capítulo 5
C riaturas inmortales y todopoderosas caminaban entre nosotros y, aun así, llegó septiembre. El cielo se volvió gris de repente; para compensarlo, los árboles estallaron en rojos ardientes y dorados intensos que evocaban retablos y pigmentos antiguos.
O tal vez solo es que eso era lo que yo tenía en mente.
Era estudiante de doctorado —en mi año de tesis, nada menos—, pero Ars moriendi acaparaba mi atención de una forma que ni siquiera la sexta revisión de la introducción de mi tesis conseguía, sobre todo después de que empezara a trabajar en serio en la falsificación.
Durante el día estaba en el campus, en mi minúsculo despacho, ahora abarrotado con otros cuatro doctorandos, o en una de las bibliotecas menos populares entre los estudiantes universitarios.
Hojeaba ediciones de páginas quebradizas de obras pioneras y garabateaba palabras ilegibles en mi cuaderno de cuero, con la esperanza de que alguna teoría teológica abstrusa me resultara útil para construir una transición fluida entre el subcapítulo sobre las influencias carolingias y la sección sobre bestiarios.
Por la noche, iba copiando el Ars moriendi en el pergamino que Viktor había conseguido, dedicando largos ratos a completar una sola letra del alfabeto.
Me acurrucaba sobre la hoja, ajustaba la lámpara de mesa en un ángulo perfecto y avanzaba de forma tortuosa pero constante mientras los grillos cantaban fuera.
Las ventanas del triforio que había en el taller se podían abrir y, a veces, antes de que el otoño se volviera más crudo, las abría y respiraba hondo con el ulular de los búhos o el susurro de las hojas secas de fondo.
Era increíble la paz que sentía mientras hacía algo que me podía costar la cárcel. Palo, astilla, bla, bla, bla.
Mi rutina era anodina, sobre todo teniendo en cuenta que ahora poseía conocimientos que hacían temblar los cimientos del mundo y sus habitantes, pero no tardé en adaptarme.
Básicamente porque no tenía otra opción.
A lo largo de los años, había aprendido que, ante un cambio de paradigma, dejarme llevar era lo que mejor me funcionaba.
A decir verdad, podría haberme dedicado a impartir seminarios en línea a precios desorbitados sobre el arte de dejarse arrastrar por la inercia de la vida.
Veía a Viktor todas las noches. Normalmente se pasaba a verme cuando llegaba al taller; el ligero golpeteo de sus nudillos contra el marco de la puerta me hacía levantar la vista de la línea que estaba caligrafiando.
Disfrutaba de su presencia, aunque solo fuera porque era la única persona con la que podía hablar de Ars moriendi.
Al igual que cuando Mortimer y yo cometíamos delitos juntos, se creaba una especie de campo magnético entre nosotros por estar involucrados en algo que nos aislaba del resto del mundo.
Pero, mientras que mi cuerpo y mi cerebro habían rechazado a Mortimer de manera violenta e instintiva, Viktor me resultaba más fácil de digerir, incluso en su versión más distante y formal.
Algunas noches, solo venía a ver cómo estaba. Otras, se quedaba por allí. La mejor forma de predecir cuál de las dos tocaba era estar atenta a lo que yo había bautizado como «el ritual del reloj de pulsera».
Para empezar, se quitaba la americana del traje y la colgaba cuidadosamente del respaldo de una silla.
(La primera vez que lo hizo, solté un grito de escándalo y le pregunté: «Pero ¿tú dónde te crees que estás?
¿En un burdel?». Su expresión de desconcierto fue adorable.
La mirada fulminante después de darse cuenta de por dónde iban los tiros, no tanto).
A continuación, colocaba su reloj sobre la mesa con una precisión meticulosa, digna de un especialista en desactivación de bombas.
Luego, tras observarme durante unos instantes, empezaba con sus críticas.
La primera vez fue con cuidado de no ser demasiado efusivo; al fin y al cabo, era británico. Por cada problema con la forma o el trazo de una letra, se sentía obligado a dedicarme algún elogio.
«La tinta está muy bien conseguida».
«El espaciado es correcto».
«Sí. Bastante aceptable».
—Sé que probablemente hayas encontrado este método en una publicación de Reddit en la que se recopilan consejos para docentes —le dije al fin un día, tratando de no reírme en su cara—, pero no es necesario.
—¿Perdón?
—Soy capaz de tragar verdades sin importar lo amargas que sean. No hace falta edulcorarlas. Sé tan exigente como te nazca.
—En ese caso… —Apretó los labios—. Las bes te salen fatal.
Estudié la última que había escrito desde todos los ángulos posibles.
—¿De verdad?
—No.
Intercambiamos una sonrisa: la mía divertida, la suya tenue pero amable.
—No te preocupes, las pruebas infernales de la universidad me han preparado para esto —dije.
—¿Para qué?
—Para aceptar críticas. Quiero decir, seguro que tú también has pasado por momentos en los que, si cometías un error tipográfico por la mañana, para la hora de cenar ya estabas guillotinado, pero, según los estándares modernos, soy una experta en encajar comentarios duros.
—Comprendo. —Recorrió el borde de mi pluma con el dedo—. ¿Es ahí donde aprendiste todo?
—¿Todo el qué?
Hizo un gesto amplio y difuso que parecía significar: «Los libros».
—Ah, no. Me lo enseñó Grace. Era una anciana de buen corazón que se aseguraba de que comiera cuando mis padres se iban en una de sus aventuras delictivas. Ya sabes cuál es el arquetipo.
—¿Ella también se dedicaba a falsificar obras?
Me eché a reír.
—Por Dios, no. Era restauradora. Si viera lo que hago con todo lo que me enseñó, se enfadaría muchísimo.
Él asintió, comprensivo.
—El peso de la decepción de un pseudoprogenitor puede ser aplastante.
—Ah, no. Grace se cabrearía, pero no se decepcionaría. Para esto último primero tendría que creer que soy capaz de mantenerme alejada de los problemas, y ella me conocía demasiado como para pensar tal cosa.
—¿Ella es la razón por la que fuiste a la universidad?
—La razón por la que solicité plaza en la universidad, sin duda. Ella se aferraba a la quimera de que iba a ser la próxima gran promesa de la historia del arte o algo así. Al final todo se volvió muy confuso.
Los ojos de Viktor mostraban curiosidad, aguzados por una nueva clase de atención. No preguntaba solo para llenar el silencio. Escuchaba, asimilaba la información y recalibraba. Eso me provocó una sensación tierna y agradable en el pecho.
Giré mi taburete hasta quedar frente a él y apoyé el codo en el borde de la mesa.
—Se puso enferma cuando yo estaba en la carrera.
Era partidaria de que tener un título de posgrado podía evitar que siguiera los pasos de mis padres.
Supongo que no había leído las últimas estadísticas; ¿te imaginas creer que un doctorado en cualquier especialidad te garantiza un trabajo?
—Me froté la cara, pensando en los estudiantes que se habían graduado antes que yo, en los cientos de currículums que habían enviado para no recibir ninguna respuesta a cambio.
Yo estaba en mi quinto año y debería haber empezado a mandarlos también.
Mi tutora no paraba de preguntarme acerca de mis planes—.
En fin, alguien me habló de Rockhaven, se lo comenté a Grace y, ¡oh, sorpresa!
, ella había estudiado ahí la carrera. Cuando presenté la solicitud, ella ya había muerto.
Aunque no tenía claro si me iban a admitir.
—Pero te las arreglaste para que así fuera.
—Por supuesto que sí. —Sonreí. Me incliné unos milímetros hacia delante, inhalando el aroma a enebro y a libros antiguos, y le aguanté la mirada hasta que él negó con la cabeza con una sorpresa notablemente genuina.
—¿Hiciste trampas?
—Por supuesto que sí.
—¿Cómo?
Me encogí de hombros.
—No fue nada del otro mundo. Más que nada, copié en los exámenes. ¿Qué pasa? —Alargué la mano y le di un golpecito en el antebrazo para borrar su expresión de reproche—. No necesito saber las propiedades de los triángulos escalenos para entender por qué el arte de Giotto fue revolucionario.
—¿Cómo se hace eso de copiar?
—Una señora nunca revelaría esos detalles. —Pensé en si decir o no algo más, pero ya que estaba…—. Es posible que también hiciera algún que otro cambio en mis cartas de recomendación.
Hizo una mueca de dolor. Y tal vez estuviera en medio de un delirio febril, pero habría jurado que también vi intriga.
—Vamos, Viktor. Dado que soy la única estudiante de mi promoción que sigue en pie, creo que podemos dejar atrás el pasado. No me digas que en tus miles de millones de años nunca has hecho trampa.
Su mirada se posó en mi rostro mientras pensaba.
Y pensó.
Y pensó.
Luego preguntó, como si mi respuesta le importara:
—Define «trampa».
—¿Para alguien que domina quince lenguas muertas? Ni hablar.
Tamborileó con los dedos sobre el escritorio, pensativo, a solo unos centímetros de mi codo.
—Hacer trampa requiere un acuerdo mutuo previo entre dos partes sobre lo que constituye una conducta aceptable. En presencia de códigos éticos contradictorios, no puede haber trampa.
—Eso suena mucho a que estás intentando salirte con la tuya después de que te hayan parado en un control de alcoholemia.
Sus labios se crisparon.
—No tengo ninguna necesidad, para eso está Arlo, un chófer muy eficiente.
—Y afable, además.
Su sonrisa se amplió.
—Estoy seguro de que he hecho muchas cosas malas, pero nunca he traicionado mi propio código ético. Al menos de momento.
—Por eso te puedes permitir esa actitud de superioridad moral mientras hablas con la chica a la que has contratado para cometer fraude por ti. —Le sonreí y, antes de cambiar de idea, le pregunté—: ¿Y tú?
—¿Hmm?
—O sea…