capítulo 2 #6
—Señorita Mercer, quizá no sepa por dónde empezar, pero tiene un talento inmenso —dijo con calma—.
Yo tengo el problema contrario. Los conocimientos están a mi alcance, sé cómo remojar y envejecer el pergamino, cómo producir la tinta ferrogálica, cómo coser la encuadernación…
En cambio, carezco de la destreza y el talento artístico necesarios para llevar a cabo una falsificación de este calibre.
No recordaba haber visto nunca a nadie con ese color de ojos verde oscuro. Al menos no en ese tono. Con esa profundidad. Todo él era como un lienzo pintado con tanta moderación que no me podía ni imaginar qué sentía respecto a lo que estaba sucediendo.
No me gustaba esa sensación. O quizá lo que no me gustaba era él.
—De acuerdo. Pongamos que nos asociamos para falsificar una réplica.
Mientras me afano en completar su proyecto favorito, lo cual me llevará meses, ¿se me permitirá salir de esta habitación?
¿Va a instalar una ranura para pasar las bandejas de comida?
¿Qué modelo de cadena tiene pensado para mis tobillos?
Es demasiado pronto para hablar de opciones de vestuario, ¿no?
Se alisó una arruga invisible de la manga.
—Aunque reconozco que el secuestro ha sido un —se aclaró la garganta— comienzo accidentado, nunca fue mi intención que descuidara sus otras actividades.
Sus prácticas en Rockhaven, su tesis sobre iluminaciones, sus…
—dudó, y luego pronunció las palabras como si fueran un hechizo que estuviera aprendiendo en su primer semestre en la escuela de magia— encuentros privados. Con su novio.
Se refería a Morty. Dios, mi reputación estaba por los suelos.
—También tengo un trabajo. En el que, de hecho, me pagan por cometer delitos graves.
—Sobra decir que este también sería un puesto remunerado.
—No, no sobra lo más mínimo. —Crucé los brazos—. ¿Cuánto?
—¿Cuánto quiere?
—Diez mil millones de dólares.
No ocultó que aquella respuesta le había hecho gracia. Conque sí que era capaz de mostrar más estados afectivos que el predeterminado. Me alegré por él.
—No hay forma de hacerle una transferencia de tal magnitud —dijo con paciencia, como si estuviera negociando con una niña pequeña que se niega a lavarse los dientes—. No sin activar todo tipo de alarmas. Por favor, dígame una suma viable.
—Un millón —solté solo para molestarlo.
En vez de eso, asintió.
A la mierda, pensé. Pero Ashworth se había sacado un móvil del bolsillo trasero y estaba tecleando algo. Segundos después, alguien llamó a la puerta. Era Pierre, que venía a entregarme mi teléfono, encendido y completamente cargado.
Cuando lo cogí, vi varias notificaciones del banco.
—Es la mitad de lo que ha pedido. La otra parte la ingresaré en su cuenta cuando termine el encargo.
Era una broma. Tenía que serlo. Abrí la aplicación del banco, buscando alguna pista de que se trataba de una artimaña, pero…
—¿Esto es de verdad?
—Puede verificarlo con su entidad bancaria si lo prefiere.
—Me está tomando el pelo. —Debí de gesticular con demasiada vehemencia, porque su americana se me deslizó por los hombros y cayó al suelo.
Ambos la ignoramos—. Dependiendo de cómo esté el mercado, es posible que la réplica ni siquiera se venda por más de un millón.
Teniendo en cuenta los materiales y las comisiones, no obtendría ningún beneficio.
—Señorita Mercer, el dinero no es un problema. No pretendo obtener beneficios. De hecho, en un escenario ideal, ni siquiera querría vender la réplica.
—Ya. Claro. Ajá. Así que me pagará una fortuna por producir algo que suena a broma, con el fin de…
¿De dónde sale el dinero, por cierto? ¿Qué ha hecho para conseguirlo?
¿Cómo…? ¿Sabe qué? No me lo diga. Es evidente que forma parte de alguna organización criminal, y prefiero no tener nada que ver con ese tema.
Me giré para marcharme, pero Ashworth me agarró con firmeza del antebrazo para detenerme. No me soltó hasta que volví a mirarlo.
—No es propio de usted darle tantas vueltas a la legalidad de ciertos asuntos, señorita Mercer.
Fruncí el ceño.
—Ah, ¿no? Yo diría que no tiene ni idea, ya que no me conoce lo más mínimo. Para mí, existe una diferencia entre robarles a grandes corporaciones y capullos despiadados, y trabajar para alguien que, hasta donde yo sé, podría ser traficante de drogas, armas o personas.
—Esperaba que una mujer pragmática como usted viera las cosas de otra manera.
Me acerqué y le di un golpecito en el pecho con la fuerza suficiente para que mi uña dejara una marca en la tela.
—A una mujer pragmática como yo le importa poco si algo es legal o no y mucho el daño real que causan sus acciones.
Reflexionó sobre mis palabras y luego asintió, como dándome la razón.
—Aunque formo parte de una organización que en ocasiones debe eludir la ley, no soy un criminal.
La falsificación no provocará, directa o indirectamente, ningún perjuicio a inocentes.
Más bien al contrario. El origen de mi riqueza es complicado, pero no implica el incumplimiento de ninguna ley contra el crimen organizado.
Aun así, prefiero no entrar en detalles sobre el motivo por el cual deseo contratar sus servicios.
—¿Qué pasa, que si me lo cuenta tendrá que matarme?
Su mirada se ensombreció.
—No haría bromas si supiera lo desagradable que puede resultar, señorita Mercer.
—¿El qué?
—La obligación de matar.
Era una afirmación tan lúgubre y exagerada que la única reacción aceptable habría sido reírme en su cara.
Sin embargo, el aire que desprendía era tan sincero que se me puso la piel de gallina.
Retrocedí y aparté la mirada de forma instintiva, con el único fin de alejarme un poco de tanta intensidad.
Me encontré frente a la estantería donde había estado Ashworth, la que ahora tenía un solo hueco del tamaño de Ars moriendi.
Había varios manuscritos más a su alrededor que parecían igual de raros y bellos. Alargué la mano hacia uno y…
—Disculpe —dijo Ashworth, deteniéndome antes de que pudiera sacarlo de la estantería.
Posó la palma sobre mis dedos, inmovilizándolos contra el lomo de cuero, y se colocó a mi espalda, tan cerca que su camisa me rozaba los hombros.
Noté que la tela estaba cálida gracias a su calor corporal.
Atrapada entre él y los libros, los pulmones se me llenaron del aroma a enebro y papel viejo—. Me temo que esos están vetados.
—¿Por qué? —Liberé la mano con delicadeza y giré medio cuerpo para encararlo—. ¿Por la misma razón por la que no me dice para qué necesita la falsificación?
Me miró fijamente, impasible, con una quietud intimidante, y entonces decidí que no solo quería, sino que necesitaba saber cuál era el motivo detrás de su petición, qué contenían los manuscritos de esta habitación y quién demonios era este hombre.
—Consideraré su oferta —dije con firmeza—, pero necesitaré consultarlo con la almohada.
Tras una pausa, dio un paso atrás y me tendió una tarjeta de visita sujetándola entre el índice y el dedo corazón. En el centro, reconocí el lobo del logotipo de la Universidad de Rockhaven.
—Mi chófer les llevará a usted y al señor McManaman a casa.
¿Qué pasa con el dinero que ya me ha dado si al final digo que no?
¿De verdad acaba de darme su tarjeta de visita sabiendo que podría ir a entregársela a la policía?
Además, ni de coña le voy a dar mi dirección a su chófer.
Estas fueron todas las respuestas que se me cruzaron por la cabeza y que descarté.
Apenas acababa de conocerlo y, aun así, sabía qué me iba a contestar: «Me lo puede devolver».
«Sé que no se lo dirá a nadie», y, por supuesto, «Ya la sabe».
Caminé hacia la puerta tratando de aparentar normalidad, pero me detuve cuando él murmuró:
—Que pase una buena noche, señorita Mercer.
Me volví hacia él.
—Por cierto, nadie hace eso —dije. Él levantó una ceja, algo que empezaba a reconocer como una discreta petición de que le diera más detalles—. Nadie me llama «señorita Mercer». Mi nombre es Veronica, puede usarlo si quiere.
Esbozó una leve sonrisa.
—Lo sé.
—Pues que se note, por favor.
—¿Sabe lo que significa su nombre?
Hice un gesto con la mano.
—Algo sobre traer la victoria.
—Esa es la etimología macedonia. ¿Nadie le ha contado nunca la derivación latina?
—¿Por qué? ¿Cambia mucho?
—Sí. Significa «imagen verdadera». —Su rostro se volvió más serio y clavó la mirada en mis ojos—. Un nombre muy acertado para la mejor falsificadora que he conocido jamás, ¿no le parece?