capítulo 6 #4
—¡Anda! —exclamé—. Bueno, gracias. No quisiera menospreciarme, pero no sé yo si soy el tipo de mujer que…
—Lo eres —contestó Viktor con tono sombrío. ¿Estaba frunciendo el ceño?
—Viktor lo está pintando peor de lo que es, Vero —dijo Pierre, uniéndose a la conversación—. Lo que queremos pedirte no es que te acuestes con él ni que lo toques ni nada de eso. Viktor ha sido muy claro al respecto.
Eché un vistazo a Viktor, que parecía estar apretando mucho los molares.
—Solo necesitamos que coquetees con él y te lo lleves a un lugar algo más privado —continuó Pierre—. Entonces Viktor le chupará un poco de sangre y lo dejará algo… aturdido. Arlo y yo también estaremos por ahí, y una docena de guardias de seguridad.
—¿Dónde será eso?
—En una galería en Burlington. La semana que viene. Su mujer hace una exposición ese día.
—¿Su mujer?
—Mantienen una… una relación abierta, creo que así es como se llama. —Viktor parecía desconcertado por el concepto—. No tienes por qué acceder, Veronica. Hay otras formas de hacerlo.
—Las hay —asintió Pierre—. Formas que tienen muchas más probabilidades de acabar con víctimas.
Me lo podía imaginar.
—Y, después de que te hayas bebido un chupito con la sangre del director, ¿cuánto dura el efecto?
—Toda su vida. Aunque se irá desvaneciendo con el tiempo.
—Pero no le haréis nada, ¿verdad? Es solo para vigilarlo hasta que vendáis la réplica de Ars moriendi.
Viktor asintió.
—Correcto. No nos entrometemos en los asuntos de los mortales.
A diferencia de Silas, pensé, recordando las imágenes de los archivos. No me costó decidirme. Si este extraño plan ayudaba a detenerlo, entonces…
—Sí —dije—. Lo haré.
Pierre aplaudió, y Arlo murmuró algo incomprensible, como de costumbre. Viktor, por su parte, cerró los ojos, como si necesitara un momento para recomponerse.
Nunca había sido muy expresiva, y podía contar con los dedos de una mano las veces que Grace y yo nos habíamos mostrado afecto físico. Y, sin embargo, mientras observaba a Viktor y su evidente aversión, me moría de ganas de abrazarlo.
Pero no podía hacer tal cosa, así que aparté la mirada.
—Genial. Ahora que ya está decidido, ¿alguien quiere un poco de té? —Seguía teniendo los dedos entumecidos. Eché un vistazo al carrito, pero cambié de opinión—. ¿Sabéis qué? Hoy me apetece un chocolate caliente. Estaré en la cocina.
Salí del taller, pero me quedé paralizada al oír la voz de Pierre al otro lado de la puerta.
—… dijiste que, si aceptaba, no pondrías trabas.
—Lo sé. —La voz de Viktor sonaba fría, llena de ira—. Pero no tiene por qué gustarme la idea.
—Estará bien. No es una situación peligrosa.
—Nadie puede garantizarnos eso. Veronica es frágil y demasiado importante como para ponerla en peligro.
—Ha tomado una decisión consciente. Le has dado toda la información y ella ha dicho que sí.
—De hecho, le has dado demasiada información —dijo Arlo con sorna—. Le cuentas demasiadas cosas, Viktor. Sabe mucho más de lo necesario.
—No le cuento las cosas porque crea que necesita saberlas.
—Entonces, ¿por qué?
—Me gusta hablar con ella.
—Venga ya. ¿Qué edad tiene, veintiséis? Nació ayer.
—No sé a qué te refieres.
—Tú no retozas con gente como ella.
Retozas, repetí mentalmente, mordiéndome las mejillas para que no se me escapara la risa. Quizá Viktor y yo estuviéramos hechos el uno para el otro, porque su respuesta fue decir con fastidio:
—¿«Retozas»? ¿En serio?
—Detestas pasar tiempo con los mortales. ¿Por qué con ella no?
Viktor suspiró, lo suficientemente fuerte como para que yo lo oyera.
—No sabría explicártelo, ni yo mismo le encuentro sentido.
—No es buena para ti. No deberías…
—Cierra el pico, Arlo —dijo Pierre, irritado—. Viktor no necesita tu permiso; tú necesitas el suyo.
Él y Arlo empezaron a discutir. Unos segundos después, Viktor salió del taller, pero se detuvo en seco al verme allí.
—Eh —susurré.
Me respondió con un asentimiento brusco.
Debería haberme avergonzado por que me hubiese pillado, pero nada más lejos de la realidad.
—¿Te apetece un chocolate caliente?
Tras dudar un poco, asintió. Sonreí, le agarré el antebrazo y lo llevé a la cocina.
No era un abrazo, pero me conformaba.
Durante la semana siguiente, la casa de Viktor parecía más tranquila bajo el suave zumbido de la calefacción central.
—¿Debería preocuparme? —le pregunté a Arlo—. ¿Es esto la calma que precede a la tormenta? ¿Estamos a punto de recibir una emboscada?
Él arrugó la nariz, como si mi pregunta oliera a pescado podrido.
—Si haces tu trabajo tan bien como Viktor afirma —contestó con escepticismo—, entonces, no. No tienes nada de qué preocuparte.
—¿Es eso una amenaza?
—Es un recordatorio de que tus acciones tienen consecuencias. Y de que quizá deberías dedicar menos tiempo a hacerle ojitos a la gente y más a terminar la novela.
Al decir aquello, me di cuenta de que Arlo creía que lo que estábamos haciendo Viktor y yo era escribir una obra de ficción, y no me molesté en corregirlo.
Al día siguiente, cuando me lo encontré contemplando a Sam mientras ella tocaba el piano, sin rastro de su furia habitual en favor de algo mucho más tierno, me pregunté si alguien no estaría coladito por alguien.
Me planteé la opción de hacerle alguna bromita al respecto, pero decidí que no valía la pena arriesgarme a ser atropellada y abandonada en un charco de sangre en medio de Vermont a cambio de un ratito de entretenimiento.
Para entonces, ya sabía que Ars moriendi era algo más que la simple suma de sus partes.
No había logrado descifrar el código, pero una noche le pregunté a Viktor qué decía el texto y él se acercó a mi mesa, se apoyó sobre una mano y se pasó horas leyéndomelo en voz alta.
Nos quedamos allí, inclinados el uno hacia el otro, con el manuscrito original en el espacio que nos separaba, mientras él traducía pasaje tras pasaje.
Aquello era un batiburrillo sobre filosofía hermética, el destino del hombre y la reconciliación de las tradiciones cristianas con el paganismo.
No podían faltar palabras como «éter», «fluidos» o «expiación».
Tres putas páginas enteras sobre el alma, algunos párrafos acerca de la naturaleza que me recordaron a san Agustín, un capítulo divagante dedicado a la inmortalidad de ciertos tipos de carne…
Típicas mierdas de renacidos, supuse.
La falsificación estaba casi terminada, y presentía que la echaría de menos cuando la acabara.
Este había sido mi proyecto más ambicioso y, durante meses, había sentido un cosquilleo de emoción desde que me despertaba por la mañana hasta que llegaba al taller.
No sabía muy bien cómo conseguiría pasar página.
Viktor también parecía sorprendido por lo rápido que se acercaba el fin.
Empezó a recibirme en la puerta principal todas las noches.
La abría antes incluso de que pudiera levantar el puño para llamar.
Me acompañaba hasta el taller, a veces en silencio, a veces preguntándome por mi día o contándome un par de cosas sobre el suyo.
A estas alturas del proyecto, él ya no tenía mucho que hacer y, aun así, se pasaba la tarde sentado en la silla de respaldo alto, perpendicular a mi escritorio, observándome trabajar, sin apenas mediar palabra.
No me molestaba su presencia, vigilante como la de un halcón.
Al contrario, de hecho. En ocasiones, aunque cada vez con menos frecuencia, se inclinaba hacia mí y me señalaba descuidos o imperfecciones.
Pero, en su mayor parte, se limitaba a sentarse y observar.
De vez en cuando, levantaba la vista y lo veía, con las manos agarradas a los reposabrazos, y chasqueaba la lengua.
—Relájese, doctor Ashworth —le dije una vez—. No voy a empezar a escribir en Comic Papyrus.
—No las tengo todas conmigo.
—Vaya por Dios.
Tragó saliva, aunque su expresión era serena.
—Me gusta contemplarte. Incluso cuando copias algo que no es fruto de tu imaginación, hay algo salvaje en tu manera de crear arte. Como si no fuera del todo civilizado.
—No estoy segura de que esto cumpla los requisitos —dije riendo para disimular que mi corazón acababa de dar un vuelco.
—¿Para considerarse arte, te refieres?
Asentí.
—¿Por qué?
—No es una creación original.
Se quedó pensando un momento.
—No creo que eso te haga menos artista. De todas formas, quizá deberías planteártelo.
—¿Plantearme el qué?
—Crear algo original.
De repente, sentí que me ardían las mejillas.
—Bueno… Puede.
—Espero que algún día lo hagas —añadió con delicadeza.
Me volví hacia él. Su rostro serio parecía sincero.
Había pasado por varias etapas: dibujo, acuarela, caligrafía.
Incluso aprendí a encuadernar. Las había disfrutado todas, pero, con el tiempo, crear arte había pasado a un segundo plano para dar prioridad a estudiar arte.
No había tiempo para todo. Los materiales eran caros.
Y, no sé muy bien cómo, había acabado metida en una trama de falsificación de libros y documentos.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Por qué?
—No puedo evitar pensar que cualquier cosa que salga de tu mente sería algo digno de contemplar.
El día de la exposición de arte, descubrí cómo era Viktor cuando estaba de mal humor.
—Está que trina —dijo Arlo al recogerme para reunirnos con los demás en la galería—. Ten mucho cuidado. No te conviene cabrearlo cuando está así. Ahórrate las tonterías.
—¿Con quién está tan enfadado?
Resopló.
—Con Pierre, por idear el plan. Consigo mismo, por dejar que Pierre te lo propusiera. Con el universo, por permitir tu existencia. En fin, hay para elegir.
La galería era blanca, ultramoderna y fea de cojones. Ya había docenas de invitados deambulando, cogiendo copas de champán de bandejas de plata y pisándose los unos a los otros mientras buscaban desesperadamente ángulos de visión que lograran que los cuadros dejasen de parecer manchas amorfas.