Mortal & Inmortal capítulo 8 #4
47%

capítulo 8 #4

—Sí. La convirtieron contra su voluntad y sin preparación alguna.

No sabía nada de los renacidos antes de convertirse en uno, y su sire la sometió porque la consideraba bella y quería quedarse con ella.

Tras el paso de los años, la acabó desechando porque seguía sin ser capaz de pensar de forma racional, y Pierre la encontró hambrienta y confundida poco después.

Aún no ha recuperado los recuerdos de su vida mortal.

De hecho, puede que nunca lo haga. Y, en momentos de confusión, es un peligro para sí misma.

—¿Quién la creó?

—Su sire es el mismo que el de Arlo. Un antiguo renacido que desde entonces ha sido castigado por sus crímenes.

—¿Castigado por ti?

Viktor asintió, como el solucionador de problemas que era. Ejecutor. Asesino. Aunque no uno feliz, precisamente.

Dios, sí que necesitaba un descanso urgente.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿A cuántos renacidos has creado?

—A ninguno. Ni pienso hacerlo. —Bajó la barbilla—.

Aprendí las reglas del ritual de joven, pero solo porque estaba donde no debía y vi a mi sire convertir a alguien.

Tenía las mejores intenciones cuando escribí Ars moriendi, pero la existencia de personas como Silas hace que esos conocimientos sean demasiado peligrosos como para quedar escritos y difundirlos.

Cuando se corrió la voz sobre la existencia del códice, los renacidos libraron guerras para conseguirlo, y pasé siglos convenciéndolos de que había sido destruido.

Ars moriendi no ha traído más que caos y muerte.

Como su autor, es mi deber utilizarlo para eliminar al renacido más peligroso de la historia reciente.

Cerró la réplica y observé el suave movimiento de su mano al acariciar el lomo.

—Lo que no entiendo es: si fuiste tú quien escribió el original, ¿por qué no has forjado tú mismo la copia?

Dejó el libro a un lado y se quitó la americana, un gesto que a esas alturas me resultaba tan familiar que podía reproducirlo en mi mente.

Se desabrochó con cuidado el puño de la camisa para mostrarme una larga cicatriz blanca que se extendía desde el nudillo de su dedo índice derecho hasta la muñeca.

Recordé haberla visto la primera vez que nos conocimos.

—Fue hace varios siglos, durante una pelea.

Sanó rápido y bien, pero debieron de usar una hoja ligeramente envenenada, porque algo pasó mientras los músculos y los tendones se regeneraban.

Ya no puedo transcribir con la misma destreza que antes.

Y no podía arriesgarme a que el original cayera en manos de Silas.

Extendí el brazo. Con el índice, recorrí de arriba abajo la línea de su cicatriz. Sentí cómo se le aceleraba el pulso. O quizá fuera el mío.

Retiré la mano y cerré el puño a mi lado, permitiendo que brotara una ráfaga de valor.

—Tengo una pregunta. Ya se la hice a Pierre una vez, pero su respuesta fue… Bueno, ya conoces a Pierre.

Viktor me miró con curiosidad.

—¿Los renacidos se casan entre ellos? ¿Pasan la eternidad juntos, forman parejas, tríos…, ese tipo de cosas?

—Algunos sí.

—¿Muchos?

—No he hecho una encuesta desde hace siglos.

¿No lo sabe?, me pregunté. ¿De verdad no se da cuenta de lo que le estoy preguntando? Y entonces recordé que podía leerme la mente, que no tenía sentido andarse con rodeos.

—Y me han dicho que también tenéis relaciones sexuales.

En el silencio, oí los sonidos lejanos de Sam revoloteando por la cocina.

—Imagino que sí —respondió con cautela.

Semanas atrás, cuando lo hablé con Pierre, me dijo una verdad indiscutible: no me interesaban en absoluto las costumbres generales de los renacidos. Pero me han dicho que tú no, Viktor.

La única señal de que había captado mi pensamiento fue un movimiento oscilante en su garganta.

—No, yo no.

Por supuesto, por supuestísimo que quería preguntarle el motivo. Pero habría sido una pregunta demasiado indiscreta…

—Porque nunca me ha… interesado.

—¿Por el tipo de educación que recibiste?

—Al principio, sí. Y fue así durante mucho tiempo. Incluso después de alejarme de la Iglesia, me resultaba difícil no considerarlo un fallo moral o un pecado.

—¿Sigues pensando que es un pecado?

—No. Pero me he pasado los últimos cientos de años compensando un absurdo error que cometí en mi juventud, por lo que desear ese tipo de actos me parecía… inconveniente.

—Inconveniente.

—Y fácil de evitar.

¿Era eso lo que estaba pasando entre nosotros?

¿Yo era un inconveniente para él? ¿Estaba intentando dejar de desearme?

Mi corazón —estúpido, débil, traicionero— dio un vuelco, sobrevenido por la tristeza.

Obligué a mi mente a quedarse en blanco, le supliqué que no dejara que Viktor supiera que yo…

Pero ¿por qué? No había hecho nada malo, ¿verdad? Simplemente me había enamorado. Un poco.

—Creo que… Quizá me imaginé que había algo entre nosotros que en realidad no existía.

Él cerró los ojos brevemente.

—No, Veronica. No era cosa de tu imaginación.

—Ah.

—Llevo vivo más de mil años. Sé cómo obligarme a mí mismo a dejar de desear algo —susurró—. Estaba ahí, pero sabía qué tenía que hacer para que desapareciera, y aun así…

Llamaron a la puerta y casi grité de rabia. Arlo se asomó y yo di un paso atrás, alejándome de Viktor, como si fuera una adolescente pillada con las manos en la masa. Aunque la realidad era que ya estábamos a una distancia respetable y Viktor se había quedado donde estaba.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Arlo con cordialidad, lo cual me indicó que no se dirigía a mí.

—Sí —murmuró Viktor, dándonos la espalda a ambos y agarrando un pergamino de práctica que ya debería haber tirado a la basura. Se puso a escribir algo en el papel con una de las viejas plumas, como un niño con un spinner de esos. Tenía la nuca de un color rosa intenso.

Estábamos a punto de… algo. Quizá algo malo, pero algo. Por fin estábamos teniendo esa conversación. No me importaba que Arlo pensara que se había hecho tarde o que se avecinara una tormenta o…

—¿Vero? —dijo Arlo desde la puerta. Me di cuenta de que era la segunda vez que se dirigía a mí, pero no lo había escuchado.

—Dime.

—Te preguntaba si quieres que te lleve a casa o si necesitas alguna otra cosa.

Estaba a punto de responder con un «claro» frustrado y resignado, pero, con un giro de muñeca, Viktor volteó el trozo de pergamino hacia mí. Allí, con la misma letra uncial que yo había estado usando durante los últimos meses, había escrito:

Intenté dejar de desearte.

No lo conseguí.

Arlo estaba hablando del cierre de calles. Levanté la vista para encontrarme con los ojos de Viktor y la determinación que vi en ellos puede que fuese tan nueva para él como lo era para mí.

Así que sonreí y dije:

—Gracias, Arlo. Hoy no creo que haga falta que me lleves.