Mortal & Inmortal capítulo 6 #6
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capítulo 6 #6

—Venga, tengo curiosidad. ¿Existe alguna correlación específica? Por ejemplo, ¿sabe mejor si la persona tiene los ojos marrones? ¿O si es virgen? Porque, si es así, la mía debe de saber a vinagre…

—Hostia puta.

Me quedé paralizada en medio de la acera.

Esa voz era la de Roxanne.

Alcé la vista.

Y esa cara era la de Roxanne también.

Sorprendida, intenté poner algo de distancia entre Viktor y yo, pero él no se movió ni un milímetro.

—¿Ese vestido no era mío? —me preguntó mi amiga con una sonrisa burlona.

—Toda la ropa que tengo fue tuya en algún momento, Roxanne —respondí con un suspiro.

Decidí que tenía demasiado frío, que aquello me había pillado con la guardia demasiado baja y que tenía demasiada adrenalina en el cuerpo como para manejar adecuadamente aquel encuentro fortuito, así que me rendí—: Viktor, esta es Roxanne, la madre de Rorie.

¿Te acuerdas de mi pequeña aprendiz de escriba?

Roxanne, este es Viktor Ashworth. Es… Trabajo con él.

—Sí. Entre otras cosas —murmuró ella. Dios, cómo odiaba esa sonrisita de suficiencia—. Encantada de conocerte, Viktor. ¿Qué hacéis vosotros dos aquí?

—Hay una exposición…

—¿La de Alanna Wiegand?

—Ah. ¿La conoces? —El arte contemporáneo no solía ser lo suyo.

—Sí. Bueno, trabajo mucho con su marido; básicamente tiene el monopolio de la joyería georgiana y victoriana.

El peloteo está a la orden del día. —Miraba a Viktor como si fuera un broche de plata esperando su evaluación—.

Vaya, vaya —dijo al fin—. Rorie ya me comentó que era guapo.

—Desvió la vista del rostro de Viktor a su mano, que casualmente estaba aferrada a mi cintura. Ensanchó aún más la sonrisa.

—Roxanne…

—Estás guapísima hoy, Vero. ¿Verdad que está guapísima?

La pregunta iba dirigida a Viktor. En ese momento me di cuenta de que aún no había dicho una sola palabra desde el comienzo de la conversación. Su respuesta impertérrita fue:

—No más de lo habitual.

—Cierto. —El brillo en los ojos de Roxanne me indicó que estaba satisfecha con esa respuesta—. Bueno, espero que paséis una noche fantástica. Llámame mañana, ¿vale?

—Preferiría esnifar veneno para ratas.

—¡Ja! Me lo imagino. Llámame de todos modos. Adiós, doctor Ashworth. —Pasó junto a nosotros a paso ligero.

Dimos unos pasos más y por fin llegamos al coche de Arlo.

—Lo siento —dije—. Creo que mi amiga se piensa que…

—Deberías subir —espetó Viktor, tenso.

—¿Por qué? Si quieres puedo volver adentro y…

—Porque lo digo yo.

—Eso no es…

—No me hagas repetirlo, Veronica.

—No te…

—Porque quiero que salgas de aquí ya. —Me alejé un poco de él y vi que tragaba saliva—. Lo siento. —Sacudió la cabeza. Tomó aire y soltó un suspiro lento. Vi el odio hacia sí mismo reflejado en su rostro.

Ay, Viktor.

Sonreí, le acaricié una mejilla con la mano y luego me puse de puntillas para darle un beso prolongado en la otra. Cuando volví a apoyar los talones en el suelo, vi que él había cerrado los ojos, como si no pudiera soportarlo. Como si no pudiera soportar nada de lo que estaba ocurriendo ese día.

—Que pases buena noche —susurré.

Me metí en el coche y él cerró la puerta. Antes de que Arlo doblara la esquina, miré hacia atrás. Seguía donde lo habíamos dejado, pero su pelo, perfectamente peinado hasta hacía unos segundos, ahora estaba revuelto, como si se hubiera pasado ambas manos por él.

Durante veinticuatro horas, me olvidé de respirar, dormir y comer. Solo podía sentir la expectación y la certeza, arraigadas en lo más profundo de mi ser, de que algo estaba a punto de suceder. Cuando Arlo al fin vino a recogerme, llevaba quince minutos esperando fuera, en medio del frío.

—¿Te lo ha contado Viktor? —me preguntó, incorporándose al tráfico.

—¿Qué? ¿Cómo? —Se me encogió el corazón—. ¿Es algo relacionado con Wiegand? ¿Algo ha salido…?

—No, no es eso.

No quiso decirme nada más. Por primera vez en dos semanas, Viktor no me recibió en la puerta.

Ni en el taller. Trabajé durante casi una hora, inquieta, nerviosa, y luego dejé de intentar ser productiva y fui a buscarlo a su despacho.

No estaba. Desanimada, volví al taller y lo encontré esperándome, con las manos en los bolsillos y su habitual postura erguida.

El pulso se me aceleró de alegría.

—Hola.

—Tengo que marcharme unos días —dijo con una voz despojada de toda calidez. Sus ojos se encontraron con los míos y luego se desviaron. Me sentí como si me hubieran cortado con un bis­turí.

—Ah. —Faltaba menos de una semana para Acción de Gracias. Quizá por eso me sentí traicionada. En cualquier caso, noté un nudo pesado en la garganta—. ¿Me… me lo habías comentado en algún momento?

—No. No estaba planeado.

Asentí y entonces me vino un pensamiento horrible.

—¿Tiene que ver con…? —Ese era el problema de hablar con un tío inmortal con superpoderes sobre algo que desafiaba las etiquetas, ¿no? Sin palabras, no había forma de hacerlo bien.

Sin embargo, Viktor me entendió de todos modos y negó con la cabeza.

—No —dijo con firmeza—. Mi sire me necesita, pero no tiene nada que ver con… lo que está ocurriendo aquí. —«Entre nosotros», quería decir.

Su sire lo necesitaba. Me imaginé a Viktor montando una estantería de Ikea para una criatura parecida a Nosferatu.

—¿Va todo bien?

—Ha habido un ataque. Dos renacidos han salido heridos. Aunque se recuperarán, hay que investigar la brecha de seguridad para poder… No debería contarte nada de esto.

—No, probablemente no. ¿Ha sido Silas?

Apretó los labios.

—Es una posibilidad.

—Ya veo. ¿Cuándo te vas?

—Esta noche.

El corazón me dio un vuelco.

—De acuerdo. Bueno, pásatelo bien.

—Lo dudo. Te he dejado eso. —Me señaló algo que había sobre la mesa—. Ojalá tuviera más tiempo para explicártelo, pero, cuando llegues a la penúltima página de Ars moriendi, sustituye el texto del manuscrito por el que te he escrito ahí.

Arqueé una ceja.

—¿Quieres que cambie las palabras de la réplica?

—Sí. Cuando vuelva, te lo explicaré mejor. —Se humedeció los labios—. Cuando vuelva, tendremos varias conversaciones pendientes.

—¿Sobre cosas buenas?

Tras una pausa, dijo:

—No lo sé. —Sus ojos, sin embargo, me miraban con ternura—. Espero que sí.

—De acuerdo. Yo… Yo también lo espero. —Intenté esbozar una sonrisa. No dio el pego.

—Aparte de eso, ¿estarás bien?

—Creo que sí. —Dependiendo de cuánto tiempo estuviera ­fuera, quizá empezaría con la encuadernación de la cubierta sin él. Luego añadiría algunos signos de envejecimiento y después… ya habría terminado y nunca volvería a ver a Viktor. Así es como iba esto, ¿no?

Sí. Y lo sabía desde un primer momento.

Por primera vez en años, me entraron ganas de llorar.

Por favor, pensé. Que esas conversaciones sean sobre cosas buenas.

—O sea, sí —me corregí, tratando de sonar alegre—. Claro que estaré bien. A estas alturas soy una profesional consumada y, seamos sinceros, ya casi no te necesito, así que… ¿Qué?

Había una leve sonrisa en sus labios, apenas contenida.

—Nada.

—Mmm… No te creo. ¿Por qué te ríes de mí?

Él negó con la cabeza con un ligero movimiento, pero sus ojos no se apartaron de los míos. Alzó la mano, acortando la distancia entre nosotros, y me rozó la mejilla con el pulgar.

—La consumada profesional tenía una mancha de tinta en la cara —dijo en voz baja.

Ignoré el latido que se acababa de saltar mi corazón.

—¿Se ha quitado?

Volvió a pasar el dedo por el mismo sitio. Negó con la cabeza. Entonces bajó el pulgar hasta detenerlo frente a mi boca, y no estaba segura de qué iba a…

Ah.

No intercambiamos palabras, pero ambos nos entendimos. Sentí un ardor en la piel al notar la suya en contacto con mis labios. Saqué la lengua y le lamí delicadamente la yema del pulgar.

Me salió como algo natural. Prohibido. Y despertó una sensación en mi vientre.

Viktor se quedó tan quieto que me pregunté si la había cagado, si había ido demasiado lejos.

Sus ojos se pusieron vidriosos y bajó la mirada a mis labios aún entreabiertos.

Por un instante, estuve segura de que eso no era lo que él pretendía que hiciera.

Nos había incomodado a los dos y ahora quería morirme.

Necesitaba salir corriendo, buscar una pala y empezar a cavar el hoyo donde enterrarme viva.

Pero entonces dijo:

—Más.

Sonó brusco y sincero, una mezcla entre súplica y orden.

Mi cuerpo entero latió. Dejé de pensar e hice exactamente lo que él quería, observando cómo ese rubor familiar se extendía por su pálida piel.

La yema de su pulgar volvió a mi mejilla, estaba cálida y húmeda, y en esa caricia estaba todo lo que lo hacía ser él.

El contacto no duró ni de lejos el tiempo suficiente.

—Ahora sí —murmuró. Su mano, no del todo firme, se quedó oscilando entre nosotros por un segundo, hasta que la dejó caer a un lado—. Ahora sí.

Se marchó un instante después, pero yo seguí mirando fijamente el lugar que había dejado vacío, sintiéndome como si una presa se hubiera roto y yo estuviera justo debajo del torrente.