Mortal & Inmortal capítulo 8 #2
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capítulo 8 #2

Se lo decía a Pierre, pero yo lo malinterpreté.

Cuando me dispuse a levantarme, la mano de Viktor cubrió la mía, reteniéndome cerca de él con una firmeza inquebrantable.

Y, cuando Pierre salió y cerró la puerta, ocurrió algo que había logrado evitar durante mucho, muchísimo tiempo: unas lágrimas gruesas y silenciosas me inundaron los ojos, convirtiendo mi visión de Viktor en un desastre húmedo y centelleante.

—¿Te vas a morir? —pregunté—. Porque eso me pondría muy triste.

—¿De verdad?

Asentí. Tenía algo en la punta de la lengua, algo que amenazaba con salir a borbotones. Lo contuve y, en su lugar, dije:

—Estaría feo por tu parte dejarme sola ahora que hay que terminar de encuadernar.

—Por fin reconoces lo importantes que son mis aportaciones. —Tenía unas gotas de sudor en la frente. Se las sequé. Le pasé la mano por el pelo. Era la segunda vez que lo veía despeinado.

—¿Por eso casi te matas? ¿Para obligarme a admitir que te necesito?

—Ha merecido la pena.

Apreté los párpados con fuerza, como para alejar todos esos sentimientos que me asaltaban sin piedad. Estaba sitiada. No tenía ni idea de cómo defenderme.

—¿El veneno…? ¿Estás bien? ¿Necesitas medicación o algo?

Él negó con la cabeza.

—Mi cuerpo lo está metabolizando. Quiero disculparme por haber perdido el control y haberte puesto en peligro…

—No, no. Pero… —Le acaricié la cabeza con la palma de la mano, tanto para calmarme a mí como para consolarlo a él. Cuando se inclinó hacia mí, el nudo que sentía en el pecho emitió un calor abrasador—. ¿Podrías, por favor, no volver a hacerlo?

—¿Hacer qué?

—Dejarte apuñalar para salvarme.

Su sonrisa se amplió.

—No te puedo prometer nada.

—Sé que llevas vivo más de mil años, pero te garantizo que morir para salvar a una idiota como yo es lo más estúpido que has hecho en toda tu vida.

—Quién quisiera tener la confianza de la juventud.

—Cállate. Reconozco una idiotez cuando la veo.

—Me sequé las lágrimas con la palma de la mano.

¿Debería decírselo?, me pregunté. ¿Debería decirle lo mucho que me gusta?

¿Que le quiero? ¿Que la idea de despertarme mañana y descubrir que se ha ido me está destrozando en un millón de pedazos? —. ¿Qué puedo hacer por ti? —susurré.

—Ya estás haciendo mucho, Veronica. —Deslizó una mano hacia mi costado y me acarició la cadera—. Quédate conmigo.

No recuerdo en qué momento me quedé dormida. Cuando desperté, la noche era oscura y no había luna. Estaba tumbada junto a Viktor, con la cabeza acurrucada bajo su barbilla y su pesado antebrazo sobre mi cintura, justo debajo de la caja torácica.

Apreté su camisa con la mano y dejé que el latido constante de su corazón me arrullara de nuevo hasta conciliar el sueño.

Durante varios días, no salí de la casa de Viktor.

Le pedí a un amigo que me sustituyera en las clases y le dije a mi tutora de tesis que no me encontraba bien y que trabajaría desde casa.

Y eso fue justo lo que hice, aunque no fue en la tesis en lo que trabajé.

La réplica, a la luz de los recientes acontecimientos, tenía prioridad.

Viktor parecía estar recuperándose bien.

La seguridad se había incrementado hasta un nivel asfixiante y todos en la casa se preocupaban por él, yo incluida.

Lo visitaba entre sesiones de trabajo y siempre lo encontraba recostado, con las largas piernas estiradas y los brazos cruzados sobre el estómago.

—Duerme como un vampiro, la verdad —le dije a Arlo.

—Por enésima vez, que no somos vampiros, hostia.

—Claro, claro.

Pasaba los días trabajando en la encuadernación y asegurándome de que cada parte tuviera un aspecto sutilmente envejecido, como correspondía. Por la noche, cuando me tumbaba en la cama, soñaba con hilos de lino y plumas que se disolvían en tinta sangrienta sobre mis propias manos.

—Puedo prepararte una habitación —me ofreció Sam un día, pero rechacé la oferta.

Solo había un lugar donde estaba dispuesta a dormir, y, aunque nunca había recibido la aprobación verbal del legítimo dueño de la cama, sabía que él también quería que estuviera allí.

De hecho, las únicas veces que Viktor abandonaba su postura de ataúd era cuando me estiraba a su lado, normalmente para cogerme y acercarme más a él o para hundir la cara en mi pelo, que a esas alturas ya olía a su champú.

Porque, cómo no, también me había adueñado de su cuarto de baño.

Se despertó de forma definitiva la mañana del cuarto día.

Abrí los ojos y lo encontré mirándome fijamente.

Los iris habían recuperado ese verde tan vivo y tenía una sonrisa de satisfacción en los labios.

Me apoyó los dedos en la sien para apartarme los mechones grises y revueltos detrás de la oreja, y se detuvo un instante cuando me giré para bostezar contra la almohada.

Me pregunté si mi presencia lo había desconcertado, pero solo parecía curioso y encantado.

—¿De dónde has sacado esa camiseta? —preguntó.

—De tu armario.

—Ya decía yo que me sonaba.

—Pensaba que solo tenías trajes y camisas Oxford. Imagínate mi sorpresa cuando descubrí que corriste una carrera de cinco kilómetros a finales de los ochenta y tienes el botín para demostrarlo.

—Inigualable, me imagino.

—Sí. Bueno…, tampoco tanto. Mientras estabas KO, prácticamente me he mudado a esta casa y permíteme decirte que he averiguado un montón de cosas alucinantes sobre tus amigos.

—Me lo imagino.

—¿Sabías que Arlo ayudó a construir el Big Ben? ¿Y que Pierre ha visitado todos los países del mundo dos veces?

—Sí, lo sabía.

—Claro. Cómo no ibas a saberlo. En fin… —Me giré sobre la espalda y me arqueé para estirarme. Cuando volví a mirar a Viktor, tenía los ojos fijos en mí con un ligero rubor en los pómulos. Le sentaba bien. Le daba un aspecto más saludable.

—¿Crees que ya estás completamente recuperado?

Se levantó la camiseta y vi que la herida se había convertido en una simple cicatriz rosada.

—Sí.

—Bien. Genial. Porque odio a Silas y quiero hacerle tanto daño como él te ha hecho a ti y a todas las demás personas. Quiero que sufra. La réplica está prácticamente terminada. Estoy segura de que te encantará ponerte quisquilloso cuando la revises, pero…

—Estará perfecta. —Sentí como su mano rozaba la mía. Me trazó la palma con los dedos y luego los entrelazó con los míos. Mi vientre se llenó de un anhelo cálido—. Las cosas que haces tú tienden a estarlo.

Me dio un vuelco el corazón. No había suficiente aire en el mundo, y el poco que había se consumió en el momento en que levantó la mano con la que tenía agarrada la mía y se la llevó al rostro.

Frotó la nariz contra mi palma, subió hasta la muñeca e inhaló el aroma de mi piel.

El pulso. Donde la sangre estaba más cerca de la piel.

—¿Tienes hambre? —le pregunté acariciándole la mejilla. El corazón me latía con una fuerza insoportable.

—No sabes cuánta. —Separó los labios contra mis venas y las rozó con la lengua. Un calor sorprendente y abrumador me hizo emitir un leve gemido. Aun así, no hubo mordisco. Ni dientes blancos ni olor metálico a sangre.

—¿Te da miedo que sepa mal? —pregunté algo tensa.

La respuesta de Viktor fue un gruñido grave y dolorido que no parecía provenir de él.

Soltó una exhalación contra mi piel y se apartó despacio.

Me tragué la decepción mientras su mano me subía por el brazo, deteniéndose en el reloj de pulsera que ahora llevaba puesto cada segundo de cada día.

Ascendió con los dedos hasta mi hombro y luego bajó de nuevo, trazando los contornos de mi cuerpo sin rumbo fijo, explorando.

Sin prisas, aunque algo temblorosos. Su respiración se hizo más profunda.

Se aceleró y volvió a ralentizarse mientras exploraba.

Cuando me rozó el costado del pecho con la palma, brotó un gemido de su garganta.

—¿Viktor?

Nuestras miradas se encontraron, desenfocadas. Ninguno de los dos estaba del todo en sus cabales. Temblábamos y vibrábamos juntos.

—¿Sigues sin pensar que soy un insecto efímero?

A través de la tela, me acarició con el pulgar los espacios entre las costillas.

—No, Veronica. Pienso que eres atemporal. Desde el primer momento supe que perdurarías. Tanto es así que me daba hasta miedo.

El calor irradiaba de él, abrasando mis pensamientos.

Apenas nos estábamos tocando, pero me sentía plena, inquieta, estirada hasta el infinito, y entonces me arqueé hacia él.

Nuestras bocas respiraban la una contra la otra.

No era un beso, pero casi. No recordaba haber deseado tanto algo nunca.

Y, sin embargo, Viktor se apartó y se dio la vuelta sobre su espalda. Murmuró un «joder» suave y conciso.

Las consecuencias de la excitación abultaban sus pantalones, obscenas. Vi cómo se movían con un espasmo.

—No —dijo con el rostro contorsionado. Se lo cubrió con la palma de la mano y repitió—: No.

—¿No?

—No hasta que te lo haya contado.

—Hasta que me hayas contado… ¿qué?

Se volvió hacia mí.

—No te va a gustar.

—¿No?

Él negó con la cabeza. Aun así, no pude evitar acercarme y acariciarle el entrecejo con los dedos, como para borrar la tensión.

—Bueno, ya tengo todo el pelo lleno de canas. Dudo que la cosa pueda ir a peor.

Por desgracia, se mantuvo firme en que debíamos hablar en cualquier sitio menos en la cama, y no cedió.

Un rato después nos sentamos el uno frente al otro en el taller, como habíamos hecho docenas de veces.

Había dos tazas de café entre nosotros, Viktor iba blindado con otro traje, y yo, indefensa con su camiseta de la maratón y unos pantalones de pijama.

Él dijo:

—Te he chupado sangre, Veronica.

Rara vez me quedaba sin palabras, pero lo único que podía hacer en ese momento era observar cómo la resignación se extendía por su rostro.

—No es la primera vez que tomo la sangre de un mortal sin pedir permiso, y no será la última. Incluso en tu caso, lo volvería a hacer, sobre todo si la seguridad de mi gente dependiera de ello. —Apartó la mirada—. Pero esto es diferente.

—Diferente. ¿Por qué?