Mortal & Inmortal capítulo 4 #2
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capítulo 4 #2

Una mujer de la fila de delante se giró para hacernos callar…

y luego se quedó mirándonos con sorpresa.

Alternaba la mirada entre Ashworth —  Viktor — y yo como si no pudiera conciliar el aspecto impecable de él con la forma en que yo estaba encogida en mi asiento, matando el tiempo hasta la cena con una piruleta de Halloween sin ser siquiera la época.

Me la saqué de la boca para ofrecérsela y ella se dio la vuelta con un bufido que hizo que Viktor y yo intercambiáramos una mirada de diversión… hasta que caí de nuevo en la cuenta.

Sangre, me recordó mi cerebro. Carne quemada. Sam. Fotos de gente muerta.

Fijé la vista en mi regazo. De repente estaba mareada.

No sé si fue curiosidad, resignación o simple agotamiento, pero cuando preguntó: «¿Puedo hablar contigo unos minutos, Veronica?», mi respuesta fue asentir y salir del auditorio detrás de él.

Acabamos en uno de los bancos del extremo norte del campus, donde el cuidado césped terminaba abruptamente y el bosque tomaba el relevo.

Los arces, robles y abetos balsámicos densamente agrupados me recordaban a una de las ilustraciones de Ars moriendi.

Era posible, incluso probable, que haberlo seguido hasta allí fuese un error, pero Viktor había parado a comprar un par de cafés de camino, así que decidí tomármelo como una victoria.

—Me resulta cuando menos interesante —dijo tras dar un sorbo. Vaya, pensé. Está bebiendo. Bebe cosas normales — que estés más preocupada por el bienestar de Samantha que por si voy a matarte.

¿Le había preguntado por Sam? No lo recordaba. Todo era una nebulosa y estaba medio paralizada por el terror.

—Puedo hacer ambas cosas. Albergo incontables mundos dentro de mí.

Vi cómo arqueaba las cejas por encima de las gafas de sol al escucharme citarlo. Me dirigió uno de esos asentimientos comedidos, el que parecía usar para todo, desde para hacer apuntes sin importancia hasta para desplegar una violencia letal, y dijo:

—Se recuperará. En realidad, ya lo ha hecho. Corbett, nuestro médico, es muy precavido.

—Me alegro. —Tomé un poco de café para tranquilizarme. Sentía tanto alivio que podría haberme ahogado en él. O en mi miedo—. ¿Le puedes decir que lo siento por…? —Hice un gesto abstracto.

—No fue culpa tuya.

—Aun así. —Eché un vistazo a su cuerpo de hombros anchos y largas extremidades. Luego a la luz brillante y difusa del sol de media tarde—. ¿Estás…? ¿Te duele estar aquí fuera conmigo? ¿Sufres de lo mismo que Sam?

—No. Samantha es joven en comparación con los demás.

«Los demás».

—Entiendo.

—La luz del sol a mí no me hace daño. La tolerancia se adquiere con el tiempo. La única excepción son los ojos, que siguen siendo algo sensibles, pero se pueden proteger fácilmente con unas gafas. Yo soy considerablemente mayor que Sam.

Por alguna razón, dudaba de que con eso se refiriera a solo diez años.

—Bueno, vamos al grano: ¿tienes que deshacerte de mí ahora que sé lo de…? —Durante las últimas setenta y dos horas le había estado dando tropecientas vueltas a algo que él había dicho.

«No haría bromas si supiera lo desagradable que puede resultar, señorita Mercer. La obligación de matar».

Casi esperaba un «sí» adusto o una negación compasiva seguida por un crujido en el cuello. En vez de eso, preguntó:

—¿Qué crees que sabes, Veronica?

Qué curioso que alguien insistiera en llamarme por mi nombre completo. Y, sin embargo, eso era lo menos raro que me estaba pasando en ese momento.

—Sé que no eres humano, que eres otro tipo de criatura.

—Dios —murmuró entre dientes.

Abrí mucho los ojos.

—¿Dios en el sentido de que eres Dios o…?

—No. Dios en el sentido de que has metido el dedo en la llaga. Sin intención, supongo.

—¿Porque te he llamado criatura? ¿O porque he dicho que no eres humano?

Tensó los labios.

—Vaya. —Conque era lo segundo—. Lo siento. No pretendía ofenderte. Si te soy sincera, me sorprende que seas capaz de sentir una emoción tan mundana como esa.

Él soltó un elegante resoplido.

—Y eso no es nada. ¿Qué más sabes?

—Veamos. A los de tu especie les afecta en cierta medida la luz solar directa.

Bebéis sangre y eso os ayuda a curaros, incluso de quemaduras de undécimo grado.

Sois anormalmente fuertes y rápidos. Doy por hecho que lleváis mucho tiempo vivos.

Y hay un puñado de manuscritos que abarcan siete u ocho siglos y contienen información sobre vuestra especie.

—Ah, cierto. Con tanto tumulto, casi se me olvida tu reciente incursión en la videografía. —Se dio cuenta de que estaba frunciendo el ceño—. Las cámaras de la sala de conservación están ocultas, pero existen, y se registran todas las visitas. Aunque, en este caso, asumo la responsabilidad.

—¿Por qué?

—Debería haber sabido que no ibas a estarte quieta con solo pedírtelo. ¿Los textos fueron tan reveladores como esperabas?

—Para nada. Aunque supongo que ahora sé más que nunca.

—¿Como qué?

—Parece que hay algún… ¿elixir que desafía a la muerte?

Quizá solo se refiere a la sangre. El caso es que, si te lo bebes después de fallecer, te convierte en…

¿un monstruo? ¿El yeti? ¿Un hombre lobo?

¿Un vampiro? ¿Una…? ¿Cómo se llama…? ¿Criatura feérica?

No estoy muy versada en el ámbito de los críptidos. Dímelo y acabaremos antes.

Viktor parecía estar a punto de volver a mostrar ese hoyuelo solitario, pero me negué a sentirme avergonzada porque mis preguntas le resultaran graciosas.

Si igualmente me iban a matar por saber demasiado, exigía saberlo todo.

No quería terminar bajo tierra sin antes aclarar si mi asesino era un caníbal o un hijo descarriado del Señor.

—Si no me lo explicas —dije con tono seco—, moriré pensando que eres una especie de hombre-sanguijuela. Para que lo sepas.

—Eso no se puede permitir —murmuró con un atisbo de calidez en la voz—. No somos ninguna de esas cosas que has enumerado. Puede que «vampiro» sea lo más parecido, pero no es así como nos vemos a nosotros mismos.

—Comprendo. ¿Y qué implica ser un no-vampiro?

—Preferimos la palabra «Aptrgangr». Aquellos que vuelven a caminar. —Una pausa—. «Renacidos» en vuestro idioma.

—Tomo nota.

—En cuanto a lo que abarca, parte de ello es lo que ya has mencionado. Otras cosas seguramente puedas deducirlas. Las más sensatas, al menos. La última vez que tuve esta conversación, alguien aludió al agua bendita y los crucifijos.

—Qué raro por su parte.

Ocultó una sonrisa tras el vaso de café.

Está bien, pensé, sintiéndome como si estuviera observando mi propio cuerpo desde una rama a cuatro metros de altura. Todo está bien. El mundo sigue girando. Los pájaros cantan. La clorofila se está sintetizando en este preciso instante .

—¿Nacéis así o…?

Él negó con la cabeza.

—Nos convertimos. Pero todos fuimos como tú, en su día.

—¿Cuándo?

—¿Cómo?

—¿Cuándo fue la última vez que fuiste humano? —Tardé un segundo de más en recordar su reacción anterior al insinuar que no era humano. Frunció el ceño y volvió a desprender una determinación férrea.

—Somos humanos, Veronica.

—Lo siento, es que… ¿de verdad lo sois? Quiero decir, ¿envejecéis siquiera?

Él negó con la cabeza y me invadió una oleada de náuseas tan intensa que tuve que pensar en otra cosa para no potar. Las abejas. Zumban sobrevolando las flores y crean miel con el néctar. Los osos les roban la miel. Cosas normales.

—¿Podéis morir? —pregunté aturdida.

—Si nuestras heridas son lo suficientemente graves, sí. —Apareció en mi mente una imagen de la piel en carne viva de Sam, y Viktor debió de vérmelo en la cara, porque añadió—: Unos minutos más y el daño habría sido irreparable.

—¿Todos los que están en tu casa son vam…, renacidos?

—Excepto tú.

—¿Incluso los guardias de seguridad? Pues menuda manera de proteger y vigilar a Sam.

—No estoy contento con su desempeño del otro día, pero sí, son renacidos.

Quizá no iba tan desencaminada: eran una secta. Aunque, en lugar de adorar a monstruos voladores con forma de macarrones, adoraban a…

—¿Eres su… rey?

—¿El rey de quién?

—El rey de los renacidos.

Soltó una risotada, un sonido grave, profundo e inesperado que me hizo estremecer a pesar del calor.

—No. No tenemos rey, ni tampoco un sistema formal de gobierno. Pero sí tenemos un líder de facto, cuyo poder es aceptado por la mayoría de los renacidos y con quien yo trabajo de cerca.

—¿Eres asesor político?

—A veces. —Su expresión se volvió vagamente melancólica—. Algunos me llamarían «solucionador de problemas».

—Un solucionador de problemas. ¿Cómo si fueras un… policía?

Su mirada asesina me dejó claro lo que opinaba de mi comparación. No pude evitar soltar una carcajada… hasta que recordé lo que había dicho sobre matar por obligación.

—¿Te envían a castigar a la gente?

—A menudo, sí. Pero mi jurisdicción incluye exclusivamente a otros renacidos.

Me costaba imaginarlo. E imaginármelo a él ejerciendo violencia. Siempre respondía con mesura y serenidad, aparentaba tener tanto control sobre sí mismo que aquello parecía imposible. No obstante, había algo bajo esa coraza de contención, un núcleo de pragmatismo despiadado, que decía lo contrario.

Recordé su mano frente a mi cara, esperando a que escupiera el chicle.

El crujido de su muñeca al desgarrarse.

—¿Os… alimentáis de nosotros? —pregunté en voz baja—. ¿Os servimos de sustento?

Él respondió con un tono similar al mío.

—No necesitamos sangre para sobrevivir, pero potencia algunos de nuestros rasgos y nos vincula de una forma que es difícil de explicar a los mortales.

—Entonces, ¿no chupáis la sangre de la gente hasta dejarla seca?

—Como he dicho, podemos sobrevivir sin…

—Creo que lo que quiero saber es si tú, concretamente, lo haces o no.

Asintió y me sorprendió al quitarse las gafas de sol para mirarme a los ojos.

—No. Yo no lo hago. Pero has revisado la carpeta. Sabes que otros sí.

—¿Cómo puedo estar segura de que no mientes?