Mortal & Inmortal capítulo 3 #3
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capítulo 3 #3

—Bueno… Ya sabes. —Debería haber argumentado que los profesores no tenían coches blindados ni un Caravaggio auténtico colgado en el salón.

Solo quería una confesión, algo así como: «Sí, lo conocí cuando trabajábamos como asesinos a sueldo.

Le gustaba mi forma de blanquear dinero, así que me contrató».

No obstante, lo que dijo Pierre fue:

—Él se hizo cargo de mí cuando mi… padre se desentendió

No tenía sentido. Quería preguntarle: «¿Te refieres a cuando estabas en Francia? ¿A cuando él tenía cinco años y tú dos?». En lugar de eso, con toda la diplomacia de la que fui capaz, dije:

—No es muy divertido trabajar con él.

Pierre abrió mucho los ojos, sorprendido.

—¿Por qué?

—Es muy poco comunicativo. No me da nada con lo que jugar. —Recordé los comentarios de Arlo—. ¿Es por una cuestión de sexismo? Estaría bien saberlo.

—¿Qué? No, no, Viktor no… —Pierre se detuvo y reflexionó—. Bueno, quizá, pero no en el sentido que tú crees. Es solo que le cuesta tomar confianza y mostrarse tal y como es.

—¿En serio? —Dudaba que fuera a quedarme deslumbrada por la inesperada profundidad de Ashworth, pero él parecía convencido.

—Y creo que contigo aún le cuesta más porque… Ni siquiera recuerdo la última vez que lo vi interactuar durante tanto tiempo con una… —Apretó los labios.

—¿Una mujer?

—No. Sí. Bueno, con alguien que… no trabaje para él.

No era eso lo que iba a decir.

—Pero si trabajo para él.

—Claro. Sí. Pero tú eres diferente.

—Ah, ¿sí? ¿En qué sentido?

Silencio. Y luego:

—Se está haciendo tarde. Creo que deberíamos volver adentro.

Incluso yo, alguien que rara vez cocinaba platos más complejos que unos macarrones con queso, no pude evitar quedarme impresionada con la cocina de Ashworth, con sus vigas rústicas, su isla con patas torneadas y sus sartenes de cobre colgadas.

Era tan amplia que solo la despensa ya le hacía sombra a mi apartamento entero.

Tras mi charla fallida con Pierre, volví a entrar y me aseguré de que las puertas quedaran cerradas.

—Veronica, ¿verdad?

La pregunta, pronunciada con tono alegre, provenía de una chica menuda que jugaba con el único imán de nevera que Ashworth había permitido en esa casa. Tenía el pelo castaño corto y la expresión más parecida a la de un cervatillo que había visto jamás en un ser vivo que no fuera un cervatillo.

—Ah, sí. Hola.

Ella asintió, pero no respondió. Pensé en alargar la mano para darle un apretón, pero cambié de opinión en el último momento. Daba la sensación de que un simple roce podía romperla.

—Llámame Vero, por favor. —De nuevo, no hubo respuesta—. ¿Eres la… pareja del doctor Ashworth?

—Uy, no. No, yo solo… ayudo en casa, se podría decir. —Sonrió con timidez. Sus prominentes incisivos eran de un blanco brillante—. Me gusta cocinar. Si te apetece un tentempié, un plato de algo…

—Estoy bien. Pero gracias. —No era buena adivinando edades, pero me di cuenta de que, a la cálida luz de las lámparas colgantes, parecía bastante joven, y tomé nota mental de que debía ­hacerle algunas preguntas a Ashworth para ver hasta qué punto era consciente de las regulaciones laborales y los derechos de los trabajadores.

—¿Qué tiempo ha hecho hoy? —preguntó ella.

Parpadeé, confundida, y señalé la puerta.

—¿Te gustaría salir y comprobarlo tú misma? Pierre está ahí fuera, así que…

—No, me refería a… durante el día. No me encontraba bien. No he tenido oportunidad de salir. —Su acento era vagamente sureño y fluía como una canción. Sin embargo, había algo en esa conversación que me provocaba una sensación escalo­friante.

—Ah. Ha hecho buen tiempo, creo.

—¿Mucho sol?

—Sí. Algunas nubes por la mañana. —Eché un vistazo a mi alrededor, luego me acerqué a ella y le susurré con preocupación—: ¿Estás bien?

Ella asintió lentamente.

—¿Estás aquí por tu propia voluntad?

La pregunta hizo que arrugara la frente.

—¿Qué quieres decir?

—Solo me quiero asegurar de… ¿Estás a salvo?

—Sí. Por supuesto. ¿Por qué…?

—¿Necesitas algo? —preguntó una voz hostil detrás de nosotras. Era Arlo, de pie junto a la puerta de la cocina—. Porque, si no, deberías dejar a Samantha en paz.

Observé atentamente la reacción de la chica ante la llegada de Arlo. Su expresión se transformó en una sonrisa tan amplia que no podía ser otra cosa que sincera.

—¿Te llamas Samantha? —pregunté, ignorando a Arlo mientras se colocaba a su lado con actitud protectora.

—Así es.

—¿La gente te llama Sam?

La pregunta pareció sumirla en un mar de confusión.

—Ah, pues… Algunas personas me llaman Sammie, pero nadie me ha llamado nunca…

—Sammie es precioso —la tranquilicé—. Voy a llamarte así, si te parece bien.

Cuando salí de la habitación, bastante convencida de que, a diferencia de mí, la chica estaba en buenas manos con Arlo, ella seguía susurrando la palabra «Sam» para sí misma, con los labios fruncidos, como si estuviera formulando un nuevo sonido.

No sabía muy bien qué opinar de mi nuevo lugar de trabajo.

Echaba de menos el ambiente acogedor de McManaman y las tazas de té calentito de Wanda.

Y también poder cotillear con Roxanne, burlarme de Elias por las chicas que venían a la tienda a coquetear con él o reírme de las ruidosas palabrotas de Lucille cada vez que se clavaba una astilla mientras restauraba una pieza que «ni siquiera merece mi puto tiempo».

Me acordaba de las miradas de reprobación de Cosimo cuando nos atrevíamos a perturbar su sueño.

Suspiré y volví al taller, centrándome una vez más en la razón por la que estaba allí: Ars moriendi .

Aprendía rápido y ya me sentía capaz de elegir la plumilla adecuada para reproducir las letras anchas y el grosor uniforme de los trazos de la caligrafía uncial. Lo que realmente quería en ese momento era descifrar el códice en sí.

Tenía razón: no era latín ni ningún otro idioma.

Estaba segura de que era un sistema cifrado, compuesto principalmente por sustituciones y transposiciones.

Saqué algunas fotos de las páginas a escondidas, confiando en que, a base de prueba y error, incluso alguien tan torpe para las matemáticas como yo podría descifrarlo.

Pero lo que no podía sacarme de la cabeza, la verdadera razón por la que no iba a poder alejarme de Ars moriendi hasta saber más, eran las iniciales ornamentadas.

Todo en la forma en que se había transcrito el texto apuntaba a un evangelio, incluidas las decoraciones que rodeaban las letras mayúsculas al comienzo de cada sección.

Y, desde un punto de vista técnico, el arte era de una belleza cautivadora. Los temas, por otro lado…

Por regla general, las ilustraciones medievales eran bastante extrañas.

No obstante, estas resultaban más inquietantes que las habituales imágenes de monos defecando en un plato o de árboles frutales cargados de penes maduros.

El tema de Ars moriendi era la muerte, lo cual no suponía ninguna sorpresa.

Sin embargo, aquí, parecía estar rodeada de violencia y descomposición.

Las inofensivas letras B, O y C se habían transformado en cadáveres humanos devorados por animales, mientras ellos se comían a esos mismos animales.

Bestias con rostros de doncellas atraían al lector con tentadoras sonrisas.

Hermosas mujeres desnudas mostraban las espinas afiladas como navajas que cubrían sus pechos.

Había abdómenes derramando tripas que se enredaban alrededor de flores, colmillos goteando sangre, dagas rajando gargantas abiertas, bosques cada vez más densos que se retorcían en paisajes infernales…

Cuando me topé con una boca abierta vomitando una sustancia roja oscura, un escalofrío me recorrió la espalda.

Aquello era nuevo para mí. Nunca me había interesado el ocultismo, la religión ni la espiritualidad, tal vez porque la practicidad de mis preocupaciones materiales me mantenía los pies en el suelo.

Con una infancia como la mía, podría haber ido en cualquiera de esas direcciones.

Una persona más espiritual quizá habría encontrado refugio en la creencia de que hay una vida después de la muerte en la que no existen las facturas.

Pero considerar la opción de tener un alma corrompible o de que mis antepasados se enfadasen por mis ocasionales episodios de promiscuidad siempre me había parecido absurdo.

Estaba donde estaba, y lo único en lo que me podía centrar era en hacer los deberes para evitar la libertad condicional y en conseguir unos cuantos dólares para comprarme un par de zapatos que realmente fueran de mi talla.

No iba a preocuparme por la presencia de demonios o monstruos debajo de la cama cuando tenía a los amigos de mis padres colocados hasta las cejas justo al final del pasillo; ese era un peligro mucho más palpable e inminente.

En el fondo, era una nihilista, y la idea de que Satanás me estuviera pisando los talones me intimidaba entre poco y nada.

Ars moriendi, sin embargo, había logrado aquello en lo que innumerables historias de terror habían fracasado: darme mal rollo.

Quizá fuera por el silencio inquietante que envolvía esa casa por la noche, o por el hecho de que ignorara la verdadera razón por la que me pagaban el equivalente a una película de bajo presupuesto.

Quizá solo necesitaba un descanso.

Me levanté y estiré la espalda sin apartar los ojos de una serpiente de aspecto amenazador que estaba estrangulando a un bebé. Cuando levanté la vista, Ashworth estaba en la puerta, con la mirada fija en la franja de piel de mi cintura que había quedado al descubierto.

Esperé un instante antes de bajar los brazos poco a poco.

—No me diga que usted también tiene uno.

—¿Perdón?

—Un piercing en el ombligo.

Me pareció ver cómo se le movía la garganta al tragar saliva.

—No, no tengo ninguno.

—Uf, menos mal. Habría sido raro. —Sonreí, y su única respuesta fue un largo parpadeo. Cuando volvió a abrir los ojos, su rostro era más inexpresivo que nunca.

—Pierre ha mencionado que tenía algunas preguntas para mí, ¿puede ser?