Mortal & Inmortal capítulo 5 #3
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capítulo 5 #3

Tenía que ser por culpa de su pasado monástico.

No había otra explicación. Había vivido innumerables vidas y conocido a incontables personas.

Me había secuestrado y luego me había ingresado medio millón de dólares en la cuenta bancaria.

No podía conciliar todo eso con el hecho de que hubiera tardado tanto en caer en las posibles implicaciones turbias de nuestro vínculo.

Una mujer joven. Un hombre en una posición de poder. ¿De verdad nunca se había planteado cómo se veía desde fuera? ¿Había sido cruel por mi parte señalarlo?

—Era broma —lo tranquilicé—. A nadie le importa. Y, aunque les importara, dudo que creyeran que soy tu tipo.

—¿Por qué?

—Porque sí. —Me miré a mí misma con un gesto exagerado. Llevaba unos vaqueros anchos y descoloridos y un jersey gordito con un estampado similar al de cuadros vichy; botas militares y el pelo suelto en una maraña de mechones plateados revueltos por la brisa.

Se le tensó un músculo de la mandíbula.

—No comprendo a qué te refieres.

—¿No lo comprendes? ¿Me está diciendo que le van las chicas con piercings en lugares ocultos, doctor Ashworth?

Me dio la sensación de que se ponía rígido.

—Supongo que depende de cuáles sean esos lugares.

—Ya, claro. —Resoplé.

Se detuvo. Volvió el cuerpo entero hacia mí con el ceño fruncido, visible a pesar de las gafas de sol.

—Veronica. ¿Alguna vez te he dado la impresión de que no me gusta tu aspecto, tu estilo o tu actitud en general?

—Bueno, dijiste que mi cuerpo no te suscitaba ningún tipo de interés —bromeé.

—Para tranquilizarte y que supieras que no corrías peligro alguno por mi parte. —Su elegante dicción sonaba más seca de lo habitual. Casi cortante. Quizá esa frialdad fuera su forma de arremeter contra mí—. ¿Y después?

—¿Después de… qué?

—¿He dicho o hecho algo que pudiera interpretarse como una crítica a tu aspecto o a cualquier otra cosa sobre ti?

—No, pero…

—Entonces eres consciente de que esto dice más de ti que de mí, ¿no?

Me tocaba a mí preguntar:

—¿Por qué?

—Porque estás haciendo suposiciones sobre mí. Después de que yo prometiera que no volvería a hacerte eso.

—Pero es que… —Me rasqué el cuello, sintiéndome de repente avergonzada—. Tú eres muy preciso. Y refinado.

—Y tú también. Tanto tu oficio como tus estudios requieren niveles de precisión inalcanzables para la mayoría de las personas.

—No es a eso a lo que… Son los trajes. Y el peinado que desafía a los elementos.

Y ese aire aristocrático, de la vieja escuela, de erudito autoritario que…

Viktor, sabes, tienes y has visto de todo.

Yo compro la ropa de segunda mano, me como dos paquetes de chicles al día y ni siquiera tengo pasaporte, así que…

—Me encogí de hombros, pensando que eso zanjaría el asunto.

Estaba claro que había sido un error sacar ese tema.

El tono de Viktor se volvió más suave y, sin embargo, cada palabra pesaba toneladas.

—¿Crees que me importa si te haces la cama por las mañanas o si los calcetines y la camiseta te combinan? ¿Crees que saberlo, tenerlo y haberlo visto todo hace que te respete menos, en lugar de más?

Eso pensaba, sí. A pesar de que, si me paraba a meditarlo, Viktor nunca me había dado una sola razón para creerlo.

—Lo siento.

Tardó unos segundos, pero acabó asintiendo. Relajó la postura.

—Deberías sentirlo. Aunque solo por lo que tus suposiciones dicen sobre cómo te ves a ti misma.

Estuve tentada de poner los ojos en blanco, pero entonces me di cuenta de algo. Me acerqué a él y sonreí.

—O sea, estás diciendo que sí soy tu tipo, ¿no?

Señaló las escaleras detrás de mí.

—Wilton Hall. Tu parada.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Que tengas un buen día, Veronica —dijo alejándose, y yo sonreí mientras seguía con la mirada sus pasos firmes y su figura en movimiento. Me toqué el vientre al sentir ese cosquilleo que se negaba a desaparecer.

—Qué mono —comentó alguien, sobresaltándome. Cuando miré a mi lado, me encontré con un chico pelirrojo que sonreía. Era larguirucho, parecía unos años más joven que yo, y no recordaba haberlo visto nunca.

—¿Perdón?

—Ah, nada. Lo siento, yo… —Bajó la cabeza, claramente avergonzado—. Solo quería… No pensaba que el doctor Ashworth se… involucrara tanto.

Arqueé una ceja.

El chico parecía querer que lo tragara la tierra.

—Te prometo que puedo ser una persona normal —dijo con un quejido, y no pude evitar reírme.

—¿Conoces a Viktor? —Era la primera vez que alguien que no fuera un renacido hablaba conmigo de él. Por fin una prueba de que no era solo producto de mi imaginación.

—Sí. De hecho, es mi tutor.

—Ah. ¿Estudias Historia?

El chico asintió. Debía de ser un estudiante de primer año de posgrado.

—¿Tú eres profesora?

Me hacían esa pregunta a menudo. A la gente le costaba calcular mi edad por culpa de mi pelo canoso.

—Soy estudiante de doctorado. Historia del Arte.

—Ah.

—¿Ah?

Se sonrojó.

—Bueno, es que el doctor Ashworth siempre me ha parecido que era más de… —Hizo un gesto con la mano.

—¿De?

—De teología y filosofía. Supongo que alberga incontables mundos. En fin… Me alegra saber que tiene una amiga. —Se despidió con un asentimiento complacido y amistoso, y yo procedí a subir las escaleras de mi edificio, preguntándome si era cierto que Viktor y yo éramos amigos.