capítulo 3 #5
Ella asintió. Un pintoresco sendero de piedra flanqueado por arbustos de flores en pleno esplendor atravesaba el jardín, y ella lo contemplaba con la nostalgia propia de una huérfana de Dickens.
Tenía que deshacerme de ella antes de que volviera el guardia, así que se me ocurrió sugerir:
—Deberías ir a probar. Incluso dar un paseo. Puedes ponerte un sombrero o sentarte debajo de ese gran arce.
—No, no puedo. —Agarró el pomo de la puerta y tiró de él con poco ímpetu—. Está cerrada con llave.
—Yo tengo una copia. —Rebusqué en el bolsillo y se la tendí.
Samantha alargó la mano con vacilación, como si se estuviera decidiendo sobre la marcha. Cuando por fin cogió la llave, se le pusieron los nudillos blancos por la fuerza.
—¿De verdad?
—Claro. Me la puedes devolver más tarde.
Sonrió, y la alegría le quitó diez años de encima. Eché un vistazo atrás para ver si el guardia había vuelto. Cuando volví a mirar al frente, Samantha ya había abierto las puertas.
—Por cierto —dijo agarrándome la mano y dándome un apretón afectuoso—. Ya me he decidido.
—¿Sobre qué?
—Quiero ser Sam. —Se marchó tras dedicarme una última sonrisa. Esperé a que desapareciera de mi rango de visión, luego fui hasta la puerta de la sala de conservación, tecleé el código y entré.
Esta vez, el aire frío no causó efecto en mí.
Me moví haciendo el mínimo ruido posible hasta llegar a los manuscritos de la estantería.
Sabía perfectamente que, a menos que completara mi cometido en treinta segundos exactos —lo cual era improbable—, y a menos que el guardia estuviera sufriendo un grave problema gastrointestinal —soñar es gratis—, me iban a pillar al salir.
No obstante, venía mentalizada por si sucedía: siempre a favor de pedir perdón antes que permiso.
Mi objetivo final no era cumplir con una misión sin ser descubierta, sino averiguar lo que quería averiguar.
Con delicadeza, abrí los libros sobre el escritorio del centro de la sala.
Había seis: todos auténticos, muy antiguos y en una variedad de idiomas y longitudes.
Protofrancés, una versión del latín que se asemejaba bastante al italiano, inglés antiguo, más latín, algo que podía ser árabe, runas…
En conjunto, esos textos probablemente valían una cantidad de millones que habría hecho palidecer al banco central del país.
Y, a pesar de estar muy metida en el mundo de los libros raros, nunca había oído hablar de ellos.
—¿De dónde demonios salís? —murmuré.
Uno de los manuscritos estaba decorado con múltiples pigmentos; los otros, en cambio, eran más sencillos.
Cuadernos, o tal vez diarios. En dos de ellos encontré una página con el título: De ne pas mourir; De rerum maledictionis.
El árabe se me escapaba, pero el italiano solía ser muy similar al español, y ese manuscrito parecía el más reciente, así que hojeé las páginas de pergamino y leí los títulos de los capítulos.
S’incontra nel buio. La condanna oscura.
No entendía ni papa.
Lo único que todos parecían tener en común —entre sí y con Ars moriendi — era que trataban sobre cosas arcanas. Monstruos. Sangre. Rituales macabros. Magia. Igual que el grimorio que me había puesto en el punto de mira de Ashworth.
— Sabía que esto era algún tipo de secta —murmuré.
Probablemente era tan preocupante como pertenecer al crimen organizado, pero no lo sabría hasta que averiguara qué decían los textos, y no podía quedarme esperando a que un semidiós misericordioso me bendijera con el don de hablar todas las lenguas.
Saqué el móvil y grabé un vídeo mostrando varias páginas de los manuscritos.
Unos cinco minutos más tarde, guardé los archivos en la nube, devolví los libros a la estantería y me preparé para salir y hacerme la tonta.
«No sabía que estaba prohibido entrar en esta sala», diría masticando un chicle de forma exagerada.
«La puerta estaba entornada». Con un poco de suerte, el guardia pensaría que había sido él quien la había dejado abierta y nunca le mencionaría el incidente a Ashworth.
Y entonces una carpeta me llamó la atención.
Si no hubiera sobresalido una esquina algo doblada del estante superior, no la habría visto.
Pero sobresalía. Y era algo tan mundano, tan atípicamente descuidado para la casa de Ashworth, que decidí ponerme de puntillas y meter la mano detrás de una fila de libros altos para sacarla de su escondite.
Era un expediente grueso, raído, y tan pronto como lo abrí se me resbaló de las manos y se esparcieron los papeles por el suelo.
Porque lo primero que vi fue la foto de una chica muerta.
Durante unos largos segundos me quedé inmóvil, como si esperara que mi cerebro se pusiera en marcha y me corrigiera: No es lo que crees. Relájate, idiota. Céntrate.
Pero sí que era lo que pensaba. Y cuanto más la miraba, más sangrienta se volvía la imagen.
Era una fotografía analógica y de baja calidad, pero se distinguía fácilmente el lugar donde la palidez antinatural de la piel de esa mujer estaba marcada por múltiples y profundas laceraciones.
Los labios y las uñas eran de un color blanco azulado, y sus extremidades estaban abiertas de par en par, como si la muerte la hubiera alcanzado en medio de un forcejeo.
Siendo sincera, incluso a día de hoy no estoy segura de si lo que vino después fue una decisión consciente.
No quería saber más, mi primer impulso fue salir corriendo y fingir que no había pasado nada.
No obstante, como guiada por una mano invisible, me agaché para coger el resto de los papeles y examinarlos.
Fue entonces cuando me di cuenta de que no había una chica muerta, sino más de una docena.
Y chicos también. Mujeres y hombres de todas las edades.
Las fotos eran forenses, tomadas por una cámara profesional en la escena del crimen, y la mayoría iban acompañadas de informes policiales que, a juzgar por los diferentes idiomas y estructuras, provenían de todas partes del mundo.
Lo único que todas tenían en común era el estado de los cuerpos.
La carne cenicienta. Las heridas profundas que solo podía describir como desgarros.
Eran compatibles con una escena sangrienta, pero apenas había sangre por ningún lado.
Un chico alemán de diecinueve años casi había sido decapitado por completo.
Y, sin embargo, el suelo estaba lo bastante limpio como para ponerse a cocinar encima.
Esa idea me revolvió el estómago. Una parte de mí quería gritar, la misma que tenía ganas de echar la pota y llamar a emergencias, pero logré mantener la calma gracias a una única cosa: que, a juzgar por las fechas, los expedientes no eran actuales.
Empezaban en los sesenta y los más recientes databan de principios de los noventa.
Antes incluso de que Viktor o Pierre nacieran.
Arlo no era más que un niño por aquel entonces.
Porque, sí, mi primer pensamiento había sido que uno de ellos tenía que ser el responsable. Que el expediente era una caja de trofeos retorcida de un asesino en serie.
Tranquila, me dije. Mantén la calma. Y funcionó.
Con eficacia y serenidad, decidí que tenía que haber otra explicación.
Con una mano sorprendentemente firme, saqué el móvil y grabé otro vídeo.
Volví a esconder la carpeta. Salí, dispuesta a fingir ante el guardia que no quería arrancarme los ojos después de ver aquello.
Sin embargo, fuera no había nadie. En su lugar, se escuchaban voces y gritos a lo lejos.
Me aseguré de que no había moros en la costa, cerré la puerta en silencio y empecé a andar en dirección al ruido.
En la cocina, encontré a Ashworth, Pierre, Arlo y al guardia encargado de vigilar la sala de conservación.
Puse mi mejor cara de «no he estado husmeando», me detuve bajo la puerta de entrada a la cocina y pregunté:
—Hola. ¿Va todo bien?
Volvieron la cabeza hacia mí.
—¡Vero! —dijo Pierre alterado—. ¿Has visto a Samantha hoy?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hará unos minutos.
—Gracias a Dios.
Juntó las palmas de las manos, como para darme las gracias, justo cuando Arlo preguntaba bruscamente:
—¿Dónde estaba?
—Frente a la puerta del taller. Junto a las ventanas.
—Espléndido. —A diferencia de los demás, Ashworth estaba de lo más sereno—. Entonces debe de seguir dentro.
—Eh… No.
—¿Disculpe? —preguntó. Cuatro pares de ojos me observaron con recelo.
—Creo que está fuera.
Arlo palideció.
—Eso es imposible —dijo Pierre—. Las puertas están cerradas con llave.
—Le he dejado la mía.
Pierre y Ashworth intercambiaron una mirada.
—¿Qué coño has hecho? —espetó Arlo.
—Le he prestado la llave porque quería dar un paseo. ¿Qué problema hay?