capítulo 3 #4
Vaya, vaya, pensé con cierta diversión. Se ha chivado.
—Qué detalle por su parte —respondí sin dejar de sonreír.
Como de costumbre, Ashworth iba con un traje idéntico al que llevaba el día que nos conocimos, salvo que este era de un tono gris ligeramente más oscuro, y tenía pequeñas diferencias en la confección que solo un profesional del sector habría podido detectar.
Como era de esperar, no tenía ni una arruga.
La formalidad resultaba ridícula, sobre todo porque yo iba vestida con pantalones cortos de chándal y unas Birkenstock de imitación, y llevaba un parche para granos con forma de estrella en la mejilla.
—¿Alguna noticia sobre el pergamino? —pregunté.
Cualquier casa de subastas de alto nivel que se hiciera con la réplica podía optar por realizar pruebas de radiocarbono o espectroscopia, por lo que Ashworth estaba en proceso de conseguir manuscritos de la misma época que Ars moriendi para reaprovechar los materiales.
—Debería llegar este fin de semana.
—Genial. —Por algún motivo que desconozco, me pregunté qué más habría hecho ese día. ¿Trabajar en su programa de estudios? ¿Ir de club de estriptis en club de estriptis? ¿Secuestrar a un par de posdoctorandos?—. Ya falta poco para que empiece el semestre, ¿eh?
—Así es —asintió con esa voz maravillosamente enigmática.
—¿Va a dar muchas clases?
—Solo un seminario.
—¿De grado?
—De posgrado.
—Ah, ¿debería matricularme?
—Tenía la impresión de que ya había terminado sus estudios.
—Haría una excepción por usted. Que sepa que me han dicho más de una vez que es un placer tenerme en clase. —No me devolvió la sonrisa juguetona que yo le dediqué ni cambió su expresión para dejar de parecer estoicamente resignado ante la idea de que mi presencia en clase le resultara placentera.
Aun así, dijo:
—Ya, me imagino por qué.
—¿Debería llamar a secretaría, pues? —Se quedó en silencio. Con un aire lánguido, me acerqué a él hasta que el oxígeno que respiraba se impregnó de aromas cítricos y de madera—. ¿No? Entonces le propongo un trato: yo no invadiré su aula si usted responde a tres preguntas sobre el manuscrito.
Me evaluó con la mirada.
—Señorita Mercer, no la he traído aquí para satisfacer su curiosidad personal.
—¿Traído? Querrá decir «invitado».
—No la he contratado a cambio de información. Ya se le está compensando económicamente por sus servicios.
—Tómeselo como si fuera la propina.
Sus ojos se desviaron hacia un lado. Justo ahí, en su mejilla, se produjo un pequeño tic. Como si estuviera conteniendo algo, tal vez algo tan trivial como una sonrisa.
—Debo negarme.
—¿Debe? —Puse los ojos en blanco y luego levanté las manos en señal de rendición—. Está bien. Mantenga su secreto y yo me guardaré mi teoría sobre para quién trabaja.
—Vuelvo a repetir que lo del crimen organizado no es…
—Ah, no, ya he descartado esa idea hace una hora.
Aparecieron unas ligeras arrugas entre sus cejas. Curiosidad. Nueva emoción desbloqueada.
—Creo que ya lo he calado —afirmé apoyando un hombro en el marco de la puerta y jugando con un mechón de pelo. Podría haber continuado, pero decidí esperar a que él hablara para ver si me equivocaba.
—Por favor —dijo al fin. Oculté mi satisfacción y seguí mirándome las puntas abiertas—. Ilumíneme.
—Si insiste…
—Tampoco hace falta exagerar.
—No estoy exagerando.
Nuestras miradas se cruzaron, tensas, hasta que un ligero atisbo de diversión le suavizó el rostro.
—Discrepo. Si es tan amable, señorita Mercer…
—Está claro que es el líder de una secta.
Tosió. Luego se aclaró la garganta. Dos veces. Me pregunté si tantos sentimientos le estarían provocando un infarto.
—No lo soy.
—Pero es una especie de religión, ¿no? En plan, tanto secretismo, tanta estructura jerárquica, el tema del secuestro, la extraña obsesión con un manuscrito pseudosatánico, esta finca…
Por cierto, ¿a qué viene tantísima seguridad?
¿Ha habido algún conflicto interno reciente? Todo esto huele a sectario.
Abrió los labios y luego los cerró, como si no encontrara las palabras.
—A ver, si cree en alguna mierda rara, puede contármelo. Mi padre fue líder de una secta durante un tiempo, cuando yo era pequeña.
—¿Perdón?
—Quizá llamarlo «secta» sea algo exagerado.
Nunca llegué a conocer los detalles de la historia.
Creo que se infiltró en un grupo poliamoroso de la zona de la bahía y se inventó una historia sobre que si se envolvían en un capullo, que en realidad no era más que un edredón, se convertirían en mariposas.
Luego les estafó veinte dólares y un montón de electrodomésticos. Sospecho que todos estaban colocados.
—Comprendo. —Ashworth parecía interesado en contra de su voluntad y sonó decepcionado consigo mismo cuando preguntó—: ¿Y su madre…?
—Ah, ella pasaba olímpicamente. De hecho, puede que esto sucediera mientras cumplía condena por haber malversado en una organización benéfica del estilo Make-A-Wish.
—Una… historia genealógica fascinante.
Me reí.
—Ni que lo diga. En fin, si forma parte de algún tipo de secta apocalíptica o sostiene la creencia de que puede volverse inmortal bebiendo un vaso de plasma agitado cuatro veces en el sentido de las agujas del reloj o decide cuál de sus cinco mil trajes oscuros idénticos se va a poner leyendo las entrañas de las palomas…
, bueno, pobres palomas. Soy vegetariana, no sé si lo sabía.
Pero el caso es que, mientras no le haga daño a nadie, no me importa.
Un parpadeo lento.
—¿Ha terminado?
—No lo sé. ¿Necesita más garantías de que pertenezco a la escuela de pensamiento de «vive y deja vivir» en lo que respecta a este tipo de cosas?
—No. Su inmensa tolerancia ha quedado patente.
—Bien. Ahora que hemos establecido que, en efecto, soy la hostia: ¿de qué coño va todo esto de Ars moriendi?
Esta vez no pudo ocultar una media sonrisa ni el solitario hoyuelo que parecía reestructurar todo el tejido del continuo espacio-tiempo a su alrededor.
Vaya, pensé. Eso sin duda ha sido una emoción.
Quizá fugaz, pero esa chispa en sus ojos seguía presente cuando dijo:
—Que pase una buena noche, señorita Mercer. Arlo la llevará a casa cuando lo desee. —Me dejó apoyada contra la puerta. Me llegó una última bocanada de enebro mientras se alejaba con paso firme.
Hasta que exclamé:
—¡Doctor Ashworth!
Se detuvo. Su espalda, perfectamente recta, era un prodigio arquitectónico. Esperó un segundo más de lo debido antes de volverse hacia mí. La máscara de indiferencia había vuelto a aparecer, pero ladeé la cabeza.
—¿Puedo asistir a su clase igualmente?
Se mordió el interior de la mejilla.
—Lo consultaré —dijo con tanta solemnidad que dudé si aquella sonrisa había sido fruto de mi imaginación.
Lo observé mientras se alejaba, pensando que quizá no era tan horrible como creía, y luego me eché la bronca a mí misma por ello.
Era absurdo pensar que me caía bien. Sobre todo porque solo iba a conseguir sentirme culpable por lo que planeaba hacer al día siguiente.
Había urdido muchos planes retorcidos durante mi juventud desaprovechada y sin supervisión, y este no era ni una obra maestra ni el colmo del ingenio y la sofisticación.
Aun así, funcionó.
Al menos durante un rato.
Era el último viernes antes del comienzo del semestre y no tenía nada que hacer en el campus.
Había llegado parte del pergamino y Arlo me había pasado a recoger a mediodía.
Nunca había estado en la casa tan temprano y, aunque supuse que estaría bulliciosa, mucho más que por la noche, reinaba un silencio inquietante.
Caminé hacia el taller pensando que la quietud de los pasillos y el sol abrasador de finales de verano formaban un extraño contraste.
Da igual, me dije. Encaja con el plan.
No había ni rastro de Ashworth. Arlo había desaparecido después de dejarme, lo que significaba que solo tenía que encargarme de una persona: el hombre que en ese instante estaba de pie junto a la sala de conservación.
Era el único lugar que tenía un guardia apostado frente a la puerta en todo momento, lo que parecía un claro indicio de que, probablemente, algunas de las respuestas que buscaba se hallaban ahí dentro.
Además del recuerdo de la palma de Ashworth cubriéndome los dedos contra los lomos de los códices que se encontraban en la misma estantería que Ars moriendi.
No me parecía el tipo de hombre que toca a los demás así como así. Solo en circunstancias extremas.
En un giro inusual de los acontecimientos, tenía que agradecerle algo a mi madre: el consejo que me había dado cuando yo aún iba a primaria. «Si en algún momento ves a alguien introducir una contraseña, memorízala». Sorprendentemente, era la primera vez que esa habilidad me resultaba útil.
Llevaba unos treinta minutos trabajando cuando oí un ruido que ya sabía identificar: el guardia yéndose al baño. Esperé a que sus pasos se desvanecieran, luego salí con sigilo del taller, miré a izquierda y derecha para asegurarme de que no hubiera nadie…
Mierda.
Samantha giró el cuello para mirarme por encima del hombro con especial lentitud, como si la cabeza le pesara cien kilos.
—Hola —dijo con una sonrisita, antes de desviar la vista hacia el jardín.
—Hola. —Será posible… ¿Cuánto tiempo tenía antes de que el guardia volviera? La cocina estaba al final del pasillo, ¿era allí a donde se dirigía Samantha, o pensaba quedarse para charlar? ¿Por qué estaba ahí parada?—. ¿Cómo estás?
Su «bien» sonó apático, como si estuviera de todo menos bien. Debía de haber tenido un día duro, porque su tez pálida y sus ojeras la hacían parecer mucho mayor que la otra noche.
—Hace un día espléndido. Todo lo que hay ahí fuera parece tan… vivo.
—Ah, sí. Hace demasiado calor para mi gusto, pero, si eres de las que disfrutan de sentirse como si estuvieran dentro de un horno, no está nada mal.
—Sí que lo disfruto.
—Fantástico. Si te sientas a la sombra, se está muy a gustito.