Mortal & Inmortal capítulo 2 #2
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capítulo 2 #2

—Tendré derecho de veto —le hice jurar a Mortimer, apuntándole con el dedo índice a la cara—.

Vas a vendérsela a Cromwell o a alguien como él, algún capullo de esos del 1 % con vínculos masónicos al que le importa un carajo la historia.

No vamos a estafar a coleccionistas honestos quitándoles los ahorros de toda su vida.

—Derecho de veto —repitió Mortimer asintiendo con fervor.

—Júralo.

—Lo juro. Por mi alma.

Y luego, por supuesto, estaba esa parte de mí que me recordaba que era hija de mis padres y que de tal palo, tal astilla.

Era una parte que se alimentaba de la emoción de hacer algo prohibido, que quería ver hasta dónde podía llegar con su ingenio y sus artimañas.

Esa parte también era inherente a mi forma de ser, quizá más que ninguna otra.

Así que me puse a practicar. Y, aunque no estaba segura de creer en la vida después de la muerte, no podía evitar murmurarme a mí misma: «No mires, Grace», pese a que, en cierto modo, perfeccionar mi destreza a la hora de falsificar me hacía sentir más cerca de ella que nunca desde que había muerto.

Al fin y al cabo, siempre había alentado mis inquietudes artísticas.

En los últimos años habían quedado en un segundo plano en favor de estudiar, analizar, criticar, comprender y obsesionarme con el arte de otras personas.

Volver a trabajar con materiales diferentes, producir y crear era más emocionante de lo que había previsto.

Así que redescubrí facetas de mí misma a las que les había perdido la pista y aprendí todo lo que había que saber sobre esa página.

Me abrí camino entre palabras en latín, entrecerré los ojos ante letras angulosas y ornamentadas y memoricé cada trazo de la decoración.

Incluso busqué la traducción, dado que sentía que, si iba a pasar tanto tiempo pendiente de un trozo de papel, qué menos que saber lo que decía.

Resultó ser del libro de Levítico. Decía…

, bueno, decía muchas cosas, pero la que se me quedó grabada fue: «Ninguno de vosotros comeréis sangre, tampoco el extranjero que resida entre vosotros».

—Menos mal que tampoco teníamos intención de hacerlo, ¿eh? —le dije a Cosimo.

Él se limitó a mirarme sin pestañear.

Para cuando terminé la falsificación, estaba a punto de acabar el primer semestre de mi cuarto año.

Tenía previsto presentar la propuesta de tesis al cabo de un par de semanas y no estaba en condiciones de concentrarme en nada más que en mis estudios.

Aun así, cuando Mortimer cogió un avión para ir a Cromwell con la página, estuve dos días enteros conteniendo el aliento.

¿Ves, Grace? Puede que sea una imprudente, pero tampoco soy tan ilusa como para no estar cagada de miedo.

Al tercer día, llegó la llamada.

—Sus expertos la han autentificado.

—¿Cuánto?

Una pausa.

—Noventa mil, Vero.

Se me cortó la respiración. Me abracé las rodillas contra el pecho y me quedé así durante varios minutos mientras el orgullo, la euforia, el pánico y el alivio se apoderaban de mí.

Así que aquí es donde empezó todo. Nuestro mayor error, por supuesto, fue pensar que también acabaría ahí.

No tardamos en descubrir que el dinero tenía una característica ­peculiar: cuanto más se usaba, más rápido se agotaba. Y, llegados a ese punto, había que conseguir más.

Qué mala suerte.

McManaman se mantuvo a flote durante unos meses, pero luego los fondos volvieron a escasear. Mortimer y yo habíamos estado de acuerdo en que solo los tontos se atreven a tentar al destino más de una vez, y que un golpe de suerte casi nunca se repite. Pero dadas las circunstancias…

Si nos hubiéramos ceñido al plan inicial, sin duda no estaría contando esta historia.

Aun así, tomamos precauciones. Mantuvimos nuestra actividad en secreto para el resto de los trabajadores de la empresa.

No queríamos convertirlos en cómplices involuntarios.

Ninguna de las falsificaciones posteriores fue tan llamativa o lucrativa como la primera, y tuvimos cuidado de actuar siguiendo una directriz importante: nunca creábamos una falsificación desde cero.

Toda réplica tenía que llegar a nosotros con una procedencia acreditada.

—No estamos creando nuevas mentiras —me dijo Mortimer un día, con un tono sospechosamente defensivo. Solo le había preguntado cuánto tiempo llevaba hecho el café—. Nos limitamos a aprovecharnos de la deshonestidad de otros.

Era cierto. Más o menos. Yo veía las falsificaciones como mi tipo de delito preferido porque no había víctimas, y no, los bolsillos de los tres grandes coleccionistas que compraron las piezas, unos ejecutivos desalmados que seguramente donaban dinero a alguna organización conservadora para poder luego desgravárselo, no contaban como tal.

Así que seguí con lo mío. Una primera edición de El capitán ­James Cook y sus aventuras por el Pacífico.

Otra de El gran Gatsby, aunque sin sobrecubierta.

Una tercera de El origen de las especies.

Un grimorio francés del siglo xvi lleno de inquietantes dibujos de grotescas criaturas demoníacas.

Un autógrafo de John Adams debajo de un exlibris, solo para aumentar el valor de un atlas.

Cuantas más piezas trabajaba, más conocimientos acumulaba y mejor se volvía mi técnica.

Mi pequeño y cutre apartamento tenía una habitación pensada para ser un vestidor en la que puse unas estanterías metálicas y un escritorio que alguien había abandonado en la acera.

Empecé a referirme a la estancia como «mi estudio», aunque el término le quedara grande.

Incluso cuando no estaba trabajando activamente en una réplica, me pasaba horas rubricando con tinta azul y roja, perfeccionando mis conocimientos de interletraje, practicando errores intencionados y técnicas antiguas de encuadernación.

En retrospectiva, pienso que fueron buenos tiempos. No me imaginaba que se estaba fraguando mi perdición.

Mortimer: Venta testamentaria.

El mensaje de Mortimer llegó un par de semanas antes de que empezara el primer semestre de mi quinto y último año. Aquella mañana me había despertado inusualmente cansada, con un sabor metálico en la boca y la cabeza aún aturdida con sueños que no lograba recordar.

Mortimer: ¿Estás libre hoy?

Tenía la piel tostada y cubierta de pecas después de haber pasado algunos días sueltos a lo largo del verano en una cabaña junto al lago con Roxanne y Rorie.

Las tardes seguían siendo calurosas, a veces incluso insoportables.

Las noches, no obstante, eran templadas, con el cielo cargado de estrellas.

Los únicos indicios del otoño que se ­acercaba eran las multitudes, cada vez más densas, de estudiantes universitarios que avanzaban a paso lento por el campus.

Vero: ¿Quién ha muerto?

Mortimer: Una señora. La conozco porque hace un par de décadas decidió que solo quería coleccionar monedas y puso a la venta un Primer Folio. Pero puede que se quedara algo interesante.

«Algo interesante» eran las palabras clave que utilizábamos para la comunicación escrita no cifrada. Podía significar un cofre lleno de oro, una judía mágica o un manuscrito de poca monta con potencial para convertirse en uno escandalosamente caro.

Vero: ¿Dónde?

Mortimer: A veinte minutos de aquí. ¿Te parece bien si salimos sobre las cinco?

Así que me subí a su Nissan Altima, fijé la mirada al frente para no marearme, contemplando las pintorescas carreteras de Vermont, y reflexioné sobre una realidad inquietante: a pesar de que nos conocíamos desde hacía cuatro años y de que habíamos cometido varios delitos juntos, Mortimer y yo seguíamos sin poder evitar sumirnos en un silencio tenso.

Qué incómodo.

La vieja casa de piedra era una monstruosidad de estilo neogótico.

A mí me gustaban los edificios históricos, pero esas paredes de piedra con hastiales pronunciados irradiaban una quietud opresiva que me erizó el vello.

En la puerta, el encargado de la liquidación arqueó una ceja al ver mis vaqueros cortos y deshilachados y el top de encaje que llevaba.

No me habría sorprendido que me dijera que mi indumentaria era demasiado informal para asistir a la venta, pero el hombre conocía a Mortimer, por lo que me permitió pasar para curiosear entre las posesiones terrenales de una tal señora Loretta Lefebvre.

Había muchas y no parecían guardar demasiada coherencia entre ellas.

—Hablando de mentes eclécticas… —murmuré, fijándome en una lámpara con forma de seta venenosa.

—Era rica —comentó Mortimer, como si eso lo explicara todo.

Observé un angelito de bronce particularmente feo y di un paso atrás.

—Demasiado rica, tal vez.

Solo había un puñado de personas merodeando por allí.

Mortimer y yo nos abrimos paso por las salas, intercambiando comentarios sobre lo improbable que era que esas figuritas de terracota fueran auténticas, sobre los sellos postales extranjeros y sobre el cráneo de zarigüeya amarillento que nos miraba fijamente desde una vitrina polvorienta.

Para cuando divisé la piedra rúnica de Kensington, la sala ya estaba teñida de un tono amarillo dorado y largas sombras se extendían por el suelo.

—Ni de coña. —Negué con la cabeza, riéndome entre dientes.

El artefacto era una réplica barata, comprada quizá en la tienda de regalos de un museo.

La propia piedra rúnica, la original, no era más que una farsa, una losa de arenisca tallada que algún granjero de Minnesota del siglo xix intentó hacer pasar como prueba de que una expedición nórdica había llegado en su día a Norteamérica.

Aun así, había algo entrañable en las copias que ni siquiera se molestaban en disimular.

Aquel era un intento tan ingenuo que no pude evitar inclinarme para estudiar las líneas marcadas de las letras y la textura desgastada de la losa.