Mortal & Inmortal capítulo 9
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capítulo 9

F ue casi poético lo rápido que Viktor y yo pasamos de meses de roces casuales y toques tímidos a lanzarnos juntos sobre su cama. El rebote del colchón hizo que nuestros dientes chocaran y sentí un par de manos callosas tanteando bajo el dobladillo de mi camiseta.

El dolor, al menos, me recordó algo.

—Espera —dije, apartándome mientras me reía para mis adentros ante la súplica silenciosa y abatida que leía en sus ojos. Me decía: «No pares, no te vayas».

—¿Qué?

—Solo por curiosidad. —Posé la mano en sus labios y, cuando los abrió para mí, tracé el contorno de sus dientes con los dedos, presionando la yema del pulgar contra la parte inferior de un colmillo.

Se estremeció.

—Joder. Eres…

Los inspeccioné, intenté ver si mi piel se rompía. No pasó nada, salvo un suspiro apresurado de Viktor seguido de un rugido gutural.

—¿Soy… qué? —pregunté.

—Muy mala. O muy buena, no me decido.

Siempre había sido callado. Sereno. Alguien con mucho autocontrol.

Quizá esa fuera la razón por la que disfrutaba tanto de ver cómo todo eso se disolvía.

Observé su mirada ávida y nerviosa mientras me desnudaba para él.

Era como si no pudiera concebir mi existencia.

Sentía un placer profundo y resonante ante la idea de complacerlo.

Aquello también era nuevo para mí. Antes de Viktor, el sexo nunca había sido algo particularmente consciente, solo algo que hacer a toda prisa. No me paraba a saborearlo.

—¿Bien? —pregunté sentándome sobre sus muslos y desabrochándole los pantalones. Su erección se estremeció ante el contacto con mis dedos, ansiosa.

Él asintió, tenso.

—Sí. Es solo que… —Me recorrió el cuerpo con la mirada: el cabello sobre los hombros, el balanceo de mis pechos, la V entre mis caderas—.

Eres extraordinaria —dijo, y sonaba exactamente igual que el Viktor que me había encontrado junto a la piedra rúnica de Kensington, cuando las hojas de los árboles aún eran verdes.

—¿Recuerdas cuando dijiste que mi cuerpo no te suscitaba ningún tipo de interés? —me reí, acariciándolo a través de los calzoncillos mientras él ponía los ojos en blanco y se aferraba a la sábana.

—No estaba siendo sincero —dijo con voz ronca.

—Pero me lo dijiste con tanta seriedad… Quizá ni siquiera tú mismo eras consciente de que estabas mintiendo.

—Sí que lo era. Era… era plenamente consciente, Veronica. Dios, un segundo. Esto es… Uf. Necesito un momento.

Pero no pudimos frenar el impulso. Una vez que ambos estuvimos desnudos, la paciencia se esfumó. Me volví a sentar a horcajadas sobre él y moví las caderas para restregarme contra la parte baja de su abdomen. Se le aceleró la respiración y se le tensaron todos los músculos.

—Veronica… —susurró con voz insegura.

Tenía las manos suspendidas sobre la piel de mis muslos, como si no supiera a dónde debían o podían ir.

Me rozó la curva de la cadera un par de veces y luego retiró la mano.

Sonreí, lo cogí con cuidado de las muñecas y acerqué sus manos a mis pechos para que pudiera acariciarlos.

Viktor se estremeció y soltó un improperio.

Los agarró con más seguridad y volvió a decir:

—Eres tan…

—¿Extraordinaria?

Su risa fue un suspiro incrédulo.

—Digna de mención.

Era inexperto, pero no ingenuo. Tímido, pero no cohibido. Se veía abrumado, pero en ningún caso se comportaba de forma egoísta.

—Sabes cómo va esto, ¿no? —le pregunté por curiosidad, y emití un gritito cuando la suave succión en mi cuello se convirtió en un mordisco.

—En los últimos cuatro meses, no he pensado en otra cosa que no fuera esto.

—Bien. —Me costaba respirar—. Bien, porque no hay por qué tener sexo como tal…

Uf. —Me arqueé hacia él cuando su boca encontró mi pezón.

Parecía fascinado por el piercing que lo atravesaba.

Lo acarició con la lengua hasta que estuve tan mojada que me dio miedo preocuparlo—.

Hay muchas cosas que podríamos probar y…

—Lo sé. —Sus ojos se posaron en el punto donde nuestros cuerpos podían unirse con demasiada facilidad en ese momento. Un ángulo equivocado, una embestida impaciente y lo tendría dentro—. Sé que no tenemos por qué, pero ¿podemos? Siento como si…

—¿Como si qué?

—Como si hubieras sido creada para darme exactamente el placer que deseo. —Soltó un sonido de pesar—. Es terrible decir eso, ¿no?

—No —respondí. Nunca había estado más excitada—. ¿Puedes… engendrar hijos?

Viktor negó con la cabeza y yo deslicé la mano entre nosotros. Agarré su erección, enorme y temblorosa, y observé cómo sus labios hinchados se abrían con asombro. No pude evitar inclinarme hacia delante y darle un beso suave. Aquel era nuestro primer beso. Y quizá el primero de toda su vida.

Viktor exhaló. Lamí sus labios carnosos mientras dibujaba círculos alrededor del glande.

—La primera vez que te vi tocar un libro —dijo entre jadeos entrecortados—, pensé…

—¿Qué? —Le agarré el pene por la base y noté que una ligera convulsión le recorría el cuerpo.

—Que me encantaría saber lo que se sentía cuando te tocaban esas manos.

—¿Y qué tal? ¿Están cumpliendo tus expectativas?

Asintió. Sus pensamientos se disolvían a medida que iba subiendo y bajando la mano.

—No lo había hecho —susurró—. Nunca.

—¿El qué?

—Pensar en las manos de alguien en esos términos.

El calor se expandió por mi vientre y me temblaron ligeramente los muslos. Cuando una de cada dos respiraciones de Viktor empezaron a ser gruñidos, lo coloqué entre mis labios menores y busqué sus ojos. Poco a poco, fui descendiendo sobre él.

—Despacio —dije, tanto para él como para mí misma, mientras seguía introduciéndolo—.

Tenemos que… Vayamos despacio, por favor.

—Vi cómo los primeros cinco centímetros desaparecían dentro de mí y el placer se acumuló en mi interior.

Me sentía plena, con su piel resbaladiza contra la mía, su expresión aturdida y desesperada.

Me obligué a respirar a pesar de todo—. ¿Bien?

Él asintió.

—Más que bien.

Me esforcé por bajar un poco más a pesar de que mi mente empezaba a nublarse.

—¿Extraordinario? —Gané otro centímetro y vi el momento en que el placer alcanzó tal punto que la mente de Viktor se quedó en blanco. Arqueó el cuello, ladeó las caderas y su polla me embistió de golpe, deteniéndose al llegar al fondo.

Perdí el equilibrio y caí sobre él. No podía respirar. Se me escapó un gemido de placer y dolor. Sentí como si aquella fuerte presión dentro de mí, demasiado profunda, me partiera en dos y…

—Joder. —Viktor se estremeció. Un rubor ardiente se le extendió por la piel. Lo observé mientras se recuperaba hasta que se dio cuenta de que yo todavía me estaba adaptando. Mi cuerpo temblaba y vi que él era consciente de que quizá aquello estaba demasiado apretado y me estaba haciendo daño.

Maldijo de nuevo.

—Joder, perdona. Lo siento… Es que la sensación es tan…

—No pasa nada. —Las lágrimas se me acumulaban en los ojos, pero logré contenerlas y me incliné para besarlo. Él se arqueó para encontrarse con mi boca y apartarme el pelo hacia atrás. Su lengua rozaba la mía, torpe, descuidada y distraída. De repente, volví a sentir solamente placer.

—Lo siento —repitió entre besos—. Intentaré ir menos…

—¿Cachondo?

Soltó un gruñido y escondió una sonrisa en mi cuello. Me dio otro mordisco sin rasgarme la piel.

—Puede que eso sea imposible.

Aún me dolía un poco, pero me restregué contra él, haciendo círculos lentos, luego más amplios.

Después de eso, la sensación era perfecta.

Se oían sonidos húmedos entre nosotros por el sudor de su cuerpo deslizándose contra el mío.

Probé diferentes ángulos, tomé nota de las reacciones de Viktor y las mías, y pensé en todas las cosas que podríamos hacer —y haríamos— juntos.

Lo miré llena de amor. Escuché sus gemidos, apenas contenidos.

Deslicé los labios por sus mejillas enrojecidas y sus sienes húmedas, sentí cómo las marcas de sus dientes florecían en mi hombro, saboreé la fricción que él avivaba dentro de mí.

—No lo sabía —me dijo. Encontré un punto en su cuello donde se apreciaba el pulso desenfrenado de su corazón y succioné—. No tenía ni idea.

Estábamos yendo demasiado rápido. Yo quería alargar el momento. Pero ninguno de los dos podía evitarlo. Sentí cómo empezaba a sacudirse dentro de mí, incontrolable, mientras se le entrecortaba la respiración. Bajé la mano para acariciarme el clítoris y Viktor la apartó para tomar el relevo.

—¿Así?

Negué con la cabeza, a punto de llegar, frustrada.

—¿Así?

Mejor, pero no del todo.

—Joder, Veronica. Enséñame.

Mi mano se unió a la suya, y bastó muy poco.

En cuanto cogimos el movimiento y el ritmo justos, sé que él sintió cómo me empezaba a contraer y, sin que yo dijera nada, sin tener que leerme la mente, lo supo.

Este hombre conocía mis señales, sabía cómo darme placer, y mi orgasmo fue tan intenso que sentí como si me reconfiguraran el cerebro y se crearan nuevas terminaciones nerviosas.

Cuando recuperé la visión, observé a Viktor mientras se corría: la expresión de su rostro articulando mi nombre con los labios, la manera en que se aferraba a mí…

Y en ese momento supe que, de entre todas las mujeres que habían existido en los últimos trece siglos, yo, sin duda, era la más afortunada.

Yacíamos con mi cuerpo aún encima del suyo, sintiendo algún espasmo que se había quedado rezagado. Nuestra piel estaba suave y sudorosa, y teníamos las manos, entrelazadas sobre nuestras cabezas, palma con palma. Me hizo reír al preguntar:

—¿Podemos hacerlo otra vez?

—Me alegro de que te haya gustado —murmuré, escondiendo mi sonrisa en su pecho. Sus dedos se aferraron a mi cadera como una plegaria.

—Sí. —Aún estaba recuperando el aliento—. Ha sido…

—¿Digno de mención?

Su risita fue un suspiro de pura diversión.

—Extraordinario.