capítulo 6 #5
—Hay que ver cómo cambias cuando vas arreglada —comentó Pierre al reunirse conmigo en la entrada, lo cual podía considerarse un cumplido o un insulto, dependiendo de cómo lo miraras.
Había decidido no quitarme la mayoría de los piercings; volver a ponérmelos podía llevarme casi una hora, y algunos de mis cartílagos aún tendían a cerrarse a pesar de haber pasado años.
Aun así, me había rizado el pelo y había rebuscado en el cajón del baño hasta encontrar el pintalabios más rojo que tenía.
Como era poco probable que mi estilo personal impresionara a alguien como el director, me había puesto un vestido con un escotazo que Roxanne ya no podía llevar porque, como bien me recordaba a menudo, a diferencia de mí, ella sí que tenía tetas.
Sabía que estaba guapísima. Simplemente no parecía yo misma, pero en una noche como esta no era nada malo.
—¿No prefieres quitártelo? —preguntó Pierre—. No pega mucho con el resto del conjunto. —Estaba mirando el reloj de hombre que llevaba en la muñeca con el ceño fruncido. Decidí ignorarlo.
—¿El director ya está aquí?
—Sí. Se apellida Wiegand. Es ese hombre alto y corpulento que lleva un traje demasiado grande. Junto a la escultura de plata de la derecha. Pelo canoso. Está coqueteando con la pelirroja.
—Ya lo veo.
—¿Tienes claro a dónde hay que llevarlo? ¿Recuerdas el pasillo y el despacho de los que hablamos?
Asentí con la cabeza. Pierre se alejó y me quedé sola.
Pasé unos minutos contemplando los cuadros —demasiado abstractos para mi gusto, aunque me gustaban las atrevidas elecciones de color de la señora Wiegand— y dando un par de vueltas, fingiendo que no reconocía a dos de los guardias de Viktor que se hacían pasar por invitados.
No se me daba muy bien entablar conversación con gente nueva, así que, cuando llegué a la zona donde se encontraba Wiegand, hice lo único que se me ocurrió: le di un codazo.
El señor Wiegand se dio la vuelta. Su rostro cuadrado ya estaba arrugado por la ira y yo solté un grito ahogado teatral.
—Lo siento muchísimo, señor. Estaba admirando la escultura de resina y… —Le puse una mano en el antebrazo en señal de disculpa y, dos minutos después, me estaba contando toda la historia del objet trouvé.
—Pero ¿quién decide cuánto debe costar una obra de arte? —pregunté con los ojos muy abiertos.
Por la cara que puso él, era como si acabara de ganar la lotería.
—Bueno, eso es harina de otro costal. Mejor no hablemos del tema, porque podría estar horas. —Y procedió a hablar del tema. Aquello me iba de perlas.
Por suerte, tenía mucha experiencia en eso de saber qué cosas les cortaban el rollo a los hombres.
Lo único que tenía que hacer para atraer a Wiegand era todo lo contrario de lo que me dictaba el instinto, incluyendo fingir que no me daba cuenta de que parecía dirigir su sermón sobre el genio de Picasso a mis tetas.
Atraer a este tipo de gente nunca me había interesado, pero fue sorprendentemente fácil interpretar el papel.
Era como ponerse una piel distinta por una noche.
Era una impostora nata, igual que mis padres.
Me pregunté cuánto más sencilla habría sido mi vida en el instituto y la universidad si lo hubiera aprovechado más a menudo.
Entonces intenté imaginarme utilizando esta nueva personalidad para seducir a alguien con quien de verdad quisiera acostarme.
Por ejemplo, Viktor.
Nos imaginé a los dos en el taller y yo lanzándome a por todas: gestos coquetos, un movimiento de pelo en el momento justo, un atuendo especialmente sugerente…
La nueva y mejorada Vero. A él, sin embargo, no podía imaginármelo haciendo otra cosa que no fuera ponerme los nudillos en la frente para comprobar si tenía fiebre, y esa idea me calentó el pecho como una supernova.
—Ay, es usted tan gracioso… —adulé al señor Wiegand después de que soltara algo que probablemente no tenía la más mínima gracia, y asentí cuando una de sus ayudantes se acercó para llevárselo un momento.
—Disculpa, cariño —me dijo—. No te vayas a ningún lado, enseguida vuelvo.
Así que me quedé allí, contemplando la misma escultura de mierda durante cinco minutos. Casi me convencí de que era una obra maestra.
—No tienes cara de estar pasándotelo muy bien —comentó una voz seca y calmada a mis espaldas.
Miré por encima del hombro. Vi una figura corpulenta y rígida, con la mandíbula apretada y una mirada vidriosa.
—Tú tampoco.
El silencio de Viktor era tan denso que sonaba como un grito.
—¿Es que no me vas a decir nada sobre lo mucho que cambio cuando voy arreglada?
Frunció el ceño y luego entreabrió los labios, como si fuera a decir algo, pero, antes de emitir palabra, Wiegand regresó, pidiéndome disculpas por haber tenido que ocuparse de un pequeño asunto y llamándome «cariño».
Me aseguró que ya estaba libre para continuar haciéndome la visita guiada.
Viktor ya se estaba alejando, y me fijé en cómo la asistente de Wiegand, una mujer guapa, lo seguía con la mirada.
Sentí algo parecido a la envidia. O tal vez eran celos.
Quería acabar con esto cuanto antes, así que, tras ver un puñado de cuadros más y escuchar una explicación totalmente errónea sobre la evolución histórica del trompe-l’œil , dije:
—Hace mucho calor aquí.
Era mentira, y la mirada que me lanzó Wiegand denotaba tal sorpresa que temí haberme precipitado. Pero no: aquel era un hombre mayor y rico, con una noción inflada de sí mismo y de lo que se merecía. Daba por hecho que yo había caído rendida a sus pies.
—Hay un balcón —me ofreció.
Mierda.
—¿No hará demasiado frío afuera? —pregunté con inocencia, intentando fingir que el concepto de temperatura era algo nuevo para mí.
—Ah, sí, sí. Podemos tomarnos un pequeño descanso lejos de la multitud. —Nos abrimos paso en dirección al fondo de la galería, dejando atrás a los asistentes y los cuadros sin sentido. La mano de Wiegand rozó la mía y el estómago me dio un vuelco.
Ya estábamos solos en el pasillo. Al final había un despacho, y se suponía que debía llevarlo allí.
—¿Pinta usted, señor? ¿Es artista?
—Bill, cariño. Te he dicho que me podías llamar Bill.
—Ah, sí. —Solté una risita mecánica—. ¿Pintas, Bi…?
Fue error mío. Tenía en mente que Wiegand esperaría hasta que hubiera una puerta cerrada entre nosotros y su esposa, pero debería haberlo sabido: los hombres ricos siempre toman lo que quieren sin tener en cuenta lo demás.
Así que me pilló por sorpresa cuando me agarró de la cintura y me empujó contra la pared.
No reaccioné con la suficiente rapidez. Su aliento olía a alcohol puro y su piel desprendía un aroma empalagoso, como a colonia podrida.
Cuando presionó el estómago contra mí, por un momento me sentí asfixiada, sin aire, como si me hubiera hundido en unas arenas movedizas.
Que te jodan, pensé, recomponiéndome y girándome para darle un rodillazo en los huevos, pero justo antes de hacerlo, su pesado cuerpo se apartó de mí y pude volver a respirar.
Wiegand seguía ahí, pero ya no me oprimía.
De hecho, ni siquiera me tocaba. Estaba a unos centímetros de distancia, con los ojos desorbitados, emitiendo sonidos ahogados mientras su cuerpo se tensaba como si sintiera un gran dolor.
Viktor estaba detrás de él, inclinado, con los dientes clavados en su cuello.
Fue un trabajo limpio y terminó asombrosamente rápido.
O tal vez el tiempo pasó volando porque Viktor no rompió el contacto visual conmigo en ningún momento, ni mientras tragaba dos o tres veces ni después de apartarse y sacarse un pañuelo del bolsillo para limpiarse los labios.
Luego lo dobló y se lo guardó, y cuando pareció satisfecho de volver a estar presentable, se acercó con naturalidad a un Wiegand aún aturdido para…
Romperle el brazo por la mitad.
El espantoso crujido del hueso resonó por todo el pasillo. Incluso en ese estado semihipnotizado, Wiegand soltó un gemido y se llevó el brazo colgante al pecho. Aun así, no parecía terminar de despertar.
—Estabas buscando el baño, te has mareado y te has caído. No había nadie contigo. Ahora vete —le ordenó Viktor, haciendo un gesto a uno de los guardias que merodeaban cerca para que lo acompañara desde una distancia segura.
—¿Acabas de…? —Me tapé la boca con la mano. Conté hasta cinco—. ¿Acabas de romperle el brazo?
Asintió una única vez.
—¿Por qué?
Sus ojos se posaron en mi cintura, donde Wiegand me había manoseado con tan poca delicadeza que sabía que me iba a salir un moratón.
—Sabes perfectamente por qué.
—Pero… no puede volver así. Se darán cuenta de que ha pasado algo. Y él también.
—No. Ahora mismo, las sustancias químicas de mi saliva lo han dejado en un estado muy sugestionable. Ya le he dicho cuál era su coartada. Vamos. —Me agarró del codo y empezamos a andar.
—¿A dónde vamos?
—A la salida trasera. Voy a acompañarte fuera. Arlo está esperando para llevarte a casa.
—Entonces… ¿ya está? ¿Lo hemos logrado? ¿Has conseguido lo que necesitabas?
—Sí.
—¿De verdad? —Quizá fuese la adrenalina, pero sentí que me invadía la emoción—. ¿Ahora puedes leer los pensamientos de Wiegand?
Tensó los labios.
—Sí. Por muy comprensibles que sean, me resultan bastante desagradables.
—¿Ha estado bien?
—¿Cómo?
—La sangre de Wiegand. ¿Estaba buena?
Viktor exhaló.
—No.
—¿En serio?
Se quitó la americana y me la tendió.
—Era repugnante.
—Ah, vaya. —Me envolví con la cálida tela mientras Viktor abría la puerta. En la calle, hacía un frío insoportable—. Entonces, eh…, ¿hay sangre que sabe bien y sangre que sabe mal?
—Por supuesto. —Me miró como si nunca le hubieran hecho una pregunta más tonta. Sin embargo, al ver que empezaba a temblar, me rodeó los hombros con un brazo y me atrajo hacia él mientras íbamos en dirección al coche de Arlo.
—Qué guay. ¿Cuál es la mejor sangre que has probado?
Apartó la mirada. No respondió.