capítulo 7
E se año pasé el Día de Acción de Gracias con Roxanne y Elias en casa de Wanda, quien me hizo bromitas acerca de mi «don Coleccionista Rico» mientras me rellenaba el plato.
—¿Ya está coladito por ti? —preguntó Wanda.
—Sí —respondió Roxanne. Rorie se quedaba con su padre durante esas vacaciones, lo que significaba que estaría fuera de la ciudad toda la semana.
Roxanne echaba de menos a su hija, y eso me partía el corazón.
También me provocaba un cierto dolor en el pecho que no hubiera dejado de hablar de Viktor ni un solo minuto desde la noche de la exposición—. ¿Lo está?
—Por supuesto —mentí, llenándome la boca de boniato—. Se resistió con todas sus fuerzas, pero no pudo evitarlo.
—Roxanne me contó que no parecía ser tu tipo —dijo Elias.
Le lancé una mirada de reproche a Roxanne.
—¿Qué pasa? ¿Que como lleva trajes de cinco mil dólares y habla con acento refinado no puede estar con la clase de chica que nunca ha tenido seguro dental y que ha crecido bebiendo alcohol clandestino?
—No es tu tipo porque te mira como si el resto del mundo no existiera y a ti te suelen gustar los hombres que ni siquiera se saben tu nombre porque sufren daños en la memoria a corto plazo provocados por las drogas —replicó Roxanne con sarcasmo.
—Uy, uy, uy… —Wanda se abanicó—. Entonces, ¿cuándo y dónde será la boda?
—En primer lugar, no corráis tanto. Y, en segundo, ni siquiera me habéis preguntado si yo siento lo mismo.
—Ay, cariño, es porque no nos importa.
—No se trata de encontrar al amor de tu vida —coincidió Elias—. Solo necesitamos que nos compres una casa en una isla tropical.
Intenté no darle importancia a que Viktor se hubiera ido.
De hecho, me esforcé por no pensar en ello en absoluto.
Pero en el fondo sabía que, si me hubiera dicho cuándo pensaba volver, probablemente habría estado contando los días.
Me centré en la tesis. Cuando ya no podía más, le enviaba un mensaje a Arlo, que venía a recogerme de mala gana.
Me pasé horas concentrada en las últimas páginas de Ars moriendi, y luego en la encuadernación y la cubierta.
Y así una y otra vez, durante una semana interminable y sombría.
Entonces, ocho días después de que se hubieran ido, Sam abrió la puerta de casa con una sonrisa y dijo:
—Viktor y Pierre han vuelto.
—Me cago en Arlo por no decírmelo —murmuré mientras avanzaba con paso pesado por el pasillo. Soñaba con un futuro en el que ese hombre y yo fuéramos capaces de olvidar nuestros respectivos nombres.
Estaba al caer. Pronto llegaría. Por desgracia, puede que coincidiera con la salida de Viktor de mi vida.
Me detuve junto a la ventana para mirar el jardín, que estaba cubierto de nieve y cuervos. Los conté. ¿ Son suficientes para considerarse una bandada?, me pregunté, hasta que me di cuenta de que estaba evitando enfrentarme al asunto.
Me sentía inestable, insegura de qué esperar de una conversación sincera con Viktor, y no solo porque fuera un ser inmortal.
Mi experiencia con las relaciones se limitaba a tener sexo intermitentemente bueno o a emborracharnos con cerveza mientras veíamos dibujos animados juntos, y no lograba imaginarme a Viktor haciendo ninguna de esas dos cosas: ni manteniendo relaciones ni haciendo travesuras de borrachos.
Éramos tan diferentes que no tenía ni idea de cómo podíamos siquiera respirar el mismo aire.
Pero lo habíamos estado haciendo. Durante meses. Con resultados bastante espectaculares.
Oí unas voces familiares que provenían de una habitación que aún no había explorado, probablemente porque no era relevante para mi trabajo: un gimnasio. Había alguien dentro, así que empujé la puerta con cuidado y me quedé inmóvil.
Viktor y Pierre estaban allí, entrenando algún tipo de disciplina marcial.
Ignoraba si sería un rasgo común entre los renacidos o algo específico de ellos, pero enseguida me quedó claro que eran unos luchadores impresionantes: tenían una rapidez sobrenatural, arremetían con una fuerza inmensa y se recuperaban con agilidad tras cada golpe.
No podía apartar la vista de Viktor, quizá porque, por primera vez desde que nos habíamos conocido, no llevaba traje, sino unos pantalones negros que se le ceñían a los cuádriceps y una camiseta gris sin mangas que estaba empapada de sudor.
Blandía algo parecido a una espada de kendo para atacar a Pierre, y este sostenía en sus manos una idéntica.
Aquella escena me resultó casi demasiado apabullante.
Me provocó una sobreestimulación audiovisual repentina, imposible de procesar mientras escuchaba los sonidos guturales de Viktor al balancear el arma, junto con los movimientos borrosos y los músculos tensos bajo su piel sudada.
Me fijé en los huecos de sus axilas al sostener la espada en alto, en la piel enrojecida por el esfuerzo, en el pelo que se le pegaba a la nuca…
—¡Vero! —gritó Pierre al verme, y detuvo la pelea. Viktor se volvió hacia mí, con el pecho subiendo y bajando por la respiración y la camiseta adherida al cuerpo.
Tragué saliva.
—Hola —saludé. Mi voz sonaba firme, pero me sentía… amonestada. Abrumada por un recuerdo. Por la conciencia sexual y tangible de Viktor. Solo quería ir hacia él y tocarlo.
—Veronica. —Su voz hizo que el cálido y retorcido rumor en mi vientre fuera aún más empalagoso. Nos quedamos mirando y él parecía tan desconcertado como yo. Aquel era un nuevo escenario, un nuevo guion, y ninguno de los dos sabía cómo actuar.
¿Y si me acerco a él?, pensé.
¿Tiene el pelo húmedo?
¿Cómo de acelerada tiene la respiración?
¿Su sudor debe de saber a…?
Se giró para agacharse y coger una toalla, se secó la cara y luego se la echó por encima del hombro con una violencia similar a la empleada para la autoflagelación.
Me aclaré la garganta.
—Ya he terminado la réplica. Tengo algunas preguntas sobre las notas al margen.
—Vale. —Tenía los músculos tensos, como si quisiera ocultar algo—. ¿Puedes…? Iré yo a verte.
—Sí. Claro. No hay prisa. —Me dirigí al taller tan rápido como pude, hecha un lío, y me recosté contra una pared.
Necesité tomarme un minuto para lidiar con…
¿Es esto deseo?, me pregunté. ¿Esta necesidad física y sobrecogedora es deseo?
Cuando la gente usa la palabra «lujuria», ¿se refieren a este apetito? Sí. Tenía que ser así.
Qué apropiado, pensé con amargura, que quien me lo esté enseñando sea un tío inmortal que se dedica a chupar sangre. En mi línea.
Un cuarto de hora más tarde, cuando entró vestido con otro puto traje, con sus gestos británicos y sus preguntas educadas sobre cómo me había ido Acción de Gracias, ya me había recuperado. Más o menos.
—Está perfecto —dijo inspeccionando lo que había hecho en su ausencia.
—No te sorprendas tanto.
—Es admiración.
—Ah. En ese caso, adelante.
Curvó los labios y deseé poder coger una lupa para estudiarlo.
Quería examinar su arco de Cupido, esa peca escondida entre sus arrugas de expresión, las gotas de agua que aún se apreciaban después de la ducha, la zona microscópica que se le había pasado al afeitarse, el pelo húmedo y rizado a la altura de la sien.
Distinguía pequeños detalles que sugerían que, mientras se preparaba, cabía la posibilidad de que hubiese estado tan nervioso como yo.
Había que estar cerca de Viktor para encontrar rastros de su humanidad, pero existían.
—Entonces, ¿quieres que copie las notas al margen? —Señalé los comentarios que el transcriptor de Ars moriendi había dejado en los márgenes de las páginas.
—No será necesario —respondió él.
—¿Qué dicen siquiera?
Negó con la cabeza.
—En su mayoría, tonterías.
—Ahora tengo aún más curiosidad.
Suspiró y volvió a hojear las primeras páginas.
—Aquí dice: «Mi pobre mano. Empieza a doler».
—¿En serio? Pensaba que sería alguna fórmula alquímica o la ubicación del Santo Grial.
—Por desgracia, ninguna de las dos cosas. —Vi un destello en sus ojos—. «La peor página hasta ahora». «Espero que mi vela se acabe pronto». «¿Por qué hace tanto frío?».
—Pobre hombre.
—«¿Terminará esto alguna vez?». Y aquí, justo al final: «¿Qué es más preciado: el agua para un árbol o la última línea para un escriba?».
Me reí.
—Me cae bien este tío.
Viktor arqueó una ceja.
—¿De verdad?
—Tiene un buen sentido del humor.
—Estoy seguro de que a él también le habrías caído bien.
—Sospecho que, si un monje del siglo ix viera mis mallas, abogaría por quemarme en la hoguera para purgar el pecado original de Eva. Pero gracias.
Viktor cerró los ojos. Luego, tras respirar hondo, dijo:
—Veronica…
No terminó la frase. Llamaron a la puerta —era Pierre, que pedía hablar con él un momento— y Viktor se marchó, asegurándome que volvería pronto, lo que me hizo preguntarme qué derecho tenía yo a sentirme abandonada.
Trabajé en la encuadernación durante un par de horas, pero mi cerebro en ningún momento llegó a centrarse por completo en los dedos.
El corazón también iba por libre. Viktor aún no había vuelto.
Pensé que quizá se había quedado dormido.
¿Los renacidos sufrían jet lag? Me estaba pasando de intensa.
De obsesiva. De rara. Era media tarde y decidí irme a casa. Echar una siesta. Aclararme las ideas.
Podíamos hablar al día siguiente. Si él quería. Sinceramente, me conformaba con haber pasado unos minutos con él.
Dios, estaba jodida.
Antes de irme, le escribí una nota a Viktor («¿Qué es más preciado, el agua para un árbol o la siesta para una falsificadora?
»), pero me sentí tan cohibida que decidí tirarla a la basura, solo para cambiar de opinión cuando ya me encontraba al final del pasillo.
Volví corriendo y la dejé sobre el escritorio.
Como no pude encontrar a Arlo, me despedí de los guardias de seguridad y salí para coger un Uber a casa.
Con suerte, a Viktor no le disgustaría. La nota, claro.
Suspiré y seguí andando por el caminito de piedras que daba a la carretera, debatiéndome entre si debía regresar y tirarla por el retrete o no, y recordando con melancolía la época en la que me enorgullecía de no darle vueltas a las cosas.
Fue entonces cuando algo pesado me golpeó y me tiró al suelo.