Mortal & Inmortal capítulo 2
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capítulo 2

-M ás vale que esto sea lo que espero que sea —me dijo Mortimer en cuanto entré para hacer una tasación, y el tono cortante de su voz me hizo detenerme.

Rara vez se emocionaba con los libros raros.

Si el manuscrito era muy conocido, tal vez.

De lo contrario, y para sorpresa de nadie, era más bien el tipo de hombre que prefiere las pistolas.

Reservaba su entusiasmo para las armas y los rifles antiguos, esos mosquetes que tardaban diez minutos en recargarse tras un solo uso, los que los padres fundadores tenían en mente cuando redactaron la segunda enmienda.

Y, sin embargo, ese día parecía una comadreja inquieta.

—¿Qué sucede?

Señaló una hoja de papel sobre la mesa. Esquivé a Cosimo, que se había tumbado en el suelo, y me acerqué para verla mejor. En cuanto la tuve delante, me quedé sin aliento.

—¿Es…? No.

—Sí.

Un escalofrío me recorrió la espalda. A pesar de que ese era mi apodo en McManaman, no me consideraba una «empollona de los libros».

Igual que Alicia en la madriguera del conejo, yo había caído en el mundo de los libros raros por accidente.

Apreciaba los trabajos de artesanía bien hechos, pero casi nunca me emocionaba hasta el punto de cagarme encima por una primera edición o un ejemplar de colección.

No obstante, ese parecía el momento ideal para bajarme los pantalones si no quería mancharlos.

—¿De dónde demonios has sacado una página de la Biblia de Gutenberg?

—De una subasta de bienes de una herencia; por eso he ido hasta Dakota del Sur, a un pueblucho perdido de la mano de Dios. El difunto era coleccionista, pero a sus hijos les daba todo igual y querían deshacerse de sus pertenencias. Me ha costado nada y menos.

Me quedé mirando la mesa con la boca seca.

Antes de la Biblia de Gutenberg, la mayor parte de los libros se escribían a mano.

Los monjes los copiaban con gran esmero durante largos periodos de tiempo.

Luego, en el siglo xv , Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles.

Aún existen unos pocos ejemplares de la Biblia que él produjo, pero hoy en día se venden principalmente por páginas de doble cara en prestigiosas casas de subastas.

Me incliné hacia delante. El texto en tinta roja me llamó la atención.

—La rubricación. Joder.

—No digas palabrotas delante de la Biblia.

Sonreí.

—No te me pongas tiquismiquis ahora, Morty.

—¿Es auténtica? Necesitamos que lo sea.

De nuevo, esa urgencia. Me volví hacia él.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Mortimer. ¿Qué pasa?

Su reticencia duró solo unos segundos.

—Las cosas no van muy bien.

—¿Qué quieres decir?

—La tienda está… Digamos que nos vendría bien un poco de liquidez.

—¿El negocio va mal?

Apartó la mirada.

—Sin duda, va mejor que antes de que llegara yo al cargo.

—¿Entonces…?

—Seguimos estando en número rojos. Menos que antes, pero sí.

—¿Cómo es posible? Si vendes piezas constantemente y…

—Los costes operativos son astronómicos.

Lo miré parpadeando, confundida.

—Si necesitas capital, solo tienes que pedirles a papi y mami que te extiendan un cheque y…

—Madre y padre, que es como prefieren que me refiera a ellos, lo único que quieren es deshacerse de este agujero negro que lleva más de una década tragando dinero.

Tuve que rogarles que no lo traspasaran.

Me dejaron quedármelo con la condición de que empezara a obtener beneficios pronto.

Lo cual, evidentemente, aún no ha sucedido. Por culpa de los costes operativos.

—En ese caso, reduzcamos los costes ope…

—Los he recortado drásticamente. Este mes Elias apenas ha tenido horas.

—Ah. —Había dado por hecho que, como Elias estaba en el último curso, no lo veía tanto los fines de semana porque estaba demasiado ocupado estudiando.

—Puede que tenga que despedirlo. Y limitar también las restauraciones de Lucille. Aunque Wanda es la única empleada a tiempo completo y la que supone un mayor gasto, así que voy a…

—No.

—Sí.

—Wanda lleva trabajando aquí toda la vida.

—Y ya no puedo permitirme que siga. —Se pasó una mano por el pelo—. Hay un préstamo que debo liquidar pronto y, a menos que pueda generar…

—¿Cuánto?

Exhaló y me dio rabia su falta de transparencia, pero se desvaneció al darme cuenta de que… ¿por qué iba a contármelo a mí? Nunca me había interesado por estos temas. Y probablemente él no tenía ni idea del apego que sentía hacia este lugar. Era una simple trabajadora más.

—Solo quiero que me digas que es real. Por favor, Vero.

Así que cogí la página y examiné las dos columnas de texto en latín, espaciadas uniformemente, y la tipografía gótica, de trazo grueso, enmarcada por una ornamentación en forma de enredadera.

Cuando la sostuve a contraluz, pude distinguir fácilmente las líneas de cadena.

Y, sin embargo, se me formó un nudo en la garganta.

—Esto es espectacular —dije, y me arrepentí en cuanto vi cómo Mortimer bajaba los hombros, aliviado, porque tuve que apresurarme a añadir—: En el sentido de que puede que sea la mejor falsificación que he visto nunca.

Me lanzó una mirada cargada de traición. Estuve a punto de soltar una carcajada histérica, pero acababa de mencionar la posibilidad de despedir a Wanda, y eso no me hacía ni pizca de gracia.

—Quienquiera que la haya falsificado ha puesto mucho empeño en asegurarse de usar papel de fibras textiles, que el acabado fuera acorde con la época de Gutenberg y la tinta lo bastante aceitosa.

¿Ves esta inclinación al principio de la línea?

Es sofisticada. No me extrañaría que algún experto la diera por buena, sobre todo si la procedencia cuadra.

Pero ¿ves esta parte de aquí? Es como si las letras fuesen demasiado nítidas.

No hay muescas ni decoloración ni marcas de la guía de impresión…

Es una réplica muy bien hecha. No hay errores evidentes, y eso es justo lo que falla: todo es demasiado perfecto.

No sé por qué quien la falsificó no hizo un esfuerzo extra. Lo siento, Mortimer.

Se pasó una mano por la cara.

—Mierda. Ya tenía a un coleccionista interesado.

—¿Quién?

—Cromwell.

—Ah, el capullo ese. —Era un ejecutivo de la industria petrolera que vivía en Míchigan. Para él, los objetos raros no eran más que una forma peculiar de diversificar su cartera de inversiones. Y una vez le había tocado el culo a Roxanne en una fiesta. Puto asco.

—Puede que sea un capullo —replicó Mortimer—, pero tiene mucha pasta.

—No hay «pero» que valga. Esas dos afirmaciones están claramente relacionadas. Quizá deberíamos venderle la falsificación. Se lo merece. —Era una broma, un chiste sin gracia fruto de la ansiedad y la frustración. Me olvidé por completo de él en cuanto dejé la página sobre la mesa.

Mortimer, sin embargo, no.

A la mañana siguiente, cuando salí del minúsculo despacho ubicado en un sótano que compartía con otros dos doctorandos, Mortimer me estaba esperando.

Otra vez.

En esta ocasión, me había traído un café calentito en vaso de cartón y una bolsita marrón. Al comprobar qué había dentro y descubrir un bollo de queso crema, comprendí cuáles eran sus intenciones.

—La respuesta es no —dije con firmeza.

—Ni siquiera te he dicho lo que…

—Si un tío me trae un —inspiré por la nariz— café con leche de castaña.

Espera, ¿has llamado a Roxanne para averiguar cómo lo tomo?

Bueno, el caso es que si un tío me trae esto, o bien quiere proponerme un trío o está a punto de pedirme que le ayude a falsificar un documento histórico, algo que es ilegal y que conlleva una pena máxima de veinte años.

Gracias, pero no me apetece pasarlos en una celda contigua a la tuya.

—Vero —tragó saliva—, dudo que haya otra alternativa si queremos salvar el negocio.

Fruncí el ceño. Llevaba veinticuatro horas dándole vueltas a lo que me había dicho Mortimer el día anterior y había llegado a la conclusión de que estaba exagerando con los problemas financieros.

—No te creo.

—Puedo mostrarte las pruebas.

—¿De verdad?

—Te enseñaré los libros de cuentas y lo verás con tus propios ojos.

Y eso hizo. Y pude comprobar que era cierto.

Eso fue lo que convirtió mi «no» en un «sí».

Tardamos semanas. Doce, para ser exactos.

Acordamos que lo mejor era utilizar la página falsificada como base.

Al fin y al cabo, era más fácil corregir algo que hacerlo desde cero.

Tenía un historial documentado y no habría que inventarse su procedencia.

Y lo que es más importante: en el caso de que nos pillaran, que era una posibilidad, nos quedaba la opción de negarlo todo.

«A nosotros también nos han engañado», me imaginaba que le decía Mortimer a un policía demacrado al que habían apartado de la patrulla de tráfico para que se ocupara del caso.

«Esa gente de Dakota del Sur siempre está metida en algún chanchullo».

El inconveniente era que no tenía margen de error. Me pasé semanas practicando cómo crear ligeras hendiduras en zonas estratégicas, cómo añadir inconsistencias en la rubricación y cómo envejecer el papel de una forma creíble.

No era mi primera vez llevando a cabo una conducta delictiva y me enorgullecía de mi flexibilidad moral, pero tenía ciertos valores en los que no estaba dispuesta a transigir.

Una historiadora del arte en formación que aprovechaba su experiencia para contaminar el mundo de los libros antiguos con obras falsificadas y de mala calidad era un escándalo, y venía acompañado de una buena dosis de culpa; aun así, encajaba dentro de los límites de mi moralidad, sobre todo si significaba garantizar el sustento de mis amistades.

La situación en McManaman era desesperada, y este plan descabellado podía salvar el negocio o al menos darles a los trabajadores uno o dos años más para encontrar otra cosa.

Sí, estaba mal.

Sí, lo hice de todos modos.

Pero intenté mitigar el daño.