijo, pero se le ensombreció el semblante.
No me costó adivinar por dónde iban sus pensamientos. Él y yo quizá nos sentíamos como si estuviésemos hechos de lo mismo, de sustancias compatibles destinadas a unirse. Sin embargo, si nos echaran al agua, uno de nosotros flotaría durante eones, mientras que el otro…
El otro se hundiría en un abrir y cerrar de ojos.
—Nunca he… —Viktor parecía confundido, como si, a pesar de la duración y la riqueza de su vida, esa noche hubiera sido demasiado singular como para comprenderla sin antes procesarla.
Lo observé estudiar el problema, darle vueltas y vueltas, abordarlo desde todos los ángulos para descubrir dónde estaba el fallo, la grieta por la que pasar.
No existía ninguna, pero quise cederle el derecho a llegar a esa conclusión por sí mismo.
Al fin y al cabo, yo llevaba meses aceptando la discrepancia en nuestra esperanza de vida.
Por fin, sus ojos se encontraron con los míos.
Había un rastro de desesperación mal disimulado en ellos, una inquietud nueva.
Para que desapareciera, le transmití mentalmente: No me importa que tú vayas a vivir para siempre y yo no.
De verdad. Si esto funciona y yo me hago vieja y tú te quedas así de joven…
, no me importa. ¡Ya tengo canas ahora! Podemos tomárnoslo con calma. Igual te hartas de mí en dos semanas y…
—No —dijo con firmeza. Empujó mis pensamientos hasta que no tuve más remedio que dejarlos escapar.
—Podemos hablar de esto más tarde, si quieres —sugerí con delicadeza.
Viktor asintió, pero aun así dijo:
—He oído hablar de un renacido que una vez se enfrentó a esto.
—Ajá. —Le seguí acariciando la cara. El hueco bajo los pómulos era más pronunciado que antes. Quería alimentarlo. Tocarlo por todas partes un millón de veces, para asegurarme de que estaba entero.
—La mortal de la que se había encariñado… acabó pidiendo que la transformara.
—¿Y él accedió?
—Sí, pero no conocía el ritual.
—¿Así que se quedó con las ganas?
—No. —Viktor suspiró—. Le pidió a mi sire que la convirtiera, y aceptó. El renacido mató a su amada, llevó su cadáver recién fallecido ante mi sire y… El ritual no es infalible. A veces no funciona, y no sabemos por qué.
—Entonces, ¿el renacido mató a la mujer que amaba… para nada?
—Así es.
—Dios mío. Qué trágico.
Viktor echó la cabeza hacia atrás contra la almohada y se quedó en silencio. Me costó un rato entender por qué.
—¿Temes que yo también te lo pida? ¿Que quiera que me mates y luego me conviertas en una renacida?
—¿Lo harías?
Se me escapó la risa.
—No.
Levantó una ceja.
—Pareces muy segura.
—Porque lo estoy. Sinceramente, todo el tema de la inmortalidad me resulta agotador. Quiero decir, mira estas arrugas. —Le alisé el surco entre las cejas, primero con el pulgar y luego con un beso.
—A la gente suele atraerle el poder y la riqueza que conlleva la longevidad.
—Estoy segura de que sí, y lo entiendo, pero…
¿y después qué? Por lo que me has contado, parece que uno puede volverse loco durante el proceso o morir con un dolor brutal.
Tendrán que esperar siglos hasta poder, por ejemplo, disfrutar del dinerito que habrán acumulado con los intereses de la cuenta de ahorro para irse de vacaciones a la playa.
En mi opinión, ser mortal, igual que ser un renacido, tiene sus pros y sus contras.
Lo primero puede ser chungo, pero ni me imagino tener que lidiar con lo segundo.
—Me encogí de hombros—. Prefiero malo conocido que bueno por conocer.
Como bien has dicho, la inmortalidad no es para todo el mundo.
No estoy segura de si tengo lo que hace falta para prolongar mi vida más allá de lo fisiológicamente probable.
Pensé que mi respuesta lo complacería, pero sus ojos se apagaron.
Aun así, me atrajo hacia él y me besó, y allí, en su cama, arropada por su calor, me quedé dormida repitiendo en mi mente las palabras que le había dicho, esperando que no oyera mi último pensamiento, aquel que me había olvidado de decir en voz alta.
No estoy segura de si tengo lo que hace falta para prolongar mi vida más allá de lo fisiológicamente probable. Aun así, por ti, creo que lo intentaría. Me convertiría en lo que fuera necesario por pasar un poco más de tiempo contigo.
Dos días más tarde, y a través de una compleja red de intermediarios, Viktor envió de forma anónima la réplica de Ars moriendi a Wiegand para su tasación. Limpié mi puesto de trabajo sintiéndome vacía. Me pasaba siempre tras completar un gran proyecto.
—¿Y esto? —le pregunté a Viktor después de colocarlo todo en su sitio—. ¿Qué quieres hacer con el Ars moriendi original? ¿Lo devolvemos a la sala de conservación?
Él negó con la cabeza.
—Voy a destruirlo —respondió sin dudar.
Apreté el libro contra mi cuerpo con un gesto protector.
—¿Hablas en serio?
—Casi siempre, ya lo sabes.
—Pero ¿por qué? Has conservado los otros tomos.
—Esos no contienen información útil. El Ars moriendi ha causado mucho daño y ya ha dejado de ser de utilidad.
—Pero es una antigüedad. Eres coleccionista, sería una tragedia que…
—Dejé la frase en el aire porque vi que Viktor no iba a cambiar de opinión.
De hecho, entendía su posición—. De acuerdo.
Pero deberíamos esperar, al menos hasta que se resuelva la situación con Silas. Puede que acabemos necesitándolo.
Lo pensó un momento y después declaró:
—Está bien, pero ni un segundo más.
Esa noche, decidí irme a dormir a casa para regar las plantas y revisar si me había llegado algún paquete.
Sam había tirado mi abrigo rasgado y cubierto de sangre.
Me envolví en una americana de una suavidad sobrenatural que había encontrado en mi nueva tienda de ropa favorita —el armario de Viktor— y me dirigí al garaje, resignada a pasar un rato de lo más soso con Arlo.
Al final resultó que me equivocaba.
—¿Qué haces tú aquí? —pregunté encantada de la vida.
Viktor me dio un repaso de arriba abajo. Dos veces.
—Qué atractiva —murmuró. Se inclinó y me dio un beso en la frente—. Te llevo yo.
—¿A mi casa?
Asintió y me abrió la puerta del copiloto.
—Creo que deberías saber que mi apartamento no es en absoluto lujoso.
—No me avergonzaba mi casa ni mi estilo de vida ni nada de lo que había conseguido por mí misma, ya fuera por medios honestos o no tan honestos, pero Viktor tenía un cierto gusto estético: elegancia atemporal.
Le gustaban los detalles discretos y ese tipo de cosas.
Estaba bastante segura de que no le entusiasmaría que tirar de la cadena implicara abrir el depósito y rebuscar dentro de la cisterna.
—Sé cómo es tu casa —señaló.
—¿Cómo?
—He estado allí.
—¿Cuándo…? Ah. ¿Cuando me investigaste, antes de conocernos?
—Correcto. La visita fue muy…
Me preparé para lo peor.
—¿Muy qué?
—Agradable. —Parecía pensativo, como si estuviera repasando la impresión que le dio—. Tuve la sensación de que solo tú podías vivir allí.
Eso, junto con saber que había sobrevivido a épocas anteriores al alcantarillado, sumado a las miradas afectuosas y satisfechas que me lanzaba mientras subíamos las escaleras, apaciguó mi ansiedad.
Cuando llegamos a mi piso, me puse de puntillas para darle un beso en la mejilla, me giré para abrir la puerta y nos adentramos en el caos.