Mortal & Inmortal capítulo 4 #3
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capítulo 4 #3

—No puedes. Lo único que tienes es mi palabra de que nunca he hecho nada parecido a lo que has visto en esas fotos. Aunque… —añadió con sorna y un tono humorístico— quizá empiece pronto, si sigues causando estragos en mi casa. —Se volvió a poner las gafas de sol y yo solté una carcajada.

—¿Por qué iba a volver a su casa, doctor Ashworth?

Dejó a un lado el vaso de café.

—Por Ars moriendi. —Otra vez se puso serio—. Quieres trabajar en ese proyecto. Y te mueres por averiguar más.

—Pero, cuanto más sepa, mayor será la probabilidad de que quieras deshacerte de mí.

—Venga ya, Veronica.

Fruncí el ceño.

—¿Me estás diciendo que no elimináis discretamente a quienes descubren vuestro secreto?

—No. Es algo que ocurre muy pocas veces. Los renacidos suelen mantenerse al margen de la sociedad.

—Para evitar ser descubiertos.

La inclinación de su cabeza sugería que no estaba del todo en lo cierto.

—Porque los mortales no nos resultan muy interesantes. Su perspectiva suele ser limitada. Sin ánimo de ofender.

—Oye. Creía que lo nuestro era especial.

Me ignoró.

—Y, aunque alguien nos descubriera… —Se encogió de hombros. Puede que fuera la primera vez que lo veía hacer algo tan banal, pero seguía siendo tan elegante como siempre—. ¿Qué podría hacer al respecto?

No capté lo que quería decir al momento, pero entonces consideré la situación por primera vez desde el viernes.

Podía hacer público lo que había descubierto.

Podía llamar a los medios de comunicación locales y nacionales, correr la voz por redes sociales, escribir un libro…

y nadie me creería. Incluso aunque tuviera un vídeo de Sam bebiendo sangre, probablemente pensarían que era un montaje.

Nunca iba a poder hablar de esto con nadie. Me tacharían de loca, destruiría mi carrera, preocuparía a mis amigos, ¿y para qué? Me daba igual si el mundo sabía o no que existían criaturas inmortales. Lo que me importaba…

Me incliné hacia delante, acortando la distancia entre ambos.

—En ese caso, cuéntamelo todo. Mi intención no es acabar en el Canal Historia hablando de extraterrestres, quiero saber cosas. Los manuscritos, la sangre, las fotos…

—Lo sabrás.

Todo a nuestro alrededor se quedó en silencio.

—¿De verdad?

—Si me disculpas por haber tenido unos inicios tan… tumultuosos y me das otra oportunidad para retomar nuestra colaboración, sí.

—Vaya. ¿Es esto una disculpa?

Un atisbo de diversión.

—Es una recalibración.

—Ajá, una recalibración. ¿Cuándo?

Me miró de reojo. De repente, era consciente de los latidos de mi corazón.

—Esta noche. Si estás libre.

No es mortal, me recordé. No está hecho de lo mismo que tú. Las palabras no tienen el mismo significado para él que para ti. No puedes confiar en él.

Y, sin embargo, sonreí y contesté:

—Vale.

Arlo vino a recogerme esa tarde, con una expresión tan parecida a un puchero que no pude evitar inclinarme hacia delante desde el asiento trasero y darle una palmadita en el hombro.

Él se apartó de mí y soltó un siseo propio de una serpiente venenosa.

No pude parar de reír hasta llegar a casa de Viktor.

—Ahora que lo sé —le dije— podemos empezar a mejorar nuestra relación.

—No hay ninguna relación que mejorar.

—El odio no es lo que define una relación.

—No me importas lo suficiente como para odiarte —mintió.

—Ya. Lo que pasa es que cada vez que me ves coincide que te has levantado con el pie izquierdo, ¿no?

—Mira, justo estas bromitas estúpidas son la razón por la que te odio.

Cuando llegamos, Pierre me estaba esperando en la puerta con una sonrisa amplia y coqueta.

—Me alegro de que Viktor decidiera sincerarse —dijo complacido—. Mi plan era decirte que Samantha había tenido una mala reacción al sol, que Viktor se había cortado accidentalmente y que tú habías alucinado todo lo demás.

—Habría funcionado.

—¿En serio?

—No. Pero te felicito por el intento de manipulación psicoló­gica.

Hizo una mueca.

—Es que solo me relaciono con renacidos, y hace tiempo que no soy como tú, así que…

Me detuve en medio del pasillo y él hizo lo mismo.

—¿Cuánto tiempo? ¿Cuándo fue la última vez que fuiste como yo?

—Uf. —Tragó saliva—. Como te he dicho, hace tiempo.

—¿Antes del siglo xviii ?

Se limitó a quedarse en silencio.

Madre mía. Esto no podía ser verdad. Tenía que ser una broma muy elaborada.

—¿Y cómo pasó? ¿Cómo dejaste de ser como yo y…?

—En realidad —me interrumpió con una expresión de conflicto—, será mejor que te pare ahí.

—¿Por qué?

—El caso es que Viktor ha sido muy… específico sobre ti.

—¿Qué significa eso?

—Desde que encontramos el grimorio, se ha mostrado inusualmente controlador en todo lo que respecta a… ti. Y dado que nuestro código nos prohíbe hablar de nosotros con personas ajenas…

—Lo que Pierre intenta decir es que, si quieres saber algo, es mejor que me lo preguntes a mí.

Los dos nos volvimos hacia Viktor, que estaba fuera de la sala de conservación, con un aspecto…

No sabría muy bien cómo describirlo, pero si alguien me hubiera obligado a hacerlo, habría dicho: satisfecho, contento, complacido.

Antes, en el campus, había un atisbo de tensión en su actitud que ahora había desaparecido.

Me pregunto hasta qué punto tenía que ver con la posibilidad de que yo no accediera a volver.

—Justo —dijo Pierre.

Puse cara de tristeza.

—Pero si no me cuentas cuál es tu cumple de renacido, ¿cómo voy a comprarte un regalo?

Pierre me lanzó una mirada de indiferencia antes de marcharse, y yo le dediqué una amplia sonrisa a Viktor, que estaba aguantando la puerta para que entrara. Al pasar junto a él, apareció una taza en mis manos.

La acuné entre los dedos e inhalé profundamente. Té oolong.

¿Cómo lo había…?

—Ven —dijo, y ambos nos adentramos en la sala.

Sobre el escritorio de nogal, había dispuesto los libros que había grabado en vídeo, tal vez para usarlos como atrezo mientras explicaba cómo el primer grupo de investigación de nigromancia de la historia había descifrado la inmortalidad.

—Hay ciertas cosas de las que no estoy en posición de hablar.

—Sonaba menos formal que antes, como si el hecho de no tener que fingir ser mortal lo ayudara a relajarse—.

Pero necesito una réplica de Ars moriendi y tú eres la única persona que confío que puede conseguir un buen resultado.

Así que seré lo más transparente posible.

—Me tienes en vilo.

Esperaba que Viktor empezara a dar preámbulos. En cambio, dijo:

—Pretendo usar tu falsificación para sacar de su escondite a un hombre peligroso.

Vale. Una sola frase y ya tenía un millón de preguntas. Opté por empezar por:

—¿Con «hombre» te refieres a…?

—Un renacido.

—Ajá. ¿Y peligroso para quién?

—Para muchos. —Se dio cuenta de que había enarcado una ceja y añadió—: Para ti no. Tranquila, estás bajo mi protección.

—Mientras trabaje para ti. Pero ¿podría venir a por mí después?

Su expresión se ensombreció.

—Estás bajo mi protección, Veronica —repitió, como si eso cambiara algo. Si decía la palabra «protección» una tercera vez, sería invocada con éxito.

Lo dejé estar y pregunté:

—¿Sabe esa persona que la estás buscando?

—Es complicado. Ha cometido varias infracciones y ya no es bienvenido en el mundo de los renacidos, pero tampoco es que le importe. Aunque llevamos mucho tiempo jugando al gato y el ratón, no tiene ni idea de que ahora mismo estoy intentando sacarlo de su escondite.

—¿Cuando dices «mucho tiempo», te refieres a… meses?

Me miró en silencio.

—¿Años?

Silencio.

—Décadas.

Nada.

—Son siglos, ¿no?

—Así es. —Parecía sentir cierta culpa por cargarme con el peso de la verdad. Y, sinceramente, la idea de que Viktor tuviera al menos varios siglos de edad me revolvió un poco el estómago.

—Entiendo. —No lo entendía. Para nada. Pero pensé que lo mejor era seguir—. ¿Actúa solo?

—Si le conviene. Tiene un puñado de socios.

—De acuerdo. Y… ¿de qué tipo de peligro estamos hablando?

—De varios tipos. Siendo sincero, las acciones de este hombre tienen el potencial de arruinar muchas vidas. Pero las consecuencias pueden ser incluso peores.

—¿Peores que arruinar muchas vidas? —pregunté escéptica.

Viktor se pasó la lengua por los dientes, pensativo.

—Hoy, cuando has dicho que yo no era humano, te he corre­gido.

—Lo recuerdo, sí.

—Silas, que es uno de los muchos nombres por los que se conoce a ese hombre, estaría de acuerdo contigo.

Diría que quienes sobreviven al cruce trascienden la humanidad y son superiores a los mortales.

Que los humanos son insectos efímeros que se mueven por el mundo con escasos conocimientos y poca conciencia, y que no hay que preocuparse por su seguridad, bienestar o deseos. ¿Entiendes lo que quiero decir?

Asentí con la cabeza, imaginándome cómo debía ser que alguien fuerte, poderoso y ancestral te tuviera en su punto de mira. Alguien como Viktor. Si Viktor quisiera hacerme daño, podría, pensé. Ahora mismo. En un abrir y cerrar de ojos me podría matar y nadie…

—Yo no estoy de acuerdo con él —dijo, interrumpiendo mis divagaciones, con los ojos fijos en los míos—.

Y tampoco lo están los demás renacidos de esta casa.

Puede que seamos inmortales, pero también somos humanos.

¿Entiendes por qué es importante que nos refiramos a nosotros mismos en esos términos?

Asentí. Tragué saliva. Y de repente caí en la cuenta.

—Los expedientes policiales. Las fotos. Él…

—Silas lleva décadas asesinando a mortales. Y durante mucho tiempo sus víctimas fueron el único rastro que dejaba.

—Pero los expedientes se interrumpen en los noventa.

—Porque fue cuando empezamos a llevar un registro digital. La carpeta que encontraste era una especie de reliquia. Silas nunca ha dejado de matar mortales por puro placer y no cesará a menos que alguien lo obligue. Como he dicho, os considera insectos efímeros.

Tanta crueldad ante una situación tan desequilibrada como la de los renacidos y nosotros me hizo hervir la sangre.

—¿Es eso lo que piensas cuando me miras?

Me observó con curiosidad.