Mortal & Inmortal capítulo 3 #2
17%

capítulo 3 #2

—Entiendo que ser prudente y mantener cierto secretismo es crucial cuando uno forma parte del submundo académico y delictivo en el que se mueve usted, pero necesito que me dé más.

Silencio.

—Obviamente, en parte es porque me muero de curiosidad —dije con franqueza—, pero no es la única razón.

Lo que haya por ahí afecta al proyecto. ¿Existe alguien que tenga una foto del original?

¿Voy a tener que reproducir la ubicación de ciertos agujeros de gusano?

¿Van a comparar los pigmentos de las ilustraciones?

¿Hay algún registro de las notas marginales? Necesito saber la procedencia del…

Él negó con la cabeza.

—No puedo revelar fácilmente nada de lo que ha enumerado —dijo con solemnidad.

—Entiendo. En ese caso, revélelo difícilmente.

Se aclaró la garganta.

—¿Se le da bien la escritura uncial?

—Tanto como a usted las evasivas.

Una leve sonrisa torcida. Cada vez que estaba a punto de darlo por perdido, me descolocaba.

Se quedó en silencio, esperando mi respuesta. Era evidente que, de los dos, siempre iba a ser él el que ganara un concurso de paciencia.

—No mucho —murmuré al final.

—Lo ideal sería que se familiarizara con ella mientras yo consigo los materiales.

—Sería lo ideal, sí. ¿De qué trata el texto?

—Típicos fragmentos de evangelios.

—¿Cuáles?

Pasó el pulgar por el borde de la mesa con aire distraído, pero se detuvo al darse cuenta de que lo miraba.

—Cualquier falsificador debería ser capaz de hacer una copia sin necesidad de entender su contenido. —Se levantó.

—Ya, pero yo no soy cualquier falsificador y quiero saberlo. —Eché un vistazo al texto—. Esto no es latín. Está escrito para que lo parezca, pero…

Ashworth depositó tres plumas de ave junto a mi mano derecha. Entonces, como si yo no estuviera a mitad de una frase, asintió con aplomo y se marchó. Me dejó preguntándome si me había mandado escribir líneas como castigo por ser demasiado curiosa.

Faltaba una semana para el inicio del semestre y yo había entrado en una rutina: durante el día trabajaba en mi tesis, asistía a las reuniones del profesorado y orientaba al estudiante de primer año de doctorado que me habían asignado como mentora.

Luego, a última hora de la tarde, Arlo venía a recogerme rezumando un desprecio tan palpable que temía que dejara una mancha permanente en el camino de entrada a mi casa.

Me odiaba con semejante visceralidad que llegué a la conclusión de que debía existir algún motivo.

Quizá mi padre había robado a su familia.

Quizá había pisado sus preciadas rosas Juliet sin darme cuenta.

Debería haberme dado igual, pero no soportaba cargar con la incertidumbre de dos misterios.

—Sabes que no tienes ninguna razón para odiarme con tantísima intensidad, ¿verdad?

—le dije la segunda tarde—. No pretendo robarte el puesto de trabajo como secuestrador.

Tampoco me estoy tirando a Ashworth; tienes vía libre, si eso es lo que buscas.

Y este coche es eléctrico, lo que significa que no puedes enfadarte en nombre del medio ambiente.

Ya sé que siempre llego tarde, pero son cinco o diez minutos como mucho.

Y me desprecias desde antes de tener que venir a recogerme a diario.

Puede que te parezca la chica tonta que en primaria siempre era la última en elegir figura en el Monopoly y le tocaba quedarse con el cochecito, pero…

—¿Ves? —gruñó él.

—¿Qué tengo que ver?

—Las mujeres como tú… siempre lo estropeáis todo.

Vaya, sexismo a la antigua usanza. No era lo que esperaba.

—Mujeres como yo, es decir…, ¿de metro setenta y cinco? ¿Ambidiestras? ¿De moral flexible? No sé a qué te refieres exactamente…

—Viktor es muy importante. Está muy ocupado con asuntos cruciales. Es necesario para el bienestar de… —Quizá el acento fuera de Europa del Este. No había viajado lo suficiente como para estar segura—. No debería perder el tiempo contigo.

—Joder, tienes razón. No debería haberlo secuestrado y obligado a contratarme para un proyecto que… ¡Ah, no, espera!

—¿Ves? —repitió, esta vez con más rencor—. No te tomas las cosas en serio. Eres una distracción y este plan solo lo pondrá en peligro.

—¿Qué plan? —Me desabroché el cinturón y me incliné entre los dos asientos delanteros.

La expresión de Arlo era de horror.

—Siéntate bien.

—Arlo, ¿qué plan?

—No se habla con el chófer.

—Si me lo dices, me callo. ¿A qué plan te…?

El coche frenó de golpe y derrapó hasta detenerse. El impulso me lanzó hacia atrás con una fuerza capaz de provocar un latigazo cervical.

—Hemos llegado —declaró Arlo con sorna.

Me masajeé el cuello dolorido.

—Escucha, puedes echarme la culpa de lo que te dé la gana, de distraer a Ashworth, del declive de tu franquicia de superhéroes preferida… Me la suda, pero haz el favor de decirme cuál es el plan.

—Fuera.

Salí y di semejante portazo que una bandada de golondrinas que había cerca alzó el vuelo alborotada.

La casa de Ashworth era peculiar por muchas razones, la principal era que costaba discernir quién vivía ahí y quién no.

Entraba y salía mucha gente, pero ninguna de las personas con las que me crucé por los largos pasillos parecía ser miembro de la familia.

Algunas cargaban bolsas de la compra o aspiradoras, lo cual me llevaba a pensar que eran empleadas de la casa.

Otras eran más enigmáticas: hombres y mujeres que permanecían en el mismo lugar durante horas, sentados en sillas junto a las ventanas, haciendo llamadas telefónicas breves y en voz baja.

Me saludaban con la cabeza, a veces me devolvían la sonrisa, pero jamás se presentaban.

Nunca parecían interesados en socializar.

No fue hasta que me di cuenta de que siempre había al menos una persona de pie junto a la puerta de la sala de conservación que caí en la cuenta.

Seguridad.

El doctor Viktor Ashworth contaba con un equipo de seguridad las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana.

Lo normal en un académico en vías de obtener una plaza fija, claro que sí.

Y una mierda no forma parte de una organización criminal, pensé.

Y entonces me fijé en lo demás: había cámaras vigilando cada centímetro de la casa, ventanas selladas y puertas que, una vez cerradas, no se podían volver a abrir desde dentro ni desde fuera sin meter una llave, incluidas las que daban al jardín privado, con lo cual estábamos todos atrapados.

En mi primer día, Arlo me dio a regañadientes una llave para las puertas correderas de cristal que llevaban desde el pasillo y la cocina al patio.

—Por si quieres un poco de aire fresco —dijo con el tono de alguien que estaría encantado de meterme uranio enriquecido en los bronquios—. Pero acuérdate de cerrar las puertas al salir.

Aquella situación debería haberme hecho salir por patas.

O, como mínimo, me debería haber servido para recordar que si estaba allí era para ganar una cantidad inmoral de dinero.

Nada más. Sin embargo, debido a mi puñetera amígdala, propensa al riesgo y carente de instinto de supervivencia, no podía dejar de lado mi ansia por saber más.

El problema era que, si se lo preguntaba a Arlo, probablemente me sumergiría en ácido muriático, y el repertorio de respuestas de Ashworth se limitaba a lanzarme miradas vacías y soltar alguna que otra patraña.

Así que decidí intentarlo con Pierre.

Lograr que dejara atrás su actitud cortés y distante requirió algo de esfuerzo.

La primera noche lo vi desde la ventana del baño: estaba sentado en el jardín, solo, apenas visible salvo por el puntito rojo de lo que fuera que estuviese fumando.

La noche siguiente me tomé un descanso de «practicar cómo escribir las malditas letras» y salí a dar una vuelta.

Le pregunté si tenía un cigarro de sobra y fingí que no me daba asco cada calada mientras permanecíamos en un silencio cómplice, sentados uno al lado del otro.

Al día siguiente repetí, no porque me estuviera aficionando al tabaco, sino porque Pierre se estaba aficionando a mí.

A la mayoría de los hombres los desconcertaba mi forma de ser, pero a algunos les gustaba, y con Pierre había tenido suerte.

Veía cómo se le desviaban los ojos hacia mis piernas desnudas.

Cuando me reía, su mirada se prolongaba más de lo habitual.

Nos divertimos echando pestes de Unilever y de los turistas de otros estados que venían a Vermont sin un 4x4.

Media hora más tarde, me sentí lo suficientemente cómoda como para soltar como quien no quiere la cosa:

—Tío, la cantidad de seguridad que hay en esta casa es una locura.

Pierre se encogió de hombros.

—Es que dentro hay ciertos artefactos históricos que valen una fortuna.

—¿Es por eso? —No me lo tragaba—. ¿No sería más fácil guardarlos en otro sitio?

—No es decisión mía. —Volvió a elevar los hombros, le dio una última calada al cigarrillo y luego lo apagó.

Cuando saqué el paquete de chicles, le ofrecí uno.

—Bueno, ¿estamos ya en el punto de poder hablar mal de nuestro jefe?

Se rio.

—Arlo es un borde, sí, pero tiene sus razones. Como que una vez se metió un palo enorme por el culo y ahora no hay forma de sacárselo. La medicina moderna le ha fallado.

—Espera, ¿tu jefe es Arlo? —Puse cara de espanto.

—Sí. Por antigüedad.

—¿No es Ashworth?

—¿Viktor?

—Anda, ¿te deja llamarlo por su nombre de pila?

Pierre se rio.

—Nos conocemos desde hace mucho. Tú eres una cría comparada con nosotros.

Resoplé.

—¿Qué dices? Si tú no debes de tener más de veintiséis. —Se le ensombreció el rostro. No tenía ni idea de por qué, pero intenté arreglarlo preguntando—: ¿Cómo os conocisteis? ¿Tú también estudiaste en Rockhaven?

—¿Rockhaven? Ah, la universidad. No. No es lo mío. Nunca he sido muy buen estudiante. —Esbozó una sonrisa burlona.

—¿En serio? —Tenía una mancha de tinta en la rodilla. Me la limpié con indiferencia—. Entonces, ¿os conocisteis gracias a su otra línea de trabajo?

—¿Qué otra línea de trabajo?