capítulo 3
D e camino a casa, le mentí a Mortimer.
No sabría decir por qué lo hice, pero, cuando me preguntó por qué nos habían llevado a aquel lugar, me inventé que Ashworth quería que evaluara una obra.
Como explicación no tenía sentido, aunque Mortimer nunca había sido el más listo de clase, ni de un tugurio clandestino, por lo que se lo creyó. O quizá no, pero prefirió callárselo.
—Hay que… Esto está dando un giro demasiado serio para mi gusto. Se acabaron las falsificaciones, Vero.
Yo me sentía notablemente tranquila. Mortimer, en cambio, parecía a punto de dejar un charco de diarrea en el coche del doctor Ashworth.
Pensándolo bien, a lo mejor la que iba corta de inteligencia era yo.
—Creo que… Uf, quizá no deberías acercarte a la tienda durante un tiempo. Quiero decir, ¿y si vuelve a pasar? ¿Y si más gente viene a por ti? Pondrías a todo el mundo en peligro.
—¿Por qué yo soy un peligro y tú no?
—En fin, es evidente que esta gente te buscaba a ti. —Un rubor se le extendió por el cuello—. Sobre lo que he dicho ahí dentro… Lo siento. Es que… Bueno, a ver, era la verdad, y no es que no me importes, es solo que…
Suspiré. Por aquel entonces ya casi había tomado una decisión.
—Me mantendré alejada un tiempo.
A juzgar por la velocidad con la que Mortimer salió disparado del coche cuando el chófer llegó a su casa, sospeché que estaba barajando la posibilidad de quemarse las huellas dactilares y huir del país.
Arlo me miró a los ojos por el espejo retrovisor y dijo con un acento mucho más difícil de rastrear que el de Pierre:
—Le has mentido. —Me contempló fijamente con una concentración capaz de provocar una hernia. Su cara redonda y su corte de pelo al cero le hacían parecer una hemorroide muy contemplativa y muy enfadada.
—Sí.
—A tu novio.
—Eh… Sí.
—Eres una mentirosa.
—Supongo.
Me pregunté si se lo contaría a su… ¿jefe? ¿Marido? ¿Amo? Daba lo mismo. Me llevó a casa, le dije adiós con la mano al bajar y él respondió con una mirada que habría reducido a cenizas a un alma más inflamable.
Esa noche pasé un buen rato en JSTOR, pero no hubo éxito.
Aun así, era incapaz de dejarlo estar: consulté algunos libros de texto antiguos y especializados, archivos más pequeños e incluso llamé por teléfono a un viejo profesor que ahora trabajaba en la costa oeste y que estuvo más que encantado de responder a mis preguntas.
Pese a todo, no encontré nada. A medianoche, mi decisión estaba tan clara que casi podía palparla.
—Está bien —dije mirando al techo—. Si es lo que quieres, que así sea.
Al día siguiente fui al banco y saqué más dinero del que jamás pensé que ganaría en toda mi vida. Más tarde, después de asegurarme de que no me habían seguido, llamé a la puerta de Roxanne.
—Hola. —Su sonrisa era de sorpresa, pero también de alegría.
Detrás de ella vi a Rorie persiguiendo a su nuevo cachorro, decidida a ponerle un lacito en el cuello.
Ya me caía bien cuando era pequeña, pero ahora que se estaba haciendo mayor e iba desarrollando una personalidad explosiva, opiniones sin tapujos sobre el mundo que la rodeaba y gustos y aversiones muy marcados, no podía evitar adorarla—. ¿Habíamos quedado? —preguntó Roxanne.
—No.
—Bueno, pasa, pasa. A Rorie no le ha gustado nada el brócoli que he preparado al vapor, así que puedo ofrecerte una deliciosa y saludable cena que…
—No puedo quedarme, pero necesito darte esto. —Le entregué una bolsa de lona.
—Vale. ¿Qué hay dentro?
Como no respondí, la abrió. Levantó la cabeza de golpe con la boca abierta.
—¿Es…?
—¿De verdad? Sí.
—¿Cuánto?
—Mucho. Necesito que lo repartas entre los demás. Excepto con Morty, claro.
—Joder. Has atracado un puto banco.
Una voz aguda surgió desde el salón.
—Mamá, ¿por qué la tía Vero ha atracado un puto banco?
—No ha… No es… Rorie, no digas palabrotas. —Nerviosa, Roxanne salió y cerró la puerta tras de sí—. Por Dios, Vero. Dime que no has hecho ninguna tontería.
—No he hecho ninguna tontería —respondí, y justo cuando ella bajaba los hombros aliviada, añadí—: Pero estoy a punto.
—¿De qué tipo de tontería estamos hablando?
—Voy a colaborar con un… coleccionista que está forrado.
—¿Quién? Conozco a todo el mundo de la zona. Y de fuera también. Te…
—No puedo decirlo. Probablemente esté metido en asuntos turbios. Blanqueo de dinero, quizá. Necesita a alguien en su equipo. Y paga bien.
Ella murmuró algo que se parecía a un «me cago en la puta».
—Voy a estar un tiempo sin pasarme por McManaman. Hasta que termine este trabajo. Pero diles a los demás que los veré en la noche de juegos, ¿vale? Y quizá vuelva cuando haya acabado con la tontería suprema en la que estoy a punto de meterme.
—Joder, Vero. Si la tontería es tan suprema, ¿por qué coño lo haces?
Me lamí la parte posterior de mis dientes torcidos y opté por ser sincera.
—Porque, al final, resulta que soy más curiosa que lista.
Le envié un mensaje a Ashworth y su respuesta llegó en un santiamén.
Vero: Arlo la recogerá esta tarde a las 5.
Y así fue. Pero, cuando salí del ascensor, vi que el doctor Ashworth también estaba allí, erguido bajo la luz dorada de la tarde. Me abrió la puerta trasera antes siquiera de saludarme y luego se subió por el otro lado, desabrochándose la americana.
Curiosa, lo observé abrocharse el cinturón mientras Arlo se incorporaba al tráfico.
—¿Qué hace aquí?
—¿Qué hago en mi coche? —Su expresión era impasible. Su voz, ligeramente hipnótica.
—Habría bastado con enviar al chófer.
—Debería abrocharse el cinturón de seguridad.
—Si es porque disfrutó mucho de mi compañía el otro día, puede decírmelo. No pensaré que es un pervertido. —Hice una pompa con el chicle hasta que explotó—. Al menos no más de lo que ya lo pienso.
—El cinturón, señorita Mercer.
Tras darle varias vueltas al tema, había llegado a la conclusión de que mi sensación de inquietud ante aquel hombre se debía precisamente a eso: a que el doctor Viktor Ashworth era un hombre.
No era mucho mayor que yo; según su currículum, que había encontrado con facilidad en la página web del Departamento de Historia de Rockhaven, había terminado su doctorado hacía un par de años, lo que debía situarlo a finales de la veintena.
Sin embargo, transmitía una sensación diferente: no era un torpe doctor recién graduado, sino un adulto con obligaciones profesionales y un equipo de contables detrás.
Los chicos que conocía en las aplicaciones eran niños, al menos en espíritu.
Mortimer no contaba y nunca lo haría, y la mayoría de la gente con la que me cruzaba en el negocio de las antigüedades y los libros raros no solía desprender sensualidad.
Ashworth era de una especie diferente y desconocida, y lo más probable era que él opinase lo mismo de mí.
Dudaba que normalmente se rodeara de gente que se emborrachaba mirando lámparas de lava, cultivaba setas alucinógenas bajo el fregadero de la cocina y elegía a chicos que compartían piso y usaban sábanas azul marino para tener rollos de una noche.
—¿Temía que me acobardara? —pregunté—. ¿Que cambiara de opinión?
—No —respondió con convicción. Y me di cuenta de algo.
—Lo tenía claro, ¿verdad?
Me miró con curiosidad.
—Que aceptaría su oferta.
—Cuando empezamos a hablar, no. Pero cuando la vi tocando el libro pensé que era… probable.
Suspiré y me apoyé contra el asiento, echando la cabeza hacia atrás.
—Roxanne tenía razón. No soy más que una friki de los libros.
—No es usted la única —dijo Ashworth. Luego se inclinó hacia mí y me abrochó el cinturón con un brillo indulgente en los ojos que, hasta donde yo sabía, era lo habitual en las relaciones entre quien encarga una falsificación y quien falsifica.
Después de eso, permanecimos en silencio durante el resto del trayecto.
La contribución de Mortimer a las réplicas había consistido en fijar plazos, quejarse del coste de los materiales y distraerme mostrándome fotos de las pobres mujeres que conocía en las aplicaciones de citas y que pronto se arrepentirían de haber deslizado a la derecha.
Ashworth, en cambio… Bueno, no tenía nada que ver.
Dejó dos cosas muy claras: que estaba a mi entera disposición y que era yo la que mandaba.
—Es probable que ya tenga cualquiera de las herramientas que vaya a precisar —dijo la primera noche.
No estábamos en la sala de conservación, donde me había llevado la última vez.
Al final, la magia iba a suceder en lo que él denominaba «el taller», un par de puertas más allá.
Un lugar repleto de suministros y equipado con mesas de trabajo ergonómicas que podrían haberme librado de la tortícolis crónica que llevaba arrastrando desde hacía un año—.
Si no es así, avíseme y la consigo. Para lo que necesite, estoy a su disposición.
—Hay una cosa que quería preguntarle —dije juntando las yemas de los dedos.
Sus ojos se posaron en mis manos, en los múltiples anillos que las adornaban y en el esmalte de uñas negro descascarillado.
Lo había retocado con un rotulador, pero el tono no terminaba de ser el mismo.
Rorie era la que me había enseñado ese truco.
Rápidamente apartó la mirada.
—Por favor. —Arrastró un taburete para sentarse frente a mí y ambos cruzamos nuestras largas piernas entre nosotros.
En ese instante me vino un pensamiento tan repentino y carente de consecuencias como una tormenta de verano: Ashworth era la clase de hombre que la mayoría de la gente consideraría atractivo.
Por mi parte, esta revelación probablemente se había retrasado por el hecho de que parecía alguien capaz de avisar a su pareja de un orgasmo inminente mediante un artículo en The Times.
No era mi tipo. La constatación de que podía serlo para otra persona me resultaba ajena. Un hecho registrado y olvidado con la misma rapidez.
—He buscado por todas partes y no he encontrado nada sobre Ars moriendi.
Ashworth no reaccionó.