capítulo 3 #6
Mi pregunta pareció sumir a esos hombres en el caos. Pierre echó a correr y se detuvo frente a las puertas del jardín. Se palpó los bolsillos, maldijo entre dientes al no encontrar sus llaves y, sin siquiera echar el brazo atrás para tomar impulso, golpeó el cristal con el puño.
El vidrio se hizo añicos, como si estuviera hecho de azúcar caramelizado.
Yo me quedé ahí plantada parpadeando, desconcertada.
Había usado esa puerta varias veces y sabía lo mucho que pesaba.
Intenté entender lo que había pasado, pero no había tiempo para que mi mente, aún aturdida, lo asimilara: Pierre salió disparado al exterior a una velocidad vertiginosa y Arlo avanzó hacia mí, gritando palabras en un idioma que no conocía.
—Basta —ordenó Ashworth, interponiéndose entre nosotros. Le puso una mano en el pecho y lo empujó para apartarlo. Después le dio varias órdenes escuetas en el mismo idioma que él había usado.
Con un gruñido animal, Arlo retrocedió. Tanto él como Ashworth siguieron a Pierre hacia el jardín —¿cómo coño podían moverse tan rápido?—, dejándome sola con el guardia.
—¿Qué cojones acaba de pasar? —pregunté patidifusa.
El hombre se limitó a mirarme con los ojos muy abiertos y llenos de… ¿terror?
—¿Por qué Sam no puede salir? ¿Va en contra de las reglas de vuestra extraña secta? ¿Es alérgica al sol o algo así?
Tragó saliva y se cubrió los ojos con la palma de la mano.
—No lo… —«entiendo», quise decir, aunque no era del todo verdad.
De repente, aparecieron los tres con Sam y se metieron dentro a toda prisa. Y en ese instante se me cayó el mundo encima.
Pierre llevaba a Sam en brazos, pero no era la misma Sam que había visto hacía unos minutos.
Le colgaban las extremidades sin vida y tenía la piel, que un rato antes estaba impecable, toda chamuscada, en carne viva y llena de ampollas.
La sangre se filtraba, abundante, a través de la ropa.
Cuando abrió los labios agrietados para intentar decir algo, vi que tenía un agujero en la mejilla a través del que se veían sus dientes y encías.
«¿Qué coño…?», dije. Bueno, no, lo pensé.
Me llevé las manos a la boca y retrocedí varios pasos, hasta que me di un doloroso golpe contra la isla de la cocina.
Sam había estado fuera solo unos minutos y parecía que la hubieran bañado en ácido.
Mi cerebro ya había empezado a estructurar la situación en términos comprensibles.
Alergia al sol. Tenía que ser eso. Joder. Joder.
—¡Tenemos que llamar a una ambulancia! —grité, pero nadie hizo caso.
Arlo pasaba la mano por los restos de pelo chamuscado de Sam mientras Pierre murmuraba algo sobre…
¿Sangre, puede ser?
Ashworth, que se estaba quitando la americana, respondió:
—La mía es mejor. Estoy más fuerte. —Tan sereno como siempre, le dijo a Arlo—: Levántale la cabeza.
Luego, metódico, se desabrochó el puño derecho, se lo remangó y se llevó la muñeca a la boca.
Para desgarrarla con los dientes.
Me temblaron las piernas. Grité para mis adentros mientras lo veía acercar la muñeca abierta a los labios de Sam.
—… valido la pena —balbuceó Sam antes de aferrarse a la herida.
La boca de Ashworth, de un rojo vivo, se curvó con indulgencia.
—Bebe —dijo con ternura—. Pronto te sentirás mejor.
Sam gimió de alivio, tragando una y otra vez. El ruido del líquido espeso y meloso deslizándose por su garganta me golpeó como una bofetada.
Sangre. Estaba bebiendo sangre. La sangre de Ashworth.
—Ve a buscar a Corbett —le ordenó Ashworth al guardia de seguridad con una calma imposible, a pesar de que su muñeca aún estaba…
Tenía ganas de vomitar—. Arlo, tenemos que quitarle la ropa.
Pierre, túmbala sobre la mesa. —Continuó exponiendo un plan, pero yo dejé de escuchar.
Porque, aparte de que Sam estaba bebiendo puta sangre, el agujero de su mejilla…
quizá me lo había imaginado, porque ya no quedaba ni rastro.
Arlo tiró al suelo una docena de objetos para hacerle sitio a Sam.
Su cuerpo era una masa de carne roja y pegajosa que manchaba el mármol veteado.
Estuve a punto de caerme cuando el guardia de seguridad chocó contra mí al pasar para ir a buscar a quienquiera que fuera Corbett.
Me dio un codazo en el hombro y el dolor me despertó de golpe.
Mi instinto de supervivencia se activó, una ráfaga de aire me llenó los pulmones y me oxigenó el cerebro, y por fin me di cuenta de que aquello estaba mal.
Se suponía que yo no tenía que ver nada de eso.
Debía largarme ya, en ese mismo instante, o no iba a salir viva de esta.
Di un paso atrás. Luego otro. En el momento en que crucé el umbral de la cocina, Ashworth levantó la vista y nuestros ojos se encontraron.
Me aguantó la mirada sin pestañear, incluso mientras se llevaba el antebrazo a la boca para agrandar la incisión, y también cuando volvió a bajar la muñeca para que Sam siguiera bebiendo.
Di media vuelta y eché a correr.
Dos minutos después estaba fuera, el mundo me resultaba extraño y frío, incluso bajo el sol de mediodía.