Mortal & Inmortal capítulo 8
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capítulo 8

E l dolor fue tan agudo como la sorpresa.

Había un animal encima de mí, una bestia enorme que gruñía y jadeaba con fuerza contra mi oído. Grité pidiendo ayuda y me retorcí en la nieve, tratando de escapar de su cuerpo hambriento y repugnante.

Estoy muerta, pensé. Me estoy muriendo.

Las situaciones peligrosas no eran nada nuevo para mí, pero nunca me habían atacado con tanta violencia ni me habían dominado con tanta facilidad.

Mordí, di rodillazos, escupí, arañé y me intenté alejar a gatas.

Nada funcionó. Estaba atrapada, indefensa bajo ese…

ese monstruo. Tenía que ser un oso, tan alto como yo y tres veces más pesado, gruñendo, rasgándome la ropa para llegar a mi cuello, como si fuera comida, como si llevara siglos muriéndose de hambre y…

Pasé de estar acabada a, un segundo después, sentir que podía volver a respirar y ver el sol en lo alto del cielo.

Tomé una gran bocanada de aire y me incorporé a toda prisa hasta quedar sentada.

Estaba magullada y arañada por todas partes, pero mis extremidades seguían en su sitio.

Me apresuré a girarme en dirección a los ruidos.

Eran terribles. Huesos rotos. Carne desgarrada. Cráneo partido. Y, cuando mi cerebro al fin descifró lo que mis ojos estaban captando, vi que la bestia no era una bestia en absoluto, sino un hombre. Dos, de hecho.

Uno —con un pasamontañas, aún retorciéndose, irreconocible— yacía muerto en el suelo, con la materia gris de su cerebro derramándose sobre la nieve, que ahora parecía haber sido pintada con pigmento de cinabrio.

El otro tenía la mitad inferior de la cara manchada de sangre.

Y llevaba traje.

Con calma y naturalidad, se pasó una mano por el pelo, como para asegurarse de que lo tenía en su sitio.

Viktor.

No eran hombres, entonces. Eran renacidos.

—¿Estás bien? —le pregunté.

La adrenalina jugaba a mi favor, porque conseguí ponerme en pie con un movimiento rápido. O no tenía ningún hueso roto, o no estaba sintiendo el dolor.

—¿Te ha hecho daño? ¿Quién coño era ese?

Miré a mi alrededor, pero no había vecinos cerca que pudieran haber presenciado aquello. Tampoco pasaba ningún coche. El cadáver… Joder. Íbamos a tener que deshacernos de él.

—Viktor, ¿qué…? —Por primera vez desde que había terminado la pelea, lo miré a los ojos y me quedé paralizada—. ¿Viktor? ¿Eres… Viktor?

Quizá no. Quizá no lo era. El hombre que me miraba fijamente a unos pasos de distancia, con un cadáver destrozado a sus pies, tenía el cuerpo, el rostro y la ropa de Viktor. Sin embargo, su expresión… era diferente. Era la de un depredador.

Un depredador que ya había matado a su presa, pero que seguía hambriento.

El terror se apoderó de mí y eché a correr. Fue un acto impulsivo y absurdo (nunca iba a ser más rápida que un renacido), pero solo me di cuenta de que estaba huyendo cuando oí el crujir de la nieve bajo mis botas.

Tonta, me dije. Eres tonta.

Pero ya casi había llegado a la casa. ¿Dónde coño estaba mi móvil? Si me alcanzaba…

Un cuerpo fuerte me empujó contra la puerta principal y grité.

— No. Corras.

La voz era un gruñido sibilante en mi oído, extraña y, sin embargo, inconfundible. Apreté los ojos con todas mis fuerzas. Cerré el puño. Intenté golpear la puerta para pedir ayuda, pero él estaba demasiado pegado a mí y me impedía moverme.

Joder.

Joder.

—Por favor —grité. Enfadada. Frustrada. El aire olía a resina de árbol. A enebro y sangre.

— No. Puedes. Correr.

Me retorcí debajo de él, pero su cuerpo no cedió. En cambio, gruñó y empujó más contra mí. Sus músculos rígidos estaban magullando los míos, y la presión de su…

Estaba empalmado. Preso de algún tipo de frenesí. Notaba su erección contra mi culo, dura, inmensa. Gemí, desesperada por zafarme.

— Veronica. Para.

—¿Que pare? —Solté un sonido histérico entre lágrimas—. ¿Se supone que debo quedarme aquí esperando a que tú…?

—Puedes irte —gruñó en mi oído—. Pero no puedes correr.

Dejé de forcejear.

—¿Por qué?

—Porque, si corres, no podré controlarme. Si corres, yo también correré. Tras de ti. ¿Quieres adivinar quién es más rápido?

Su voz estaba cambiando. Transformándose. Volviendo a la que pertenecía al Viktor que yo…

Bueno. A ser Viktor.

Cálmate, Vero. Cálmate.

Respiré hondo.

Cálmate y ya.

—Mejor —dijo él. Mi corazón volvió a acelerarse con una nueva oleada de pánico y él gruñó como si pudiera sentirlo—. Joder… Veronica. Mírame.

Lo hice. Tardé unos segundos, pero obedecí. Giré el cuerpo debajo del suyo, y allí estaba él, Viktor, con esos ojos vacíos y voraces, con sangre por todo su hermoso rostro, cubriéndole los labios y la lengua. Era el Viktor Ensangrentado.

—No tienes nada que temer —murmuró—. Nunca te haré daño.

—Acabas de decirme que si corro vendrás a por mí y me matarás, así que…

—He dicho que iba a ir a por ti. No he dicho nada sobre matar.

Ah.

¿Eso significaba que…?

Ah.

Joder.

—Si quieres irte, puedes —dijo sin apartar la mirada de mí—, pero tienes que alejarte poco a poco. Y preferiría que no lo hicieras.

—¿P-por qué?

—Porque quienquiera que fuera ese hombre, puede que no esté solo. Alguien tiene que protegerte. Como yo ahora mismo no puedo, quiero que entres y busques a Pierre.

No estaba en mi momento más racional, pero había algo ahí que no me cuadraba.

—¿Por qué…? ¿Por qué no puedes protegerme tú?

—Porque… —El rostro de Viktor se contrajo en una mueca de dolor—. Mierda.

—¿Mierda?

—Veronica, entra.

—¿Qué? Viktor, ¿estás… estás bien?

—Cuchillo. Veneno. Entra…

Y entonces se desplomó sobre mí.

—Bueno —susurré unas dos horas más tarde, mirándome las manos y preguntándome si en algún momento dejarían de temblar—, supongo que es demasiado ilusorio esperar que ese cadáver resucitado del jardín sea el de Silas, ¿no?

Pierre, que estaba sentado frente a mí, con su silla al otro lado de la cama de Viktor, se frotó la cara y murmuró:

—Ya hemos quitado al cadáver de ahí. Y no, no era Silas.

Parecía tan conmocionado como yo, lo cual no me tranquilizó en absoluto.

Cuando nos encontró a Viktor y a mí fuera, maldijo y luego palpó la herida en el abdomen de Viktor.

Tras llevarse un dedo empapado de sangre a los labios, volvió a maldecir y metió el cuerpo inconsciente de Viktor dentro antes de llamar a Corbett.

Toda la casa se había activado y estaba sumida en un caos absoluto, pero ­Pierre no.

Él había mantenido la calma, tal y como Viktor hubiera querido.

Y, sin embargo, ahora que estábamos solos, se cubría el rostro con las manos.

—Pero no importa —añadió—. Silas es el que ha enviado a ese tío, de eso no hay duda.

Eché un vistazo al rostro dormido de Viktor, ahora limpio de sangre. Le habían vendado la herida, pero, a pesar de que yo se lo había pedido, Corbett no se había molestado en cosérsela ni le había inyectado ningún tipo de antídoto. Cuando insistí, me miró a los ojos y dijo:

—No sabía que tuvieras un título en Medicina especializada para renacidos. —Luego me informó de que era demasiado pronto para saber qué iba a pasar. Lo único que podíamos hacer era darle tiempo para que se curara.

Odiaba esta mierda de situación.

Y, sin embargo, ahí estaba Viktor: durmiendo plácidamente para recuperarse de su herida mortal. Al parecer, eso era lo que hacían los renacidos.

Quería gritar. Quería hacer algo. Cualquier cosa menos esperar.

—¿Alguna vez había pasado algo así? Me refiero a lo de envenenarlo.

Pierre hizo una mueca.

—Sí. No es raro; nosotros también usamos ese método.

—¿Es…?

—¿Mortal? A veces. —Debió de ver que me ponía blanca, porque se apresuró a añadir—: Pero Viktor es excepcionalmente poderoso, y nuestros cuerpos tienen sus propios mecanismos para curarse a gran velocidad.

Hay factores metabólicos que influyen, y la edad es muy importante, con lo cual…

—Hizo un gesto con la mano. Era evidente que sentía que contarme aquello era como explicarle los logaritmos a una nutria, y no lo culpaba.

Se me revolvió el estómago.

—No me gusta —dije apretando los dientes.

—¿El qué?

—Que eso de «inmortal» sea falso. —Tenía la mirada fija en Viktor. En reposo se veía joven, guapo y… Le tenía tanto cariño que tuve que apretar los puños para evitar acercarme a él—. ¿Beber sangre lo curaría? ¿No podemos darle un poco, como hicimos con Sam?

—Con Sam era diferente. El daño solar es devastador, pero fácil de revertir. Sam solo necesitaba que se le repusiera la sangre; Viktor tiene que combatir una infección.

—Pero ¿le haría daño darle un poco? Podemos probar con la mía. Puede beber tanta como quiera. No estoy… No tengo ninguna enfermedad ni nada por el estilo y soy donante universal. Quizá lo ayude.

Pierre bajó la cabeza.

—Qué pena.

—¿Qué?

—Que él no haya oído eso.

—¿Por qué?

—Lo habría puesto cachondísimo.

—¿Cómo lo sabes?

Soltó una risa grave e inesperada.

—Que te ofrezca sangre la mujer a la que… Mira, lo sé porque lo sé y punto. Confía en mí.

—No deberías confiar en nada de lo que él diga.

Era Viktor quien había hablado. Ambos giramos la cabeza hacia él. Sonaba ronco y dolorido, pero, aun así, no pude evitarlo: me puse de pie de un salto y me acerqué al borde del colchón. Deseé que no percibiera el alboroto de mi corazón; el sabor amargo del miedo en mi boca.

—Hola —dije, intentando esbozar una sonrisa.

—Hola.

Estaba más pálido de lo habitual, con los ojos apagados e inyectados en sangre. Y en ese instante decidí que nunca volvería a llamar a ese caos que sentía por él de otra forma que no fuera amor.

—¿Estás, eh…, vivo?

—Por ahora.

—Bueno, menos mal que siempre podemos re-renacerte.

Una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Veo que Pierre te ha dado información inexacta.

—De eso nada —protestó Pierre—. Se lo ha inventado todo ella solita.

—Déjanos solos, por favor —dijo Viktor con suavidad.