capítulo 5 #2
—Me encogí de hombros, sintiendo nervios de repente.
Estaba empezando a acumular conocimientos generales sobre los renacidos, datos sueltos que recogía por el simple hecho de andar cerca de ellos.
Me había dejado llevar por lo mortales que parecían: comían, bebían y dormían con la misma frecuencia que yo, bostezaban y se cansaban, tenían dolores de cabeza y se les saltaban las lágrimas al estornudar; pero recordaba su verdadera naturaleza cuando un guardia de seguridad corría por el pasillo a velocidad de deportista olímpico o Viktor levantaba un mueble de ciento treinta y cinco kilos con una sola mano para recuperar una pluma que se me había caído.
Sin embargo, cuando se trataba de su vida personal, me daba cosa indagar.
Con la cantidad de tiempo que llevaban vivos, debían de haber sufrido más tragedias y pérdidas de las que podía imaginar.
No me parecía buena idea sacar el tema de los hermanos que quizá habían muerto en una época en la que la gente creía que la cura para la disentería era la amputación de un dedo del pie. Intentaba tenerlo en cuenta.
—¿Cómo te interesaste tú por la historia? —le pregunté a Viktor con un poco de torpeza—. ¿Fue simplemente por… haberla vivido? ¿O ya había clubes de lectura para hablar de historia cuando eras adolescente, allá por el Renacimiento?
—No lo sé. Mi educación temprana fue en un monasterio.
Casi me atraganto.
—¿Un monasterio? ¿En plan para… sacerdotes, monjes y esas cosas?
Asintió sin inmutarse ante mi evidente sorpresa.
—¿Te obligaron tus padres?
—No. Nunca conocí a mis padres.
—Ah. Entonces, ¿la figura pseudoparental a la que decepcionaste fue…?
—Fueron muchas. A la Iglesia le encantan las jerarquías.
—Claro. Bueno… No te imagino decepcionando a nadie —dije, y un segundo después añadí—: Aunque sí te imagino en un monasterio. En realidad, no me sorprende en absoluto. Encajas de maravilla en ese tipo de entorno hiperrestrictivo, con mucha disciplina y una moralidad muy de blanco o negro.
Él negó con la cabeza y empezó a ponerse el reloj de pulsera.
—No hay nada malo en tener disciplina y moderación, Veronica.
—Tampoco hay nada malo en tener fluidez ética, Viktor.
Suspiró, quizá incluso con cariño. Últimamente era más fácil saber qué pensaba. O eso, o estaba dejando que sus expresiones se manifestaran con más libertad. Esa gélida sensación de distancia e impenetrabilidad se estaba resquebrajando, o más bien derritiendo lentamente.
¿Cómo cojones había acabado alguien como yo formando equipo con un antiguo sacerdote? Agarré la pluma, acerqué el tintero y murmuré:
—Tenía razón.
—¿En qué?
—En que estabas metido en algún tipo de secta.
Viktor me miró con indiferencia y luego me pasó el dorso de la mano por la mejilla. Al principio pensé que era una caricia y el corazón me dio un vuelco, hasta que noté que presionaba con los nudillos y me giraba la cabeza para que mirara hacia el pergamino.
—Vuelve al trabajo —murmuró en voz baja y con un tono alegre.
—¡Qué grosero! —grité mientras se marchaba. Resultaba desconcertante lo fácil que se había vuelto hablar con alguien que, hasta donde yo sabía, había participado en la segunda conjuración de Catilina.
A mediados de septiembre, Samantha (o Sam, como ahora insistía en que todos la llamaran) volvía a estar en plenas facultades.
Nuestro primer encuentro tras el incidente había sido una avalancha de abrazos y disculpas mutuas, que se hicieron aún más emotivos por la efervescencia periférica aunque indiscreta de Arlo.
Sam estaba intacta, impecable, sin ninguna cicatriz que aludiera el inmenso dolor que debía de haber sufrido.
Quería preguntarle por qué había salido sabiendo que el sol le haría daño, pero me pareció que era una cuestión tan invasiva que me conformé con:
—Estás… ¿Hay algo que pueda hacer por ti? —Bajé la voz, aunque sospechaba que los renacidos tenían un oído más agudo. Qué le íbamos a hacer—. ¿Eres feliz aquí?
Su sonrisa era melancólica.
—Ay, Vero. —Mi parte racional sabía que esa mujer llevaba vagando por ahí desde mucho antes de que yo fuera un blastocisto en la mente del Creador.
Aun así, no podía dejar de sentir que era más joven que yo.
Me invadía el impulso de protegerla. Y, sin embargo, cuando me tomó las manos entre las suyas, fui yo la que se sintió como una niña ingenua—.
Soy tan feliz como puedo serlo. Estoy rodeada de gente que se preocupa por mí. Y las cosas… mejorarán. Algún día.
Intenté pedirle consejo a Roxanne sobre cómo ayudar a Sam, pero tuve que ser tan vaga y ocultar tanta información que el tiro me salió por la culata de una forma espectacular.
—Espera. ¿Esto tiene algo que ver con ese coleccionista rico? ¿Crees que está maltratando a alguien que trabaja para él?
—No, no. Para nada.
—¿Estás segura? Porque tengo un bate de béisbol y mucha rabia que canalizar.
—Yo también tengo un bate de béisbol —dijo Rorie sin levantar la vista de su libro para colorear—. ¡Es rosa!
Le sonreí.
—Podemos jugar con él durante la fiesta de pijamas de la semana que viene, cuando tu madre esté de viaje de negocios en Boston. —Mi sonrisa se desvaneció y volví a mirar a Roxanne con mala cara—. El coleccionista la trata bien. Y no están juntos. No es… No es un capullo.
—¿Estás segura? Los hombres tienden a serlo. Y si hablamos de hombres con dinero ya ni te cuento.
—Lo sé, pero… No te sabría explicar por qué, pero este chico no es así. —Me quedé mirándome los dedos. Últimamente siempre los llevaba manchados de tinta.
—Vero, ¿por qué tengo un mal presentimiento? ¿Uno de esos que me invade cada vez que mi mejor amiga está a punto de hacer una estupidez con el tipo poco fiable que le ha dado una cantidad de dinero propia de un ladrón de guante blanco?
—Tampoco es que esta situación pase con tanta frecuencia como para merecer un mal presentimiento específico.
Me lanzó un pretzel .
—Haz el favor de tener cuidado.
Eso hacía. Siempre. Pero es que, a veces, no confiar en Viktor era más complicado que hacer lo contrario. Tanto era así que, hacia finales de mes, cuando lo vi cruzar el campus a paso ligero con un chaquetón negro y gafas de sol oscuras, no dudé en llamarlo:
—¡Doctor Ashworth!
Se detuvo y se volvió hacia mí enseguida, esperando pacientemente mientras yo corría casi dando saltitos por el estrecho sendero que conducía a una de las cafeterías del campus.
Cuando estuvimos cara a cara, lo miré sin saber qué decir, preguntándome por qué lo había llamado en vez de dejar que pasara de largo.
A lo mejor solo quería comprobar qué hacía. Si se ponía tenso, como le ocurría a veces cuando parecía desconcertado o sorprendido. Una manía mía.
—Doctor Ashworth.
—Señorita Mercer.
Nos miramos como si estuviéramos orgullosos de aquel intercambio tan sumamente ingenioso. Para entonces ya había aprendido que a él se le daba genial dejar que nuestros silencios se alargaran. Pensé que tal vez fuera porque le interesaba escuchar lo que quería decir.
—¿Hoy te has atrevido a salir al exterior? —pregunté al fin.
—Con un poco de ayuda. —Señaló sus gafas de sol—. ¿A dónde te diriges?
—Al Wilton Hall.
Asintió con la cabeza. Su rostro anguloso y de labios carnosos contrastaba con aquel lúgubre día de otoño.
—Te acompaño.
—No hace falta —dije, aunque ya nos habíamos puesto en marcha.
Nuestras largas piernas iban al mismo ritmo y tuve que ocultar la sonrisa que me brotaba del pecho tras el borde de mi vaso de plástico.
En el pasado, me habían dicho alguna vez que era desagradable caminar conmigo: andaba demasiado errática, un paso me movía perezosa y al siguiente rebosante de energía, pero a Viktor no parecía importarle—. ¿No te meterá en problemas?
—¿Qué?
—Bueno, ya sabes. —Nuestros brazos se rozaron, el acrílico peludo contra la mezcla de cachemira—. Pasear por el campus con una doctoranda. Una que no es tuya.
Un leve movimiento de cabeza, desconcertado.
—¿Por qué iba a meterme en problemas?
—No sé, aunque supongo que te dará igual, ya que este trabajo solo es una tapadera para ti.
—Pero ¿por qué iba a meterme en problemas?
—Porque sí.
—Porque… —Vi el instante justo en que se dio cuenta de lo que quería decir. Su pálida piel se sonrojó y apareció una mancha tenue pero evidente en sus mejillas—. Entiendo.