Mortal & Inmortal capítulo 1 #2
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capítulo 1 #2

—Así me llaman. —Ya nos habían presentado antes, incluso habíamos intercambiado alguna que otra palabra mientras yo me calentaba la sopa en el microondas o cortaba los ingredientes de la ensalada, pero aquello no me vino por sorpresa.

Sabía cómo veían el mundo los hombres como Mortimer, y que rara vez se molestaban en reconocer la existencia de las mujeres con las que no les interesaba acostarse.

Teniendo en cuenta que yo era varios centímetros más alta que él, que tenía el pelo gris, los dientes torcidos y una predilección por los piercings, y que casi siempre vestía con ropa holgada varias tallas por encima de la mía, dudaba que fuera su tipo.

Hacía tiempo que había aceptado que algo en mí desconcertaba, asustaba o dejaba indiferentes a la mayoría de los hombres.

Y Mortimer no era una excepción.

—¿Cómo has podido adivinar cómo sería el patrón de costura desde la otra punta de la habitación?

Porque está muy mal falsificado, me callé.

—Tengo buena vista.

—Ah, ¿sí? ¿Es esto lo que estudias, libros raros?

—No exactamente. Me centro en manuscritos de la Baja Edad Media.

—¿Tu idea es convertirte en profesora?

—Pues…

—Mira, ese es el problema con la gente como tú.

—Me señaló con el dedo—. Habrás cursado media asignatura sobre un tema mínimamente relacionado con los libros antiguos y ya te crees que sabes más que el experto con el que mi familia lleva trabajando media década.

—Hizo una pausa, puede que esperando que me enfadara y empezara a discutir con él.

Al ver que no me molestaba en hacer caso a su berrinche, sonrió triunfante y murmuró—: Si es que…

¿Ves? Por eso me cae mal la gente que va a la universidad. Son unos sabelotodo.

Roxanne soltó un bufido, le recordó que ella también tenía una carrera y un máster (en Ciencia e Ingeniería de Materiales) y le dijo que estaba siendo un maleducado y otras cosas que no llegué a escuchar porque decidí hacer una bomba de humo.

Me comí aquel delicioso sándwich de queso fundido en el balcón envuelta en la brisa de principios de otoño y le di las migajas sobrantes a una intrépida pareja de cardenales apareados.

Después me olvidé de aquel incidente… hasta dos días más tarde, cuando, al salir de mi seminario de Pedagogía, vi a Mortimer frente al edificio, balanceándose sobre los talones bajo el sol de media mañana.

Estaba escudriñando los rostros de los estudiantes en busca de alguien.

Al darme cuenta de que fijaba la vista en mí, ni siquiera me sorprendí.

—Conque era falso, ¿eh?

Asintió con el semblante más pálido de lo habitual.

A pesar de que me consideraba una persona medianamente rencorosa, aquello no me produjo ningún placer.

—Lo siento —dije con sinceridad—. Deberías buscarte un mejor asesor. —Intenté pasar por su lado, pero me bloqueó.

—Sí, debería. —Me miró a los ojos con tanta falta de sutileza que me resultó patético.

No entendía por qué Roxanne se había rebajado a salir con él.

Tal vez fuera por el síndrome de Estocolmo.

O a lo mejor poseía información comprometedora sobre ella.

Debía de haber una explicación, porque el pobre tenía menos labia aún de lo que sospechaba.

—Por desgracia, estoy muy ocupada con ese doctorado que tanto respetas.

—Podrías tomártelo como unas prácticas para…

—No necesito hacer prácticas. —Lo esquivé y empecé a bajar las escaleras—. Que tengas un buen…

—Puedo pagarte.

Vaya, había pronunciado las palabras mágicas capaces de detener en seco a cualquier doctorando.

Todos, del primero al último, íbamos cortos de pasta.

Incluso los que no provenían de una familia pobre estaban interesados en ganar más.

A pesar de los clubs de remo para pijos, sus piedras grabadas con lemas en latín y su dotación de treinta y cinco mil millones de dólares, la Universidad de Rockhaven no podía permitirse pagarnos salarios dignos.

Igual alguien debería revisar las cuentas.

—¿Lo dices en serio? —Me volví hacia él.

—Sí.

—¿Cuánto?

—Pago bien. Muy bien.

Puede que la relación sentimental entre Mortimer y Roxanne no durara ni hasta los parciales, pero, para él y para mí, aquello fue el catalizador de una larga y fructífera colaboración.

Los tres primeros años de doctorado fueron monótonos y sin incidentes, lo cual fue un verdadero alivio para alguien que se había pasado dos décadas y pico como un imán de dramas y desgracias.

En mi defensa diré que algunas cosas no se podían evitar.

No era culpa mía que mis padres fueran delincuentes de poca monta metidos en un círculo vicioso que consistía en juntarse, estafar a la gente y luego estafarse el uno al otro.

Aun así, supongo que debió de marcarme de algún modo el hecho de haber sido criada por dos personas cuya idea del amor y el respeto se limitaba a conseguir que el otro pagara la fianza y luego desaparecer.

Ahora me pregunto, después de todo lo que ha pasado, si la forma en que me criaron facilitó que aceptara lo que me ocurrió cuando llegué a Vermont.

Si mi historia podría haber sido o no la de cualquier otra persona.

Recibí una educación desastrosa y llena de mensajes contradictorios que me enseñó a ser astuta, ingeniosa y a tolerar la naturaleza cambiante de los principios éticos.

Para cuando entré en la pubertad, ya estaba familiarizada con cierto tipo de timos de poca relevancia: falsificar boletos en una rifa, vender aparatos electrónicos robados, el clásico de intercambiar etiquetas con los precios…

Me sorprende que no me pillaran hasta los quince.

Aunque después de eso pasé a portarme generalmente bien y pese a no tener casi contacto con ninguno de mis progenitores, nunca llegué a deshacerme del todo de mis tendencias delictivas.

—Y este es el motivo. —Grace, que hojeaba todas las revistas gratuitas que aparecían en su puerta y que no habría sabido distinguir una noticia real de un enlace patrocinado ni aunque su vida dependiera de ello, levantó la vista desde debajo de su lámpara de escritorio verde y señaló el artículo que estaba leyendo—.

¿Sabías que las personas con una amígdala hipoactiva son más imprudentes?

¿Y que la función de la amígdala es hereditaria?

—Pues no, no tenía ni idea.

—Apuesto a que eso es lo que te ocurre a ti.

—O quizá es que soy demasiado pobre para preocuparme por cuestiones morales.

—No, es tu cerebro. Te predispone a cometer delitos no violentos.

—Hablas como una auténtica neurocientífica —dije—. A todo esto, ¿podrías explicarme qué es una amígdala, por favor?

Se sacó una mano de debajo del delantal manchado de pintura para hacerme un corte de mangas y yo tuve que contener la risa.

Siempre había sido una invitada bienvenida en casa de Grace; una invitada que saqueaba la despensa y se quedaba más tiempo del debido, pero una invitada al fin y al cabo.

Fue durante el segundo año de carrera que dejé la habitación que tenía en la residencia de estudiantes y empecé a dormir en su casa, a pesar de tener que hacerme luego todo el trayecto hasta la Universidad de Tennessee.

—Y eso que nadie te ha dado permiso —me recordaba a diario—. Valoro mucho mi intimidad. Si quisiera tener niños correteando por aquí, ¡los habría parido yo misma!

—Bueno, es que alquilar una habitación en el campus es carísimo, así que te agradezco que me permitas ahorrarme un dinerito —le respondía yo, imperturbable.

Las dos sabíamos que a ella le costaba cada vez más moverse.

A menudo se olvidaba de comer, solo tomaba la medicación día sí, día no y ¿dónde había metido ese libro sobre impresión tipográfica que estaba leyendo?

No, claro que no lo había tirado hacía años, ¿qué insinuaba, que se le iba la olla?

Los jóvenes de hoy en día eran terribles.

Grace quizá no era una persona fácil, ni siquiera la podía considerar cordial, pero le había abierto su casa (literalmente) y sus rígidos y esqueléticos brazos (metafóricamente) a una niña desamparada y rebelde, y a mí no me importaba cuidar de ella.

En octubre de mi último año de carrera, tras una velada sorprendentemente lúcida en la que debatimos sobre qué tipo de cola de origen animal habría utilizado un artesano para pegar un cartón en la Francia del siglo xix , falleció plácidamente mientras dormía.

La sensación que tuve no fue la de haberme quitado un peso de encima, sino más bien de vacío. Una profunda desorientación.

Tenía veintiún años. Me quedaban un puñado de créditos para graduarme.

En general, iba por el buen camino. Y, sin contar a los tres o cuatro amigos circunstanciales y a los chicos que jugaban a HALO y tomaban microdosis que de vez en cuando traía a casa, estaba sola.

Rebusqué en mi interior, pero lo único que encontré fue una falta de rumbo y poca motivación para planificar un futuro que, a juzgar por cómo había sido mi pasado, acabaría siendo frustrado y se desarrollaría como le diera la gana.

No obstante, por ahí, en algún rincón, también detecté en mí un interés genuino por la historia del arte.

Así que solicité plaza en la Rockhaven.

Y me admitieron.

Luego tuve dudas sobre si ir o no.

No estaba hecha para estudiar un doctorado y, por muchos folletos e iniciativas de inclusión que existieran para los estudiantes de primer año, nada iba a convencerme de lo contrario.

Pero el talento para engañar corre por tus venas, me dije.

Si alguien era capaz de combatir el síndrome del impostor, era una impostora nata.

Así que me mudé a Vermont y aprendí a lidiar con las puestas de sol a las cuatro de la tarde y los inviernos brutales que daban paso a una interminable temporada de barro y más barro; con viviendas inasequibles y una cantidad absurda de rotondas.

«Debe de ser algún tipo de novatada para quienes se trasladan a Nueva Inglaterra, ¿no crees? », reflexioné un día con Roxanne.