Mortal & Inmortal capítulo 2 #3
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capítulo 2 #3

—El alfabeto rúnico es fascinante —dije cuando Mortimer se colocó detrás de mí. Había tirado la toalla en su búsqueda de tesoros ocultos y no había apartado la vista del móvil en los últimos diez minutos—. Ojalá no se hubieran apropiado de él todos los movimientos nazis habidos y por haber.

—Me atrevería a decir que los vikingos estarían de acuerdo con usted —dijo Mortimer a mi espalda. Espera, no. Ese no era Mortimer. La voz era demasiado grave y tenía un acento demasiado refinado para ser él.

Me di la vuelta y me encontré con un amplio pecho cubierto por una camisa negra y una americana gris oscuro.

Para ver el rostro, tuve que levantar la mirada varios centímetros, algo poco habitual en mí, tanto con hombres como con mujeres.

Capté automáticamente, casi en contra de mi voluntad, la forma de una mandíbula marcada, un cabello oscuro peinado con obediencia a ambos lados de una raya exageradamente pulcra y unos profundos ojos verdes entornados que me observaban con atención.

Vikingo, pensé.

Pero no, no lo había pensado. Era que él había pronunciado esa palabra apenas unos segundos antes y ahora la estaba repitiendo, con ese acento británico y señorial.

—Los vikingos tenían rutas comerciales que abarcaban tanto Europa como Asia.

Eran una sociedad bastante diversa étnicamente, lo cual no termina de encajar con el argumentario de los supremacistas blancos.

Aunque de por sí no es que sean muy partidarios de darle importancia a la precisión histórica.

—Hablaba con calma y claridad, alargando las vocales y con una profundidad hipnótica en su voz que poco tenía que ver con el timbre.

Incluso ahora, después de tanto tiempo, no sé muy bien cómo explicar el efecto que me provocó.

De todas formas, lo intentaré: sentí como si lo estuviese escuchando, en vez de con los oídos, con el cuerpo entero; con la carne, los ligamentos y la médula.

Sus palabras, igual que su mirada, resonaban en mis huesos como un batir de alas.

Se me aceleró el corazón y tuve la sensación de que él era capaz de oírlo. Instintivamente, retrocedí hasta que me topé con el borde de una mesa, lo cual me obligó a detenerme.

Mi vista no se apartó en ningún momento de su rostro bien afeitado.

Poseía unas facciones jóvenes, aunque no infantiles.

Una leve cicatriz le atravesaba el lado derecho de la frente, pero se notaba que era antigua por el tono descolorido.

Otras dos se extendían por su nariz recta y prominente y su mentón definido.

La más profunda, sin embargo, era la que le recorría el dorso de la mano derecha.

Mano que en ese momento me estaba tendiendo.

—Soy el doctor Viktor Ashworth —dijo en un tono cortés—. Imparto clases en el Departamento de Historia de la Universidad de Rockhaven. Es un placer conocerla.

Me quedé mirando sus dedos, inmóvil. Algo me inquietaba.

¿Por qué me inquietaba? Era un hombre de lo más agradable.

Tendría un par de años más que yo y seguramente solo buscaba entablar conversación durante cinco minutos para pasar el rato.

O quizá pretendía ligar. Aunque no era el tipo de tío que normalmente me iba detrás; se le veía demasiado estirado como para querer flirtear con alguien cuyos piercings activaban los detectores de metal allá donde iba.

Parecía un hombre meticuloso y reprimido, de los que se molestan si masticas chicle delante de ellos.

Pero eso no lo convertía en una amenaza, ¿verdad?

Al final, todo se reducía a una reacción instintiva. Tenía la extraña sensación de que me estaba analizando y evaluando. Una oleada de alarma me había invadido el estómago.

Decidí que no quería seguir en su campo de visión ni un segundo más.

—Encantada de conocerlo —dije como acto reflejo, sin sonreír ni decir mi nombre—. Disculpe, mi novio debe de estar buscándome. Ah, ahí está.

Me alejé mientras por el rabillo del ojo lo veía asentir una única vez, con precisión milimétrica, y juntar las manos a la espalda. Sentí que me seguía con la mirada y reprimí el impulso de correr o de andar marcha atrás para evitar darle la espalda.

—Ahí estás —dijo Mortimer mientras tecleaba algo en el móvil sin levantar la vista.

—Tenemos que irnos —susurré.

—Sí. Solo he visto chatarra. Echemos un ojo rápido a las salas que nos quedan y…

—Tenemos que irnos ya.

Si me hubiera preguntado por qué, no habría podido darle una explicación. Pero mi inquietud se hizo evidente y Mortimer asintió sin protestar. Me siguió el paso, que era de todo menos pausado.

—Vero, ¿qué…?

—Luego.

Aceleré el paso. Esto de actuar sin una razón aparente era nuevo para mí. Me estaba dejando guiar por el instinto. Aunque, pensándolo bien, mi instinto nunca antes me había gritado tan fuerte. Cuando llegamos al coche de Mortimer, solté un suspiro de alivio.

Hasta que oí pasos sobre la grava.

—Abre la puerta —le susurré agarrando la manilla de la puerta del copiloto.

—Eso intento. Es que el botón a veces se atasca y…

—Señorita Mercer —me llamó una voz desconocida. Era un hombre. Acento extranjero, aunque no británico. No era el de antes, y eso me provocó una sensación de alivio extraña—. ¿Podemos hablar un momento?

—No —dije sin darme la vuelta. Pero entonces vi a otro hombre. Este era alto y pálido, llevaba unas gafas de sol completamente negras y se estaba acercando por detrás de Mortimer, al otro lado del Nissan.

—Señorita Mercer —repitió el primer hombre—. Nos gustaría hablar un momento con usted. Y la verdad es que no tiene otra opción.

Fue entonces cuando me di cuenta de lo jodidos que estábamos.

Mortimer y yo habíamos hablado muchísimas veces sobre qué hacer si nos veíamos confrontados acerca de nuestras actividades no muy legales.

Habíamos barajado situaciones en las que nos descubrían las autoridades, los coleccionistas u otros expertos, y habíamos establecido protocolos bien ensayados que consistían en fingir sorpresa, negar rotundamente todas las acusaciones y contratar a un abogado lo antes posible.

Por supuesto, nunca imaginamos que quienes vendrían a pedir explicaciones serían otros delincuentes.

Porque eso es lo que eran. Aquellos hombres sacaron sus armas con discreción, nos obligaron a subir a la parte de atrás de dos coches distintos y luego nos ataron las manos y nos vendaron los ojos. Delincuentes. La diferencia era que a ellos se les daba mejor que a nosotros aquel oficio.

El trayecto duró veinte minutos. Intenté llevar la cuenta de los giros, pero la perdí enseguida.

Aunque el corazón me latía con fuerza y me veía capaz de chillar, sabía que no serviría de nada montar un escándalo.

Decidí esperar el momento oportuno y me tragué las ganas de gritar mientras me conducían al interior de una casa que olía a cítricos y madera de cedro.

Tras setenta y tres escalones y dos giros a la izquierda, me obligaron a sentarme en una superficie blanda.

Sospechaba que ya habría tiempo de gritar más tarde.

Después de quitarme la tela de la cara, mis ojos tardaron unos segundos en adaptarse a la luz del atardecer que se filtraba por las ventanas.

Estaba en una amplia y luminosa habitación orientada al oeste, con suelo de parqué de roble blanco.

Pensé que probablemente era un despacho.

Levanté la cabeza para contemplar los techos altos, los muebles de estilo art nouveau y un altillo con una biblioteca que rodeaba toda la estancia.

Esta gente tenía dinero, lo cual nunca era buena señal.

Me habían sentado en un sofá de terciopelo verde y todavía tenía las muñecas atadas delante de mí.

A solo unos metros de distancia se encontraban los dos matones que se nos habían acercado al llegar al coche.

Bueno, qué coño, que nos habían secuestrado.

Y, agachado frente a mí, más cerca aún, estaba el hombre que se había presentado dentro de la casa de subastas.

El doctor lord McRefinado.

Se aclaró la garganta y, con el mismo tono perfectamente articulado y calmado de antes, dijo:

—No pretendo hacerle ningún daño, señorita Mercer.

—Vaya, quién lo diría —espeté. Debería haber estado ­aterrorizada, y lo estaba, pero la emoción principal que me invadía era una rabia latente—.

Mire, antes de hacer lo que sea que tiene pensado hacer conmigo, tenga en cuenta que, en cuanto mi gente descubra que he desaparecido, rastrearán la última ubicación de mi teléfono y acabarán llamando a su puerta, así que…

—Dejé la frase en el aire al ver que se sacaba mi móvil del bolsillo de la americana.

Estaba apagado y le habían quitado la batería.

Mierda.

—El coche de Mortimer…

—Ahora mismo está aparcado frente a su casa.

—Hay cámaras de seguridad por todas partes.

—No. No por todas partes.

Entonces sí, me invadió un miedo real y sin filtros.

—¿Cree que se me ha podido pasar algo más, señorita Mercer? —Sonaba educado y paciente.

—Suélteme. Ahora. Mismo.

—Lo haré. Pronto. Y usted será libre de denunciarme a las autoridades tan pronto como le sea posible. Aunque, claro, eso requeriría explicar cómo llegó a encontrarse en esta situación, lo cual sospecho que también sería de sumo interés para dichas autoridades.

Apreté la mandíbula. ¿Tenía la suficiente mala leche como para estar dispuesta a pasarme dos décadas en una prisión federal solo por fastidiar a este tío?

Me lo iba a pensar.

—Como le he comentado, la he traído aquí para mantener una conversación privada, no pretendo provocarle ningún daño. No obstante, su reticencia es más que natural. Quizá convendría pedirle disculpas.

—Quizá.

—Cuando pedí que la trajeran ante mí, no era mi intención que se hiciera de esta manera.