Mortal & Inmortal capítulo 2 #4
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capítulo 2 #4

—Tampoco es que especificaras mucho —intervino el hombre que estaba detrás de él, con un elegante encogimiento de hombros—.

Así es como solemos llevarnos a la gente.

—Se trataba del hombre rubio tan apuesto que había aparecido detrás de Mortimer.

También tenía la mandíbula definida y varias cicatrices de la viruela en el rostro.

Su acento era leve, francés o quizá portugués.

—Pierre tiene razón. De ahí el… malentendido. —No había ni rastro de remordimiento en su expresión.

Que te jodan, pensé, sintiendo cómo se me subía la bilis a la garganta.

—Claro. Bueno, estoy cansada de masticar este chicle. Tiene cinco segundos para soltarme o lo escupiré en su bonita alfombra de Isfahán.

Se puso de pie y se abrochó con destreza el único botón de la americana. Luego extendió la mano abierta, dejándola a la altura de mi barbilla.

Que te jodan, pensé de nuevo. Pero me incliné hacia delante y dejé que el chicle cayera en su palma, intentando no sentirme demasiado decepcionada al ver que no le daba asco.

Con unos movimientos pausados, fue a tirarlo.

Después volvió, se desabrochó la americana de nuevo y, una vez más, se agachó para quedar a mi altura.

Inmutable. Era imposible perturbarlo.

Fingí que me dolían las muñecas para girar un poco los brazos y comprobar si las cuerdas cedían, pero no fue el caso. Él me observó estoica y plácidamente, y a continuación dijo:

—Señorita Mercer, quiero que sepa que soy un admirador suyo.

Resoplé.

—Estará de broma.

—Me temo que ser bromista no se encuentra entre mis virtudes.

—¿Es que se ha confundido con el significado de la palabra «admirador»?

—Cuando me he presentado en la casa de subastas, parecía­usted… abstraída. Así que, a riesgo de sonar repetitivo: soy el doctor Viktor Ashworth. —Una pausa—. Puede dirigirse a mí como doctor Ashworth.

Sonreí.

—Qué alegría conocerlo, Vicky. ¿Qué coño le ha hecho a Mortimer?

Me respondió como si nada:

—Mis socios han acompañado al señor McManaman a esa esquina.

—Seguí el lento movimiento de su dedo y divisé un bulto tembloroso sujeto a una silla cuyo estilo combinaba a la perfección con el sofá.

También tenía las manos atadas, pero a la espalda.

Además de la venda en los ojos, una ancha tira de cinta plateada le tapaba la boca.

Evidentemente, él no había esperado al momento oportuno para gritar.

Al percibir que teníamos la atención puesta sobre él, Mortimer empezó a retorcerse como si estuviera haciendo una prueba para entrar en el equipo olímpico de breakdance .

Su manera de contorsionarse era tan inquietante y a la vez cautivadora que acabé más fascinada que preocupada.

Esto da para un cortometraje de los que se llevan premios, pensé, y capté un atisbo de diversión en el rostro de Ashworth.

—Algo me dice que a él no lo admira tanto, ¿me equivoco? —dije.

—No especialmente. Pero le garantizo que no ha sufrido ningún daño. Arlo, por favor, permite que el señor McManaman demuestre que goza de buena salud.

El tercer hombre, de pelo rizado y complexión robusta, cruzó la habitación para quitarle la cinta adhesiva de la boca. Un segundo después, Mortimer comenzó a gritar:

—¡Fue ella! ¡La que hizo las falsificaciones fue Vero, no yo! Suéltenme, puedo devolverles el dinero, es ella la que…

Arlo volvió a ponerle la cinta en la boca de un manotazo y le dio una patada de advertencia en la espinilla.

—Como puede ver, su… —hubo una breve vacilación— novio está sano y salvo.

Por Dios, Morty. Qué bochorno.

—Menuda falta de clase. Usted, señor, no se merece echar un polvo —le recriminó el tipo rubio, que al final resultó que era francés. Acto seguido, me señaló a mí con el dedo—. Y usted debería plantearse buscar un novio que no la venda a la primera de cambio.

—¿Por qué? —pregunté sin romper el contacto visual con Ash­worth—. ¿Es que querría usted presentarse como voluntario para ocupar el puesto?

—Perdóneme si ha habido algún malentendido, señorita Mercer, pero su cuerpo no me suscita ningún tipo de interés. —Sonaba sincero, y quizá un poco avergonzado.

—Lo he supuesto por las amenazas veladas y el secuestro al más puro estilo «saco de yute en la cabeza y a correr», pero gracias. ¿Qué es lo que quiere entonces?

Desde el rincón, Mortimer soltó una serie de gemidos ahogados, y Ashworth dijo:

—Arlo, ¿podrías trasladar al señor McManaman a otra habitación? Ya no necesitamos sus servicios. —Tras una pausa, añadió—: Pierre, tú también.

Fruncí el ceño, dado que para mover a Mortimer no hacían falta dos personas.

De hecho, Arlo ya lo estaba sacando con un solo brazo y con tanta facilidad que parecía que estuviese transportando a un gatito recién nacido.

Mientras seguía sus movimientos con la mirada, no me di cuenta de que Ashworth me estaba desatando las manos.

—¿En serio? ¿Así sin más?

—Quiero que esté cómoda. —Deshizo la cuerda sin llegar a tocarme la piel y, mientras yo me frotaba las muñecas, él se acomodó en el otro extremo del sofá. Su postura era impecable, erguida y relajada a la vez.

—En ese caso… —Me senté sobre las rodillas sin quitarme las zapatillas y me recosté contra el reposabrazos. Después me tomé mi tiempo para rebuscar en el bolsillo hasta que conseguí otro chicle. Tenía el pelo revuelto, así que me lo peiné con la mano.

Ashworth no dejaba de mirarme fijamente, si bien su expresión no delataba ni una pizca de emoción. Su proximidad resultaba… inquietante. Sobria. Era como una sugerencia de que había algo diferente en él; algo oculto bajo una superficie fina y frágil como el papel.

—¿Es usted alguien que ha comprado alguna de nuestras falsificaciones? —Todas estaban en manos de tres coleccionistas a los que detestaba. Ninguno había mencionado que quisiera revenderlas, pero tal vez habían cambiado de opinión.

—Así es.

—Supongo que querrá que le devolvamos el dinero.

—Este tipo no era un ejecutivo petrolero ni el director general de una empresa de seguros médicos.

Aunque me hubiese secuestrado, me sentía mal por haberlo estafado—.

Yo no me he llevado comisión con las ventas.

Mortimer es el que sabe dónde ha ido a parar la pasta, pero puedo ayudarle a averiguarlo.

Quizá puedan acordar un plan de pago para…

—No será necesario. Sabía que eran falsificaciones cuando las compré.

—Ah.

—Soy difícil de engañar cuando se trata de réplicas. Aunque me atrevería a decir que puede que usted sea la que más cerca ha estado de conseguirlo.

—¿Ha dicho «falsificaciones»? ¿En plural?

—Hice ofertas muy generosas a todos los coleccionistas. Desde la semana pasada, estoy en posesión de toda su obra. Un trabajo extraordinario, señorita Mercer. —Tras una pausa infinitesimal, frunció el ceño—. ¿Prefiere que me dirija a usted como doctora Mercer?

Una nueva oleada de alarma me recorrió el cuerpo. Debía de haber investigado mucho sobre mí.

—Eso sería prematuro, ¿no cree?

—Considero que las defensas de tesis no son más que una formalidad.

—Bueno, quién mejor que usted para opinar, ya que es profesor.

O eso dice. —Bajé la mirada hacia su traje a medida de mezcla de lana; la camisa de debajo, con el primer botón desabrochado.

Todo de alta calidad. No es que Rockhaven fuera un campus informal, pero la vestimenta del profesorado solía consistir en tonos marrones y mucho tweed.

Este hombre claramente tenía dinero, y no quería saber de dónde lo había sacado.

¿Cuánto le había costado comprar todas mis falsificaciones? Solo de pensarlo me entraron náuseas.

—¿Nos hemos visto antes por el campus? —pregunté.

—¿No cree que se acordaría de ser el caso?

—Debería, pero no me acuerdo, y usted parece saber mucho sobre mí. A lo mejor me resultó demasiado aburrido como para recordarlo.

—Diría que la gente me considera bastante memorable.

—Un ego bien alimentado, ¿eh?

—No es por eso. Es la inquietud que genero lo que rara vez se olvida.

Fruncí el ceño.

—Bueno, me alegro de que sepa que da miedo, pero tener capacidad de introspección no le va a dar puntos extra después de haberme secuestrado.

—Me puse en pie. Él no, ni tampoco intentó detenerme.

Lo miré desde arriba y me pareció ver algo en esos ojos inexpresivos: un destello de curiosidad, una emoción que podría clasificarse como intriga.

Un parpadeo y había desaparecido—. Por cierto, aún no me ha dicho por qué me ha secuestrado, doctor ­Ashworth.

Asintió con calma, con el rostro ladeado hacia mí.

—Tiene razón, aún no lo he hecho. —Él también se levantó, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás. Y entonces, con esa formalidad propia de otra época que lo impregnaba a él y al espacio que ocupaba, añadió—: Me gustaría contratar sus servicios, señorita Mercer.

Caminamos uno al lado del otro por un largo pasillo, con los pasos extrañamente sincronizados.

Su andar decidido de alguna manera combinaba con el mío, más errático.

Observé las estanterías flotantes repletas de libros con marcas de uso y un puñado de cuadros clásicos, en su mayoría de estilo romántico.

Había conocido a Ashworth hacía menos de media hora, pero, si alguien me hubiera pedido a punta de pistola que adivinara qué estilo elegiría para decorar su casa, habría sido capaz de nombrar cinco como mínimo.

De hecho, sospechaba que ahí era donde me había llevado.

Alguien vivía en esa gigantesca mansión histórica y, a juzgar por la deferencia con que la mujer con la que nos cruzamos lo había saludado, apostaba por que era él.

La señorita en cuestión estaba frente a una puerta de acero ultramoderna que desentonaba con el resto de la decoración, mucho más clásica.

—¿Nos disculpas? —le preguntó Ashworth, y ella se hizo a un lado para dejarle espacio y que pudiera teclear algo en una interfaz digital. Me quedé mirando sus dedos largos y elegantes, y, cuando la puerta se abrió con un clic, me indicó que pasara.