Morirse por un crucero (Misterios de Rachel Prince 4) Capítulo 5
13%

Capítulo 5

Rachel no pudo resistirse a mezclarse con la multitud que se había congregado frente a la biblioteca, en la cubierta seis.

—¿Quién era? —Detectó un deje galés en la voz de una mujer menuda como un gorrión, con una nariz afilada y el pelo entrecano recogido con esmero en un moño en lo alto de la cabeza.

—Esa mujer mandona que se creía la jefa —respondió un hombre alto y delgado de pelo blanco, patillas y bigote—. Flanders, o la señora F, como le gustaba que la llamaran. —Exmilitar, supuso Rachel.

Otra mujer se unió a la conversación. —Sí, es la señora Flanders sin duda. Deep la encontró e intentó prestarle los primeros auxilios.

—¿Está...?

—¿Muerta? Sí, más tiesa que la mojama.

La mujer menuda palideció y sufrió un vahído, y Rachel consiguió sujetarla antes de que se desplomara en el suelo. Fulminó al hombre con la mirada por su insensibilidad. La mujer estaba pálida, pero consciente.

—Vaya a buscarle un poco de agua —le ordenó Rachel al hombre, que pareció debidamente amonestado. Sostuvo a la mujer y la apartó de la multitud mientras la otra que había participado en la conversación le acercaba una silla.

—¿Estás bien, Glenis?

—Lo estaré en un momento, gracias a esta señorita.

La otra mujer se volvió hacia Rachel. Parecía tener unos setenta y pico años, llevaba una permanente con reflejos azulados, gafas con montura plateada e iba elegantemente vestida a pesar de la camiseta que llevaba bajo un elegante traje de chaqueta y pantalón.

—Gracias.

—De nada. Parece que os habéis llevado un buen susto.

El hombre regresó con un vaso de agua y una bandeja de té, que colocó en una mesa cercana.

—Lo siento, señora Blunt, Glenis. A veces soy un poco brusco.

—Su intento de hacer una gracia le arrancó una sonrisa a Glenis—.

Es por mi pasado militar, ¿sabe? A veces se me olvida cómo tratar al bello sexo. —Miró a Rachel, disculpándose.

—¿Del ejército? —preguntó ella.

—Cuarenta años. Serví por todo el mundo, vi algunas cosas...

—Ah, sí. —Rachel asintió en dirección a la señora que se estaba recuperando antes de que él decidiera dar más detalles.

—Bueno, sí. En fin, permítanme que sirva un poco de té. ¿Les apetece acompañarnos?

—Sí, gracias. —Se acercaron a la mesa donde habían dejado la bandeja.

—¿A quién debo darle las gracias por haberme salvado? —inquirió la mujer llamada Glenis.

—Me llamo Rachel, Rachel Prince, y apenas la he salvado. Aunque los suelos son duros si te caes en ellos. —Rachel hizo una mueca al recordar una de sus propias experiencias previas.

—Encantada de conocerte, Rachel. Ella es Prudence Crowther y yo soy Glenis Blunt.

—Y yo soy Charles Crane, a sus pies, señorita.

—¿Estáis en un viaje organizado? —preguntó Rachel, a pesar de saber que así era.

—Sí, estamos en un viaje internacional para cumplir deseos antes de morir, organizado por la agencia de viajes propiedad de la pobre difunta.

Todas las personas que llevan estas camisetas lo están.

La mayoría nos conocimos ayer en Adelaida, pasamos la noche en un hotel carísimo y ahora estamos en este crucero durante dos semanas.

Algunos del grupo llegaron hoy mismo y yo todavía no he conocido a todo el mundo.

Espero que no tengamos que volver a puerto.

—No pueden hacer eso, Prudence, hemos pagado un dineral por estar aquí —resopló Charles.

—Pero ha muerto una mujer. —Glenis volvió a palidecer.

—Sí, bueno, y probablemente no será la última, teniendo en cuenta que nuestra media de edad es de ochenta y tantos.

—Creo que lo más probable es que repatríen a la desafortunada dama a puerto desde el barco, porque la compañía de cruceros no querrá esperar hasta que lleguemos a Melbourne, la siguiente gran ciudad.

No creo que la isla Canguro sea un lugar adecuado y, de todos modos, no hace mucho que zarpamos, así que Adelaida está más cerca.

—Rachel supuso que eso sería lo más probable, más que saberlo a ciencia cierta.

—¿Fue un accidente? —preguntó Prudence—. ¿O un infarto?

Charles tosió como si no quisiera responder. Bajó la voz. —Por lo que he oído, fue un asesinato.

Rachel hizo una mueca al oír la palabra e inmediatamente le vinieron a la mente imágenes de sus cruceros anteriores. ¿Por qué siempre me pasa esto a mí?

Los demás siguieron hablando en susurros mientras Rachel sorbía su té, pensativa.

—Probablemente el hijo.

La voz de Charles devolvió a Rachel al presente y volvió a prestar atención a la conversación.

—¿Qué te hace decir eso? —preguntó ella.

—Corre el rumor de que la señora F todavía era la dueña del negocio y controlaba los cordones de la bolsa. Esa nueva esposa suya le está costando una fortuna, pero a la señora F le gustaba tener el control.

—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó Prudence.

—Estaba sentado en el bar del hotel anoche hasta tarde.

Flanders estaba borracho y se quejaba a un par de tipos de la agencia de viajes que habían pasado a darle unas instrucciones de última hora.

Le oí decir que ojalá estuviera muerta y que temía que fuera a vivir para siempre.

Había intentado mantenerla alejada de este viaje, dijo que quería algo de espacio, pero su madre no estaba por la labor.

Los tipos se estaban metiendo con él por su joven esposa, y luego cambiaron de tema.

No le di importancia en ese momento, lo achaqué a las típicas rencillas familiares y, habiendo conocido a la mujer, no podía culparlo, pero ahora...

, bueno, ¿quién sabe? Sería mi sospechoso número uno si yo estuviera investigando.

—Me alivia mucho oír que es un asunto de familia. —Glenis, que se había estado recuperando de forma notable, se animó aún más—. Odiaría pensar que tenemos un asesino entre nosotros.

—Oh, ni siquiera había pensado en eso —dijo Prudence.

—Por otro lado, podría ser un asesino en serie de viejos. —Afortunadamente, Glenis y Prudence estaban demasiado ocupadas parloteando para oír el último intento de humor inapropiado de Charles.

Rachel archivó la conversación en su cerebro.

A ella también le alegraría que fuera simplemente un asunto de una disputa familiar.

El crimen se resolvería rápidamente y no tendría que involucrarse.

Había observado al nuevo y agresivo jefe de seguridad entrar en la biblioteca y no tenía ningunas ganas de que sus caminos se cruzaran pronto.

No tardó mucho el grupo que había conocido, que había crecido gradualmente hasta media docena de personas, en pasar del fallecimiento de la señora F a una conversación más distendida.

—Por eso se llamaba un crucero para cumplir deseos antes de morir —bromeó una mujer sudafricana bastante descarada—.

Sabía que alguien tendría que morir. Lo hace más emocionante, ¿no creéis?

—El único que le siguió la corriente a la mujer fue Charles, que había encontrado a un pasajero con su mismo humor macabro.

Después de pasar un rato fuera de la biblioteca con el amigable grupo, Rachel sintió que era hora de marcharse.

—Ha sido un placer conoceros a todos. Espero que el resto de vuestro crucero transcurra sin incidentes, en el mejor de los sentidos.

—Oh, será toda una aventura si las primeras horas son un indicio —respondió Charles—. No os preocupéis, yo cuidaré de estas damas.

Eso es lo que me preocupaba, pensó Rachel. —Entonces estoy segura de que estarán en buenas manos. —Hizo una mueca al decirlo.

—Gracias de nuevo por salvarme, Rachel —gritó Glenis mientras Rachel cruzaba al otro lado del barco. Ella la saludó con la mano en señal de reconocimiento y continuó su camino.

Rachel se quedó el tiempo suficiente para ver a Sarah y al equipo médico salir de la biblioteca con una camilla que transportaba un cuerpo que supuso era el de la señora F.

Sarah había estado demasiado ocupada para fijarse en ella; quizá fuera mejor así, ya que no le gustaría la idea de que Rachel estuviera husmeando.

El jefe de seguridad, identificado por el número de galones dorados en sus hombreras, se marchó poco después del equipo médico.

Enfrascado en una conversación con Jason Goodridge, el novio de Sarah, el jefe no parecía nada contento con el procedimiento.

Agitaba los brazos, ladrando órdenes a los guardias de seguridad y a cualquier pobre miembro de la tripulación que se encontrara en las inmediaciones.

El hombre arrogante medía alrededor de un metro setenta, calculó Rachel, y le sobraban al menos tres tallas para su estatura.

Era más joven que Waverley, quizá de unos treinta y tantos años, con el pelo rubio y rapado.

Rachel se preguntó si sería de origen escandinavo.

El uniforme se ceñía con fuerza a su corpulenta barriga y el cinturón luchaba por sujetar los pantalones por debajo del saliente.

Sospechaba que llevaría tirantes bajo la chaqueta.

Su pálido rostro estaba sonrojado por la ira o el estrés, Rachel no estaba segura de cuál.

Jason escuchaba pacientemente el aluvión de instrucciones que le disparaban y, finalmente, el jefe se marchó a toda prisa.

Después, un hombre alto y larguirucho que llevaba un turbante rosa también salió de la biblioteca, con aspecto angustiado.

Era hacia este hombre hacia quien Rachel se dirigía ahora.

Lo encontró sentado solo en el lado opuesto de la cubierta a la biblioteca: a babor, dedujo por la dirección en la que viajaba el barco. Estaba mirando al mar.

—El mar está muy en calma, ¿verdad? —comentó Rachel despreocupadamente.

El hombre levantó la vista, sus ojos castaños claros y apagados respondieron. —Así es, en efecto. Ojalá estuviera igual de en calma a bordo del barco. Acabo de presenciar un incidente terrible.

—Vaya, siento oír eso. ¿Fue la señora de la biblioteca?

—Ah, veo que la noticia ya se ha extendido.

—Acabo de estar con algunos del grupo con el que viajaba. Veo que tú también eres miembro.

Se miró la camiseta con timidez, que no encajaba en absoluto con el resto de su elegante atuendo. —Le pido disculpas por mi aspecto vulgar, normalmente visto con traje y corbata. —Como para demostrarlo, señaló la elegante chaqueta blanca que colgaba pulcramente del respaldo de una silla.

Rachel sonrió. Le gustó este hombre tranquilo y modesto con su turbante, su larga barba bien cuidada y su poblado bigote. —¿De dónde eres? —le preguntó.

—Soy del Punjab, pero me eduqué en Oxford. Supongo que eres inglesa, ¿verdad? Me llamo Manandeep Janda, pero mis amigos me llaman Deep.

—Eso explica tu perfecto acento inglés. Por un momento pensé que eras inglés —dijo Rachel—. Soy Rachel Prince, y sí, inglesa. Mis padres viven en Hertfordshire, yo trabajo en Londres.

—¿Es este tu primer crucero, señorita Prince?

—Por favor, llámame Rachel. No, es mi cuarto, pero la primera vez por esta zona.

—Siendo de una parte de la India sin salida al mar, siempre he querido hacer algo como esto —dijo él—. Mi familia piensa que he perdido la cabeza, pero claro, muchos de ellos no han viajado nunca.

—¿Haces el crucero solo o te acompaña tu mujer?

—Solo en cierto sentido, pero con cuarenta y tantos más a cuestas. Estoy ampliando mis horizontes, compartiendo habitación con un inglés converso al budismo. Yo soy sij, así que hará el viaje aún más enriquecedor.

—Sé a qué te refieres. Mi padre es vicario y compartió dormitorio con un seguidor de Hare Krishna cuando estaba en la universidad. A pesar de muchas discusiones acaloradas, siguen siendo amigos a día de hoy.

—¿Tu padre no habría estudiado en un seminario?

—Sí que fue a un seminario teológico, pero su primera carrera fue Filosofía. ¡Fue a la de enfrente, a Cambridge! —Sonrió, disculpándose.

A Rachel le resultó fácil hablar con Deep y podría haber charlado con él durante horas. Se parecía a su padre en muchos aspectos, aunque treinta años mayor. Comprensivo y respetuoso, escuchaba y procesaba la información antes de dar su opinión.

Había pasado una hora volando y no le había hecho ni una sola pregunta sobre el asesinato. Se estaba haciendo tarde y estaba segura de que Deep se perdería la cena si lo retenía hablando mucho más tiempo.

—Será mejor que te deje ir a cenar —dijo ella.

Deep miró su reloj. —¿Ya es esa hora? Me habría gustado cambiarme para la cena, pero por respeto a Florence, me dejaré la camiseta puesta. —Se le cayeron los hombros.

—¿Era la señora que ha muerto?

—Sí, era una vieja amiga, de otra vida, de hace demasiado tiempo como para volver atrás. —Habló con aire melancólico y la mirada perdida. Suspirando profundamente, se levantó para estrecharle la mano a Rachel—. Ha sido un verdadero placer, Rachel Prince. Espero de veras que nos volvamos a ver.

—Yo también lo espero, Deep. —Lo observó mientras se daba la vuelta y se alejaba lentamente. Rachel se dio una patada por no haberle hecho más preguntas, pero luego se recordó que la muerte no tenía nada que ver con ella; no era su investigación.

¡Como si eso fuera a funcionar!, dijo su voz interior con sarcasmo.