Mortal & Inmortal capítulo 8 #3
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capítulo 8 #3

Una pausa.

—Porque eres tú —fue su única respuesta. Y, aunque debería haberme indignado, solo sentí una oleada de ternura.

—¿Fue, eh…, como lo que hiciste con Wiegand?

Un breve asentimiento.

—¿No debería tener un mínimo recuerdo? ¿Cuándo fue?

—La noche antes de la venta del patrimonio.

—¿Te refieres a antes de la piedra rúnica de Kensington? ¿Esa venta del patrimonio? ¿Antes incluso de que nos conociéramos? —Leí la respuesta en sus ojos y la ternura se convirtió en hielo—. ¿Dónde?

—En el campus. Detrás del Wilton Hall. Ibas de camino a casa.

Tenía suficiente experiencia con estar colocada como para que perder intervalos de tiempo no fuera nada nuevo para mí, pero no estaba segura de qué hacer con esto.

Levanté instintivamente una mano hacia mi garganta, palpando la base en busca de…

¿qué? Lo de Wiegand había sido tan limpio…

Aunque, a juzgar por lo que había visto en las fotos de aquellas escenas del crimen, podría haber sido un corte profundo y abultado que me atravesaba el cuello de extremo a extremo.

—No fue ahí —dijo en voz baja, y tomó mis dedos entre los suyos para guiarlos hacia la nuca y después un poco hacia la izquierda. Ahí estaba, en la parte superior del omóplato: dos protuberancias. Entre ellas, una línea corta y dentada.

Inspiré bruscamente.

—¿Tú…? ¿Cómo?

Me soltó la mano.

—Rompí la piel con los dientes —explicó con tono neutro—. Y luego bebí. Mi saliva tiene propiedades analgésicas y coagulantes que se activan con la sangre.

—¿Cuánto?

—¿Cómo?

—¿Cuánto tomaste?

Pareció sorprendido por la pregunta.

—No hacía falta mucho para lo que yo necesitaba.

—Entonces… ¿cuánto?

—Unos cuantos tragos.

—¿Cinco? ¿Diez?

Silencio. Y a continuación:

—Más cerca de diez que de cinco.

—Eso es más de lo que le sacaste a Wiegand.

Era una afirmación sincera. Intentaba entender cómo funcionaba todo aquello.

¿Necesitaba más sangre en mi caso porque estaba más diluida?

¿Había alguna tabla de conversión para eso?

Viktor cerró los ojos y apareció ese color en sus mejillas, más intenso que nunca, como si se sintiera profundamente avergonzado por sus propios actos.

—Lo sé —murmuró al fin.

Algo se retorció en mi estómago.

—¿A qué sabía?

—Veronica…

—Me sacaste sangre sin preguntarme primero —señalé—. Creo que merezco saber si estaba buena. O, al menos, qué hace que la sangre sepa bien. ¿Es según el tipo? ¿El AB es tu favorito?

—No. Es complicado. Y, en el fondo, ni siquiera tiene que ver con la sangre.

—¿Con qué tiene que ver entonces?

Respiró hondo.

—Tu sangre se ve afectada por quien eres. Tus emociones, sentimientos, experiencias, miedos y esperanzas…, todo ello se combina para alterar su sabor neuroquímicamente. El sabor de tu sangre es tan único e indescriptible como tu esencia.

—Ah. —Me rasqué la sien. «¿Y te gustó la mía?», me moría de ganas de preguntar, pero el cuerpo de Viktor ya se había puesto rígido, y… Quizá otro día—. ¿Por qué me lo cuentas ahora?

—Debes entender que tomar la sangre de un mortal forma parte del protocolo siempre que trabajamos en estrecha colaboración con ellos. Es una medida de precaución. Normalmente no les informamos de…

—Lo sé. Y, en ese caso, ¿por qué me lo estás contando?

—He querido hacerlo. Casi desde el principio. Y luego, después de que te enteraras de nuestra existencia. He pensado en contártelo… muchas veces.

—Pero ¿por qué?

Tenía las manos entrelazadas entre las rodillas y se las miraba fijamente.

—Porque, por primera vez, sentía que era una traición.

—Comprendo. Entonces…, ¿ahora podrías encontrarme en medio de un mercadillo italiano?

Una breve vacilación.

—Si quisiera, tendría cierto acceso a ti, sí. Podría localizarte si desaparecieras o leer tus intenciones.

Debía de tener el cerebro hecho papilla, porque me había olvidado por completo del pequeño detalle de…

—Puedes leerme la mente. —Me eché hacia atrás en el asiento, sintiéndome invadida.

Él apartó la mirada.

—No en el sentido que…

—¿Puedes leerme los putos pensamientos? —Me tapé la boca, recordando todos los pensamientos curiosos, extraños, lujuriosos, maliciosos y admirativos que había tenido sobre Viktor.

Y me di cuenta entonces de que probablemente él también los había escuchado.

Un ciclo vertiginoso e interminable de pensamientos crueles, vergonzosos e inapropiados…

—Veronica. —Su tono era a la vez severo y compungido—. No es necesario que…

—Uy si lo es.

—No es como te imaginas. No escucho todos tus pensamientos.

Tengo que concentrarme para sintonizar con tu mente.

A veces, si te propones transmitirme algo, o si formulas un pensamiento en frases completas, puede que lo capte accidentalmente.

Pero eso ocurre en contadas ocasiones. La mayoría de los humanos, tú incluida, no pensamos de forma ordenada.

Me encantan los conejos, pensé dirigiéndome a él. Me encantan los conejos. Conejitos. Me encantan. Me encantan los conej…

—Estoy seguro de que podemos conseguirte uno. Sam podría prepararlo, o quizá Pierre conozca algún restaurante…

—No para comer. Soy vegetariana y… Joder, Viktor. —  No me puedo creer que me chuparas la sangre y me hayas estado leyendo la mente, pensé para él. Y luego, en voz alta, no con tanta vehemencia como me hubiera gustado—: Sinceramente, vete a la mierda.

Reprimió una mueca de tristeza.

—Me lo merezco.

—Dios. Por favor, dime que nunca me escuchaste pensar que…

—No te voy a mentir. Algunas veces sí lo escuché. —Bajó la mirada, las pestañas le rozaron la mejilla—. Sobre todo al principio, tenía que asegurarme de que no nos ibas a causar daño. Pero tus pensamientos eran de lo más naturales.

Me puse como un tomate.

—Ah, ¿sí? —pregunté con voz ronca.

—Sí. No soy mortal, y algo dentro de ti lo percibió: la discrepancia entre lo que soy y lo que debería ser. Cuanto más viejos son los renacidos, más distantes se vuelven. Tu inquietud es una reacción común.

Esos no eran los pensamientos a los que me refería. En absoluto.

—Ah —dije.

—Es la razón por la que la mayoría de nosotros no nos entremezclamos con los mortales excepto para asuntos breves.

Y eso es lo que eran la falsificación y todo lo demás. Asuntos breves.

Debí de transmitirle ese pensamiento, porque Viktor asintió y se dirigió al escritorio. Empezó a examinar la réplica, y yo lo seguí unos minutos después, sintiendo un nuevo dolor que se me formaba detrás del esternón.

—Espectacular —dijo en voz baja.

—Gracias. Reescribí las últimas páginas tal y como me pediste.

—Quería explicártelo. —Me miró a los ojos, solemne—. Si tú quieres. No pretendo agobiarte con…

—Fuiste tú el que escribió Ars moriendi, ¿verdad? El original. —La posibilidad se me había ocurrido dos días antes, de repente. Y, mientras consideraba las implicaciones, empecé a preguntarme por qué me había llevado tanto tiempo darme cuenta. Simple estupidez, supongo.

Viktor apretó los labios.

—No debería haberlo hecho. Estaba prohibido difundir estos conocimientos al mundo, y por una buena razón. Pero era joven.

—¿Qué tenías? ¿Unos cien años más o menos?

Soltó una risa amarga.

—Me crie con los monjes. Y después enfermé.

Y luego ya no. Tras conocer a mi sire y cruzar, dejé atrás la Iglesia y sus juicios morales, pero seguía queriendo justicia y equidad.

Consideraba que no tenía derecho a saber más que los demás, así que pensé que debía compartir lo poco que sabía.

—Pasó a las últimas páginas—. La mayor parte del códice no tiene ningún valor.

Es como mi diario de adolescente, por así decirlo. —Sacudió la cabeza, divertido.

—Sí que me pareció que la parte sobre el alma era algo exagerada. —Le di un codazo y él también se inclinó hacia mí. Se quedó un rato así, cerquita.

—El problema es el final.

—¿Qué hay ahí?

—Los pasos para cruzar. Cómo convertir a un mortal en un renacido. El ritual, las condiciones.

—Ah. ¿No lo sabéis la mayoría de vosotros?

—Antes sí. Pero eso cambió hace dos milenios, mucho antes de que yo me convirtiera. Y sería una catástrofe si Silas lo descubriera.

Sabía que Viktor no era dado a la hipérbole. De repente, caí en la cuenta:

—Los expedientes policiales. Las escenas del crimen. Esos muertos… No lo hacía solo por diversión, estaba… ¿Está intentando crear nuevos renacidos?

Viktor asintió con solemnidad.

—Joder. Qué grotesco. ¿Así que para él no es más que una cuestión de… prueba y error?

—Silas es de mi linaje, unos cuantos siglos mayor que yo. Hace unos quinientos años, decidió que el mundo era suyo y tenía derecho a tomarlo.

Me pregunté si Viktor consideraba a Silas un hermano.

—¿Por qué quiere crear nuevos renacidos?

—Sin duda para formar su propio ejército y arrebatarle el liderazgo a mi sire.

—¿Y hay algún límite en el número de renacidos que pueden existir en un momento dado?

—No, no como tal, pero el proceso no es tan sencillo como decidir a quién convertir y punto.

El renacido debe ser antiguo y poderoso para crear a otro.

De lo contrario, incluso tras realizar el ritual correctamente, el mortal acaba muriendo con un dolor indescriptible.

No todos los renacidos son conscientes de sus limitaciones.

Y luego…, al igual que en vuestra sociedad, en la nuestra hay un código ético que se ha ido desarrollando a lo largo de la historia.

El paso no se puede imponer, sino que debe acordarse previamente entre el renacido y el mortal.

El sire más anciano del linaje debe dar su permiso.

Y lo más importante: no todo el mundo es psicológicamente capaz de aceptar la inmortalidad, y no todos los recién convertidos tienen una transición fácil.

—¿Qué significa eso?

Echó un vistazo a la puerta cerrada del taller.

—La transición de Sam fue hace más de ocho décadas y aún no se ha adaptado.

—Ah. ¿Por eso…? ¿El sol? ¿Aquella vez?