Capítulo 22
Cuando Bernard las dejó, Rachel y Sarah se dirigieron al Jazz Bar. Casi en cuanto se sentaron en un reservado, un visitante inoportuno se sentó frente a ellas.
—¿Dónde os habéis metido? Llevo horas esperando —preguntó Robert. Rachel lo miró horrorizada ante el descaro de aquel hombre. Sarah la miró, preguntándose si habría acordado una reunión sin decírselo.
—¡Hay que tener cara! Te dije que no tenía ninguna intención de reunirme contigo.
—Y yo te dije que te encontraría.
Rachel suspiró profundamente y decidió que la conversación iba a ser una repetición de su anterior batalla a menos que le quitara hierro al asunto. Robert nunca daría su brazo a torcer. Los hombres y sus niveles de testosterona... normal que hubiera tanta violencia en el mundo.
—¿Qué quieres, Robert?
Se inclinó hacia delante, relajándose un poco ahora que se sentía vencedor. Miró a Sarah, como sopesando si pedirle que se marchara, pero Rachel atajó eso de raíz.
—Todo lo que tengas que decir lo dirás delante de Sarah. Esa es la condición para que te escuche: o lo tomas o lo dejas.
Abrió la boca como para rebatir, pero era obvio que decidió no insistir.
—Creo que estoy en un lío.
—¿Por qué? —preguntó Rachel.
Sarah se había puesto tensa desde el momento en que Robert llegó, pero ahora escuchaba, ambas mujeres esperando a que Robert continuara.
Robert se miró las manos, sopesando claramente cuánto contar.
—Estoy trabajando en un caso y parece que se ha torcido.
—¿Tú o un equipo estáis trabajando en un caso? —insistió Rachel.
—Tengo un equipo. Todos los chicos y chicas que has visto conmigo son policías de incógnito que trabajan conmigo en esto.
Se trata de un importante caso de blanqueo de capitales internacional y contrabando de antigüedades robadas.
Hemos estado trabajando con la guardia de fronteras, intentando averiguar hasta dónde llega y quién está al mando.
Hace unas semanas nos dieron un soplo de que una pareja que hacía este crucero iba a reunirse con el jefe de operaciones, pero no teníamos ni idea de si este jefe sería otro pasajero o alguien en uno de los puertos.
No creemos que sea un miembro de la tripulación.
—Así que habéis estado vigilando a la pareja para ver con quién hablan —intervino Rachel—. Pero hoy te has despistado, ¿verdad?
Robert se removió incómodo en su asiento. —Tenemos que tener cuidado de que no nos vean vigilándolos, así que nos turnamos, y no era mi turno. —Sacó la mandíbula, con una expresión que pasó de la vergüenza a la defensa.
—Decidiste quedar con Sunita mientras su marido estaba de guardia. —Fue una afirmación más que una pregunta y a Rachel le costó ocultar su repugnancia.
—Vale, señorita Remilgada, sí, lo hice, pero cuando llegué al lugar de encuentro, ella estaba allí tirada.
Sarah ahogó un grito. —¿La dejaste allí para que muriera?
—No me di cuenta de que estaba viva... entré en pánico. Jamás la habría dejado allí si hubiera pensado que podía salvarla, tenéis que creerme.
—¿Por qué íbamos a creerte? E incluso si pensabas que estaba muerta, deberías haber hecho lo correcto y pedir ayuda.
Su marido tenía derecho a saberlo. —La voz de Sarah había subido varios decibelios.
A Rachel le preocupaba que Robert se cerrara en banda o se pusiera agresivo, pero él se cubrió la cara con las manos.
—Mira, tienes razón, eso es lo que debería haber hecho, y ahora que sé que estaba viva todo el tiempo, ojalá pudiera volver atrás.
Lo que no sabéis es que encontré algunas de mis cosas personales tiradas por allí.
Incluso tenía una cadena rota en la mano.
—Hizo una pausa, con la voz quebrada—. Era mía.
Alguien la golpeó en la cabeza e intentó incriminarme por el asesinato.
Sospecho que quienquiera que lo hiciera también pensó que estaba muerta.
—Si no fuiste tú —y créeme, Robert, no estoy del todo convencida de que no fueras—, ¿entonces quién crees que fue?
—Solo puede haber sido Jack. Quizá lo descubrió, aunque fuimos muy cuidadosos.
Rachel recordó lo poco discretos que habían sido en la parada del autobús, pero no dijo nada.
—¿O la pareja que hemos estado siguiendo? —continuó Robert.
—¿Por qué iban a intentar matar a Sunita?
—No lo sé, le he estado dando mil vueltas intentando encontrar un porqué. Quizá se topó con ellos mientras se reunían con el cabecilla y no tuvieron más remedio.
—Excepto que eso indicaría un ataque improvisado. No habrían podido intentar incriminarte... a menos que...
—¿A menos que qué? —preguntó Sarah.
—A menos que el cazador se haya convertido en la presa —dijo Rachel.
La cara de Robert le indicó que no se lo tragaba, pero ella perseveró—.
Piénsalo, Robert. ¿Y si lo descubrieron, o incluso recibieron ellos mismos un soplo de que los estaban vigilando?
Si el cabecilla está en el barco, podría haber estado observándote a ti mientras los vigilabas a ellos, y créeme, no fuiste ni de lejos tan cuidadoso como crees con respecto a Sunita.
Yo me di cuenta bastante pronto. Lo confirmé con vuestro comportamiento infantil y vuestras notas secretas cuando el autobús paró esta mañana.
El rostro de Robert se volvió ceniciento. —No te creo.
—Dice la verdad —confirmó Sarah—. Yo no me había dado cuenta, pero Rachel os señaló y no había que ser un genio para averiguar lo que os traíais entre manos.
—Sigo sin creer que nos hayan descubierto, tiene que ser Jack.
—¿Cómo de bien lo conoces? ¿Es capaz de intentar matar a su mujer? —preguntó Rachel.
—No lo creo, pero no hay otra explicación.
—No creo que él sospechara. —Rachel bebió un sorbo del Martini con limonada que había llegado mientras hablaban.
—¿Así que ahora eres una experta en investigación criminal? Mira, Rachel, yo llevo unos cuantos años en este trabajo, y ya era sargento cuando tú todavía estabas en prácticas, no lo olvides.
Sarah abrió la boca, a punto de soltar una perorata, pero Rachel la detuvo. Aún no estaba absolutamente segura de que Robert dijera la verdad y no quería espantarlo. Si él pensaba que ella era buena resolviendo asesinatos, podría salir por piernas.
—Sígueme la corriente. ¿Y si la banda te ha descubierto? Tendría todo el sentido del mundo incriminarte a ti, el jefe —quitar de en medio a la cabeza pensante y todo eso—, y quizá no tengan reparos en matar a alguien en el proceso.
—Si fueron los sospechosos, sigo pensando que fue una cosa del momento. Sunita podría haber descubierto algo por accidente.
—Así que la atacaron y casualmente encontraron objetos tuyos y los esparcieron por ahí. —El desdén de Sarah por Robert se había convertido en sorna—. Venga ya, inspector, explique eso —lo desafió.
Robert se quedó pensativo. —Tengo que pensar en esto... si tenéis razón, será mejor que no me vean con vosotras por si alguien cree que formáis parte de la investigación. —Se levantó bruscamente antes de volverse—. Pero mi dinero sigue apostando por Jack.
—Imbécil arrogante —murmuró Sarah mientras Robert se alejaba.
Rachel no respondió; estaba sumida en sus pensamientos. Las cosas se habían complicado aún más y se enfrentaba a un dilema. Waverley ya le había advertido, pero ahora tenía dos casos tentadores que la atormentaban.
Levantó la vista y vio a Glenis y compañía sentados en una mesa en el centro del bar. Glenis y Prudence la saludaron con la mano, así que Rachel les sonrió y levantó su copa a modo de saludo. Emma la fulminó con la mirada y Patty parecía tan confundida como siempre.
Sarah giró la cabeza para seguir la mirada de Rachel.
—Ah, el viaje de «cosas que hacer antes de morir». Rachel, sé que los acertijos te parecen fascinantes, pero espero de verdad que vayas a hacer caso del consejo de Waverley.
—¿Desde cuándo me niego a seguir un consejo? —Rachel sonrió con suficiencia y Sarah frunció el ceño.
—Este otro caso parece peligroso, por favor, mantente al margen. ¿Te crees al capullo ese?
Rachel se rio ante la referencia a Robert, pero luego se puso seria.
—Creo que sí. Robert podrá ser un mujeriego, pero no lo veo como un asesino, y además, se le veía feliz con Sunita, se comportaban como un par de adolescentes.
No tendría motivos para atacarla. Probablemente tenga razón.
Es mucho más probable que haya sido alguien que ella conocía que esta banda a la que están siguiendo.
El robo de antigüedades y el asesinato están a años luz.
—Excepto que habría grandes sumas de dinero de por medio, y sabes tan bien como yo que el dinero a menudo juega un papel en los asesinatos.
—Al igual que los celos —dijo Rachel.
—¿Crees que deberías decírselo a Waverley?
—¿Por qué yo? ¿Por qué no se lo dices tú? De todas formas, no puedo, porque si es una operación encubierta, la seguridad del crucero estará al tanto o deliberadamente al margen, y habrá razones de peso para ambas cosas.
—Eso me suena a excusa barata. —Sarah sonrió—. Por mi parte, estoy encantada de que el rudo de Waverley haya vuelto. Es infinitamente preferible a Brian Heel.
—Brindo por ello. —Rachel levantó su copa y ambas mujeres dieron un buen trago a sus bebidas—. Una cosa más, me alegro de que Jason y tú hayáis hecho las paces.
—Mmm.
—¿Qué significa eso?
—Dudó de mí, Rachel. Escuchó a Heel y ni siquiera me dijo lo que le había contado; simplemente me ignoró y me apartó. Eso no ayuda mucho a la confianza de una. Pensé que estábamos avanzando, pero ahora no estoy tan segura.
Rachel entendía a Sarah y en muchos sentidos tenía razón, pero también reconocía que Jason tenía problemas de confianza que se remontaban a años atrás.
Problemas que ella misma había tenido tras la traición de Robert.
A veces se preguntaba si alguna vez confiaría en Carlo como una vez confió en Robert.
—Quizá necesite un poco más de tiempo —le respondió a Sarah con nostalgia.
Sarah le apretó la mano mientras Glenis se acercaba para unirse a ellas, acompañada por Prudence, Charles, Deep y Patty.
—Venga, desembuchad. ¿Quién era ese pedazo de hombre con el que estabais hablando? —preguntó Prudence.
Rachel le dio una patada a Sarah por debajo de la mesa antes de que pudiera decir nada. —Alguien que conocimos hace un par de días y luego otra vez en la excursión de hoy. Creo que va con un grupo de amigos.
Sarah tomó el relevo. —Estaba preguntando por la mujer que tuvo el accidente hoy.
—Sí, qué cosa tan terrible, se cayó en las rocas según el guía y tuvieron que llevarla al hospital —dijo Charles—. Es peligroso salirse de los senderos recomendados.
Rachel se animó. ¿Había sido una advertencia en su tono o se lo había imaginado?
—No hay dos sin tres, me pregunto quién será el siguiente —dijo Patty, mirando al vacío.
—No digas tonterías, Patty —dijo Glenis—. La gente tiene accidentes, son cosas que pasan.
—Pues yo empiezo a preguntarme cuántos de nosotros saldremos vivos de este barco. Cuando me apunté a un viaje de «cosas que hacer antes de morir», no lo decía literalmente —comentó Prudence sombríamente.
—No seas tan melodramática —dijo Charles—. De todas formas, a vosotras no os pasará nada, señoras; yo soy vuestro protector, recordad. —Le guiñó un ojo a Prudence, que se sonrojó.
—¿Qué hacéis mañana vosotras dos? —preguntó Glenis.
—Yo trabajo, me temo —respondió Sarah.
Deep miró fijamente a Rachel, esperando una respuesta.
—No lo he decidido.
—Por favor, únete a nosotros. Vamos a hacer una excursión privada por el valle de Yarra —suplicó Glenis.
Rachel pareció dudar.
—Sí, anímate, Rachel. Sería estupendo que vinieras, ¿verdad, pandilla? —dijo Charles.
A Rachel se le atragantó la bebida al pensar en este grupo de amables pensionistas formando una pandilla. —En ese caso, sí. Será un honor.
—Quizá puedas enseñarnos algo de defensa personal por el camino.
Deep arqueó las cejas con aire interrogante.
—Rachel es la profesora de defensa personal... cinturón negro de kárate, ya sabes, así que ten cuidado —bromeó Prudence.
—Ah, ten por seguro que lo tendré —replicó Deep.
Charles sonrió con afecto a Prudence. —Yo también tengo unos cuantos movimientos, que lo sepas.
—Creo que voy a vomitar —interrumpió Emma, uniéndose al grupo a tiempo para oír la última parte de la conversación—. Vamos, Patty. Hora de irse.
La mujer, aturdida, se levantó obedientemente y siguió al palo de escoba.
—¿De dónde ha salido? —preguntó Glenis.
—Creo que había ido al baño de señoras —respondió Prudence.
—Bueno, disculpadme, pero no puedo seguir el ritmo de vuestra pandilla —dijo Rachel—. Os veo por la mañana.
Sarah se levantó también. —Buenas noches, que disfrutéis del día de excursión mañana.
—Buenas noches —respondió el grupo al unísono antes de volver a sus conversaciones.
—Eso debería mantenerte alejada de los líos —dijo Sarah.
—Me preguntaba por qué parecías tan contenta cuando me han invitado.
—¿Por qué no querías que se supiera que conocías a Robert?
—No estoy segura, la verdad. En parte porque no quería explicar lo de un ex, o me acribillarían a preguntas, y en parte porque sigue habiendo un asesinato dentro del grupo del viaje. Deep ya sabe quién es Robert, porque me rescató el primer día, pero respetará mi privacidad.
—No te culpo, habrían querido saber todos los detalles escabrosos, estoy segura. No sospechas que ninguno de ellos esté implicado en el asesinato de la Sra. F., ¿verdad?
—Basándome en experiencias anteriores, no se puede descartar a nadie de una investigación de asesinato hasta que se descubran todos los hechos. Creo que las pistas están en las notas de Florence Flanders en alguna parte, pero tengo que devolvérselo todo a Jason esta noche.
—Solo recuerda que esta es una investigación de asesinato que no vas a llevar tú, Rachel Prince.
Las mujeres se rieron y se cogieron del brazo mientras se dirigían a los ascensores antes de separarse para ir a sus respectivos camarotes.