capítulo 1 #3
Rockhaven era una prestigiosa institución con un largo historial de excelencia académica y, aunque quería odiar su elitismo pijo, no podía evitar sentirme cautivada por el ambiente cinematográfico del campus.
—El ochenta por ciento de los estudiantes de grado a los que darás clases como asistente del profesor son unos cabroncetes insufribles —señaló un doctorando de cursos superiores a mitad de mi primer semestre.
Nos sentamos en un banco con vistas al patio y me preguntó—: ¿Qué experiencia tienes con la gente rica?
Mi experiencia se limitaba a estafarlos, así que respondí:
—No demasiada.
—Bueno, míralos. —Eché un vistazo a nuestro alrededor.
Había hijos de antiguos alumnos que vivían a costa de sus familias dando sorbos de un café carísimo.
Llegaban veinte minutos tarde a clase y caminaban a paso ligero con sus abrigos Barbour.
Los observaba hasta que atravesaban las enormes puertas y desaparecían por los pasillos de mármol sin levantar nunca la vista del teléfono.
—¿Qué es lo que tengo que ver? —pregunté.
—Se creen los dueños del puto mundo.
Tenía razón: muchos estudiantes de Rockhaven tenían fondos fiduciarios y se comportaban como si los profesores hubiesen sido elegidos a dedo por papá para hacer de niñeros ocasionalmente estimulantes, pero cuya principal obligación era no entrometerse demasiado.
Les encantaba presumir de la casa de vacaciones que tenía su familia en San Bartolomé y era evidente que estaban pasando por una fase artística y rebelde que acabaría desembocando en una apresurada solicitud de convalidación para estudiar ADE, seguida de un trabajo garantizado en el sector financiero, a menudo de esos anodinos pero bien pagados.
Aunque no todo el mundo era así. Cada semestre me encontraba con una o dos personas que me recordaban a mí: combativas, evasivas y fuera de su hábitat natural.
Velaba por ellas porque me hacían sentir que mi presencia en ese campus no era del todo inútil.
Era como pagar un peaje: después de cumplir, podía permitirme recorrer las bibliotecas con estanterías de caoba en busca de rincones acogedores o sentarme junto a las chimeneas de los comedores que parecían sacados de una catedral.
Así que me las arreglé para sobrevivir durante los primeros semestres, oscilando entre idealizar y poner los ojos en blanco ante esta nueva vida académica: el campanario gótico era impresionante, pero me negaba a creer que el fantasma de un estudiante que nunca había terminado su tesis lo rondara durante los exámenes finales.
Los monumentos de piedra que había en cada rincón del campus eran un poco excesivos, y habría sido encantador ver desfilar las prendas de tweed si no hubiesen ido intercaladas con náuticos y chalecos.
En definitiva, cuando pienso en aquellos años, lo que recuerdo con más cariño son las mañanas brumosas, los sillones de cuero deslizándose sobre alfombras persas de color terracota, los adoquines resbaladizos tras una noche de lluvia y el aroma de las hojas otoñales y de la tinta para pluma en el despacho de mi tutora durante nuestras reuniones semanales.
Cuando me matriculé en el programa de Historia del Arte, había siete estudiantes más en mi promoción; dos años después, todos habían abandonado, bien porque habían aceptado trabajos en escuelas y museos, o bien porque se habían mudado con su familia a otro lado, o bien porque, simplemente, renunciaban a quedarse en el limbo del doctorado con el único fin de sacarse un título que, para cuando lo consiguieran, quizá valdría menos que el papel utilizado para imprimir el diploma.
Al empezar el tercer año ya solo quedaba yo. Incluso para una persona solitaria como yo, aquello suponía demasiada solitud, y por eso Antigüedades McManaman se convirtió en…, tampoco diría que mi hogar (eso aún estaba por llegar), pero sí en algo que se le parecía.
Mortimer siguió siendo una presencia constantemente molesta durante mi actividad en la tienda.
Era el prototipo de niño rico que acaba convirtiéndose en un perdedor, pero había que reconocer una cosa: cuando su padre quiso traspasar el negocio de antigüedades, fue él quien pidió hacerse cargo de la tienda, aduciendo su voluntad de mantener el legado familiar.
La reacción de su padre, parafraseada, fue: «¿Quién?
¿Tú?», seguida de una carcajada burlona, tras lo cual Mortimer juró demostrar su valía.
Me veía obligada a respetar ese ímpetu, pero no el pésimo ojo que tenía el hombre para las antigüedades. Lo dejaba pasar porque varias figuras extrañas y encantadoras gravitaban en torno a la familia McManaman, y ese logro merecía su reconocimiento.
Estaba Cyrus, un hombre calvo de mediana edad que autenticaba monedas, siempre olía a menta y hablaba de guerras que habían terminado hacía quinientos años como si él hubiera estado en primera línea de fuego; luego teníamos a Lucille, una experta en restauración algo brusca y sin pelos en la lengua que miraba con recelo a todo el mundo (aunque, entre tasaciones, te la encontrabas en la trastienda llorando con vídeos de perritos abandonados); también estaba Elias, un estudiante de la universidad local que habría encajado mejor en un rodeo que en una tienda de antigüedades, y que, sin embargo, aparecía todos los fines de semana para devorar libros de texto mientras atendía en caja.
Me pasaba a evaluar libros dos o tres veces por semana, cuando mi horario académico me lo permitía.
Siempre me esperaba una taza de té oolong; siempre humeante, siempre en la taza de cerámica que había elegido durante mi primera semana, la que estaba decorada con una hiedra y unas setas rojas con relieve.
Era Wanda, la dependienta, quien lo preparaba.
Llevaba más tiempo que nadie en McManaman, desde antes de que naciera Mortimer, y conocía cada esquina, cada telaraña y cada cenicero vendido o por vender.
Me recibía con una calidez y una ternura a las que no estaba acostumbrada.
Su amplia sonrisa le acentuaba los mofletes y era habitual que se preocupara por si mi chaqueta era demasiado fina o poco impermeable, aunque la pregunta más recurrente era: «Vero, ¿has comido ya hoy? ».
Grace había sido formidable y cariñosa a su manera, pero nunca tierna ni maternal.
Wanda me traía táperes de magdalenas para asegurarse de que no me saltara el desayuno, me frotaba la espalda cuando me dolía de estar encorvada sobre documentos antiguos, me enviaba mensajes para recordarme que dejara correr el agua del grifo durante los días más fríos del invierno.
En la primavera de mi primer año de doctorado, fue la única que se acordó de felicitarme por mi cumpleaños y me regaló una lupa grabada con mis iniciales.