capítulo 6 #2
Ninguno de los dos dijo nada, pero el mundo a nuestro alrededor cambió, y puede que nuestro mundo interior también.
A mediados de octubre ya había copiado aproximadamente la mitad del manuscrito y estaba ganando tanto confianza como velocidad.
Una noche me encontraba en el taller, dando los últimos retoques a una C formada por gusanos retorciéndose en un charco de sangre, cuando Viktor entró y se quedó paralizado.
—Vaya —dijo con la mirada fija en la diminuta figura que entrecerraba los ojos y sacaba la lengua a mi lado. Estaba escribiendo su nombre una y otra vez en un trozo de pergamino con una pluma que yo misma le acababa de enseñar a usar.
—Ay, hola, Viktor. Esta es mi amiga Rorie. Rorie, este es el doctor Ashworth.
Viktor carraspeó.
—Encantado de conocerla.
Rorie me lanzó una mirada de «este señor habla raro», propia de una niña de siete años.
—Esta noche Rorie ha venido a ayudarme, ¿verdad?
Ella asintió con vehemencia y luego volvió a la urgente tarea de poner el punto sobre la I.
—Siento no haber avisado —le dije a Viktor, que se frotaba el puente de la nariz como señal de su tremenda confusión—.
Es una larga historia. Su madre, Roxanne, ha tenido una emergencia en el trabajo y su padre acaba de mudarse a Boston, así que yo soy la única que se podía encargar de cuidarla, pero ya estaba en el coche de Arlo cuando me han llamado, así que hemos quedado a un par de manzanas de aquí y…
—Me encogí de hombros para resumir el resto de la divagación.
A Arlo no le hizo gracia el cambio de planes…
hasta que conoció a Rorie. Como no podía ser de otra manera, le pareció adorable y terminó dándole unas chuches que no tenía ni idea de dónde había sacado.
¿Y yo qué, Arlo?, pensé. ¿Acaso no soy adorable? ¿Dónde están mis putas chuches?
—En fin, voy a terminar esta inicial ornamentada y luego nos iremos de…
—¿Eres el coleccionista rico? —me interrumpió Rorie.
Viktor pareció tomarse la pregunta muy en serio.
—Supongo que soy rico. Y colecciono ciertos objetos, sí.
—Mamá dijo que Vero ya no viene tanto por tu culpa.
—Me temo que no se equivoca. —Se enderezó el puño, que ya estaba recto, nervioso. Me pregunté si habría conocido a alguna niña antes. Desde luego, no lo parecía.
—No hueles a mofeta —afirmó Rorie.
—No, supongo que no. ¿Debería?
—Normalmente, los amigos de Vero huelen a mofeta.
—Qué manera tan sutil de anunciar que la mayoría de mis ex eran fumetas —dije entre dientes.
—¿Qué es un fumeta? —preguntó ella.
—Nada, déjalo.
—¿Es alguien que hace volar cometas con forma de F?
—Claro.
Por el rabillo del ojo, vi a Viktor asentir con rigidez y retirarse del taller. Contuve la risa, pero, más tarde, en la cama, incapaz de conciliar el sueño, no podía dejar de pensar en aquella conversación.
La mayoría de las noches seguía pasando los descansos con Pierre.
El día después de la visita de Rorie le confesé mi odio hacia los cigarrillos, lo cual le hizo muchísima gracia y le llevó a suponer que él me gustaba tanto y desde hacía tanto tiempo que estaba dispuesta a arriesgar la salud de mis pulmones solo por el privilegio de conocerlo.
No era una conclusión particularmente graciosa, pero me vino de perlas para preguntar:
—¿Acaso ocurre eso?
—¿El qué?
—Que los renacidos y los mortales se líen entre ellos.
—¿Por qué? ¿Tienes alguna amiga que quieras presentarme?
Lo estudié de arriba abajo.
—No te imagino en una cita.
—¿Quién ha hablado de citas? —Cuando puse los ojos en blanco, se rio—. Bueno, cuéntame más sobre esas amigas.
—Oye, no seas malo. ¿Y si la que quisiera ofrecerse soy yo?
Él resopló.
—Ya, claro.
Me giré hacia él, molesta.
—¿Qué significa ese «Ya, claro»?
—Significa que no estoy para juegos. Haz la pregunta que realmente quieres hacer.
—No tengo ni idea de…
—No te importa si yo u otros renacidos nos acostamos con mortales. Lo que te interesa es saber si lo hace él.
Se me revolvió el estómago. En esa fresca noche de octubre, se me pusieron la garganta y las mejillas al rojo vivo. No solía sentir vergüenza a menudo —de hecho, Grace solía decirme que era una sinvergüenza—, pero, cuando pasaba, lo detestaba.
—No es…
—Lo es. Y es obvio para cualquiera con dos ojos funcionales.
—¿Por qué? —repliqué con un tono débil—. No me conoces. No sabes cómo me comporto cuando…
—No me refería a ti. Es él quien resulta obvio. Y, ya que preguntas, sí, algunos de nosotros, en ocasiones, nos acostamos con mortales.
—Ah.
—Pero él no.
Se me formó un nudo en el pecho.
—¿Es por el tema del monasterio o…?
—Joder, ¿te lo ha contado? Es peor de lo que pensaba. —Pierre suspiró e inclinó la cabeza hacia atrás, contemplando las estrellas—. Arlo tenía razón.
—Arlo nunca tiene razón.
Se rio entre dientes; sin embargo, su expresión era sombría cuando me miró.
—Esta vez sí. Esto es nuevo, Vero. Lo conozco desde hace casi mil años y… —Se frotó los ojos—. Debería haber sabido que la cosa se ponía seria cuando te quedaste dormida en tu escritorio y lo pillé tapándote con una manta.
—Anda. Pensé que había sido Sam.
Él resopló.
—Ni siquiera sé qué esperar.
—¿Qué quieres decir?
Se quedó en silencio durante un rato.
—No estoy seguro. Quizá me equivoque. Espero que sí. Pero es que no consigo imaginarme un escenario en el que este lío no acabe mal.
Quiero dejarlo claro: desde un primer momento me tomé muy en serio lo que dijo Pierre. Nunca pensé que su preocupación fuera infundada, y me esforcé por tenerla presente. Pero…
Pero: Viktor.
No es que mi mundo se hubiera reducido a él. Seguía teniendo una vida plena entre el doctorado y mis amigos, y solo lo veía un par de horas al día, siempre para trabajar codo con codo. No obstante, su presencia se hacía notar incluso en su ausencia.
Es probable que, en algún lugar, en un rincón en lo más profundo de mi ser, ya supiera lo que estaba pasando.
Pero, a lo largo de mi vida, cualquier tipo de relación romántica, por remota que fuera, se había definido de forma tajante e inequívoca: nos besamos tres veces después de clase, tenemos una segunda cita, llevamos quedando de manera informal desde hace una semana y media.
Por aquel entonces, pensaba que si algo no se podía expresar con palabras era como si no existiera.
Anhelaba establecer límites y definiciones y, pese a ello, esa sensación que flotaba, dulce y tentativa, entre Viktor y yo…
era imposible de verbalizar. Era demasiado fluida para atarla con frases, y tan efímera que se resistía a cualquier categorización.
Lo suficientemente difusa, casta y embriagadora para poder decirme a mí misma que… no.
No me estaba enamorando de una criatura centenaria.
Así que unas noches después de mi conversación con Pierre, cuando nos trajo una bandeja de aperitivos preparados por Sam y se marchó murmurando: «Os dejo solos, ya que se os ve muy ocupados haciendo buenas migas», le grité:
—¡Estamos trabajando! ¡No sé si esa te la sabes!
Pero Pierre ya había salido del taller. Mordisqueé resignada una minizanahoria.
—¿Por qué te molesta que haya dicho que estamos haciendo «buenas migas»? —preguntó Viktor sin levantar la vista de mi última página, que estaba revisando.
—Por nada. Quiero decir, solo estamos… —«Trabajando en equipo, en un ambiente distendido y cordial».
Si hubiera dicho alguna de esas palabras no me habría molestado.
Pero «haciendo buenas migas» sonaba íntimo, como algo por lo que debería preocuparme.
«Hacer buenas migas» requería un cambio de rumbo que no me apetecía—.
Tampoco es que nos estemos preparando tartas el uno al otro —dije—.
Nos pasamos la mayor parte del tiempo sentados en silencio, trabajando codo con codo.
—¿Y eso no es «hacer buenas migas»? —Levantó la vista y me di cuenta de que, para alguien tan reservado y autosuficiente como Viktor, tan acostumbrado a ocultar sus pensamientos y proteger su espacio personal como si fuera una fortaleza, quizá aquello sí que era un acto íntimo.
Sin duda yo lo sentía más íntimo que cualquier relación sexual que hubiera tenido en… toda mi vida, probablemente.
—Sí. Lo es. —Me recosté en el taburete, inquieta.
Cogí una de las plumas, pero luego cambié de opinión y empujé dos frascos de cristal llenos de tinta hacia él—.
Para el último tercio del manuscrito, ¿con qué rojo prefieres que hagamos la rubricación?
El pigmento cambia en el original, así que también deberíamos cambiarlo nosotros.
—Permíteme. —Me quitó la pluma de los dedos con cuidado.
Su piel rozó la mía, igual de áspera, con callos en el mismo sitio.
Qué extraño que dos personas tan distantes como él y yo tuviéramos mapas idénticos en las palmas de las manos—.
Por cierto, la última página te ha quedado perfecta —me felicitó en voz baja.
—¿Ningún error?
—Ningún error.
—Hmm. —Lo observé escribir dos bonitas emes en el pergamino donde practicábamos para luego secarlas con un papel y comparar los colores.
Mientras esperábamos a que se terminara de secar la página, me preguntó:
—¿Qué vas a hacer después de esto?
—Lo de siempre. Irme a casa. Dormir. A menos que Arlo decida que vale la pena sacrificarse solo para librar al universo de mi presencia y meta el coche a propósito en un socavón.
Sus ojos brillaron con humor irónico.
—Me refería a después de terminar esta falsificación.
—Ah. —Nunca habíamos hablado de ese tema. Me enderecé—. Bueno, si cumples con lo del dinero, y eres demasiado virtuoso como para no hacerlo, probablemente nada. Siempre he querido ser una dama que se dedica al ocio y al disfrute.
Se recostó contra la mesa y me observó. A veces, no siempre, ni siquiera a menudo, pero a veces sentía su atención sobre mí a un nivel molecular.
Como si me estuviera rozando la piel con los dedos.
Tenía la sensación de que hojeaba el aire entre nosotros como si fuera un libro, ansioso por llegar a lo que estaba escrito en la última página.