Mortal & Inmortal capítulo 2 #5
13%

capítulo 2 #5

—Que tengas una buena sesión, Viktor —dijo la mujer, y luego cerró la puerta, dejándonos solos.

De repente, un escalofrío se apoderó de mí. Llevaba poca ropa y no pude evitar un tembleque.

—Le pido disculpas. —Los ojos de Ashworth se fijaron en mis hombros desnudos y descendieron hasta mis piernas—. La sala está deshumidificada y climatizada para mantener una temperatura óp­tima.

—¿Aquí es donde guarda sus libros?

—Entre otras cosas.

El espacio era seco y carecía de ventanas.

Había manuscritos, sí, pero también grabados, algunos tejidos y una variedad de objetos.

A diferencia de la mayoría de las salas de conservación que había visitado anteriormente, esta lograba evitar una apariencia aséptica y resultaba un lugar acogedor y agradable.

—Por favor —dijo Ashworth. Me giré y vi que me estaba tendiendo la americana. La sostenía abierta, preparada para que yo metiera las manos por las mangas, como si estuviéramos en una película de Hollywood y esto fuera una cita algo macabra.

Pensé en negarme con un comentario mordaz, algo sobre que tampoco tenía tanto frío como para aceptar la ropa de mi secuestrador.

Sin embargo, sí quería que él tuviera frío, y tener acceso a su americana me pareció una buena idea, aunque, cuando metí las manos en los bolsillos, los encontré vacíos.

Ni móviles ni navajas ni una mísera pelusa.

Puse los ojos en blanco y decidí dejarme envolver por la tela, aún calentita.

—Conque le gustan las antigüedades —dije pasando junto a él para examinar un pequeño tapiz.

—Creo que pocas cosas son capaces de transportarnos al pasado con tanta eficacia como sostener un objeto de otra época.

—Y, sin embargo, compró mis falsificaciones, cuya vida útil se podía medir en minutos.

—Albergo incontables mundos dentro de mí, señorita Mercer.

Era cierto que poseía todas mis obras. Estaban dispuestas sobre un escritorio de nogal en el centro de la habitación, a la vista de todos, incluida la Biblia de Gutenberg.

Al menos medio millón, quizá más, pensé. Eso es lo que ha debido de gastarse para conseguirlas todas. ¿De dónde demonios sale ese di­nero?

Desde luego que no de su trabajo en la facultad.

Mi tutora era catedrática y una vez la oí bromear sobre que, a menos que los jóvenes se obsesionaran de repente con su monografía de dos mil quinientas páginas sobre caballeros medievales que luchaban contra caracoles, nunca iba a poder terminar de pagar la hipoteca.

—Veo que le ha gustado el grimorio —dije acercándome al escritorio y recorriendo con el dedo los bordes irregulares en los que había trabajado durante meses.

Era el único libro abierto. Les secrets du sang, que significaba «Los secretos de la sangre».

No hablaba ni papa de francés, pero había buscado la traducción.

—Quizá la palabra «gustar» no sea la más adecuada para describirlo. El grimorio fue para mí la puerta de entrada al resto de su obra.

—Pero si la venta fue hace meses. Y no se hizo pública.

¿Cómo supo que…? —Me giré y me quedé en silencio.

Ahora que lo veía con camisa y las manos entrelazadas a la espalda, no es que pareciera más accesible que antes, pero sí que se apreciaba mejor lo corpulento que era.

Al ver cómo sus bíceps tensaban la tela de las mangas no pude evitar dar un paso atrás.

—La gente como yo tiene sus métodos para obtener información.

—Esperé una aclaración sobre la parte de «la gente como yo».

¿Se refería a los mafiosos? ¿A los británicos?

¿A los lunáticos cuyo concepto de ejercicio de cardio consistía en secuestrar a doctorandas?

Por desgracia, la aclaración nunca llegó—.

Lo cual nos lleva a la razón por la que la he invitado a venir.

—¿Invitado? Ese no es el significado correcto de la palabra.

Un ápice de diversión. Fugaz, descartada al instante.

Con fluidez pero sin prisa, se quitó el reloj de pulsera y lo dejó sobre el escritorio, formando una línea perfectamente paralela con el borde.

A continuación, se dirigió a una estantería cercana y, tras una breve búsqueda, sacó un códice.

Lo colocó encima de la mesa y luego me hizo un gesto con la cabeza, como animándome a estudiarlo.

Así que eso hice.

Empecé por examinar la encuadernación, que era de un hermoso cuero teñido de caoba, tallado con diseños insulares que habría situado en la Baja Edad Media, de no estar tan bien conservados.

Cuando levanté la cubierta, el manuscrito se abrió casi por voluntad propia, como para mostrar su contenido, y con razón.

Parecía estar escrito en algo similar al latín, aunque no reconocía ninguna palabra.

La caligrafía uncial había sido recreada con tinta estándar y fluía con pulcritud sobre el pergamino.

Sin duda, era el resultado de un minucioso trabajo por parte de un escriba erudito que había dedicado su vida a difundir conocimientos y que incluso había dejado algunas notas garabateadas en los márgenes.

Hojeé las páginas con cuidado, disfrutando de la textura aterciopelada y de la frescura de la piel animal al tacto, tan diferente del papel moderno.

Luego volví al principio para buscar el título.

Ars moriendi.

—¿Significa… «La muerte del arte»?

—Casi. «El arte de morir».

—Entiendo. —Me ajusté la americana que me había dejado—.

Si me ha arrastrado hasta aquí, digo, si me ha invitado a venir aquí para que haga una evaluación o un presupuesto, primero tendré que llevar a cabo algunas pruebas adicionales con un equipamiento especial.

Pero mi instinto me dice que es auténtico.

—¿Su instinto?

Asentí, con los ojos y los dedos aún fijos en el libro; no era capaz de soltarlo. Era sencillamente espléndido, una de esas cosas que solo se ven una vez en la vida. Algo que sabía que nunca volvería a tocar.

—Tiene que ser de… hace mucho tiempo. La sencillez de las decoraciones, la encuadernación…

¿copta? Me recuerda a una pieza que Gr…, que una amiga me enseñó una vez.

Me invita a situarla en el primer milenio, aunque es muy improbable.

Tenemos pocos datos que se remonten tan atrás, y está en demasiado buen estado…

—Es del siglo ix , señorita Mercer —dijo con solemnidad—. Fue entonces cuando se copió. Y no, no es una falsificación. Cuando he dicho que quería contratar sus servicios no me refería a una tasación.

—Entonces, ¿qué…? —Abrí la boca de repente. Levanté la vista hacia él. Exhalé con brusquedad—. No. Ni hablar.

—Pero si no he…

—Venga ya. Si no busca una tasación, es que quiere que falsifique una réplica. De un libro que probablemente se venderá por millones y atraerá la atención a nivel mundial, además. —Mi risa sonó temblorosa, llena de incredulidad—. El secuestro debería haberme dado una pista, pero esto lo confirma.

—¿Qué es lo que confirma?

—Que está completamente desquiciado.

Percibí un leve tic en la comisura de sus labios, pero no perdió la compostura en ningún momento.

—Un punto de vista totalmente razonable. No obstante, me gustaría que reprodujera Ars moriendi.

—¿Es consciente de…? ¿Por qué querría…? ¿Sabe que no soy la única que…

? —Me tapé los ojos y respiré hondo para calmarme antes de seguir—: Nunca he hecho nada con pergamino.

Tengo poca prác­tica con la escritura uncial.

Ni siquiera he visto jamás una encuadernación tallada de tal complejidad.

Porque hay algo de mí que quizá no sabe, que tal vez ha pasado por alto al investigar mi vida, y es que nunca he creado una falsificación desde cero.

Y, aun si lo hubiera hecho, un proyecto así llevaría meses y costaría decenas de miles de dólares…

—No lo había pasado por alto —se limitó a responder.

—¿Qué?

—Que soy consciente de que usted solo trabaja con réplicas ­preexistentes. —Este hombre parecía intocable, como si nada de lo que pudiera decir fuera a sorprenderlo.

—En ese caso, también debe de ser consciente de que no sabría por dónde empezar.

Esto me viene grande. —No tenía ni idea de lo que decía de mí el hecho de que me sintiera más indignada porque me hubiese propuesto semejante idiotez que por haberme atado y secuestrado.

Debían de ser los genes de mis padres: podía pasar por alto los delitos violentos, pero no estaba dispuesta a que me acorralaran para que admitiera mis propias deficiencias—.

Tío…, perdón, doctor Ashworth, esto es una idea horrible.

Si solo puedo elegir entre pudrirme en su sótano hasta que los gusanos me devoren y hacerle este favor, me quedo con la primera opción, así que…

—Es una tarea titánica, lo sé. Pero yo la ayudaría.

—Ya, claro, me ayudaría…

Arqueó una ceja ante mi escepticismo. ¿Contaba eso como una emoción por su parte? Probablemente no.

—Tengo cierta experiencia en lo que se refiere a libros antiguos.

—Entonces, ¿por qué no lo hace usted?

Se dirigió hacia las estanterías que cubrían la pared más alejada de donde estábamos.

Por un momento, lo único que vi fue el volumen de su ancha espalda y la precisión con la que llevaba recortado el pelo de la nuca.

Cuando regresó, sostenía varias hojas sueltas de pergamino y algo que parecía una cubierta.

—Lo intenté. Los resultados fueron decepcionantes.

—Hojeó el libro, mostrándome algunas páginas—.

Como puede ver, mi letra no es del todo perfecta.

También traté de encuadernarlo; eso sí que se me da bastante bien.

En cuanto a la cubierta, el proceso de teñir la piel de oveja fue sencillo, si bien mis grabados son…

¿Considera que «amateur» sería una palabra demasiado suave para la monstruosidad que he producido?

No lo era. De hecho, más bien era demasiado dura. Esa réplica no estaba nada mal, aunque nunca pasaría por el original. Un evaluador competente habría visto que era una falsificación a un kilómetro de distancia. Sin necesidad de usar prismáticos.