Mortal & Inmortal capítulo 4
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capítulo 4

A quel fin de semana no hubo ningún momento en el que me cuestionara si lo que había visto era real.

Me preocupaba el estado de Sam. Me recriminaba haberla puesto en peligro.

Me preguntaba si alguien del equipo —¿manada?

¿aquelarre?— de Ashworth vendría a por mí, y si las puertas y ventanas atrancadas de mi apartamento, exageradamente mal equipado, resistirían ante su extraordinaria fuerza.

Intenté encontrar explicaciones alternativas para el consumo de sangre que encajaran con mi visión del mundo.

No toqué ni una sola sustancia, dormí a ratos, estuve a punto de llamar a Roxanne tres millones de veces y me mantuve alejada de cualquier líquido que no fuera agua y de cualquier sólido cuyo color se acercara mínimamente al rojo.

Pero sabía lo que había visto y nunca intenté convencerme de lo contrario.

No, no era supersticiosa ni creía en lo paranormal. Sí, estaba dispuesta a revisar esa postura escéptica si se me presentaban pruebas contundentes.

No fue hasta la mitad del sábado cuando recordé los vídeos que había grabado en la sala de conservación.

Lo primero que hice fue introducir los nombres de las víctimas de los expedientes policiales en los motores de búsqueda, lo cual resultó infructuoso.

Por otra parte, la mayoría de los asesinatos —y los informes coincidían en esto: eran asesinatos— se habían cometido en la era anterior a internet.

Aun así, hallé pruebas de que la carpeta no era solo un morboso proyecto de manualidades de Viktor.

Una familia del Reino Unido había creado una página web en la que pedía información sobre el homicidio sin resolver de su hija, ocurrido en 1978.

Un artículo informaba de que el caso de Tailandia que había encontrado en poder de Ashworth se consideraba parte de un grupo más amplio de accidentes ocurridos en todo el sudeste asiático a finales de los ochenta, y que la policía local creía que eran ataques de animales.

Algunas publicaciones especulaban con que una mujer asesinada en 1982 había sido víctima de un asesino en serie español, pero el hombre insistía en que él no tenía nada que ver con aquello.

Las autoridades se habían negado a presentar cargos contra él por falta de pruebas.

Los informes policiales eran reales. Las fotos eran reales.

Y pertenecían a una… una cosa que poseía una fuerza extraordinaria y cuyas habilidades para desgarrar la carne había comprobado con mis propios ojos.

Que los asesinatos hubieran ocurrido antes de que dicha cosa supuestamente naciera ya no era motivo de consuelo, porque… ¿y si no?

Ars moriendi y la falsificación deberían haberme parecido triviales en comparación, pero tenía que haber una relación entre los monstruos ficticios de los manuscritos y los reales. Así que empecé a revisar las grabaciones, lo que me dio algo que hacer que no fuera morderme los nudillos.

Para el lunes por la mañana, la conmoción y el horror de lo que había ocurrido…

no habían remitido, si es que era posible que remitiesen en algún momento, sino que se habían estancado, como si mi sistema nervioso reconociera que no era el momento adecuado para desmoronarme y tener un ataque de histeria.

Estaba agotada por la falta de descanso y frustrada por la falta de respuestas.

Y, sin embargo, me vestí y fui al campus.

Tras pensarlo detenidamente, había decidido no hacer las maletas ni usar mis habilidades de falsificación para improvisar un pasaporte y desaparecer.

Huir podría parecer la opción más sensata, pero odiaba tomar decisiones cuando me sentía acorralada.

Además, siendo realista, Ashworth tenía medios casi infinitos.

Si estaba en su lista de personas de las que deshacerse, me encontraría fuera donde fuera.

Era probable que Arlo ya se hubiera presentado como voluntario para llevarlo a cabo.

Así que me dirigí a clase, plenamente consciente de que podían matarme por el camino. Al menos esos niños pijos disfrutarían del espectáculo.

Era el primer día del semestre. Pasé esa fresca mañana y húmeda tarde con una neblina mental, viendo cómo el campus rugía con una nueva hornada de estudiantes que, al igual que todos los otros agostos, parecían más ruidosos, más maleducados y más creídos que el año anterior.

Normalmente disfrutaba de esta época de la vida académica, cuando las bibliotecas bullían con novatos que iban a por sus libros de texto y el ambiente era una mezcla de nervios y ambición que aún no se había corrompido por la desesperación que traerían los parciales.

Me encontré haciendo cola en la cafetería, escuchando cómo el futuro estudiante de primer año que tenía delante discutía la alegoría de la caverna de Platón.

En el pasado, esa charla pretenciosa de intelectuales me habría hecho sonreír.

Ese día, solo podía imaginarme a Wanda, a Roxanne y a mi tutora del doctorado de pie, hombro con hombro, mientras bajaban mi ataúd.

Si es que encontraban mis restos, claro está.

Hacia las cuatro, tras un largo y agotador día en el que las sombras no dejaban de sobresaltarme, asistí a un seminario por la única razón de que me parecía más seguro que volver a casa.

—No pensé que tanta gente estuviera interesada en la ciudad-estado de Cananea —murmuré echando un vistazo al auditorio abarrotado.

Analizar manuscritos con lupa parecía haber acentuado mi miopía, así que me senté en las primeras filas y esperé a que comenzara la conferencia.

Desenvolví una piruleta que había encontrado en mi despacho, saqué el móvil y apenas me di cuenta de que alguien se sentaba a mi lado porque estaba demasiado absorta revisando el vídeo de los manuscritos.

Para alguien que se consideraba una medievalista, mis conocimientos sobre lenguas muertas eran patéticos.

Aun así, había ido traduciendo poco a poco el códice latino, que parecía ser una historia de ficción acerca de la creación de un ejército para proteger una…

tumba, suponía, aunque la calidad de la imagen no era lo suficientemente buena como para estar segura, y no quería involucrar a otros expertos en el tema, lo que me ralentizaba bastante.

Luego estaba el manuscrito árabe y sus dibujos, cuyo estilo era inquietantemente similar al del grimorio en el que había trabajado el año anterior.

Aquello había sido una falsificación, pero algunas secciones parecían más auténticas que otras, hasta tal punto que tanto Mortimer como yo sospechamos que se trataba de un libro Frankenstein, compuesto por dos tipos de textos distintos.

En el códice árabe había una ilustración a la que volvía a menudo: una mujer con el pelo oscuro y reluciente que le llegaba hasta la cintura.

Estaba inclinada sobre un cadáver esquelético acariciándole la mejilla, como si le diera una última bendición, o eso pensaba cuando aún no había salido de la sala de conservación.

Ahora me preguntaba si no estaría haciendo una ofrenda a los muertos, y si el pigmento de cinabrio que ocupaba la mayor parte de la página representaba…

—La opción de aceptar el trabajo sin intentar averiguar tanto como pudiera sobre Ars moriendi nunca estuvo encima de la mesa, ¿verdad?

—dijo alguien a mi lado con un acento británico conciso y perfectamente articulado—.

Es usted tan curiosa y obstinada como buena en lo que hace.

Fue un error por mi parte no tenerlo en ­cuenta.

Se me hizo un nudo en la garganta. Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron, pero los obligué a relajarse uno a uno y miré a Ashworth con una serenidad fingida.

No parecía haber cambiado lo más mínimo: tenía las mismas mejillas recién afeitadas, el mismo traje caro y las mismas gafas de sol en la mano.

El puño de la camisa le cubría la muñeca, sin que se apreciara por debajo ningún vendaje.

Sus labios tenían un tono rosado normal y corriente.

Y, sin embargo, era muy probable que no fuera humano.

Lo único en lo que podía pensar era en Sam y en si estaría viva. Quería preguntárselo a Ashworth, pero su presencia me había paralizado.

Hasta que dijo:

—Veronica.

Respiré. Tragué saliva.

—Viktor.

—Por fin me llamas por mi nombre. —Curvó los labios, complacido—. Me preguntaba cuándo empezarías a tutearme.

—La primera vez que nos vimos me pediste que te llamara «doctor Ashworth».

Silencio.

—Me cogiste por sorpresa. —Desvió la mirada hacia un lado. Tardé un segundo en reconocer aquel movimiento como un signo de vacilación—. En ese momento, la idea de que me llamaras Viktor me parecía abrumadora.

Sonaba demasiado serio para ser una broma. Aun así, le respondí con una.

—Bueno, llevo toda la semana refiriéndome a ti como «el psicópata ese», así que casi que me quedo con ese apodo.

Las luces se atenuaron y el profesor comenzó a hablar. Miré hacia delante, doblando y redoblando el envoltorio de la piruleta con los dedos, preguntándome si esos iban a ser los últimos cuarenta y cinco minutos de mi vida.

Dios, qué manera de pasarlos.

—¿Sabías que en los días previos a conocerte —dijo Ashworth con naturalidad—, es decir, antes de lo de la piedra rúnica de Ken­sington, estuve a punto de optar por no acercarme a ti? Me preocupaba asustarte.

—Me alegra saber que doy la impresión de ser una blandengue.

—Cuesta descifrarte. Creía que eras…, una blandengue no, pero una persona reservada quizá sí.

—¿Reservada?

Él asintió. En las sombras teñidas de azul por la luz del proyector, los huesos de su mandíbula y pómulos parecían armas letales.

—Puede que incluso tímida. Dudo que vuelva a cometer ese error.

—¿El de pensar que soy tímida?

—El de hacer cualquier tipo de suposición sobre ti.

Solté un suave resoplido.

—Bueno, si alguno de los dos se ha equivocado con respecto al otro, diría que yo me llevo la palma.