Morirse por un crucero (Misterios de Rachel Prince 4) Capítulo 17
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Capítulo 17

Sarah ya estaba esperando fuera de la suite de lujo en la popa de la cubierta quince. Era la suite en la que Marjorie solía alojarse durante los cruceros, por lo que se le hacía raro estar merodeando de madrugada delante de un camarote en el que, normalmente, Rachel habría sido bienvenida.

—Creía que no llegarías nunca. Llevo esperando una eternidad.

Rachel miró su reloj. Habían quedado a las cuatro de la madrugada, pero decidió no aumentar el nivel de estrés de su amiga, que estaba a todas luces a punto de estallar.

—Lo siento.

Sarah usó la llave magnética universal del personal médico para abrir la puerta. —Me están viniendo recuerdos de otro registro. De verdad, no estoy segura de que debamos hacer esto.

—Ya estamos aquí, así que echemos un vistazo rápido dentro. —Rachel animó a su amiga a entrar y luego metió la tarjeta de Sarah en la ranura de la corriente—. Ese jefe ni siquiera ha acordonado el camarote.

—Parece que estemos profanando una tumba —dijo Sarah.

—¡Qué va! Creo que estás siendo un poco melodramática. Venga, cuanto antes miremos, antes nos largaremos de aquí. ¿Bernard está alerta?

—Sí, está preparado.

—Bien. —Rachel examinó la suite, que constaba de un salón, un dormitorio independiente, un baño grande y un balcón que abarcaba ambas estancias principales.

El salón permanecía intacto: sobre una gran mesa de centro, la prueba de que la señora F.

se había tomado unas copas a su llegada seguía allí, sin que el mayordomo la hubiera tocado.

Si el mayordomo era Mario, a quien había conocido anteriormente, tendría más sentido común que el nuevo jefe de seguridad y se habría asegurado de que nadie entrara en el camarote.

El Coral News yacía junto a los vasos vacíos, al lado de una carpeta.

Rachel cogió la carpeta.

—Es el itinerario de la lista de deseos. No me puedo creer que Heel no se haya llevado todo esto para examinarlo en busca de pistas. —Pasó las páginas.

—¿Hay algo en la carpeta? —preguntó Sarah desde el cuarto de baño.

—No estoy segura, está la lista completa de la gente del viaje con sus direcciones, gustos, aversiones, requisitos dietéticos, alergias y los datos del familiar más cercano. Creo que me gustaría llevarme esto para estudiarlo más tarde.

—Dos vasos —señaló Sarah.

—Sí, me pregunto con quién se tomó una copa antes de ir a encontrarse con Deep.

—¿Con su hijo Joe?

—No, él todavía estaba en la oficina del sobrecargo. ¿Recuerdas? Lo mencionaste el primer día y Prudence confirmó que seguían allí cuando estuve con ellos después de que se encontrara el cuerpo. Me sorprende que no se haya precintado como prueba.

—Al menos han dejado el camarote tal como estaba.

—Supongo que menos da una piedra. ¿Sigue siendo Mario el mayordomo de estos dos camarotes?

—Sí, y gracias a ti ahora está en tratamiento por su enfermedad de tiroides.

—Veré si puedo hablar con él mañana, quizá sepa quién estaba en el camarote con ella. ¿Había algo en el baño? ¿Una jeringuilla y una aguja con huellas dactilares, tal vez? —Rachel se rio.

—¡Ya te gustaría! Un neceser con todo lo habitual, el cepillo y la pasta de dientes ordenadamente colocados en la balda. Una toalla sucia… parece que se lavó pero no usó la ducha ni la bañera. Eso es todo.

—Vale, el dormitorio.

Rachel la guio a través de la puerta hacia el amplio dormitorio.

Las cortinas del balcón estaban abiertas; el balcón tenía doble acceso, con puertas correderas que daban a cada una de las habitaciones.

La cama seguía hecha como el primer día de un crucero, con un gran protector a los pies y una maleta abierta pero sin deshacer encima.

—No había deshecho la maleta. Es triste, ¿verdad? —dijo Sarah.

Rachel no creía que fuera momento para la melancolía. Sacó la ropa de la maleta, buscando cualquier cosa que pudiera ser importante. Una vez que toda la ropa estuvo amontonada en la cama, suspiró.

—Nada, esto es inútil. Debía de tener un portátil y datos personales. ¿Había un bolso en la biblioteca?

—Sí, eso sí se lo llevó Heel. Puede que se lo haya devuelto a Joe.

—¿Tienen Joe o su familia acceso a este camarote?

—No lo creo. Normalmente se lo preguntaría a Jason, pero…

Rachel se sentó junto a Sarah en la cama y la rodeó con un brazo. —Todo se arreglará entre Jason y tú. Entrará en razón. —De repente, como si le hubiera venido una inspiración, Rachel se levantó rápidamente—. ¡La caja fuerte! Seguramente ha metido el portátil en la caja fuerte, como hago yo.

Sarah la siguió hasta el salón. Rachel se agachó para abrir un armario, dentro del cual se encontraba la caja fuerte.

—Está cerrada, así que ha metido algo dentro.

—Prueba con 1, 2, 3, 4 —dijo Sarah.

La caja fuerte no se abrió, así que Rachel pulsó el botón de «borrar». —Será su fecha de nacimiento o alguna combinación, estoy segura.

—Es el 11 de diciembre de 1937.

—¿Cómo demonios te acuerdas de eso, enfermera Bradshaw? —Rachel se quedó con la boca abierta.

—Siempre se me han dado bien las fechas. Tuve que rellenar el papeleo para la notificación de defunción antes de que Graham lo firmara. Recuerdo pensar que su cumpleaños era dos semanas antes de Navidad y que había nacido dos años antes de la Segunda Guerra Mundial. Se me debió de quedar grabado.

Rachel tecleó 1112 y la puerta se abrió con un clic. Le dio un beso en la mejilla a su amiga.

—Eres un genio.

—Nunca lo dudé. —Sarah sonrió—. Pero date prisa, no me gusta estar aquí.

Rachel sacó un pequeño maletín de cuero suave de la caja fuerte. —Creo que será mejor que nos llevemos esto a mi camarote y lo devolvamos esta noche. Tienes razón, deberíamos irnos.

—Hola, jefe, ¿cómo está usted en esta espléndida mañana? —La voz de Bernard chirrió a través de la radio de Sarah. Ella y Bernard habían dejado sus radios encendidas en un canal seguro entre ellos para que él pudiera avisarla si alguien se acercaba.

—¿Y a ti qué te importa? —oyeron gruñir al jefe.

Rachel volvió corriendo al dormitorio y metió de nuevo la ropa en la maleta. Sarah comprobó la mirilla que daba al pasillo.

Oyeron a Bernard, impertérrito, tratando de ganar tiempo. —Jefe, necesito preguntarle algo personal.

—¿Qué es? Tengo prisa.

Rachel y Sarah salieron disparadas por la puerta, tomando el pasillo trasero hacia el lado opuesto de la cubierta antes de que Sarah diera su mensaje en clave.

—Bernard, te necesito en la sala de curas.

—Voy de camino —llegó la respuesta—. Ya le veré luego, jefe.

Rachel no pudo evitar sonreír mientras regresaban a los ascensores centrales, donde se encontraron con Bernard.

Él sonrió con aire de suficiencia. —¿A que lo he hecho bien?

—Sí, pero por los pelos, si quieres que te diga la verdad. Venga, vamos al camarote de Rachel.

El trío, aliviado, llegó al camarote de Rachel. Todavía no había amanecido, pero Rachel abrió las cortinas. —Primero un café y luego podremos echar un vistazo al botín.

—Para ser policía, te la estás jugando demasiado —la amonestó su amiga Sarah.

Justo cuando se habían sentado, llamaron con fuerza a la puerta. Se miraron y Rachel metió el maletín y la carpeta debajo de la cama. Miró por la mirilla.

—Es Jason —siseó—. Actuad con naturalidad.

—A las cinco de la mañana, como si eso fuera a funcionar —dijo Bernard.

Rachel abrió la puerta. —Jason, hola. ¿Qué puedo hacer por ti?

—¿Puedo pasar?

—Ehm, bueno, estábamos tomando una copa temprano antes de que Sarah y Bernard se fueran a trabajar, pero sí, pasa.

El ceño fruncido de Jason y su mirada severa eran inconfundibles mientras ella abría la puerta para dejarlo entrar en el camarote.

—¿Quieres un café?

—Puedes ahorrarte el teatro. —Se dirigió a la mesa de centro y se sentó en una de las sillas frente a Sarah y Bernard.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Sarah—. ¿Y por qué has estado ignorando mis llamadas?

—Te dejaste esto. —Dejó caer la llave magnética de Sarah sobre la mesa y se rio a carcajadas.

—Olvidé mencionar que Jason estaba con el jefe cuando les di largas. —Bernard miró a Jason a modo de disculpa.

—Me preguntaba qué hacías merodeando por los ascensores a esas horas de la mañana, sin el maletín de emergencias. Luego, cuando entré en el camarote de la señora Flanders, las luces estaban encendidas. Vi la tarjeta magnética en la ranura.

—¿Se dio cuenta Heel? —preguntó Rachel.

—No, era más lento que yo, así que supuso que había metido mi tarjeta.

Es fácil de engañar y de todos modos no quería estar allí.

Le había convencido de que echara un vistazo, en parte para distraerlo cuando me llamó de madrugada para quejarse de que no había dormido porque sus almohadas eran duras.

Primero fue el colchón, ahora las almohadas.

En fin, como no había ordenado un registro tras llegar inmediatamente a la conclusión de que la mujer había sido asesinada por Manandeep Janda, pensé que me ahorraría otra tabarra.

Curiosamente, no encontramos nada. La caja fuerte estaba vacía.

Me gritó por hacerle perder el tiempo y se volvió a la cama, no sin antes ordenarme que le encontrara unas almohadas nuevas antes de esta noche.

—Jason suspiró profundamente—. Así que, venga, es hora de que me digáis qué habéis encontrado.

Rachel le sirvió un café a Jason antes de sacar el maletín y la carpeta de debajo de la cama. —Todavía no hemos tenido tiempo de mirar todo esto, íbamos a devolverlo esta noche.

Jason frunció el ceño. —Espero que no haya nada, porque me va a costar mucho decirle a Heel de dónde he sacado esto si lo hay. Mira, tengo que ir a relevar a los de seguridad de la noche. Los recogeré más tarde, Rachel. Avísame si encuentras algo. Sarah, ¿podemos hablar un momento?

Mientras Sarah seguía a Jason al pasillo, Rachel leyó el contenido de la carpeta mientras Bernard se recostaba y disfrutaba de su café. Cuando terminó, se levantó.

—Lo siento, Rachel. Será mejor que vaya a asearme y a cambiarme antes de recoger el maletín de guardia de Gwen. Estoy de guardia hasta esta noche. De todos modos, no se me da bien el trabajo de detective. Buena suerte.

Ella sonrió. —Gracias, Bernard, aunque eres magnífico para el subterfugio.

Sarah volvió a entrar cuando Bernard se fue. Rachel levantó la vista de los papeles.

—Parece que cree que le oculto algo, me ha preguntado insistentemente de qué conozco al jefe Heel. —Levantando las manos al aire, Sarah se dejó caer en el sofá—. Le he dicho que no conozco a ese hombre de nada, y que si alguna vez lo he visto ha tenido que ser por trabajo.

—Haz memoria, Sarah, porque si conoces a ese hombre, tienes que averiguar por qué te la tiene jurada y por qué te ha amenazado. Tal vez murió algún pariente o algo y te echa la culpa.

Sarah se derrumbó. —¿No crees que lo he intentado, Rachel?

No empieces tú también. No lo conozco. Estoy segura de que me acordaría si lo hubiera visto, es inolvidable.

No sé por qué me tiene tanta manía. Su malevolencia me asusta, no estoy acostumbrada a que me amenacen.

Sé que te encuentras con esto todo el tiempo en tu trabajo, pero aparte de algún que otro paciente psicótico, confuso o borracho, no es lo mío.

Puedo lidiar con cualquier cosa cuando estoy en el centro de tratamiento o en la enfermería, pero un jefe de seguridad con un rencor que lleva mi nombre es algo nuevo para mí.

Las lágrimas brotaron y Rachel la abrazó.

—Si dices que no conoces a ese hombre, a mí me basta, y debería bastarle a Jason.

—Creo que intenta creerme, pero no es que confíe mucho en la gente.

Tuvo una prometida que se fue con otro hombre mientras él estaba de servicio en Afganistán.

Después de eso se volcó en el trabajo, al parecer incluso se puso en la línea de fuego un par de veces.

Tiene suerte de seguir vivo, pero muchos de sus amigos no, y a veces esas cosas le carcomen.

La cuestión es que justo ahora empezaba a abrirse a mí, y ahora no sabe si confiar en mí. Lo está pasando mal, Rachel.

—No me había dado cuenta, y lo siento, pero debería conocerte lo suficiente como para pensar que podrías ocultarle algo a alguien cercano. ¡Eres un libro abierto! —Rachel levantó la barbilla de Sarah para mirarla a los ojos—. Te quiere, Sarah. Se ve a la legua, y entrará en razón.

Sarah sorbió por la nariz. —¿Tú crees?

—Lo sé. Mira, ¿por qué no dormimos una hora antes de bajar a tierra? Puedo mirar estas cosas esta noche. Yo me quedo con el sofá cama, tú coge la cama.

Sarah bostezó ruidosamente. —Creo que dormir me ayudaría. —Se dirigió a la cama, se metió bajo las sábanas y se quedó frita.

Ojalá pudiera dormir como una enfermera, pensó Rachel mientras seguía ojeando los papeles que tenía en la mano.