Morirse por un crucero (Misterios de Rachel Prince 4) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

El cuarteto decidió ir a tomar algo al atrio principal para variar y escuchar a un trío de folk al mismo tiempo.

Encontraron una mesa junto a una de las ventanas interiores, lo suficientemente cerca para oír a la banda cantar, pero lo bastante lejos para tener una conversación tranquila sin ser oídos.

Las enfermeras todavía llevaban sus uniformes blancos y no les gustaba llamar la atención; otra razón para buscar una mesa en la periferia.

Rachel miró el oscuro cielo nocturno; el sol hacía tiempo que había desaparecido.

Lo había visto desde su habitación antes, mientras el gran orbe naranja se hundía bajo el borde del horizonte.

Mientras las enfermeras hablaban de su día y compartían anécdotas divertidas, ella solo escuchaba a medias.

Sarah estaba describiendo las cosas buenas que habían visto en Burnie mientras Bernard contaba chistes sobre su encuentro con una anciana que se había caído de un taburete del bar después de beber demasiado brandy.

Ella le había dicho a Bernard que la última vez que había bebido tanto fue en el funeral de su marido.

Bernard dijo que le había preguntado si era por el duelo o por una despedida final, y ella había respondido que era un brindis de celebración por haberse librado de ese viejo diablo miserable.

Rachel oyó esta última parte de la conversación y se unió a las risas.

—Bernard, estoy segura de que te inventas estas historias —se rio Sarah.

Bernard se enderezó e hizo un puchero. —Claro que no. La gente se confía a mí. De todos modos, me alegró el día. Acabábamos de recibir la noticia de esa pobre joven que encontrasteis.

—Ya no quiero hacer este trabajo. —Brigitte rompió el buen humor.

Sarah la miró boquiabierta, verdaderamente asombrada. —¿Por qué dices eso? Te encanta este trabajo.

—Por no hablar de mí —dijo Bernard, tratando claramente de sacar a su amiga y colega de su mal humor, pero todo lo que consiguió fue una mala cara.

—Tengo morriña, quiero volver a mi hermoso país y tener una relación normal con un francés romántico.

Rachel reflexionó sobre el dolor que había sentido después de irse de casa por primera vez, pero Brigitte llevaba ya unos años trabajando para Queen Cruises.

Supuso que se trataba más del deseo de una relación que de la morriña.

Brigitte, le había contado Sarah, siempre se había mantenido distante con los miembros del sexo opuesto a bordo del Coral Queen , temiendo los cotilleos del barco que se extendían como la pólvora cuando surgía una nueva relación.

Sarah fue al grano. —Esto es por Novak, ¿verdad?

Brigitte levantó la cabeza y sus ojos se movieron descontroladamente. —¿Cómo lo sabías?

—¿Saber qué? —preguntó Bernard, claramente confundido por las repentinas miradas de complicidad que se cruzaban sus dos amigas. Rachel sonrió al observar las diferentes reacciones.

—No hay que ser un genio para darse cuenta —continuó Sarah, ignorando a Bernard.

—¿Saber qué? —insistió él.

—¡Hombres! —Brigitte fulminó a Bernard con la mirada—. No sabéis nada, solo os importa el fútbol.

La mordaz respuesta de Brigitte provocó la risa de los demás.

—¿De qué os reís? No tiene gracia.

Sarah rodeó a su amiga con el brazo. —La Brigitte que conocemos y queremos ha vuelto.

—Si tanto queréis saberlo, me ha pedido salir siete veces y media.

Bernard escupió la bebida sobre la mesa. —¿Siete veces y media ?

—La media fue hoy. Apenas había logrado decir: «Por favor, sal conmigo», cuando llegó Graham y se escabulló… ¡cobarde!

—Ah, me viene a la mente lo de la sartén y el cazo. Vamos, Brigitte, admítelo: tienes miedo —dijo Sarah con delicadeza.

La comprensión cruzó el rostro de Bernard. —¿Tiene miedo de que no funcione, es eso? Si quieres mi opinión, ya es hora de que corras algunos riesgos. Si es el Novak del casino en el que estoy pensando, es un buen hombre y no le he visto pedir salir a nadie antes. Quizás ambos tenéis miedo.

—Nadie ha pedido tu opinión, Bernard, consejero de relaciones… ¡y menos mal! —Brigitte lo fulminó con la mirada, pero esbozó una sonrisa cuando él se recostó en su silla, triunfante e imperturbable.

—Bernard tiene razón —dijo Sarah—. Se nota que te gusta y a él se le cae la baba por ti… ¿qué tienes que perder?

—Mi reputación. —Brigitte bajó la mirada a su regazo.

Sarah evitó que Bernard hiciera su siguiente chascarrillo dándole una patada por debajo de la mesa.

—¡Ay! ¿A qué ha venido eso?

Las cejas levantadas de Sarah tuvieron el efecto deseado y Bernard se mordió la lengua.

—¿Tú qué piensas, Rachel? Tú no trabajas en el barco. ¿Debería meterme en esto?

Rachel hizo una pausa reflexiva antes de responder.

—Entiendo lo que temes, pero en muchos sentidos, no es diferente de salir con alguien del trabajo.

No voy a aconsejarte ni una cosa ni la otra, pero si te gusta este hombre y sigues rechazándolo, podría dejar de pedírtelo, y entonces, ¿cómo te sentirías?

—¿Y si fracasa?

Sarah tomó la mano de su amiga. —Si fracasa, sigues adelante, y tus amigos estarán ahí para apoyarte. ¿Verdad, Bernard?

—Por supuesto que sí, siempre nos cubriremos las espaldas.

Inténtalo. Nunca lo sabrás si no lo intentas.

Y, aunque pienses que los hombres no tenemos sentimientos, te puedo decir por experiencia que se necesita mucho valor para pedirle a una mujer que salga contigo, sabiendo que tiene el poder de decir que sí o que no.

Si dice que sí, flotamos en una nube, y si dice que no, es una mella más en nuestra frágil confianza.

Si te ha pedido salir siete veces y media, o es tonto o reconoce tu dilema y tus «noes» no han sido lo suficientemente claros.

No lo tengas en ascuas, no es justo: o dile que no de verdad o dile que sí.

—Quizás es que simplemente no escucha —replicó Brigitte.

—Te he visto con él, Brigitte, hay química —dijo Sarah—. Bernard tiene razón, no estás siendo justa con él.

—¿Desde cuándo tiene Bernard el monopolio de la razón? Y desde luego no sabe nada de confianza frágil —dijo Brigitte, riendo—. Lo pensaré y tomaré una decisión final antes de volver a verlo.

—Pues más te vale que esa decisión final sea rápida.

Rachel siguió la línea de visión de Bernard y observó a un hombre bajo y delgado con una mata de pelo negro y rizado que se dirigía a través del atrio.

Aunque él no los había visto, Brigitte saltó de su asiento y fue tras él, y se dirigieron hacia las escaleras de caracol que subían al casino, enfrascados en una conversación.

Rachel supuso que el hombre era Novak, que le cogió a Brigitte el pesado maletín de guardia y se lo subió por las escaleras.

—Solo quedan dos —dijo Bernard, incapaz de ocultar su entusiasmo.

Sarah seguía sonriendo y no se enteró de lo que dijo, pero Rachel sabía a qué se refería. Recordando su conversación del día del embarque, comprendió que se refería a que ahora solo el doctor Bentley y Gwen del equipo médico seguían solteros.