Mortal & Inmortal capítulo 6 #3
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capítulo 6 #3

—Antes de conocernos, ¿qué pensabas hacer después de graduarte?

—Bueno, antes de que me secuestraras, no le había dado muchas vueltas al tema.

Así es como suelo funcionar. —Había podido comprobar que las personas con un pasado tan aventurero como el mío a menudo se decantaban por una de las dos cosas: o bien se esforzaban al máximo por tener el control de su futuro, o bien ni siquiera lo intentaban.

—¿Nunca planeas qué harás en un futuro?

—No. Me limito a vivir el momento. O sobrevivirlo, según cómo lo veas.

Y voy tirando. —Su reloj de pulsera estaba sobre la mesa, como de costumbre.

Sin pensarlo, lo cogí para juguetear con él, observando cómo la malla de la correa plateada se deslizaba entre mis dedos—.

¿Qué utilidad tiene este reloj? —pregunté.

Arqueó una ceja.

—Da la hora.

—Ya, pero eso lo hacen casi todos los aparatos hoy en día. Los teléfonos, los microondas…

—Valoro la singularidad de un instrumento que se limita a darme la hora en vez de intentar informarme de las vidas románticas de actores que no conozco o recalentarme el almuerzo.

—Cómo no. —No podía dejar de sonreír—. ¿Cómo era tu vida antes de que se inventaran los relojes de bolsillo?

—Me las apañaba. Aunque, como persona que aprecia la puntualidad, me sentí complacido cuando empezaron a estar disponibles.

—¿«Me sentí complacido» es la forma que tiene Viktor de decir «me la puso muy dura»? —Me fulminó con la mirada y yo solté una carcajada—. ¿Dirías que es tu invento favorito de todos los tiempos?

—Creo que las vacunas merecen llevarse el podio, pero los relojes tienen reservado un lugar especial en mi corazón.

—Mmm… Quizá debería probar a usar uno.

—La verdad es que te cuesta mucho ser puntual.

—No seas grosero. Una reina nunca llega tarde.

Se le curvaron los labios.

—Si llegaras a tiempo, podrías estar más rato en el taller por las noches.

Lo que quería decir era «podrías estar más rato conmigo». Estaba casi segura, porque sus mejillas habían cambiado ligeramente de color y porque sentía un cosquilleo en las venas y el estómago.

—¿Y tú? —pregunté en voz baja—. ¿Qué pasará cuando te deshagas de Silas?

Esperaba una evasiva, pero me sorprendió al decir:

—Me gustaría tomarme un descanso.

—¿De los libros y la historia?

—Los libros y la historia serían justo lo que haría para descansar. Es del resto de lo que podría prescindir.

Se refiere a descansar de ser un solucionador de problemas, pensé. Lo medité mientras cerraba el reloj alrededor de mi muñeca, imaginándome que aún conservaba su calor corporal.

—¿Puedes tomarte unas vacaciones?

—Es complicado. No hay muchos renacidos en los que se pueda confiar para lo que hago.

—¿No podrías formar a alguien?

—No es solo una cuestión de habilidades.

—¿Qué más, entonces?

—Lo que hago conlleva cierto poder y reconocimiento. Algunos renacidos podrían abusar de ello.

No era ninguna ingenua: sabía que su trabajo incluía imponer castigos e incluso matar. Aun así, la idea me inquietaba.

—Si necesitas un descanso y tu jefe no te deja tomártelo, siempre tienes la opción de mentir.

—¿Mentir?

—Sí. Di que estás enfermo o algo así. —Parecía tan poco impresionado con mi sugerencia que me eché a reír—. Necesitas que alguien te enseñe a ser malo cuanto antes.

—Y puede que tú necesites a alguien que te enseñe a ser buena.

—Lo reconozco, sí. Deberíamos formar un equipo. Tu disciplina y mis soluciones al margen de la legalidad. Seríamos imparables.

—Puede que ya seas imparable, Veronica. —Inclinó la cabeza, como para ocultar una sonrisa. O tal vez para evitar decir lo que vino justo después—: Dudo que al señor McManaman le hiciera gracia cualquier tipo de asociación entre nosotros —masculló en voz baja.

—¿A Mortimer? —Casi me había olvidado de su existencia.

No solía estar por la tienda cuando iba de visita.

Wanda había decidido jubilarse a finales de año y, como Roxanne colaboraba cada vez menos con él para poder aceptar trabajos más lucrativos, no tenía a nadie que me hiciera memoria—. ¿Por qué le iba a importar?

Sus ojos se encontraron con los míos, reticentes.

—¿No estás… emparejada con él?

—¡Puaj! —exclamé—. No.

—Cuando nos conocimos… —Se aclaró la garganta—. Me dijiste que era tu novio.

—Porque pensé que me estabas tirando los tejos. No sé si lo recuerdas, pero eso fue justo antes de que me informaras de que te parecía un callo malayo.

—Yo nunca…

—Lo sé. —Le di un golpecito en el antebrazo—. Solo estaba de broma.

Viktor tragó saliva.

—Entonces, vosotros dos ya no…

—Nosotros dos nunca hemos estado juntos. Y me ofende mucho que pienses que sería capaz de acostarme con él.

Volvió a apartar la mirada. Giró tanto la cara que solo le veía el saliente del pómulo, y… se estaba sonrojando. De manera muy evidente.

Se nota que te formaste en un seminario, pensé.

Tras unos segundos, el rubor se intensificó, y…

no pude evitar preguntarme cómo actuaría en una situación que realmente fuera vergonzosa.

¿Cómo sería tener una relación con él? A lo mejor querría esperar hasta la duodécima cita para cogerte de la mano.

Aunque sin entrelazar los dedos, claro. Sexo solo después del matrimonio, con las luces apagadas, una oración antes de empezar, otra al terminar.

Rezar el rosario durante. Un rechazo rotundo al sexo oral porque es pecado.

¿Qué más daba? No era asunto mío. Y, sin embargo, sentía la piel caliente y sonrojada, y, mientras observaba el color que le teñía el rostro, no pude evitar decir:

—Qué rojo más bonito.

Se volvió hacia mí tan rápido que casi se desnuca, buscando mis ojos con una intensidad que era incapaz de igualar. De momento.

—Me refiero al segundo bermellón. —Señalé el pergamino y las dos emes que había escrito—. Pero el primero es el que más se parece al original, así que puede que sea la mejor opción. ¿Algún inconveniente?

Me olvidé por completo de que me había puesto el reloj hasta más tarde, cuando llegó la hora de darme una ducha.

Me dije a mí misma que se lo devolvería la noche siguiente, y luego la otra.

Hasta que decidí que esperaría a que Viktor me lo pidiera, pero nunca lo hizo.

Quizá porque, desde que había empezado a llevarlo, llegaba al trabajo un poco antes de lo habitual.

Una ráfaga de viento trajo consigo noviembre, con su aroma a lluvia y leña.

Con el aire frío del invierno los jerséis se volvieron más gruesos y las campanas del campus sonaban como solemnes advertencias.

En las salas de estudio, los animados debates escatológicos se hacían más escasos, sustituidos por las sesiones de estudio frenéticas que siempre precedían a la recta final del semestre.

Justo al comenzar el mes, llegó la primera nevada: un día de un blanco cegador seguido de hojas embarradas y aceras traicioneras.

Nadie, ni siquiera los estudiantes más entusiastas, parecía feliz de estar en clase.

—Menuda putísima mierda —maldije mientras me quitaba las botas en el vestíbulo de la casa de Viktor.

Una vez que estuve segura de que no iba a dejar un rastro de fango reseco por todo el pasillo, me dirigí al taller.

Arlo se me había adelantado y me había quitado mi sitio habitual.

Pierre y Viktor estaban de pie en el centro de la sala, con cara seria.

Era evidente que me estaban esperando.

—Sí, hombre —solté señalando a Arlo—. ¿Me vais a sustituir por este?

Él echó un vistazo a la réplica y murmuró algo así como «pues podría hacerlo perfectamente y sin tardar tantos meses».

—Tengo una propuesta que hacerte —dijo Viktor. Su expresión era sombría, no como la que ponía antes de sentirse a gusto conmigo, sino de auténtico malestar.

—¿Te has olvidado del protocolo? Tienes que secuestrarme antes de ofrecerme un trabajo.

Mi intención era animarlo, pero él se mantuvo impasible.

—No es una decisión que haya tomado a la ligera, Veronica. Lo que te voy a pedir conlleva un nivel de riesgo que…

—Viktor. —Me acerqué a él, lo bastante como para notar el aroma a enebro. Tuve que inclinar el cuello para mirarlo—. Pídeme lo que me tengas que pedir. Se me da genial decir que no si algo no me apetece.

Me miró desde arriba con una sonrisa torcida y cruzó los brazos.

—Está bien. Ya casi has terminado la réplica, y pronto tendremos que presentar el libro a una casa de subastas para que…

—Esa parte me la sé. —Yo también crucé los brazos—. Dime qué necesitas.

Parecía a la vez molesto y a punto de sonreír. Intenté no sentirme demasiado orgullosa de mí misma.

—Tengo que beber la sangre del director de la casa de subastas más grande de Boston, y necesitaré que tú me ayudes.

Parpadeé.

—Pensaba que me ibas a pedir que te falsificara una copia de un manuscrito de Da Vinci.

—¿Habría sido mejor?

—Aún no lo sé. Explícame bien eso de la sangre. ¿Es porque te pica el gusanillo en general o porque te apetece probar la de ese tío en concreto?

Mis bromas no consiguieron más que una mirada fría.

—Tomar la sangre de alguien me da acceso a esa persona. Me facilita localizarla si desaparece y, en según qué situación, si estamos lo bastante cerca, me permite leer sus pensamientos y saber sus intenciones.

—Ja. Tenía mis dudas.

—¿Sobre qué?

—¿Qué tipo de ventajas curiosas conlleva ser un renacido?

—¿Aparte de la inmortalidad? —preguntó Pierre, ofendido. Se me había olvidado que Viktor y yo no estábamos solos. Últimamente me pasaba mucho.

—Aún no sé muy bien qué opino de eso —respondí sin desviar la mirada de Viktor—. ¿Es el director que se encargará de vender la réplica cuando la termine? —Asintió—. ¿Y por qué quieres vigilarlo y anticipar sus movimientos?

—Él será el puente entre nosotros y Silas. No hay margen de error: debemos observarlo y saber desde un primer momento cuáles son sus verdaderos objetivos.

—¿Y para qué me necesitas a mí?

Por un instante, se le tensaron los tendones del cuello.

—Le gustan las mujeres guapas.