capítulo 1 #4
Pese a que al principio me resultaba un poco incómodo, aprendí a hacer un esfuerzo para devolverle los abrazos.
Charlaba con ella un rato, hablábamos sobre mis clases y el jardín de su esposa, y luego me escabullía a la trastienda.
Allí, de pie sobre el suelo de madera vieja y manchada por el sol, intentaba averiguar si los incunables estaban mal fechados, si las encuadernaciones de cuero habían sido reutilizadas, la verosimilitud del número de fibras de un papel…
En resumen: todas las cosas que Grace me había enseñado a lo largo de los años.
Una o dos veces por tarde, Cosimo, el gato esfinge de la tienda, interrumpía su siesta para mirarme parpadeando lentamente y luego se retorcía hasta encontrar una posición más cómoda para seguir durmiendo.
Mis días favoritos eran aquellos en los que también aparecía Roxanne, envuelta en una nube de vestidos cortos vintage y loción corporal de canela, para ocuparse de sus tasaciones de joyas.
—Es que, a ver —se excusaba sin remordimientos mientras convencía a su hija de que abriera la boca para que el avión en forma de brócoli pudiera aterrizar—, lo de McManaman es un trabajo fácil, pagan bien y no voy a dejarlo solo porque en un momento dado se me fuera la pinza y me liara un par de veces con Mortimer.
—Fueron más bien seis o siete.
—Chitón o te echo de casa. Más te vale saber cómo construir una cabaña de barro.
Había sido fan de Roxanne desde el día en que la conocí, cuando abrió la puerta para enseñarme su habitación de invitados y soltó:
—Joder. ¿Te decoloras el pelo?
—No. Es…
—¡El síndrome de María Antonieta!
Incliné la cabeza. Mi coleta plateada se balanceaba a mi espalda.
—¿Cómo lo has sabido?
—No tienes un color homogéneo, así que he supuesto que era natural, y tienes pinta de ser muy joven, por lo que… —Se acercó sonriendo—. ¿Qué fue?
—¿Cómo?
—¿Cuál fue el suceso traumático que te volvió el pelo gris de golpe?
Con el tiempo, nos haríamos íntimas y le contaría la verdad: que, cuando tenía cinco años, uno de los ex de mi madre, con gran habilidad para clonar tarjetas de crédito pero no tanta para vivir en la realidad, se convenció a sí mismo de que yo era su hija.
Me secuestró delante de las narices de mi padre y me llevó a otro estado.
Fue un viaje de doce horas que recuerdo sobre todo como un torbellino de pánico acompañado de ingentes cantidades de granizados.
Lo realmente traumático vino después de que lo localizaran: una persecución en coche que terminó con el vehículo volcado, yo colgando del cinturón de seguridad y mis M&M rodando por el techo.
Mi pelo no se volvió gris de la noche a la mañana, pero, a partir de ese día, empezó a crecer así.
Dejé de teñírmelo a mitad de secundaria.
—Un accidente de coche —respondí con naturalidad—. Tranqui, no hubo muertos.
—Genial. Mi hija de tres años se va a obsesionar contigo. Seguro que te va a pedir que le dejes tocar las bolitas que te sobresalen del puente de la nariz.
A Roxanne le costó un tiempo recuperarse tras su divorcio, pero hacia el final de mi primer año de doctorado ya volvía a ser una máquina hiperproductiva que se dedicaba a viajar por toda Nueva Inglaterra para ofrecer consultorías a la mayoría de las galerías y casas de subastas.
Durante el verano después de terminar mi segundo año, cuando ya se había estabilizado económicamente, dejé esa habitación de invitados y me mudé a un pequeño apartamento cerca del campus.
Ella y Rorie se despidieron de mí haciéndome adiós con la mano desde el porche.
—No te olvides de escribir. Aunque, si se te olvida, no pasa nada. Te llamaré cuando necesite una niñera.
Durante mi tercer año, seguíamos pasando mucho tiempo juntas, sobre todo poniéndonos ciegas mientras veíamos algún programa de antigüedades o quejándonos de la ineptitud de Mortimer para todo en general.
Una o dos veces al mes, incluso me permitía recriminarle lo que ella llamaba su «desliz más bochornoso».
—Debo decir que él ya parece haber olvidado vuestra, eh…, breve aventura romántica.
—Es más fácil para Mortimer que para mí, ya que no es él quien se rebajó saliendo consigo mismo.
—Hubo circunstancias atenuantes. No te culpes.
—De hecho, creo que si alguien tiene la culpa eres tú, ya que ocurrió bajo tu supervisión. De todas formas, el mercado está fatal. Ya lo dice la gente: los buenos están pillados. ¿Qué tal son los de veintitantos? ¿Está mejor la cosa? —me preguntó.
—No te sabría decir.
—Pero sales con tíos de esa edad, ¿no?
Sí, de vez en cuando, aunque sabía elegir bien: hombres astutos, manipuladores, con una autoestima demasiado alta para resultar fiables.
Salir con ellos era ir a lo seguro, porque tenía claro que no se quedarían mucho tiempo ni me atarían a ellos.
La mejor manera de evitar que te decepcionen es no tener expectativas que cumplir.
Los hombres así nunca me quitaban el sueño.
—Si conozco a alguien digno de ti y de Rorie, te lo presentaré. De hecho, ¿te he hablado alguna vez de mi amigo Mort…? ¡Ay!
Y así era mi vida: los tres primeros años de doctorado fueron monótonos y sin incidentes, McManaman era un lugar alegre y, contra todo pronóstico, los gélidos inviernos de Nueva Inglaterra no acabaron de doblegarme.
Entonces, un día, a finales del verano, apareció la hoja. Y a partir de ese momento nada volvió a ser igual.