Mortal & Inmortal
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capítulo 1
P or mucho que me guste y me absorba mi propia historia, debo admitir que no dista demasiado de casi todas las demás.
Las historias son historias, con sus comienzos, sus desarrollos intrincados y sus finales limpios y bonitos.
He contado tantas que debería resultarme natural coger una pluma, unas cuantas hojas de papel hecho a mano y añadir la mía a la colección.
Sin embargo, aquí estoy, dudando porque no consigo decidir por dónde empezar.
Una amiga me sugirió que comenzara por el verano anterior al último año de mi doctorado en la Universidad de Rockhaven, unos meses antes de mi muerte.
Para entonces ya llevaba bastante tiempo metida en problemas y mi destino estaba sellado, aunque yo aún no fuera consciente de ello.
Pero no estoy convencida. Me parece una elección demasiado atrevida empezar in medias res, sobre todo porque las primeras líneas de esta historia las escribí cuando aún era jovencita, llevaba el pelo de colorines y era adicta a los chicles.
Por aquel entonces, mi principal pasatiempo consistía en observar a mi vecina Grace, una mujer mayor, mojar los pinceles Kolinsky en cajas de acuarelas vintage.
—Tienes suerte de que tu padre, ese impresentable que se dedicaba a robar tarjetas de crédito, saliera de la cárcel justo antes de que volvieran a meter a tu madre, otra impresentable que se dedicaba a inventarse obras benéficas —me repetía a menudo con su voz ronca de fumadora, sin levantar nunca la vista de la obra que estaba pintando—.
De lo contrario, ahora mismo estarías en algún hogar de acogida en Tullahoma, solo tú y una caja de ceras Crayola.
Ven aquí, niña. Te voy a explicar por qué esta capa que acabo de dar ha quedado tan desastrosa.
Nunca fui dada a hacerme ilusiones. Me negaba entonces, igual que lo hago ahora, a afirmar que la insistencia de Grace por enseñarme los entresijos del craquelado o cómo limpiar correctamente el moho de las encuadernaciones de cuero fuera su peculiar forma de expresar cariño.
Aun así, si quiero contar mi historia, debo reconocerle el mérito de haber sido la primera en encaminarme a ser el tipo de persona que aprecia cierta clase de belleza.
También tengo que reconocérselo al juez que dejó claro que iba a vigilarme de cerca a menos que cambiara mi conducta, mejorara las notas y enviara solicitudes de acceso a las universidades de inmediato.
Menciones honoríficas: la clase de Química Aplicada a la Conservación de Materiales en la que me matriculé en segundo porque era la única optativa que no empezaba a las ocho de la mañana; el tutor que me dijo que, si «esto del arte medieval» era realmente lo mío, quizá podía hablar con un amigo suyo que trabajaba en una universidad del norte con cierto renombre; la forma en que el tiempo y el espacio parecían desaparecer cada vez que mi mundo se reducía a algo consumible a través de mis ojos y mis manos; esa carta que Grace me dejó para que la leyera cuando se fuese, tan escueta como su corazón: «No tengo mucho, pero debería bastar para pagar un camión de mudanzas.
Ahora lárgate de este agujero cagando leches».
Y así es como empezó mi historia. Hubo muchas primeras veces que se fusionaron en una tormenta perfecta unas semanas después de comenzar el primer año de doctorado, cuando Mortimer «No Me Llames Morty» McManaman sacó sus mejores cartas y convenció a Roxanne, mi casera, para que saliera con él.
Mortimer era un niño rico de pelo lacio al que le encantaba presentarse como «experto en bellas artes», tenía polos de todos los colores y fracasaba repetidamente en su intento de dejarse crecer un bigote que le diera autoridad.
A pesar de sus esfuerzos, no solía caer bien a la gente.
A veces me daba pena, y quizá a Roxanne también.
O a lo mejor solo la conquistó aprovechando que ella acababa de tocar fondo.
Al fin y al cabo, se había separado hacía poco.
Pese a su reputación como una de las mejores expertas en piedras preciosas de Nueva Inglaterra, su capacidad para aceptar encargos se había visto mermada al tener que asumir la mayor parte del cuidado de Rorie, su hija.
El proceso de divorcio había supuesto un bache económico para ella, y las personas desesperadas tienden a tomar decisiones desesperadas.
Salir con un tío cuestionable estaba más o menos al mismo nivel que alquilarle la habitación de invitados a una estudiante de doctorado que había subido un anuncio a Craigslist buscando alojamiento.
Puede que Mortimer fuera menos peligroso que el ex de Roxanne, un infiel mentiroso, pero, de todas formas, lo suyo no tenía futuro, y menos después de que él empezara a llamarla «gatita» a mitad de su primera cita y nunca se diera cuenta de que debía parar.
Ella lo sabía. Yo también. Y, a juzgar por la cantidad de regalos cada vez más desesperados que abarrotaban nuestra casa, Mortimer también.
No obstante, se aferraba con uñas y dientes a la idea de que ella era la elegida.
Venía una vez a la semana, o siempre que Rorie pasaba la noche con el ex de Roxanne.
Se arreglaba el pelo frente al espejo de la entrada y luego depositaba sus ofrendas en el altar del cuerpo esculpido de Roxanne: café importado, vino que no venía en tetrabrik, bandejas de bombones con un precio astronómico por unidad…
Y, una fatídica noche, una primera edición británica de Drácula, de Bram Stoker.
Para ser justos, aquello no fue un regalo, sino que más bien se lo trajo para enseñárselo.
—Nos ha llegado hoy —dijo sacando el libro de un maletín de cuero y dejándolo sobre la mesa.
La familia McManaman provenía de Boston, pero eran propietarios de una tienda de antigüedades de mediocre reputación aquí en Vermont, y Mortimer recientemente había decidido tomarse un descanso de su trabajo principal (recomendarle cervecerías y campos de golf a la gente sin que se lo pidiera) para hacerse cargo del negocio—. Es impresionante, ¿verdad?
Roxanne ahogó un grito.
—Dios mío. —Extendió la mano, quizá para acariciar las letras doradas y rojas de la cubierta, aunque la retiró después de pensárselo mejor—. Es increíble. Fíjate en cómo está cosida la encuadernación.
—Lo sé. —Mortimer sonrió con aire de suficiencia—. Hace más de un siglo, en algún momento de 1897, un tío debía de estar sentado frente a su chimenea, fumándose una pipa y leyendo este libro. Y ahora lo tienes en tu cocina. ¿Te lo puedes creer?
—No —solté yo, lo cual hizo que Roxanne y Mortimer me miraran desde el otro lado de la mesa con sorpresa e irritación, respectivamente.
—¿Cómo que no? —preguntó ella.
Eché un vistazo a la sandwichera que había birlado en mi último trabajo como charcutera en Costco, arrepintiéndome de haber hablado.
—Pienso que podría ser una falsificación —dije en un tono lo más neutro posible. Era mentira. No «pensaba» que podía serlo; lo sabía a ciencia cierta. Sin embargo, pese a las repetidas acusaciones por parte de mis padres, no me gustaba decepcionar a la gente.
—Bueno, claro, por pensar puedes pensar que la Tierra es plana y que las nubes están hechas de algodón. —El tono de Mortimer era igual que siempre: artificialmente afable, aunque hablaba con los ojos entrecerrados—. Pero eso no lo convierte en verdad.
—Ya, tienes razón.
Fantaseé con vivir en un mundo en el que pudiera escabullirme al balcón para comerme mi sándwich de queso fundido en paz y olvidarme por completo de esa conversación.
Pero ¿no habría sido aquello un acto imprudente y egoísta?
Si no decía nada, Mortimer iba a intentar vender el libro por cien mil dólares.
O su reputación o sus antecedentes penales iban a salir perjudicados.
A veces hay que ser cruel para hacer el bien y bla, bla, bla.
—Eso no lo convierte en verdad —repetí—.
Sin embargo… ¿Puedo? —Crucé la habitación para coger el tomo y lo abrí, ignorando la expresión cada vez más sombría de Mortimer—.
¿Ves aquí, cómo están pegadas las guardas?
Puede que me equivoque —por supuesto que no—, pero me parece que es una técnica de encolado más reciente que las utilizadas a finales del siglo xix.
La uniformidad de los patrones de costura, el papel…
Esta pulpa no es victoriana, por no mencionar lo inusualmente nítidas que son algunas de las letras y…
En fin. —Volví a dejar el libro en el maletín, sintiendo un poco de pena por Mortimer—.
Todo lo que acabo de enumerar sí que lo convierte en verdad.
—Perdona, ¿qué…? ¿Cómo coño vas a saber tú cómo era la pulpa victoriana? —Soltó una risa nerviosa.
—Vero está haciendo un doctorado en Historia del Arte —le dijo Roxanne, claramente molesta por su tono—. Y su abuela se dedicaba a restaurar obras. No me habías contado que también restauraba libros, Vero.
Grace habría preferido beberse el agua de limpiar los pinceles antes que ser llamada «abuela», pero a mí no se me daba bien hablar de mi pasado con otras personas y no sabía qué otro título ponerle para explicar el papel que había desempeñado en mi vida.
Hacer un doctorado había supuesto un nuevo giro en el sinuoso camino de mi vida —empezar de cero, hacer amigos, crear una comunidad, ese tipo de cosas— y estaba dispuesta a darlo todo; no obstante, me parecía prudente abreviar un poco en según qué temas.
—En realidad, la mayor parte de las restauraciones que hacía eran de libros. Tenía mucha demanda.
Fue entonces cuando los ojos de Mortimer se posaron en mí de verdad.
Era como si de repente acabara de materializarme en medio de la habitación y me mirara por primera vez.
Empezó por la raya del pelo, recorrió mi esbelta figura y se detuvo en mis pies descalzos.
Él y Roxanne me sacaban menos de diez años, pero me miró como si fuera una mendiga pidiendo un plato de gachas.
—Vero, ¿verdad? —preguntó, hosco.