capítulo 4 #4
—¿Que soy un insecto efímero? Ya sé que has dicho que no me harías daño, pero… ¿soy como un insecto para ti?
Su mirada se quedó clavada en mí durante tanto tiempo que sentí como si me rozara la piel.
—No. —Una respuesta simple. Clara. Definitiva. No añadió ninguna explicación, aunque tampoco me hacía falta.
—De acuerdo. —Intenté esbozar una sonrisa que dijera: «Supongo que te creo»—. ¿Y a los renacidos? ¿También hace daño a los que son como él?
—Silas mata a toda persona que se interponga entre él y sus objetivos, ya sean renacidos o mortales. Es antiguo, poderoso e inteligente. Y, por encima de todo, disfruta con la violencia.
Me mordí el interior de la mejilla.
—¿Y quiere el Ars moriendi?
—Correcto.
—¿Por qué?
—Porque narra ciertas partes de nuestra historia y considera que puede contener respuestas a algunas de sus preguntas existenciales.
—¿Es así?
—A algunas, quizá.
—¿Él sabe que tú tienes el libro?
Negó con la cabeza.
—De hecho, ni siquiera está seguro de que el libro sea real. Su existencia no está documentada como es debido.
—Entonces, ¿cómo sabes que lo quiere?
—De hecho —se recostó contra la mesa y se cruzó de brazos—, es gracias a ti, Veronica.
Solté un suspiro exagerado.
—Todo tiene que ser culpa mía.
—Eso parece. —Sus ojos verdes destacaban en la penumbra y, contra todo pronóstico, encontré aceptación en ellos.
Cuando se mostraba así, más amable, más tierno, más receptivo, me costaba apartar la mirada de él—.
Llevo siete décadas intentando localizarlo sin éxito.
Lo único que me guiaba para determinar su paradero eran sus víctimas, a las que normalmente encuentran semanas después de que él haya visitado un sitio.
Sin embargo, reapareció hace poco, cuando un coleccionista empezó a difundir la noticia de que había adquirido un nuevo texto…
—El grimorio —susurré—. Mi falsificación.
Viktor asintió.
—Siente un gran aprecio hacia los textos que tratan sobre estos temas, igual que yo.
—¿Y estos temas son…? —Eché un vistazo a los manuscritos que había sobre el escritorio—. El folclore medieval y los chupasangres.
—Y cosas por el estilo, sí.
Silas y Viktor, unos señores eternos y todopoderosos, compartían obsesión con los adolescentes de pelo azul que viajaban a mansiones de otros estados para pasar los fines de semana jugando a juegos de rol en vivo. Me parecía entrañable.
—Así que quieres que haga una falsificación de Ars moriendi y luego…
Supongo que te ofrecerás a vendérsela. Bueno, no, eso le daría una pista de que vas tras él y sabría que es una trampa.
Recurrirás de forma anónima a una gran casa de subastas y, cuando él aparezca para comprarla… ¿Estás seguro de que lo hará?
—Sí.
—¿Por qué?
—Fue a por el grimorio.
—Y, sin embargo, aquí está. Lo acabaste comprando tú.
—Eso es porque, al igual que yo, Silas identificó al momento que era una falsificación.
—Joder. Bueno, supongo que si vosotros estabais vivos y leíais libros durante el periodo en cuestión…
—Jugamos con ventaja.
—Menos mal que lo reconoces. —Intercambiamos una media sonrisa—. Y cuando nuestro amigo Silas aparezca para comprar Ars moriendi, ¿tu idea es…?
—Lo sabes perfectamente, Veronica.
—¿Eso crees? ¿Y si te enfrentas a él y te gana?
—Como ya he mencionado, es muy poderoso. La derrota es una posibilidad. Una que no influye en mi deber.
Parecía tan decidido, tan inquebrantablemente comprometido con hacer lo que fuera necesario, que un pensamiento inoportuno me atravesó como un rayo: ¿Cómo pude tragarme que este hombre fuese profesor de Historia?
Puede que incluso lo dijera en voz alta.
Los labios de Viktor se torcieron en una sonrisa burlona, y de repente supe que Pierre tenía razón: lo de este hombre no era una simple cuestión de cortesía y autocontrol, se trataba de algo más, y había sido una necia al creer que me había convertido en una especie de experta en comprenderlo.
¿Cómo era su vida, su vida real? ¿Tenía familia? ¿Tenía una mujer y niños esperándolo en casa —en un hogar, un hogar de verdad—, que eran los que le habían enseñado a sonreír así? ¿Calificaba los exámenes según la media de la clase?
—Tengo un doctorado. Varios, de hecho. Llevo unos meses trabajando en Rockhaven y me pagan por ello. Imparto clases, llevo a cabo investigaciones y asesoro a estudiantes. Por definición, soy profesor.
—¿Y según otros parámetros?
Extendió la mano hacia el códice latino, pasando el pulgar con cuidado por la esquina de una página.
—Me considero un investigador. No siempre disfruto de las formalidades del mundo académico.
—Hmm… Y una vez que todo este asunto con Ars moriendi haya terminado, ¿qué pasará? ¿Optarás a una plaza fija?
El hoyuelo volvió a asomarse.
—Desapareceré con discreción.
Claro. Cómo no. Qué cosa más rara. A lo mejor todo había sido un sueño.
A lo mejor podía engañarme a mí misma pensando que Silas y Viktor no eran criaturas sedientas de sangre con un historial de víctimas, sino hombres influyentes que se peleaban entre sí.
Miembros de una logia masónica. Templarios.
Sociedades secretas de la Ivy League. Ese campamento de verano con árboles altísimos para viejos ricos en el norte de California.
Yo no era más que una humilde falsificadora que se había visto atrapada entre sus luchas de poder.
—Hay algo que no entiendo —dije.
—Por favor.
—Parece que Silas tiene muy buen ojo. —Me mordí el labio inferior durante un rato, repasando mentalmente todos los errores que podía haber cometido en el grimorio, tratando de no caer en una espiral de actitud defensiva, vergüenza e indignación.
Cuando Viktor interrumpió mi angustia, parecía un poco demasiado entretenido.
—Esta vez no se dará cuenta, Veronica.
Me obligué a dejar de poner mala cara.
—Tienes mucha fe en mis conocimientos como falsificadora.
—Esta vez me tienes a mí. Lo que él notaría, yo también lo aprecio. Y tú eres quien se encargará de arreglarlo.
—Quizá te pasas de optimista, pero gracias. Sin embargo, no dejo de preguntarme: ¿por qué necesitas una falsificación? ¿Por qué no usas el original como cebo?
Tardó mucho en responder y por un momento me pregunté si estaría pensando qué inventarse. Igual estaba formulando una excusa para hacerme callar y convertirme en una abejita obrera discreta. En cambio, cuando habló, sus palabras nítidas y precisas fueron sombrías:
—Si algo no sale según lo planeado, el libro no puede caer en sus manos.
—Porque, de ser así, ¿qué pasaría?
Cerró los ojos con fuerza, solo por un instante. Comprendí que no era algo que estuviera dispuesto a plantearse.
—Nada bueno.
—Nada bueno —repetí. Contemplé el bosque que escondían sus iris y cómo relucían en la penumbra. Bajé por el puente de la nariz y me encontré observando fijamente sus labios. Aparté la mirada, irritada conmigo misma, y dije—: De acuerdo.
—De acuerdo —repitió él.
—Sí. Te he mirado a los ojos y me he tragado todo el paripé.
Ahora siento que puedo confiar en ti, aunque seas un no-muerto y tal.
—Aquello era puro teatro: no se me daba mejor descifrar mentiras que a mis padres, lo cual, dada la cantidad de veces que se habían engañado mutuamente, no significaba nada bueno.
Y, sin embargo, había una sensación persistente, como un tamborileo, en mis entrañas. Todo iba a salir bien. Mi instinto, al que rara vez le daba el crédito que merecía por haberme mantenido con vida durante décadas, me decía que aquello era buena idea.
—De acuerdo —dijo de nuevo Viktor, un poco desconcertado, y yo empecé a reírme.
Ante la curiosa inclinación de su cabeza, hice un gesto con la mano.
—Es solo que, ¿te acuerdas de cuando nos conocimos? —Esperó a que continuara—. Me sentí tan… intimidada por ti. Tan inquieta. Y ahora aquí estoy, haciendo chanchullos contigo.
—Chanchullos —murmuró él, apenas audible.
Sonreí y le tendí la mano. Una ofrenda de paz. Estaba accediendo a meterme en lo que él había comenzado frente a la piedra rúnica de Kensington. Me pareció simbólico: un nuevo comienzo, esta vez con las cartas sobre la mesa.
Viktor miró mi mano como si fuera un cubo de Rubik hecho de carne y cartílago.
Aun así, me la estrechó. La suya era firme, cálida, áspera y un poco vacilante.
Todavía no entendía por qué, pero era consciente de lo mucho que me costaba soportar el contacto físico con él durante mucho tiempo.
Fui yo quien lo rompió. Me froté la parte baja del vientre, donde, por algún motivo, se me había despertado una sensación extraña.
Él no me devolvió la sonrisa. Me pareció ver algo en su rostro, tal vez un cierto rubor en los pómulos, pero, cuando volví a fijarme, ya se había dado la vuelta y estaba devolviendo los libros a su sitio.