Morirse por un crucero (Misterios de Rachel Prince 4) Capítulo 18
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Capítulo 18

Rachel le dio unos golpecitos suaves en el hombro a Sarah. —Despierta, dormilona, recuerda que hoy salimos temprano.

Sarah sacó una enmarañada cabellera de pelo ondulado y castaño claro de debajo de las sábanas y miró a Rachel con los ojos entrecerrados.

—¿Qué hora es?

—Las siete. Hemos atracado en Burnie hace una hora. Voy a salir a correr, nos vemos en el desayuno. —Sarah tenía el día libre y las dos iban a hacer una excursión a Cradle Mountain en un autobús que salía a las ocho y media.

Sarah se tapó la cabeza con las sábanas. —Vale, te veo en el bufé a las ocho.

Rachel le retiró las sábanas. —Ah, no, de eso nada. Venga, incorpórate, que te he preparado un café.

Sarah pareció que iba a protestar, pero cambió de idea y se incorporó.

—Tienes razón, más vale que me ponga en marcha. Volveré a mi camarote a cambiarme después de terminarme el café. Nos vemos en cuarenta y cinco minutos.

Esta vez Rachel la creyó, así que subió a la cubierta de arriba para su carrera matutina.

La actividad portuaria ya había comenzado, con grandes buques portacontenedores que descargaban sus pesados cargamentos.

El ruido de la maquinaria y los gritos estropeaban lo que de otro modo habría sido una preciosa mañana bañada por el sol.

Algunos pasajeros madrugadores ya estaban en pie, y se cruzó con varias personas que reconoció de la excursión de la lista de deseos, dándose cuenta de que otros del grupo practicaban marcha rápida por la cubierta inferior.

Con razón tienen tan buen aspecto, están más en forma que muchos de mis compañeros.

Pensó en el sargento de su comisaría, un hombre corpulento que no podía tener más de cuarenta y cinco años, pero que apenas podía levantarse de la silla.

La edad está en la mente, le decía a menudo su padre.

En su parroquia de Hertfordshire, tenía un grupo de hombres y mujeres mayores en su congregación que habían formado un grupo local de senderismo y dejaban en evidencia a muchos de sus homólogos más jóvenes.

Tras correr durante veinte minutos, Rachel regresó a su camarote. Sarah ya se había ido. Se duchó y se vistió rápidamente, guardando el ordenador portátil y los archivos de la incursión nocturna en la caja fuerte con su propio portátil antes de subir al bufé para reunirse con Sarah.

Desayunaron a toda prisa, volvieron a sus respectivos camarotes a lavarse los dientes y luego se reunieron de nuevo en el Teatro Coral, en la proa del barco. Les dieron unas insignias de la excursión para que se las pusieran y les indicaron que siguieran a un grupo hasta el muelle.

—Rachel, oh, qué bien, estás en la misma excursión que nosotros.

Rachel se giró y vio a Glenis, Prudence, Charles, Victor, Emma y Patty. Patty parecía desconcertada y Emma la fulminó con la mirada.

—Esta es mi amiga, Sarah. Sarah, esta es Glenis.

—Hola, Glenis.

—Yo soy Charles, este es Victor y esta es Prudence —dijo Charles. Emma y Patty se habían dado la vuelta y hablaban con otros miembros de la lista de deseos—. Esas son Emma y Patty —susurró—. Emma puede ser un poco arisca con la gente.

Emma se volvió, hosca. —Ya nos conocemos —espetó.

Sarah sonrió educadamente. —Ya he conocido a algunas personas —dijo, pero no dio más detalles.

—Sarah es enfermera a bordo del barco —explicó Rachel—. Tiene que tener cuidado con la confidencialidad, así que no le sacaréis ni una palabra más. Parece que nos piden que subamos al autocar.

—Hasta luego, Rachel —dijo Glenis, que por una vez no insistió en que se sentara con los de la lista de deseos en la parte delantera del autocar. Rachel y Sarah se dirigieron hacia la parte de atrás.

—Lo siento, los conocí después del incidente de la biblioteca. ¿Cómo conociste tú a Emma?

Sarah bajó la voz. —No fue a ella a quien me llamaron para ver, fue a Patty, la mujer de la que parece estar a cargo… Diría que la cuida, pero no me pareció nada cariñosa.

—Patty es la que tiene problemas de memoria, ¿es alzhéimer?

—Que sepamos, no. No parece que tenga ningún diagnóstico de demencia, pero desde luego muestra problemas de memoria y, en ocasiones, un comportamiento extraño.

Su amiga dice que lleva así los últimos meses, pero insistió en que vinieran a esta excursión.

Emma dijo que a veces puede ser bastante decidida y cree que Patty sabe que está perdiendo la cabeza.

Le he dicho que de verdad debería ver a un médico cuando regresen a casa.

—¿Y dónde es casa?

—En Oxfordshire. Emma parece vivir de la fortuna de la otra mujer. Al parecer, Patty le pagó para que la acompañara en este viaje y, aunque Emma insiste en que no quería venir, desde luego está haciendo uso de todas las instalaciones... volviendo loco al camarero de la suite con sus exigencias.

Rachel se rio. —Me lo imagino. ¿Sabes que me acusó de ser una escort de pago la segunda vez que la vi? No le gusto nada. Patty parece ausente a veces y otras parece totalmente lúcida.

—Puede ser así con la demencia temprana.

—Me pregunto si Emma va detrás de su dinero.

Sarah no respondió al comentario de Rachel, sino que dijo: —Oh, no, agacha la cabeza, Rachel. Acaba de subir otro grupo al autocar.

Una sensación de pavor invadió a Rachel y se le encogió el estómago.

—¿Robert?

—Sí, se han sentado unas cuatro filas más adelante. No nos han visto, así que no te preocupes.

—¡Maldito sea ese hombre! Casi había olvidado que estaba a bordo... ¿Por qué está aquí? Me parece demasiada coincidencia que acabemos en el mismo crucero en la otra punta del mundo.

El autocar arrancó antes de que Rachel tuviera la oportunidad de bajarse.

El sonido familiar de un guía turístico hablando por un micrófono desde la parte delantera la distrajo por un momento y miró por la ventana.

El viaje iba a durar una hora y media, así que tenía tiempo de sobra para idear una estrategia para evitar a su ex.

Una voz interior le preguntó si de verdad lo había superado, pero al girar el anillo de compromiso en el dedo anular de su mano izquierda y la cara de Carlo llenó su mente, la respuesta a esa pregunta fue fácil.

La presencia de Robert la inquietaba, pero no porque siguiera enamorada de él; más bien era algo que Deep había dicho sobre que a los hombres como Robert les gustaba la caza. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Estás bien, Rachel? —preguntó Sarah mientras el guía dejaba de hablar un momento.

—Sí, molesta porque esté aquí, pero no voy a dejar que nos arruine el día.

—Pareces cansada. Iba a preguntarte si encontraste algo entre esos papeles, pero creo que deberías dormir un rato si puedes.

—Tienes razón. —Rachel notaba los ojos pesados por la falta de sueño y le escocían. Se resistió al impulso de luchar contra ello y cerró los pesados párpados, sumiéndose en un sueño profundo.

El motor del autocar al apagarse hizo que Rachel diera un respingo y por unos instantes olvidó dónde estaba. La mano tranquilizadora de Sarah en su brazo se lo recordó.

—Estabas frita. Quédate quieta un minuto, te avisaré cuando el cabrón y su equipo se hayan bajado.

Esperaron unos minutos hasta que la mayoría de la gente bajó del autocar.

Cuando Rachel se levantó, vio al grupo de Robert al borde de la multitud, enfrascados en lo que parecía ser un acalorado debate.

La mujer asiática llevaba hoy ropa occidental, y Rachel se fijó en que ella y Robert se tocaban de vez en cuando la espalda y los brazos, de forma íntima pero subrepticia.

—Creo que están en una especie de viaje de trabajo.

—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Sarah.

—Están vigilando a esa pareja de allí. Vi a la pareja en la playa de la isla Canguro antes de que Robert y su grupo se marcharan, y fíjate cómo uno de ellos los vigila constantemente.

—Ah, bueno, eso es bueno porque significa que es una coincidencia que estéis en el mismo barco. Robert no te estará buscando. —Sarah sonaba feliz mientras bajaban del autocar.

—Y parece que tiene una aventura con una del equipo, que estoy segura de que está casada con ese de ahí.

—Dios mío, Rachel. ¿Es la mujer asiática? ¿Crees que su marido es ese tipo alto con barba y bigote negros?

Rachel asintió mientras miraba al otro hombre. Corpulento, de un metro ochenta de altura, parecía ser de raza mixta, asiática y británica. Estaba enfrascado en una conversación con el otro hombre y las mujeres del grupo, aparentemente ajeno a la química que rezumaba entre su mujer y Robert.

—De verdad que es un cabrón. Obviamente lo han ascendido, inspector de policía, diría yo, porque los demás están a sus órdenes. Me juego algo a que sí se casó y su mujer está en casa, ajena a todo como lo estaba yo. —Una lágrima de rabia cayó del ojo de Rachel, pero se la secó rápidamente.

—Como ya he dicho antes, te libraste de una buena. Me pregunto quiénes son la pareja y por qué los seguirían hasta Australia.

—Ni idea, pero debe ser parte de alguna trama de corrupción internacional, quizá blanqueo de dinero o drogas. El equipo de Robert estará colaborando con las autoridades australianas, me imagino.

—No nos vamos a meter en eso, ¿verdad?

—Si no fuera Robert y no se estuviera comportando como un completo imbécil, me interesaría, pero no es el caso. Además, ya tenemos bastante con intentar limpiar el nombre de Deep y descubrir por qué el inspector jefe Heel te ha puesto en su punto de mira… y no en el buen sentido.

Rachel y Sarah subieron a un autobús lanzadera que las llevaría al lago St Clair, asegurándose al subir de que estaban bien lejos del grupo de Robert.

Una vez que llegaron al lago, optaron por dar un paseo solas por una pasarela de madera.

Glenis y los de la lista de deseos se quedaron con el guía turístico y el grupo de Robert desapareció.