capítulo 6
E l sol de octubre ya no brillaba tanto y los cafés con hielo habían dado paso a los termos con el logo de Rockhaven.
Los abrigos de tweed y las bufandas de punto habían salido de su escondite tras el verano para invadir el campus, a menudo aún impregnados de olor a naftalina.
Era mi quinto año en esa ciudad, pero aquel frío mordaz todavía me pillaba por sorpresa.
Caminaba entre los edificios, con el gorro de lana a la altura de los ojos, observando con incredulidad a los estudiantes de grado que aún se congregaban en el césped.
Cada vez que veía a alguno temblar, me permitía una sonrisa de satisfacción.
—Por cierto —me dijo mi tutora aquella sombría tarde de jueves—, el otro día te vi charlando con Viktor.
Me detuve justo cuando iba a abrir el bolso.
—Ah.
—¿Sabes a quién me refiero? ¿Viktor Ashworth? Ese profesor de Historia británico tan inteligente, tan educado y tan… alto. Siempre va muy elegante.
—Pues… Ah, perdona, sí, ya sé de quién me hablas. ¿Cuándo nos viste?
—La semana pasada, creo. ¿Sabes que me preguntó por ti cuando vino a hacer la entrevista el año pasado?
—¿En serio?
—Sí. Bueno, no sobre ti de forma directa… Dios, eso ha sonado fatal. Me preguntó acerca de tu trabajo. Por ese artículo que escribiste sobre el ciclo de la Pasión.
—¿Y eso?
—Creo que sentía curiosidad por tu investigación. Sospecho que estaba valorando si pedirte que colaboraras en un proyecto de investigación con él, porque quería saber cuál era tu ética de trabajo.
Me mordí el interior de la mejilla.
—Espero que le dijeras la verdad.
—¿Cuál es?
—Que soy la mejor estudiante con la que has trabajado jamás.
Ella soltó una risita, pero se inclinó sobre el escritorio.
—Sé que lo dices de broma, Vero, pero no te equivocas. —Buscó algo entre los papeles que tenía encima de la mesa—. En fin, aquí te he apuntado lo que cambiaría de este último capítulo.
Astuto, pensé aquella noche, durante ese silencio gélido tan característico de los trayectos en coche con Arlo.
Llegamos a la casa mucho después de que se hubiera puesto el sol, algo habitual ahora que los días eran más cortos.
Sam había encendido una tenue luz para darnos la bienvenida y, en el porche, tres polillas confundidas libraban su batalla nocturna.
Mientras subía por el sendero hacia la entrada, envuelta en la oscuridad, me di cuenta de que ya no podía admirar la hiedra que trepaba por las paredes de ladrillo.
La mayoría de los días, mi aliento se condensaba en una nube de vapor blanco.
Para cuando alguien me abría la puerta, mis dedos congelados se negaban a ponerse manos a la obra hasta que no les dejaba acunar una taza calentita durante al menos diez minutos.
Por suerte era un remedio bastante fácil.
No recordaba haber hablado nunca de Wanda con nadie de la casa, pero se me debía de haber escapado algo en un arrebato de nostalgia, pues en el taller había aparecido un nuevo carrito equipado con un hervidor de agua y varias cajas de té oolong.
Normalmente me ponía nada más llegar con Ars moriendi, sin embargo, la tarde de la conversación con mi tutora rompí la rutina y llamé a la puerta del despacho de Viktor.
No estaba enfadada ni molesta. No me sentía traicionada porque me hubiera observado durante meses antes de acercarse a mí, ya que me había dado multitud de razones para sospechar que nuestro primer encuentro llevaba mucho tiempo fraguándose.
El Viktor que conocía y apreciaba era metódico, preciso y, obviamente, estaba imbuido de un profundo sentido del deber.
Silas había supuesto una gran amenaza durante décadas, y si quería usarme para contratacar, tenía sentido que Viktor se asegurara de que me ajustaba a sus necesidades.
Él lo sabía casi todo sobre mí.
El problema, o al menos la fuente de la opresión que se me había instalado en el pecho tras charlar con mi tutora, era que yo no sabía casi nada sobre él. Y llevaba así un tiempo. Sin embargo, aquella noche de octubre no logré obviarlo y hacer como si no me importara.
Tras llamar a la puerta, se escuchó la voz de Viktor al otro lado, pero no conseguí entender la respuesta. Cuando metí la cabeza, lo encontré sentado en su escritorio, ocupado con una llamada telefónica. Aun así, me hizo un gesto para que entrara, y eso hice.
Su conversación duró varios minutos más.
Hablaba un idioma extranjero, uno con un ritmo relajante.
Durante un rato me senté en el sofá y me entretuve tratando de adivinar cuál era.
Cuando empezó a entrarme sueño, subí a la biblioteca del altillo, preguntándome si la sensación de que unos ojos seguían mis movimientos eran solo imaginaciones mías.
La planta de arriba era un espacio acogedor con un reconfortante olor a pegamento y papel viejo.
Los libros estaban apilados en doble fila, iluminados por suaves focos y escritos en más idiomas de los que nadie debería saber.
Al sacar los volúmenes, descubrí que alguien había anotado en los márgenes un puñado de preguntas, notas y pequeños resúmenes en los mismos idiomas en los que estaban escritos.
Soplé para apartar el polvo y ver mejor.
La caligrafía era obsesivamente pulcra y estaba alineada con el texto incluso en los espacios entre párrafos.
Era el tipo de letra que pertenecía a alguien que organizaba las corbatas por color y orden alfabético.
Me resultaba tierno, conmovedor y familiar.
Noté una sensación extraña en el estómago, algo que se oprimía y un escalofrío.
—Veronica.
Alcé la vista, apretando el libro contra el pecho.
Viktor se hallaba plantado frente a mí como solía estar cuando venía a saludarme: con una leve sonrisa de bienvenida y un halo de calidez a su alrededor.
Debería haber estado acostumbrada —de hecho, me estaba acostumbrando—, pero el espacio en ese altillo era reducido, y la anchura de sus hombros lo encogía aún más, tensando el ambiente.
Me sentí como si estuviera suspendida, disuelta en el tiempo, andando sobre el filo de un cuchillo.
Viktor parpadeó. Su silencioso placer al verme era evidente.
—¿Puedo preguntarte algo? —Me sentía aturdida.
Asintió una única vez.
—Cuando la gente te pregunta cuántos años tienes, ¿qué les respondes?
—Veintinueve —dijo sin vacilar.
—Y si te preguntaran dónde naciste…, dirías que en el Reino Unido, ¿verdad?
—Correcto.
Asentí y me llevé una mano a la nuca, como para masajearme, pero al final decidí no hacerlo.
No tenía ni idea de por qué necesitaba saber sobre la vida de Viktor en ese preciso instante.
Era extraño. Me estaba comportando de forma insólita, y él también se había dado cuenta.
Sin embargo, había algo ahí, atascado en mi garganta, e iba a estallar si no lo dejaba salir.
Así que pregunté:
—¿Cuántos años tienes?
Sus ojos se oscurecieron. Cuando habló, sus palabras sonaron como si estuviera recitando.
—Nuestro código nos prohíbe revelar nuestros orígenes por encima incluso que la existencia de los renacidos.
Por mucho que nos esforcemos en borrar nuestras huellas, cualquier individuo malintencionado podría usar registros históricos e información biográfica para desvelar nuestra naturaleza y actuar en nuestra contra.
Cuando cruzamos, dejamos atrás quienes éramos. Para siempre.
Asentí de nuevo, porque tenía razón. Toda la razón.
Una cosa era que un chiflado publicara algo en Reddit sobre unos seres que no-son-vampiros-pero-casi, y otra que un chiflado utilizara fuentes primarias para demostrar que el árbol genealógico del doctor Viktor Ashworth tenía más bien forma de tocón.
Aun así, se me formó un nudo en el estómago, una especie de decepción que no recordaba haber experimentado antes.
—Por supuesto. Lo entiendo. —Me armé de valor y traté de esbozar una sonrisa—. Disculpa. —Dejé el libro al que me había estado aferrando e intenté pasar por al lado de Viktor, pero me detuvo poniéndome una mano en el hombro.
¿Me había tocado alguna vez antes? Una. Solo una.
—¿En serio? —sonaba entretenido. Y otras cosas también.
—¿Qué?
—¿No vas a volver a preguntarlo, Veronica?
Levanté la vista hacia él, ansiosa por descifrar su expresión. Pero estaba demasiado cerca y a contraluz. Me mordí el labio inferior y repetí:
—¿Cuántos años tienes?
—Nací a finales del siglo viii . No sé la fecha exacta.
—¿Dónde?
—En Jumièges, un pueblecito de Normandía.
—¿Viktor es tu verdadero nombre?
—Sí, aunque con una grafía diferente.
Intenté imaginármelo. No pude. No al cien por cien, no todavía, pero descubrí que tampoco me importaba. Eso no hacía que Viktor me pareciera menos cercano, real o de carne y hueso.
—¿Algo más? —añadió en voz baja, amable.
Debería haber habido más. Debería haber preguntado muchísimas cosas.
Sin embargo, lo que realmente necesitaba era asegurarme de que él y yo podíamos estar en igualdad de condiciones.
Algo que sirviera como prueba. Una base de partida para…
para lo que fuera. La sensación en mi estómago había desaparecido, se había disipado. Sonreí, esta vez de verdad, y dije:
—Tenemos que decidir qué hacemos con la tinta roja. Si usamos el cinabrio o el bermellón.
—Ah. Sí, cierto.
Nos quedamos en silencio, mirándonos el uno al otro. Busqué algún indicio de incomodidad, pero no encontré ninguno. Quizá solo estaba demasiado cansada.
—Ven —dijo con los labios curvados de esa forma asimétrica—. Te prepararé un té.
Al pasar junto a él en dirección a las escaleras, su enorme mano me rozó ligera, casi imperceptiblemente, la parte baja de la espalda.
No tenía claro que lo hubiera hecho a propósito, porque, cuando exhalé un suspiro repentino, él hizo lo mismo.
Y cuando me detuve y me quedé quieta como una estatua, él hizo lo mismo.
Después de varios latidos retumbando en mis sienes, miré hacia atrás y descubrí que tenía los ojos fijos en mí.